La crucifixión

San Lucas 23,33-49.

109. Y puesto que ya hemos contemplado el trofeo, vea­mos ahora cómo el triunfador sube a su carro y no cuelga el botín conquistado del mortal enemigo sobre troncos de árboles o sobre las cuadrigas, sino que los despojos arrebatados al mundo los coloca sobre su patíbulo triunfal. No vemos aquí a los pueblos vencidos con las manos atadas a la espalda, ni el espectáculo de ciudades arrasadas o las estatuas de los lugares ocupados; tam­poco observamos las cabezas humilladas de los reyes cautivos, como suele ocurrir entre los triunfadores humanos, ni tampoco contemplamos que se lleva esa victoria hasta los límites de otro país; por el contrario, lo que vemos es precisamente que los pueblos y las naciones, llenos de alegría, son atraídos no por el castigo, sino por la recompensa, los reyes rinden adoración por propia decisión, las ciudades se entregan a un culto voluntario, las estatuas de las poblaciones reciben una especial mejora, no realizada ésta por el arte del colorido, sino hermoseadas por una fe entregada, las armas y los derechos de los vencedores se extienden por todo el orbe; contemplamos asimismo cómo el príncipe de este mundo es cogido preso y cómo los espíritus del mal que vagan por los cielos (Eph 6,12) obedecen a las ór­denes de una palabra humana, y cómo están las potestades sumisas y las diversas clases de virtudes resplandecen, no gracias a su seda, sino gracias a sus costumbres. Brilla la castidad, res­plandece la fe, y la valiente entrega se levanta ya airosa una vez que se ha vestido con los despojos de la muerte. El solo triunfo de Dios, la Cruz del Señor, ya hizo triunfar a todos los hombres.

110. Parece conveniente considerar el modo de subir (1). Yo lo veo desnudo; así tiene que subir el que se dispone a vencer al mundo, de modo que no se debe preocupar en buscar los auxilios del siglo. Adán, que fue a buscar el vestido (Gen 3,7), fue vencido, mientras que el vencedor es Aquel que se despojó de sus vestidos. El subió con la misma realidad con la que la naturaleza nos había formado bajo la acción de Dios. Así había vivido el primer hombre en el paraíso, y así también entró el segundo hombre al paraíso. Y con el fin de que el triunfo no fuera para El solo, sino para todos, extendió sus manos para atraer todas las cosas hacia sí (Io 12,32), con propósito de rom­per las ligaduras de la muerte, atarnos con el yugo de la fe y unir al cielo todo aquello que antes estaba ligado a la tierra.

111. También se coloca una inscripción. De ordinario, a los vencedores les precede un cortejo; y así el carro triunfal del Señor estaba precedido por el acompañamiento de los muertos resucitados. También es costumbre indicar con un escrito el nú­mero de naciones dominadas. En esa clase de triunfos que se dan dentro de un orden preestablecido, existen los pobres cautivos de las naciones vencidas, cosa que es vergonzosa cuando son ellas las desoladas; sin embargo, aquí resplandece le belleza de los pueblos redimidos. Los que llevan el carro son dignos de un triunfo semejante, y así, el cielo, la tierra, el mar y los infiernos pasan de la corrupción a la gracia.

112. Se coloca una inscripción y se pone sobre la cruz, y en la parte inferior de ella, puesto que el principado está sobre sus hombros (Is 9,6). Y ¿qué otra cosa es este principado, sino su eterno poder y su divinidad? Por eso, cuando le preguntaron: Tú quién eres, El respondió:El principio que os habla (Io 8,25). Pero, leamos esta inscripción: Jesús Nazareno —dice— Rey de los judíos.

113. Con toda razón la inscripción está puesta en la parte superior de la cruz, ya que el reino que posee Cristo no es propio del cuerpo humano, sino del poder de Dios. Y con toda justicia está puesto arriba, porque, aunque en la cruz estaba el Señor Je­sús, sin embargo, resplandecía por encima de la cruz gracias a su majestad real. Era un gusano sobre la cruz (Ps 21,7), un escarabajo sobre la cruz. Pero un buen gusano que no se va del árbol, un buen escarabajo que clamó desde la cruz (2). Y ¿qué dijo? Señor, no les imputes este pecado.También le dijo al la­drón: Hoy estarás conmigo en el paraíso, y gritó como un esca­rabajo: ¡Dios mío, Dios mío, mírame!, ¿por qué me has abandonado? Y, en verdad, era un buen escarabajo quien, por medio de los pasos de sus virtudes, dignificaba el barro de nuestro cuerpo, que antes era algo informe y torpe (3) y buen escarabajo también el que levantó al pobre de entre el estiércol (Ps 122,7); levantó a Pablo que se consideró como basura (Phil 3,8), le­vantó a Job que yacía sentado sobre el muladar (Iob 2,8).

