Las profecías

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Las profecías son uno de los elementos pertenecientes al Plan de la Historia de la Salvación más difíciles de entender y de desentrañar, y así es como parece desprenderse de la misma voluntad de Dios, que es su definitivo Autor y del cual proceden.

En razón de la claridad comenzaremos por establecer los términos del problema. No sin antes advertir que aquí vamos a utilizar indistintamente, como si fueran una misma cosa, los términos de profecías y el de revelaciones privadas, los cuales, para los efectos que van a ser considerados en este trabajo, equivalen a lo mismo. Dicho lo cual, podemos establecer una sencilla y elemental división de las profecías en general para clasificarlas como privadas o bien como públicas.

Lo más interesante que se puede decir sobre las revelaciones privadas, es que jamás puede asegurarse cualquier tipo de certeza acerca de su cumplimiento. En los casos de que alguna se vea cumplida.

En cuanto a las profecías públicas, que así es como llamamos aquí a las contenidas en el Cuerpo de la Revelación, se cumplen siempre infaliblemente, como no podía ser menos puesto que se sabe con certeza que proceden de Dios. Su único problema radica en el hecho de que son difíciles de interpretar, por lo que puede suceder que no sean entendidas en el sentido con el que Dios las reveló a los hombres. La mejor garantía de certeza que se puede pretender con respecto a ellas es atenerse al sentido que les asigne la Iglesia.

Por eso vamos a tratar de explicar con más extensión el sentido en que deben ser recibidas y entendidas, tanto las privadas como las contenidas en el conjunto de la Revelación oficial.

Acerca de las revelaciones y profecías privadas, lo más cierto que se puede decir sobre ellas es que no gozan de un crédito seguro. Por lo que el criterio más práctico y prudente a seguir con ellas es el de no hacerles demasiado caso; o mejor todavía, ninguno. Por más que se quiera argüir lo contrario, no resulta inteligente fiar las cosas referentes a la salvación eterna sobre afirmaciones inseguras que además, en muchos casos, han resultado falsas. San Juan de la Cruz, Doctor de la Iglesia, insistía una y otra vez, acerca de las revelaciones y visiones privadas, que aún en la circunstancia de que constara con certeza absoluta que procedían de Dios, no se debe hacer ningún caso de ellas. Una doctrina que jamás ha sido reprobada por la Iglesia.

Y más en una época de crisis como es la actual, en la que abundan las videntes con pretensiones de revelaciones y de profecías que en multitud de casos se han demostrado que no son de fiar. El problema de los cristianos es que son más proclives en creer firmemente en las revelaciones o profecías de la santa tal o la vidente cual, de las muchas que hoy ocupan la atención de los media (un detalle ya de por sí sospechoso), que en las afirmaciones del mismísimo San Pablo que es la Palabra de Dios. Acerca de lo cual conviene recordar que el Apóstol ya había dicho claramente que el justo vive de la fe.[1]Lo que en román paladino significa que el cristiano debe poner toda su confianza y fundamentar toda su vida cristiana en la fe y solamente en la fe. La fe derivada del contenido de la Revelación y avalada por el legítimo Magisterio de la Iglesia, la cual es el único criterio seguro de salvación.

Pero entonces cabe formular una pregunta, por otra parte muy legítima. Claro que en ese caso y si las cosas son así, ¿qué hacer con acontecimientos tan importantes en la Historia de la Iglesia como son, por ejemplo, las Apariciones y las Revelaciones de Fátima?

Por mi parte siempre he creído, y sigo creyendo, en las Apariciones y Revelaciones de Fátima. Tanto y de tal manera ha actuado la Iglesia con respecto al tema, y tan extendida y generalizada ha sido la fe de los fieles, que parecería imprudente no creer en tal Acontecimiento. El mismo hecho de haber sido tan combatidas es una garantía de verdad. Yo, como he dicho, creo firmemente en Fátima, pero sólo en cuanto al hecho de que las Apariciones y Revelaciones realmente tuvieron lugar. Porque lo que es en cuanto a su contenido, dado el estado actual del problema y los sucesos acaecidos al cabo de tantos años, resulta muy difícil asignar el carácter de certeza a cualquier punto concreto. Han sido tantas las manipulaciones a las que han sido sometidas las Revelaciones por parte de Poderosos Intereses, tanto fuera como dentro de la Iglesia, que no existe forma alguna de gozar de seguridad acerca de la verdad. Por lo que se refiere particularmente al tercer secreto, fue la misma Iglesia la primera que procedió a ocultarlo y en negarse a revelarlo, cuando la Virgen había ordenado que se hiciera así para una fecha concreta. Después de muchas presiones de unos y de otros, el secreto o los secretos fueron presentados al mundo; aunque después de haber sido manipulados, escamoteados, escondidos durante mucho tiempo y hasta falsificados. Incluso se habla seriamente de una sustitución de la monja Lucía por otra falsa. En definitiva, después de tantas maniobras y falsedades contra Fátima por parte de Entidades de todos conocidas, hoy resulta imposible conocer el contenido del tercer secreto. ¿Quién va a creer, por ejemplo, en bobadas tales como las que en su momento se dijeron y constituyeron un insulto a la inteligencia de los fieles? Como la del Obispo vestido de blanco y agredido en intento de asesinato, pretendiendo hacer creer que se trataba del contenido del tercer secreto.

