Valor “magisterial” del Concilio Ecuménico Vaticano II

de Brunero Gherardini

Bulle el tiempo, con una mayor apertura y participación en los últimos años, el debate teológico en torno a los documentos del Concilio Vaticano II, su preparación y su interpretación, a su recepción en la vida de la Iglesia; la discusión en torno a esta página de la historia de la Iglesia se sitúa en diferentes lugares, a veces por desgracia haciendo estéril el debate ideológico y socavando la comparación entre los estudiosos. Sin embargo, hoy en día, el amor a la verdad y a la Iglesia lleva a un compromiso renovado y una franqueza de expresión que tienen algo del Evangelio.

Entre los documentos colocados gradualmente el fundamento de nuestras reflexiones y puntos de vista pongo este de Monseñor Gheradini  a cerca del valor del magisterio del Concilio Vaticano II.

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Se me preguntó si el Concilio Ecuménico Vaticano II tiene un valor magisterial. La pregunta está fuera de lugar.

Un Concilio – cualquiera que sea su índole y por cualquier motivo o necesidad contingente a la que tiene intención de responder – es siempre Supremo Magisterio de la Iglesia.  El más solemne, al más alto nivel. A este respecto, y prescindiendo del material examinado, cada uno de sus pronunciamientos es siempre magisterial. Es magisterial en el sentido propio y más noble del término.

Esto no significa que es absolutamente vinculante, dogmáticamente, quiero decir, y en términos del comportamiento moral. Magisterial, no necesariamente alude al dogma o al ámbito de la doctrina moral, limitándose a calificar una declaración o un documento, o una serie de documentos provenientes del Magisterio, supremo o no.  Excluyo que sea vinculante en absoluto, porque en absoluto no lo es siempre.

El hecho de que incluso una simple exhortación provenga de una cátedra de tal y  tanta autoridad, crea ciertamente un vínculo.  No es lo que exige el asentimiento incondicional de todos (obispos, sacerdotes, pueblo de Dios), y se compromete a la fe; sino que exige un respeto religioso interior y exterior.

Para que surja la necesidad de asentimiento incondicional y de su traducción en el comportamiento coherente debe intervenir algunas circunstancias, a falta de un pronunciamiento conciliar que se combina, indudablemente magisterial se ve privado de la capacidad jurídica y  moral de vincular  la libertad de la Iglesia y de sus miembros individuales.  En este caso, obviamente, la solicitud de atención, es tratar de respetar, no sólo en público, sino también en privado, lo cual toca a la responsabilidad de cada individuo cristiano-católico.

Cuáles son estas circunstancias (las que exigen un asentimiento), es conocido por todos, supongo, incluso por aquellos que no las toman en cuenta.  Porque no me gustaría que alguien considerara que es idea mía, las tomo de los labios de una personalidad indiscutible, debido a los méritos de la misma, que son universalmente reconocidos, tanto por el oficio y el lugar para la tarea que llevaba a cabo, cuando se manifestó pública y oficialmente: el 16 de noviembre 1964, en plena marcha del Vaticano II y en orden a la clarificación de su valor conciliar.  En respuesta a las preguntas repetidas, el Secretario del Concilio, S. E. Rev. Mons. Pericle Felici dijo que: primero“el texto debe interpretarse siempre a la luz de las reglas generales, conocidas por todos. ”   Segundo, de acuerdo con estas reglas,  toda la Iglesia en conjunto sin excepción, requiere profesar asuntos de fe y costumbres que el Concilio ha declarado abiertamente”.

Tratándose, sin embargo, de un Concilio Pastoral, sin excluir que podría retomar alguna declaración dogmática de entre los otros Concilios en que fue definida en otras circunstancias,  su excelencia. Mons. Felici  precisó que también las directrices pastorales que fueron propuestas por el Vaticano II “Como doctrina del Magisterio Supremo de la Iglesia” y como tal “deben ser aceptadas y abrazadas en conformidad con el espíritu del Santo Sínodo mismo; segundo, la norma de la hermenéutica teológica, se pone de manifiesto tanto por la doctrina tratada, tanto por el contenido de la expresión utilizada “[1].