114. No se trata, pues, de una inscripción cualquiera. Y aún más, el mismo lugar de la cruz, bien puesta en medio para que fuera vista por todos, o levantada, como discuten los hebreos, sobre la sepultura de Adán (4), tiene gran importancia, ya que convenía que la primicia de nuestra vida se colocara en el mismo sitio donde tuvo lugar el comienzo de nuestra muerte.

115. Se reparten los vestidos, y a todos les favorece la suerte con algo, pues el Espíritu de Dios no está prisionero de la inteligencia del hombre, sino que actúa sobre ella de una ma­nera imprevista. Quizás se pueda ver también en esos cuatro soldados una figura de los cuatro evangelistas, que fueron aque­llos por quienes nos consta esa inscripción que todos podemos leer. Cuando leo: Mi reino no es de este mundo (lo 18,36), me parece leer la inscripción de “Rey de los judíos”; igualmente, cuando leo : y el Verbo era Dios (Io 1,1), me parece ver claro que el proceso de Cristo estaba escrito sobre su ca­beza, pues, la cabeza de Cristo es Dios (1 Cor 11,3).

116. Esos soldados eran los que guardaron a Cristo y los que actualmente lo guardan, para que no haga sentir su pre­sencia en nadie ni descienda sobre alguno, bajando de la cruz, como pedían los judíos (Mt 27,40). Sin embargo, yo anhelo que Cristo muera por mí en su pasión, para que pueda resucitar después de ella. No quiso bajar, haciéndose un beneficio, con el fin de morir por mí. A Cristo se le guarda para nosotros y por nosotros son divididas sus vestiduras. Todo no lo puede poseer cada uno, y por eso echan a suertes la túnica, y es que la dis­tribución de los dones del Espíritu Santo no se lleva a cabo a gusto del hombre, pues, hay una diversidad de operaciones, pero todo lo obra el mismo Espíritu, el cual distribuye a cada uno según quiere (1 Cor 12,6.11).

117. Contempla ahora los vestidos divinos de Cristo. ¿Dónde los buscaré? Búscalos en el Evangelio de Mateo; en él encon­trarás el manto de escarlata (27,28); en el de Juan hallarás el vestido de púrpura (19,2); en el de Marcos, la púrpura solamente (15,17), y en el de Lucas, la vestidura blanca (23,11); por su parte, El estaba contento con cualquiera de esos vestidos. ¡A cuántos ha vestido Cristo con sus vestiduras! Pienso que no ha vestido sólo a cuatro, sino a todos los soldados y, además, en un modo sobreabundante.

118. Pero volvamos a los evangelistas. En verdad, estas cua­tro fracciones no me parecen tanto partes de un vestido cuanto cuatro clases de talentos. Pues, en efecto, uno escribió de un modo más admirable sobre el reino; y otro sobre la formación del hombre, de una manera más extensa. Lucas eligió para sí escribir sobre el fulgor de la vestidura sacerdotal; Marcos apenas si buscó una trabazón en su exposición; y Juan, por así decir, elaboró un hermoso tejido de sentencias, con las cuales revistió nuestra fe. ¿No te parece que este pasaje : En el principio existía el Verbo y el Verbo estaba junto a Dios y el Verbo era Dios. El estaba desde el principio en Dios. Todas las cosas fueron hechas por El (Io 1,1.3), goza de un encadenado perfecto? Por el contrario, Marcos, como contentándose sólo con el resplandor de la púrpura, afirmó, sin ninguna concatenación verbal: Comienza el evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios(1,1).

119. Por tanto, los vestidos repartidos representan a la ac­ción de Cristo, o también a su gracia, pues la túnica no podía ser partida, viendo en ella una figura de la fe, puesto que ésta no se consigue en atención a la herencia de cada uno, sino que pertenece a todos por derecho común; pues aquello que no puede ser dividido en partes, permanece entero para cada uno.