Lo cual plantea otra nueva pregunta. De ser esto cierto, ¿por qué Dios y la Virgen consintieron en que tuvieran lugar las Apariciones y las Revelaciones, de cuya verdad y santidad por otra parte es imposible dudar? A lo que solamente quizá podríamos decir para responder a esa pregunta que habría que consultar al mismo Cielo como único conocedor de la respuesta, pero del cual no es probable que se pueda esperar alguna. Aunque sí hay algo sumamente cierto, dado que Dios nunca hace cosas al albur ni las permite si no es para el bien de los hombres. Se trata de que el acontecimiento de Fátima sin duda que habrá servido para muchas cosas, las cuales Dios habrá pretendido y que efectivamente desconocemos; a excepción de una de ellas de la cual podemos estar absolutamente seguros. Cual es la de que jamás debemos fiarnos de lo que hagan o digan miembros de la Jerarquía de la Iglesia de los que consta que se encuentran claramente corrompidos. Enseñanza que ya de por sí habría justificado el hecho de las Apariciones y Revelaciones.

Después de expuesto así el problema, aun de modo tan sucinto y sin pretensiones de poseer la exclusiva de la verdad, en la seguridad de haber escandalizado a muchas personas de buena voluntad (aunque demasiado inclinadas a creer cualquier cosa que les propongan sin detenerse a examinar sus fundamentos), volvamos ahora la atención a las profecías auténticas, que son las contenidas en el Cuerpo de la Revelación Oficial.

Y lo más importante que hay que decir al respecto es lo que todo el mundo sabe: que se cumplen siempre e infaliblemente. Aunque el problema existente aquí, que ciertamente no es nada fácil, radica en su interpretación.

Pues el lenguaje profético es por naturaleza criptográfico y difícil. En primer lugar, por lo que hace al momento de su cumplimiento, sólo se adquiere seguridad de su realización cuando la profecía ya se ha cumplido o cuando se está cumpliendo; e incluso este punto puede pasar desapercibido, como ahora veremos. En cuanto a su significado, está demostrado que los hombres casi nunca lo interpretan de la manera adecuada y sí más bien de forma disparatada. Lo que hasta cierto punto quizá tenga alguna explicacion, puesto que los pensamientos de los hombres raramente suelen coincidir con los de Dios: Por eso me indigné contra esta generación, pues siempre están extraviados en su corazón y no han conocido mis caminos.[2]

Que algunas profecías que ya se han cumplido han pasado desapercibidas, o han influido poco o casi nada en los hombres, lo prueban, por ejemplo, las del Antiguo Testamento relativas a la Pasión y Muerte de Jesucristo. Las cuales están ahí, aunque jamás significaron nada para los judíos. Y por lo que hace a los cristianos, al menos en el momento actual de apostasía general, lo menos que se puede decir es que son absolutamente irrelevantes.

Pero existe una profecía también del Antiguo Testamento, concretamente del Profeta Daniel, que habla de la supresión del sacrificio cotidiano como una de las actuaciones del Falso Profeta y de las cosas que tendrán lugar al Final de los Tiempos. El texto dice exactamente que se elevó hacia el jefe del ejército, suprimió el sacrificio cotidiano y derribó el lugar de su santuario. Se le dio un ejército contra el sacrificio cotidiano a causa de la transgresión, arrojó por tierra la verdad y actuó victoriosamente.[3]

Lo increíble es el hecho de que la supresión del sacrificio cotidiano es una realidad que, según algunos, está ya ahí, e incluso que se persigue a los que tratan de soslayar la supresión. Sin embargo, aunque algunos han alzado sus quejas contra esa situación, nadie parece haberse dado cuenta de la relevancia del hecho, el cual además ya se ha cumplido. Cabe que alguien objete que no es posible demostrar, de manera apodíctica, que el oráculo de Daniel tenga algo que ver con el momento actual. Y quien tal cosa hiciera —dicen los defensores de la actualidad de la profecía— tendría toda la razón; solamente que entonces sería conveniente que quien rechace su realidad actual explique también qué es lo que tendría que suceder para que el oráculo efectivamente se vea cumplido.

