El juicio del Señor

San Lucas 22,66 y 23,25.

97. Sigue a continuación un pasaje admirable que infunde en el corazón de los hombres una disposición de paciencia para sopor­tar, con igualdad de ánimo, las injurias. El Señor es acusado y calla. Con razón calla el que no necesita defenderse: querer de­fenderse es propio de los que temen ser vencidos. Y no es que, callando, apruebe la acusación, sino que el no protestar es una señal de que la desprecia. Porque ¿qué puede temer aquel que no desea salvarse? Por ser la salvación de todos, sacrifica la suya para obtener la de todos. Pero ¿qué podré decir yo de Dios? Susana calló y venció (Dan 13,35). En verdad, la mejor causa es la que se justifica sin defenderse. También Pilato absolvió en este caso, pero absolvió según su juicio, y le crucificó porque estaba de por medio el misterio. Verdaderamente esto era en parte propio de Cristo y en parte algo también humano, para que los jueces inicuos vieran que no es que no hubiera podido defenderse, sino que no había querido.

98. La razón del silencio del Señor la dio El mismo más adelante, diciendo: Si os lo digo, no me creeréis y, si os preguntare, no me responderéis, Lo más admirable es que El puso más interés en aprobar que era Rey que en afirmarlo con palabras, para que quienes confesaban eso mismo de los que le acusaban, no pu-diesen tener motivo para condenarle.

99. Ante Herodes, que deseaba ver de El algún portento, calló no dijo nada, fue porque su crueldad no merecía ver las cosas divinas, y así el Señor confundía su vanidad. Tal vez Herodes sea el prototipo de todos los impíos, los cuales, si no creen en la Ley y en los Profetas, no pueden, ciertamente, ver las obras de Cristo que se encuentran narradas en el Evangelio.

100. Después es enviado a Herodes y de nuevo devuelto a Pilato. Aunque ninguno de los dos lo declaran culpable, sin em­bargo, ambos secundan los deseos de la crueldad ajena. Es cierto que Pilato se lavó las manos, pero no lavó su conducta; ya que, siendo juez, no debió haber cedido ni ante la envidia ni ante el miedo, de manera que debía haber salvado la sangre inocente. Su misma esposa le avisaba, la gracia brillaba en la noche, la di­vinidad se imponía; pero ni aun así se abstuvo de una sacrílega entrega.

101. También me parece ver en él una figura anticipada de todos aquellos jueces que habrían de condenar a aquellos que juzgaron inocentes. Y esa persona unida a Pilato nos muestra que los gentiles son mucho más dignos de perdón que los judíos y pueden ser atraídos a la fe mucho más fácilmente por las obras divinas. Porque ¿cómo podrán serlo aquellos que crucificaron al Dios de toda majestad?

102. Verdaderamente es justo que quienes reclamaban la muerte del inocente, pidiesen la absolución del homicida. Estas son las leyes de la iniquidad: odiar la inocencia y amar el crimen. En este pasaje, la interpretación del nombre nos diseña una figura, ya que el nombre de Barrabás, en latín, quiere decir “hijo de padre”. Y aquellos de quienes se dice: Vosotros tenéis por padre el diablo (Io 8,44) son denunciados como gente que da más importancia al hijo de su padre, es decir, al anticristo, que al Hi­jo de Dios.

103. Y habíendole puesto una vestidura blanca, se lo devol­vió. No sin razón Herodes le cubrió con una vestidura blanca, para significar que su pasión no tiene mancha alguna; y es que el Cordero de Dios inmaculado había tomado gloriosamente sobre sí los pecados del mundo. También en Herodes y Pilato, los cua­les, por medio de Jesús, se hicieron amigos de enemigos que eran, se puede ver una figura del pueblo israelita y del pueblo gentil, ya que, por medio de la pasión del Señor, ambos llegarían a una concordia, aunque en el siguiente orden: primero el pueblo gentil recibiría la palabra de Dios, y después, por medio de la entrega devota a esa fe, la trasmitiría al pueblo judío, para que también éstos tengan la posibilidad de revestir, con la gloria de su majestad, el cuerpo de ese mismo Cristo al que antes despre­ciaron.