120. Con un profundo sentido dice que era de una pieza tejida toda desde arriba (lo 19,23),porque es así como está tejida la fe de Cristo, con objeto de que baje desde lo divino a lo humano, puesto que, habiendo nacido El de Dios antes de todos los siglos, tomó, en los últimos tiempos, sobre sí la carne. Con lo que se nos quiere enseñar que no debe romperse nuestra fe, sino que ha de permanecer entera.

121. En verdad, en verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso. Preciosísimo ejemplo el que aquí se narra de un trabajo de conversión, puesto que se le concede al ladrón tan pronto el perdón, resultando el premio mucho más grande que la petición; en realidad, el Señor siempre da más de lo que se le pide. Aquél pedía que el Señor se acordara de él cuando estuviera en su reino, y el Señor le contestó: En verdad, en verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso; y es que la vida verdadera consiste en estar con Cristo, porque donde está Cristo allí está el reino.

122. El Señor perdona prontamente, porque con esa mis­ma prontitud se convirtió el que se lo pedía. De aquí se puede deducir por qué los otros evangelistas muestran a los dos la­drones lanzando injurias, y Lucas, por el contrario, pone a uno blasfemando y al otro rogándole. Pudiera ser que uno de ellos antes estuviera injuriándole y de repente se convirtiera. Y no es de admirar que, si se convirtió, le perdonara la culpa Aquel que concedía el perdón a los mismos que le insultaban. Aunque también cabe la posibilidad de que hablara de uno en plural, como lo hizo en otro texto: Los reyes de la tierra se reunieron y a una se confabularon los príncipes (Ps 2,2); ya que Herodes es el único rey Pilato el único príncipe que, según el sentir de Pedro en los Hechos de los Apóstoles, conspiraron contra Cristo. Y por esa misma razón puedes leer en la epístola a los Hebreos: Anduvieron cubiertos con pieles de cabra, fueron aserrados y obstruyeron las bocas de los leones (11,33.37), cuando en realidad sabemos que solamente Elías era quien llevaba la piel de cabra (2 Reg 1,8), sólo Isaías fue aserrado (5) y únicamente Daniel fue quien permaneció indemne entre los leones (Dan 6,23).

123. Con todo, ¡qué execrable esta iniquidad de los judíos, que crucificaron al Redentor de todos, como si fuera un ladrón! Aunque no hay duda de que, en sentido místico, El es verda­deramente un buen ladrón, que ha logrado dominar al demonio con el fin de arrebatarle sus instrumentos (cf Mt 12,29). También en ese sentido místico, los dos ladrones son una figura de los pueblos pecadores, que fueron crucificados con Cristo por el bautismo, enseñándonos igualmente su desacuerdo que los creyen­tes serían de diversas condiciones. A continuación dice que uno estaba a la izquierda y otro a la derecha. Y los reproches nos re-velan que el escándalo de la cruz (Gal 5,11) seguirá existiendo aun entre los creyentes.

124. Y los judíos le ofrecieron vinagre. Y con el fin de dar cumplimiento a todo, toma esta corrupción de la verdad para clavar en la cruz todo lo que era vicioso. Así bebe el vinagre, pero no el vino mezclado con la hiel, aunque no lo hizo por la hiel, sino para rehusar las amarguras mezcladas con el vino. Pues, en verdad, aceptando la condición de su cuerpo, tomó las amarguras de nuestra vida. Por eso El mismo dijo: Me dieron como comida hiel y como bebida para mi sed, vinagre (Ps 68,22). Sin embargo, no se debía haber mezclado el amargor a la verdad, para que se pudiera ver cómo la inmortalidad futura de los resuci­tados no tendrá amargura, puesto que esa inmortalidad, que cierta-mente se avinagró en el vaso de la humanidad, debía ser repa­rada en Cristo. Así, pues, El bebe vinagre, que es lo mismo que decir que el vicio de esa mortalidad, corrompida por Adán, es en ese momento arrojada lejos de la caña (6), para ser eliminado dicho vicio del cuerpo humano. Por lo cual, arrojemos también nosotros en Cristo todos esos vicios nuestros que hemos acumulado por una incuria negligente de nuestro cuerpo o de nuestra alma; arrojémoslos en El por medio del bautismo, para que nos crucifiquemos en Cristo; echémoslos sobre El por la penitencia; a cambio, El nos comunicará la realidad incorruptible del vino, que es su sangre celestial.

