Nota de la redacción: Con motivo de las recientes consagraciones episcopales celebradas en Écône y los posteriores decretos emitidos por el Vaticano, en Ortodoxia Católica iniciamos el pasado 3 de julio la publicación diaria de una serie de siete artículos teológicos y canónicos titulada «La Iglesia en el Desierto». A través de este itinerario, analizaremos con rigurosidad doctrinal las respuestas que todo católico necesita conocer para mantener la paz en la conciencia y la fidelidad inquebrantable a la fe de siempre en estos tiempos de profunda tribulación.
Serie: «La Iglesia en el Desierto»
Artículo 6 de 7
«¿Es posible que la Sede de San Pedro, lejos de estar guiada por un Vicario de Cristo, se encuentre en una situación jurídica de vacancia o de usurpación de la autoridad legítima?»
Hemos recorrido un camino doloroso pero necesario. A lo largo de esta serie de artículos, hemos comprendido que la obediencia ciega a los hombres no puede estar por encima de la fe (Artículo 1); que el Estado de Necesidad justifica plenamente las consagraciones en Écône para salvar el sacerdocio (Artículo 2); que el Vaticano actual opera con una escandalosa doble vara de medir, persiguiendo la Tradición mientras tolera la disidencia en el Camino Sinodal Alemán (Artículo 3); que la postura de «reconocer y resistir» de la FSSPX plantea un callejón sin salida teológico (Artículo 4); y que las medidas actuales buscan un acorralamiento directo e inaudito de las almas de los laicos (Artículo 5).
Al llegar a este punto, todo católico honesto choca contra un muro teológico. La postura de la Fraternidad San Pío X (FSSPX) y de muchos sectores tradicionalistas ha sido, desde 1988, la de «Reconocer y Resistir»: reconocer a la jerarquía romana como la autoridad legítima de la Iglesia, pero desobedecer sistemáticamente sus leyes, sus excomuniones, sus canonizaciones y sus reformas doctrinales.
Sin embargo, si analizamos esta postura a la luz de la teología clásica, nos vemos obligados a plantearnos una serie de interrogantes gravísimos que la conciencia ya no puede seguir ignorando.
Las preguntas que la teología clásica nos obliga a hacer
La doctrina católica enseña de forma infalible que la Iglesia es la Esposa mística de Cristo, santa, inmaculada y dotada de visibilidad e infalibilidad. El Papa, cuando promulga leyes universales para toda la Iglesia, cuando define la fe o cuando promulga la Sagrada Liturgia, cuenta con la asistencia del Espíritu Santo para asegurar que la Iglesia jamás guíe a las almas al error, a la herejía o a la condenación.
Teniendo esto en mente, reflexionemos sinceramente en el silencio de la oración:
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Sobre la Liturgia y los Sacramentos: Si las autoridades de las últimas décadas poseen verdaderamente el poder y la asistencia del Espíritu Santo otorgada a San Pedro, ¿cómo es posible que hayan promulgado una reforma litúrgica que oscurece el sentido sacrificial de la Misa y ritos sacramentales que obligan a los fieles a resistir para no debilitar su fe? ¿Puede la Iglesia de Cristo dar a sus hijos piedras en lugar de pan?
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Sobre el Magisterio Ordinario: Documentos y declaraciones romanas recientes que siembran la confusión moral o abren la puerta a bendiciones incompatibles con la doctrina tradicional contradicen frontalmente siglos de magisterio infalible. Si quienes firman esos documentos poseen la autoridad legítima y formal de San Pedro, ¿cómo se concilia esto con la promesa de Cristo de que las puertas del infierno no prevalecerían contra la Iglesia?
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Sobre la visibilidad de la Iglesia: Si para mantener la fe hoy en día es imperativo «resistir» a las directrices de Roma de forma permanente, ignorar sus decretos penales y crear una red de apostolado paralela para proteger a las familias, ¿no se está desdibujando, en la práctica, el concepto católico del Papa como principio visible y activo de la unidad de la Iglesia?
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El misterio de la autoridad en la Pasión de la Iglesia
Si afirmamos que una autoridad legítima, asistida por Dios, puede gobernar la Iglesia universal enseñando el error, diluyendo la moral y excomulgando a los fieles que solo buscan permanecer santos, nos enfrentamos a un dilema pavoroso: admitir que la Iglesia misma habría fallado en sus promesas divinas. Y sabemos que eso es teológicamente imposible.
Entonces, si las promesas de Cristo sobre Su Iglesia no pueden fallar, pero las directrices de la Roma actual producen frutos de dispersión espiritual… ¿cuál es el verdadero problema de raíz?
¿Será posible que el misterio que vivimos no radique en una falla de la Santa Iglesia, sino en la naturaleza de la autoridad de quienes hoy ocupan las sedes oficiales? ¿Es aceptable considerar, bajo el amparo de la teología clásica, que la Cátedra de San Pedro, lejos de estar guiada por un Vicario de Cristo, se encuentre en una situación jurídica de vacancia o de usurpación de la autoridad legítima?
Dejamos estas graves interrogantes abiertas al estudio honesto y a la maduración espiritual de nuestros lectores. A veces, enfrentarse a las preguntas más difíciles es el único camino para mantener intacta, pura y sin manchas nuestra fe en la infalibilidad y la santidad de la Iglesia de Jesucristo.
Un artículo de: Ortodoxia católica, la sana doctrina.