Como se puede ver,  y para indicar cuál  y de que la naturaleza era el valor riguroso del Vaticano II,  el Secretario del Concilio hizo un llamamiento a varios factores.  Hablando de su pastoricidad, recordó:

El límite impuesto al Concilio por el Papa Juan XXIII, en la apertura del mismo: no la condena de los errores o la formulación de nuevos dogmas, pero el ajuste de la verdad revelada “al mundo contemporáneo, a su mentalidad y a la cultura “[2];

La hermenéutica teológica, es decir, el análisis de los problemas emergentes,  a la luz del dato revelado y de la Tradición Eclesiástica;

El contenido de las expresiones utilizadas.

Las dos primeras condiciones no necesitan de mucha explicación; la tercera se refiere a módulos técnicos, de la que se deduce la intención o de dogmatizar o simplemente para exhortar.   Es de notar que  un dogma surge no por que un Concilio (incluido el Vaticano II, hizo lo mismo) utilice módulos como los siguientes:  “Haec Sancta Synodus docet…Nos docemus et declaramus…definimus” O similares, sino porque el contenido doctrinal de todo un capítulo o de sus artículos, viene sintetizado en un “canon” que afirma el dogma y condena el error contrario. El contenido de la expresión verbal es por lo tanto formalmente decisivo.  Se puede decir tranquilamente que un Concilio es o no dogmático, especialmente basado en su “voluntas definiendi” manifiesta claramente por el contenido antes mencionado.

El Vaticano II nunca manifestó tal “voluntas” como se puede ver fácilmente del contenido de de sus módulos y de sus formulaciones: nunca un “canon” nunca una condena, nunca una nueva definición,  pero, como máximo,  recordar algunas definiciones del pasado.  La conclusión extraída de ellos es obvia: se trata de un Concilio que, en principio, excluye la formulación de nuevas doctrinas dogmáticas;  estas, aunque no sean por sí mismas dogmáticas, podrían aumentar en valor de dogma sólo si la materia ha sido definida en otros Concilios y es retomada ahora.  En cualquier otro caso, las eventuales novedades no son más que intentos de responder a las necesidades del momento y serían teológicamente incorrectas, de hecho desprovistas de efectos, al dotarlas de la validez dogmática sin el apoyo de la mencionada “voluntas definiendi”.

De ello se deduce que tal sensibilización equivaldría a obligar al Vaticano II, cuya enseñanza puede decirse que es infalible e irreformable sólo cuando hay una enseñanza que se ha definido previamente.

En base al principio hermenéutico de S. E.  Mons. Felici, no implica para cualquier persona – Ni un obispo, ni un sacerdote o un teólogo, ni por el pueblo de Dios – tenga la libertad de despreciar  las enseñanzas del  Vaticano II. Viniendo esto del  Magisterio Supremo, todas (las enseñanzas) disfrutan de una dignidad y autoridad poco común.   Nadie podrá  impedir que se estudien para verificar el fundamento – lo exige así  la hermenéutica teológica – pero nadie puede atreverse a negar su atención religiosa por dentro y por fuera.

Sin embargo, hay un “pero” y un “si”.  Supongamos  la hipótesis de que en alguno de los dieciséis documentos del Concilio Vaticano II, o incluso en todos, se identifican errores.   En resumen,  es posible: siempre se ha debatido si un Concilio puede incumplir con sus declaradas intenciones y propósitos, o si incluso puede caer en la herejía Mi humilde opinión es que esto no debe ser excluido, tomando en cuenta la debilidad o malicia del corazón humano; pero también creo que si esto sucede, un Concilio dejaría de ser tal.

En cuanto al Vaticano  II,  durante unos cincuenta años la atención crítica se ha quedado como dormida ante él, sofocada por los continuos hosannas que le han rodeado.   Sin embargo, los problemas que hay, y muy graves.  No hablo obviamente de herejía,  pero sí de ideas que no están en línea con la Tradición doctrinal de siempre, y por lo tanto no son fácil de rlacionar con el “quod semper, quod ubicuo, quod ab omnibus” (‘solo y todo cuanto fue creído siempre, por todos y en todas partes‘) de San Vicente de Lerins, en ausencia de tales indicadores con la continuidad del “eodem sensu eademque sententia” (en el mismo sentido, en la misma sentencia)  de su “Commonitorium” (Conmonitorio: notas o apuntes puestos por escrito para ayudar a la memoria, sin pretensiones de componer un tratado exhaustivo)

Por ejemplo,  un “subsistit in” no se puede tomar a la ligera, si no se demuestra, a través de la investigación y el debate crítico – quiero decir de alto nivel científico – que después de todo puede interpretarse de una manera ortodoxa: que, en mi opinión,  debe excluir la ampliación dacantada de la “catolicidad” y de la capacidad salvífica de las denominaciones cristianas no católicas.  