125. Y al fin, tan pronto como bebió el vinagre, dijo: Todo está consumado, pues todo el misterio de esa carne mortal que había tomado, estaba cumplido, y, una vez eliminados todos los vicios, sólo quedaba la gloria de la inmortalidad.

126. Por lo cual dijo: Señor, en tus manos encomiendo mi espíritu. Expresándose con toda perfección, El encomienda su espíritu, puesto que lo conserva, pues, aunque lo encomienda, no lo pierde. El espíritu es, en verdad, algo valioso y cuyo precio hay que guardar; por eso dijo aquél: ¡Oh Timoteo, guarda el buen depósito! (2 Tim 1,14). Y después encomienda el espíritu a su Padre; por eso dijo: Tú no dejarás mi alma en . el infierno (Ps 15,10). Contempla, pues, el gran misterio. Mientras encomienda su espíritu en las manos del Padre, permanece dentro del seno del Padre, ya que nadie distinto del Padre es capaz de conte­ner al Cristo total. Y así dijo:Yo estoy en el Padre y el Padre en Mí (Io 14,10). Encomienda, pues, su espíritu al Padre. Pero co­mo El está presente en los cielos, ilumina los infiernos para rescatar todas las cosas, puesCristo lo es todo en todas las cosas (Col 3,11), aunque El obre en cada uno. La carne muere para resucitar y el espíritu se lo encomienda a su Padre para que los mismos cielos se vean libres de las cadenas de la iniquidad y se lleve a cabo una paz que la misma tierra podrá imitar.

127. Y, dicho esto, entregó su espíritu. Muy bien está dicho ese entregó, ya que no lo perdió contra su voluntad. Y así Mateo dice: Entregó su espíritu, porque lo que se entrega es algo voluntario, pero lo que se pierde se realiza por necesidad. Y por eso añadió: con una gran voz.En este hecho podemos ver, o bien un glorioso testimonio de que se abajó hasta la muerte por nuestros pecados —y, en verdad, no seré yo quien se avergüence de confesar lo que Cristo no se avergonzó de pro-clamar con gran voz—, o una evidente manifestación de Dios, sellando la unión entre la divinidad y la carne. Por eso lees: Jesús, dando un grito, exclamó diciendo: Dios mío, Dios mío, mírame! ¿Por qué me has abandonado? Es el hombre el que clamó, puesto que la separación de la divinidad le hacía morir. Y como la divinidad está libre de toda muerte, ésta no se podría producir a no ser retirándose la vida, ya que la divinidad es la vida (7).

128. Lo que sigue nos muestra claramente que el fin del mundo tendrá lugar a causa de la impiedad de los malos. Por eso la pasión del Señor nos quiere enseñar que acabarán las co­sas presentes para que surjan las futuras. Y las tinieblas han ofus­cado los ojos de los incrédulos para que pueda resucitar la luz de la fe. El sol se ha ocultado o ha huido de los sacrílegos con el fin de tapar el espectáculo deprimente de su crimen. Las piedras se han hecho añicos para mostrarnos, por medio de las grietas abiertas en esas rocas, el futuro, ya que en él la fuerza de la palabra penetrará hasta en lo más duro de los corazones, con objeto de que, como predijo Jeremías (16,16), sea el Señor quien cace más fácilmente en las cavernas de las rocas a los mis­mos cazadores. Y los monumentos abiertos, ¿qué otra cosa sig­nifican, sino la resurreción de los muertos, una vez rotas las ligaduras de la muerte, en cuyo semblante se ve la fe y cuya apariencia es todo un símbolo, ya que, al salir a la ciudad santa, anunciaban, ante la vista de los presentes, que la Jerusalén celes­tial será la morada eterna de los resucitados? También el velo se rasga, hecho que nos declara, o bien la separación de los dos pueblos, o bien la profanación de los misterios de la Sinagoga. El velo viejo se rasga para que la nueva Iglesia pueda colocar sus colgaduras. Ha desaparecido el velo de la Sinagoga para que podamos contemplar al descubierto (2 Cor 3,14), con la mirada de nuestra alma, los misterios secretos de la religión. Y, por fin, he aquí que hasta el mismo centurión confiesa que Aquel a quien han crucificado es el Hijo de Dios. ¡Oh, qué corazones de los judíos, más duros que las rocas! Las piedras se parten, mientras que sus espíritus se endurecen. El juez les acusa, el que le mar­tiriza cree, el traidor paga su crimen con la muerte, los elementos se esconden, la tierra tiembla, los sepulcros se abren, y, sin em­bargo, la dureza de los judíos permanece inconmovible ante estas sacudidas de todo el universo.