104. Después los soldados le pusieron un manto rojo y una túnica de púrpura, la primera como un símbolo de victoria de los mártires, y la otra como una insignia de su majestad regia, y todo porque su carne debía recoger, para nuestro bien, la sangre derramada por toda la tierra y su pasión debía hacer nacer en nosotros a su reino.

105. En cuanto a la corona de espinas puesta en su cabeza, ¿qué otra cosa nos va a querer mostrar que el don de la acción divina, al devolver a Dios la gloria del triunfo, es decir, a esos pecadores del mundo, que son como las espinas de este siglo? Aun los azotes tienen su significado, ya que fue flagelado El para que no lo fuéremos nosotros, pues este hombre herido y que sabe sopor­tar las enfermedades sufre por nosotros (Is 53,3ss), apartando los azotes de nosotros, que antes huíamos de Dios, el cual es un Señor tan paciente, que llega a ofrecer sus propias manos a las cade­nas y su cuerpo a los látigos de los fugitivos (1). Y así, los judíos, aunque con una disposición de ánimo detestable, presagian un éxito glorioso, ya que, mientras le están hiriendo, le coronan, y, burlándose de El, lo adoran. Y si bien no creen de corazón, con todo, rinden homenaje al que dan muerte. Es cierto que no tenían intención de hacer una buena acción, sin embargo, no le faltó a Dios su honor, ya que fue saludado como rey, coronado como ven­cedor y adorado como Dios y Señor.

106. Además, según Mateo, su mano llevaba cogida una caña con el fin de que la debilidad humana ya no fuese más agitada por el viento como si fuera una caña (Lc 7,24), sino que, enraizada en las obras (2) de Cristo, tuviese una base in­conmovible, y, una vez clavado en la cruz (Col 2,14) todo aquello que antes nos era enemigo, cese de tener valor la antigua senten­cia ; según Marcos, con esa caña le hieren su cabeza, con lo cual se nos indica que nuestra naturaleza, fortificada por el contacto con la divinidad (3), no puede ya jamás irse de un lado para otro.

107. Pero es ya tiempo de que el Vencedor levante su trofeo, porque, ya sea Simón o El mismo quien la llevase, es trofeo. Toma, en verdad, la cruz sobre sus hombros como un Cristo quien la ha llevado en el hombre y el hombre quien la llevó en Cristo. Y no pueden estar discordantes las sentencias de los evangelistas cuando está concorde el misterio; también es cierto que éste es el orden que sigue nuestro progreso: primero El levanta el trofeo de su cruz y después se lo entrega a los már­tires para que, a su vez, lo levanten ellos. Quien lleva la cruz no es un judío, sino un extranjero y peregrino, y otro detalle es que no le precede, sino que lo sigue, según lo que está escrito: To­ma tu cruz y sígueme (Lc 9,23). En realidad, Cristo no subió a su cruz, sino a la nuestra. El no murió según su divinidad, sino según su humanidad. Por eso El mismo dijo: Dios mío, Dios mío, mírame! ¿Por qué me has abandonado?

108. Con hermosa intención, al subir a la cruz, se despojó de sus vestiduras reales, para que comprendas que El no padeció en cuanto Dios Rey, sino en cuanto hombre, y aunque en Cristo estaban ambas realidades, sin embargo, fue clavada en la cruz su humanidad y no su divinidad. Los soldados, no los judíos, son los que saben bien en qué tiempo convienen esos vestidos a Cristo. Al juicio compareció como un vencedor, y se acercó al suplicio como un reo humillado.

Notas:

(1) Se puede ver aquí una doble alusión: a nuestros primeros padres, que se esconden de Dios después de su falta; o a los esclavos tránsfugas que se vengan de su señor.

(2) Las obras de Cristo están figuradas por sus manos, entre las cuales está colocada la caña.

(3) La caña de nuestra naturaleza ha sido puesta en contacto con Dios que es «la cabeza de Cristo» (cf. 1 Cor 11,3; más abajo n.115).

Tomado de:

http://www.statveritas.com.ar

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