En la Santa Misa Tradicional el Cielo nos custodia

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1 mayo, 2015

La Iglesia naciente tuvo que enfrentarse al paganismo reinante. El choque era inevitable, el cristianismo venía del cielo, el paganismo de la tierra. Si bien el paganismo fue vencido, no así fue destruido. Con el espíritu del maligno supo introducirse en el interior de la Iglesia con el rostro de la herejía. La herejía supuso algo nuevo y extraño a la realidad de la Iglesia, la división.

El cristiano acepta todo el depósito de la fe, el hereje elije lo que le conviene, lo que le es más cómodo. La herejía no es más que hacer una religión cómoda o menos incómoda. La herejía fracciona la universalidad de la catolicidad, de lo universal pasa a lo particular.

La reforma protestante supuso romper la universalidad de la Iglesia católica, cuyo centro era, y es, Roma,  para parcelar los territorios sometiendo la religión al príncipe, lo espiritual a lo temporal.

La liturgia católica que expresa la fe de la Iglesia, y en particular  el Santo Sacrificio de la Misa, que hace presente el Mysterium fidei, lo más sagrado de la fe católica, la luz fulgurante que alumbra a la Iglesia y al mundo, mantuvo su unidad y su universalidad. La liturgia resistió la parcelación, la particularización, pues  ella representaba la realidad de la universalidad de la Iglesia, de su unidad de fe, de dogmas, sacramentos…

La reforma protestante propició un total fraccionamiento de la liturgia, fruto del fraccionamiento en la fe. La liturgia católica mantuvo con firmeza la unidad y universalidad, y como muralla inexpugnable,  ha transmitido de generación en generación la verdad de la fe católica.

La Santa Misa Tradicional es la muralla inexpugnable e inatacable que conserva intacta la fe, la Palabra de Dios viva,  que constantemente nos habla y al autor de la Palabra.  La Iglesia no cejó en su esfuerzo por mantener la Santa Misa libre de cualquier abuso, infección herética, banalización, haciendo que todo lo que la rodeara fuera la máxima expresión de la realidad que contiene, de la sagrada realidad que contiene: el Calvario, la Sagrada Pasión de Nuestro Señor Jesucristo.

Esta es la razón de que todo en la Santa Misa Tradicional sea detallista, pulcro, cuidadoso, medido, controlado, previsto, limpio, hermoso; y por el contrario, no hay lugar para la improvisación, lo vulgar, lo original, lo ocurrente, lo zafio, lo feo, lo vulgar, lo irreverente, lo ofensivo, lo sensual.

La muralla inatacable e inexpugnable de la Santa Misa Tradicional nos protege de la herejía, de la perversión de la fe católica, de las sucias aguas del mundo que infectan y ensucian por donde pasan, dejando su rastro de sensualidad y pecado, un mundo rendido a sus instintos carnales y sexuales. La Santa Misa Tradicional nos protege de la inmundicia del mundo, pero sobretodo protege el Bendito Cuerpo y la Preciosísima Sangre de Nuestro Redentor, de la lacra de la herejía que nunca dejará de intentar, inútilmente, derribar esa muralla construida y sostenida por Dios Padre Todopoderoso.

El Cielo nos custodia en cada Santa Misa Tradicional. El Padre Eterno, el Cordero De Dios, el Divino Espíritu, la Inmaculada Concepción, y la Corte celestial, están pendientes de su inicio, y presencian con gloria celestial el desarrollo del Sacrifico del Agnus Dei.

Las gracias de este Santo Sacrificio son tan inexplicables, como inimaginables, pero tan reales que el alma queda atónita de sus frutos; es más, queda herida de tal forma que es una herida que no se cierra y que necesita para curarse de la próxima Santa Misa, pero en la próxima Santa Misa se hace aún más grande. Y el alma entiende que ya su vida es la Santa Misa Tradicional.

La Santa Misa Tradicional es el futuro de la Iglesia, porque es la Verdad de la Iglesia, porque es la Luz que no se apaga, iluminando el camino de nuestra fe hacia la Patria celestial. Es el Sacrificio del Cordero de Dios, siempre nuevo y actual, siempre referencia para el mundo, siempre cuestionándole y señalándole aquello de lo que ha de desprenderse por pagano y herético.

La Santa Misa Tradicional molesta y exaspera dentro y fuera de la Iglesia católica,  simplemente porque es medicina para el enfermo. Es tan fuerte el brillo de la Verdad que lleva en sí que deslumbra a los que no quieren  reconocer la Verdad. La Verdad siempre permanecerá iluminando, el ciego sólo puede permanecer en su ceguera, jamás apagar la Luz que le ciega.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

Tomado de:

http://www.adelantelafe.com

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