Si tenemos en cuenta la “Dignitatis hnumanae” en comparación con el famoso documento del Beato Pío IX (1864), el anti Syllabus, la continuidad con la Tradición se ha roto incluso antes de plantear el problema.  Y, por último, si se declara tradicional la doctrina de los dos documentos que han sido definidos con la suprema potestad, y con el poder pleno y universal del gobierno en la Iglesia – con el Papa y el colegio de los obispos, con el Papa y bajo el Papa, nunca sin él, ni por encima de él – si se apoya esta “real inexistente continuidad” se afirmarían disparates incluso, antes de llegar a ser un error histórico y teológico.

Hay que tener en cuenta otra circunstancia, según la cual el valor de los documentos, incluso son todos conciliares y luego magisteriales, no es siempre el mismo: una cosa es una Constitución, otra cosa es un Decreto y otra cosa es una Declaración.  Hay una validez descendente de documento a documento.  E incluso si fuera, se probara cualquier error del Vaticano II,  su severidad variaría en función de su ubicación, variable en función de su ubicación en uno de los tres diferentes tipos de documentos.  En resumen, por lo tanto, yo diría:

El Concilio Vaticano II es sin duda magisterial;

Por lo tanto ciertamente no es dogmático, sino pastoral habiendo sido siempre presentado como tal;

Sus doctrinas son infalibles e irreformables, sólo cuando se deriven de pronunciamientos dogmáticos;

Aquellas (doctrinas) que no disfrutan de sustratos tradicionales, constituyen en su conjunto una enseñanza auténticamente conciliar y luego magisterial, aunque no dogmática, engendrando la obligación de asentir, no de la fe, sino de bienvenida cuidadosa y respetuosa en línea de una adhesión leal y respetuosa;

Finalmente aquellas (doctrinas), cuya novedad aparece inconciliabe con la Tradición, o en contra de ella, pueden y deben ser sometidas a un escrutinio serio basado en la hermenéutica teológica más rigurosa.

 A menos que, por supuesto, “Meliore iudicio”.

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[1] Sacrosanctum Concilium Oecumenicum Vat. II, Constituciones, Decretos, Declarationes, Políglota Vaticana 1966, p. 214-215.

[2] Ibid. p. 865-866

[Fuente: Disputationes Theologicae]

Monseñor Brunero Gherardini, el último gran teólogo de la llamada Escuela Romana es el heredero de una tradición teológica que ha demostrado la ciudad de Roma, con la excepción de los nombres que eran,  sólo a título de ejemplo, sus maestros y colegas luego Antonio Piolanti y Pietro Parente.

Nacido en 1925, ordenado sacerdote en 1948 Él enseñó durante muchos años en la Pontificia Universidad Lateranense, y se convirtió en Decano de la Facultad de Teología.  Canonigo de San Pedro en el Vaticano desde 1994, dirige la prestigiosa revista de Estudios Teológicos “Divinitas” de 2000; autor de más de ochenta libros y numerosos artículos en revistas especializadas, siempre ha destacado, líder S. Thomas, por la claridad de exposición y la claridad de su tesis y sus estudios valientes. La reciente publicación es su documentada Diálogo interreligioso sobre“Quale accordo fra Cristo e Beliar?”  (¿Y qué acuerdo tiene Cristo con Belial?) para los tipos de Fe y Cultura. Más recientemente, se ha enriquecido el debate en el Concilio de dos influyentes obras: Concilio Ecumenico Vaticano II. Un discorso da fare  (Concilio Ecuménico Vaticano II. Una discusión abierta)  Casa Mariana Editrice, 2009 y Frigento “Quod et tradidi Vobis”La Tradición vida y juventud de la Iglesia ” publicado en la revista Divinitas y publicado ahora en la Casa Mariana Editrice, Frigento 2010. Ahora se han añadido otros dos textos: Quecumque dixero vobis” e “Il discorso mancato(El discurso que faltó), de la Editorial Lindau, 2010

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Tomado de : 

http://www.internetica.it

Traducción del Italiano al Español por:

Ortodoxia Católica

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