11 octubre, 2015
Emily era una preciosa niña de tres años de edad. Su familia era cristiana de verdad. Iban todos los domingos a Misa, rezaban en casa juntos el Rosario, daban gracias a Dios e incluso el padre leía la Biblia y luego todos la comentaban… Por todo ello, Emily creció siempre en un ambiente lleno de paz y felicidad.
Sólo había un problema que le inquietaba. Le preocupaba tanto, que incluso rezaba a Dios para que le concediera una inmensa gracia, ¿que cuál era? Resulta que tanto su padre como su madre y sus otros cinco hermanos tenían todos los ojos azules; todos, menos Emily. El sueño de Emily era tener ojos azules como el mar o como el cielo. ¡Ah! ¡Cómo Emily deseaba eso! Para ella era un sueño; incluso más, casi una obsesión.
Un día, mientras recibía catequesis de primera comunión en la parroquia, oyó a la señorita decir:
- Dios responde a todas nuestras oraciones.
Emily pasó todo el día pensando en eso. A la noche, a la hora de dormir, se arrodilló al lado de su cama y rezó del siguiente modo:
- Querido Jesús, te doy las gracias por haber creado un mar tan azul, tan hermoso, tan lleno de vida. Te doy también muchas gracias por la familia tan buena que me has concedido. Te pido también por la abuela que últimamente está un poco triste pues se murió el abuelo el otro día; aunque creo que tú ya lo sabes. Te pido también por el abuelo para que lo tengas en el cielo…; y también me gustaría pedirte por una cosa, aunque me da vergüenza. ¡Bueno te lo digo porque sé que no te vas a reír y porque sé que me quieres mucho! Me gustaría pedir… por favor… cuando me despierte mañana, quiero tener ojos azules como los de mamá. Un beso ¡muahh! Amén.