Como se ha dicho antes, la interpretación de las profecías que hacen los hombres suele estar a la altura de sus posibilidades intelectuales, siempre limitadas. Aunque bien podrían darse cuenta de que las realidades cuyo fundamento es sobrenatural sobrepasan en mucho las capacidades humanas. En Apocalipsis 19:20, por ejemplo, se habla de los prodigios y maravillas que el Falso Profeta realizará para engañar a la gran masa de los hombres. El problema se hace real, sin embargo, cuando se piensa en que los hombres interpretan tales prodigios y maravillas al modo humano. Suelen imaginarse algo así como que El Profeta descenderá con majestad en el centro de la Plaza de San Pedro en el Vaticano, o que hará descender fuego del cielo, o que tal vez llevará a cabo grandes y extraordinarios prodigios al modo circense, etc., etc. Lo cual supondría una ofensa para los altos niveles de inteligencia y de poder del Falso Profeta, además de ser al mismo tiempo una ridícula demostración de la menguada capacidad de imaginar de la especie humana.

Debería tenerse en cuenta que los milagros —y nos referimos ahora a los verdaderos milagros— poseen solamente una capacidad relativa y limitada de convencimiento, la cual en muchos casos incluso es prácticamente nula. Pensemos, por ejemplo, en el espectacular y grandioso milagro del movimiento del Sol en Fátima, ocurrido realmente el día 13 de Octubre de 1917. Un extraordinario milagro, contemplado por miles de personas, que sólo Dios o la Virgen podían haber llevado a cabo.

Ahora bien, ¿cuáles fueron los resultados y las consecuencias de tal milagro, aparte de dejar patente la sinceridad y el gran poder de la Virgen ante Dios? Para los creyentes que estaban presentes, y también para los que no lo estaban, el milagro significó la confirmación en la fe y en la devoción a la Virgen, las cuales ya poseían. En cuanto a los que no creían en el milagro, presentes o no presentes, continuaron sin creer en él y todo continuó tal como estaba para ellos.

Algo semejante ocurrió con el milagro de la resurrección de Lázaro, realizado por Jesucristo, y cuya principal consecuencia consistió en que los jefes de los judíos se reunieron con urgencia a fin de decidir la forma en que había que acabar con Jesús.

A este propósito escribió Bruce Marshall una famosa y jocosa novela, El Milagro del Padre Malaquías, en la que el autor desarrolla la tesis de la relativa utilidad de los milagros, e incluso de la posibilidad de que a veces se revuelvan contra el taumaturgo, como le ocurrió al infeliz Padre Malaquías.

Efectivamente son los milagros extraordinarias maravillas y una palpable demostración de la grandeza de Dios. Pero, por lo que hace a la actualidad, es evidente que existen prodigios de mayor calado, de nefasta y tremenda influencia en el alma de los fieles, pero que desgraciadamente pasan desapercibidos.

Ahondando en el tema de los Últimos Tiempos, por lo que hace a grandiosidad de prodigios conseguidos en los momentos que se viven, ninguno tan extraordinario como la entronización de Lutero en el mismo Vaticano. Y por supuesto, de muchísima más transcendencia que el milagro de Fátima.

¿Cabría algo más extraordinario, y al mismo tiempo imposible de haber imaginado que el hecho de que llegara el momento de ver exaltado y entronizado a Lutero en el mismo Santuario que es el Corazón de la Iglesia? Difícil dejar de recordar aquí las palabras de Jesucristo: Cuando veáis la abominación de la desolación, profetizada por el profeta Daniel, sentarse en el lugar santo, el que lea entienda[4]

Según dicen algunos, el hecho es equivalente en importancia al mismo acontecimiento del Concilio Vaticano II, puesto que supone en realidad la consumación de una época definitiva para la Iglesia y lo que podría suponer para Ella el momento final y definitivo. Momento y situación que solamente podrán ser anulados por el mismo Jesucristo, Señor de la Historia, Fundador y Dueño de la Iglesia y Supremo Juez de vivos y muertos.

Padre Alfonso Gálvez

[1] Ro 1:17.

[2] Heb 3:10.

[3] Da 8: 11–12.

[4] Mt 24:15.

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