“LOS PERIFÉRICOS”

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La clonación es un procedimiento biológico que hoy se ha puesto de moda en el ámbito social. Por citar un ejemplo muy conocido, ahí tenemos a un moribundo político como Pedro Sánchez tratando desesperadamente de imitar a Pablo Iglesias: en disparates, en tacos, en gestos y en abundancia de tonterías. Es un intento a la última de quien intenta afianzarse copiando a un personaje que, por fas o por nefas, se ha hecho grandemente famoso (lo que no quiere decir que lo haya logrado justificadamente ni, mucho menos, razonablemente). La práctica de la clonación social es en realidad otra variedad de la adulación descarada; que algunos llaman también trepacionismo, que no es sino la política de los llamados vulgarmente trepas, por su empeño en escalar puestos.

En una sociedad en descomposición como la nuestra, pronto empiezan a pulular los mitos, como los mosquitos en verano. Nada tiene de particular, por lo tanto, que en un Catolicismo como el de hoy, cuya verdadera identidad ya nadie conoce, se haya puesto de moda el mito (de procedencia indudablemente marxista) de que Jesucristo vino a buscar exclusivamente a los pobres (igualmente entendido el concepto pobre en sentido marxista). Incluso se da a entender, aunque nadie lo diga expresamente, poco menos como que odiaba a los ricos. Así las cosas, nada tiene de extraño que muchos Pastores de la Iglesia se hayan apresurado a marchar a las periferias, en una imitación por partida doble de Jesucristo (imitación harto discutible) y de las Jerarquías más elevadas (imitación muy explicable).

Es cierto que Jesucristo vino , según sus propias palabras, para evangelizar a los pobres (Lc 4:18). Para añadir a continuación que también para anunciar la redención a los cautivos, devolver la vista a los ciegos, poner en libertad a los oprimidos y promulgar el año de gracia del Señor. Y es de notar que en todas partes (también en los grandes barrios no periféricos de las grandes ciudades) existen cautivos (las formas de cautiverio hoy en día son muy variadas), ciegos (son múltiples las formas de ceguera, ninguna de ellas excluida por el Señor) y oprimidos (¿la opresión se aplica hoy sólo a la periferia?). Y en cuanto a lo de promulgar el año de gracia del Señor, nadie se atreverá a decir que no se refiera también a los barrios chic de las grandes ciudades.

Jesucristo no vino a redimir a los pobres según el concepto marxista de la pobreza, sino a los verdaderos pobres, según el sentido evangélico. Según el Evangelio de San Lucas son bienaventurados los pobres (6:20), y según el de San Mateo son bienaventurados los pobres de espíritu (5:3). Sea de ello lo que fuere, nadie se atreverá a excluir del verdadero concepto de la pobreza cristiana a lapobreza de espíritu, que es un concepto amplio que abarca también a la innumerable masa humana que sufre en este mundo, del modo que sea: Venid a mí todos los que estáis fatigados y agobiados, y yo os aliviaré (Mt 11:28). Y en el centro de las grandes ciudades también hay muchos desgraciados, y muchos grandes hospitales con mucha gente que sufre y que espera en vano ayuda espiritual (a pesar de que a menudo pululan allí bastantes capellanes, vestidos con bata blanca, nadie sabe porqué).

Jesucristo amaba profundamente a los pobres, ¿y cómo no iba a hacerlo siendo Él el primero de ellos? Pero no excluía de su amor, de sus cuidados y de su atención a los ricos. A menudo se invitaba Él mismo a comer a sus casas, y no pocas veces con enorme éxito espiritual, como en el caso de Zaqueo. No nos vamos a extender en este tema, del que sólo vamos a recordar que tanto Lázaro a quien Él resucitó, como sus hermanas Marta y María, parecían ser gente acomodada.

Algo que suelen olvidar algunos Pastores, en sus prisas por correr a las periferias a fin de solucionar entuertos de salarios pobres y otras injusticias, es que la tarea de promover el bien común de los ciudadanos y promocionar el bienestar social (siempre con vistas a facilitar el camino del hombre a la consecución de su último fin, que es Dios) es competencia del Estado. Jesucristo jamás se asignó a Sí mismo tal función, como Él mismo lo dijo expresamente:¿Quién me ha constituido a mí juez o encargado de repartir entre vosotros? (Lc 12:14). La misión de la Iglesia es la de predicar los principios del Evangelio, sin lo cual jamás existirán salarios justos, ni justicia social, ni equidad, ni nada de nada. Más todavía: porque ni siquiera habrá nadie para dar de comer al hambriento, ni para vestir al desnudo o visitar al enfermo, si no existe previamente un verdadero sentimiento de amor a Jesucristo, que es la fuente de donde procede toda acción amorosa o fundamentada en el bien. Aunque es preciso reconocer que el detalle de proclamar a Jesucristo como fuente de toda vida y de toda bondad, tanto en el ámbito individual como en el social, es algo olvidado por muchos Pastores de la Iglesia en sus apresuramientos por correr a los centros de interés.

Si pensamos en aquellos que son los más necesitados de la labor de los Pastores de la Iglesia, habría que señalar justamente el centro de las grandes ciudades. Allí es donde residen los que gobiernan y mueven los hilos que promueven todo el océano de miseria espiritual, moral, social e individual de todo un país. Es ahí donde se encuentran los Jefes de Gobierno que parecen haberse asignado la tarea de hundir en la miseria (en todos sus sentidos) a todo un Pueblo, los grandes Centros de Gobierno de la Masonería y de los Núcleos de Poder (por lo general, ejercen sus funciones en los mismos edificios). Mejor que entrevistarse con personajillos de opereta que nada son y nada significan (aparte de la degeneración de toda una sociedad), no sería malo que los Pastores alzaran su voz contra los verdaderos responsables de los males que aquejan a una Nación.

Hace ya demasiado tiempo que se ha infiltrado en el Cristianismo el concepto marxista (de proveniencia gnóstica y maniquea) según el cual la pobreza es un Mal. Nada más falso, sin embargo, en cuanto que si el mal fuera asociado a la pobreza jamás Jesucristo la habría aceptado para Si mismo hasta el punto de decir que el Hijo del Hombre no tiene ni donde reclinar la cabeza (Lc 9:58).

La gran enfermedad que sufre la sociedad de nuestro tiempo es la infiltración de los principios de la filosofía idealista, que son los que han otorgado un papel preferencial al parecer sobre el ser. Llevado lo cual a todos los ámbitos de la vida, ha empujado a mucha gente a preocuparse mucho más de lo que piensan los demás, de lo que cae bien a los demás, de lo que aplauden losmedia (de los que está demostrado que aplauden siempre lo peor), de lo quesuena bien, de lo que huye de complicaciones y, más que nada y sobre todo, de lo que sirve para escalar puestos: ¡Ay de vosotros cuando los hombres hablen bien de vosotros, pues de este modo se comportaban sus padres con los falsos profetas! (Lc 6:26).

ESCRITO POR  EL REVERENDO PADRE ALFONSO GÁLVEZ MORILLAS.

Tomado de:

http://www.alfonsogalvez.com/

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