129. Allí estaban contemplando el espectáculo algunas mujeres, y allí estaba también su Madre, anteponiendo el celo de su ternura a los peligros que corría. Y el Señor, que permanecía suspendido en la Cruz, despreciando sus padecimientos, encomen­daba a su Madre haciendo un supremo alarde de piedad. No sin razón es Juan quien lo cuenta con toda profusión de detalles; los otros, en efecto, describieron la conmoción del mundo, la acción de las tinieblas oscureciendo el cielo, la huida del sol. Mateo y Marcos, que dieron más importancia al aspecto humano y moral, añadieron: ¡Dios mío, Dios mío, mírame! ¿Por qué me has abandonado?, para que creyésemos que la naturaleza humana asumida por Cristo es la que había subido a la cruz. Y Lucas es quien ha afirmado con más claridad cómo el ladrón, gracias a la intercesión sacerdotal (8), obtuvo el perdón, y cómo, con el mismo beneficio, pidió misericordia para los mismos judíos que lo perseguían.

130. Y Juan, que fue quien penetró con más profundidad en los misterios divinos, trabajó sin cesar para declarar que aquella que había engendrado a Dios, había permanecido virgen (9). El es el único que enseña lo que no consignaron los otros, es decir, cómo, mientras estaba en la cruz, se dirigió a su Madre, Aquel que, vencedor de los suplicios y de los tormentos y triun­fador sobre el diablo, creía más importante cumplir sus deberes de piedad que entregar el reino de los cielos. Pues, si el hecho de que el Señor perdone al ladrón es algo verdaderamente sa­grado, mucho más lo es que el Hijo honre a su Madre (10).

131. Que no se vaya a pensar que he cambiado el orden por haber puesto la absolución del ladrón antes que esas pala­bras dirigidas a su Madre, ya que, como venía a salvar a los pecadores (1 Tim 1,15), no creo que sea absurdo el que yo, en mis escritos, le imite a llevar a cabo la misión que se propuso de buscar y salvar a un pecador. Y por ese motivo El mismo preguntó: ¿Quién es mi madre, y quiénes son mis hermanos?, y es que no había venido precisamente a llamar a los justos, sino a los pecadores (Mt 12,48; 9,13). Pero allí habló en metá­fora, y, en cambio, aquí no se pudo olvidar de su Madre y la llamó desde la cruz, diciéndole: He ahí a tu hijo, y a Juan: He ahí a tu madre. Cristo hacía su testamento desde la cruz, tes­tamento que recogía Juan en su libro, como un testigo digno de tan gran testador. Un testamento que es de gran valor, aunque no ciertamente pecuniario, sino vital, escrito no con tinta, sino por el Espíritu de Dios vivo (cf. 2 Cor 3,3). Mi lengua es la pluma de un amanuense que escribe con rapidez (Ps 44,3).

132. Por su parte, María no aparecía indigna de ser Madre de Cristo, ya que, cuando los apóstoles huyeron, Ella perma­neció al pie de la cruz, contemplando con sus piadosos ojos las heridas de su Hijo, aunque no atendía tanto a la muerte de su Hijo cuanto a la salvación del mundo. Tal vez, porque sabía que de la muerte de su Hijo brotaba la redención del mundo, Ella, que era “la morada del Rey” (11), pensaba que con su propia muerte podría ayudar en algo a la gracia que se derramaba sobre todos. Pero Jesús no necesitaba ayuda para redimir a todo el universo, pues El mismo dijo: Me he constituido como un hom­bre que no tiene ayuda y libre entre los muertos (Ps 87,6). El recibió ciertamente el cariño de su Madre, pero no buscó su ayuda humana. En El, pues, tenemos un maestro de piedad. Este texto nos enseña qué es lo que debe imitar todo afecto materno y cómo regular el respeto de los hijos, para que las madres se ofrezcan a defender a los hijos cuando éstos peligran, y ellos, a su vez, tengan en más valor la solicitud materna que la tristeza de la propia muerte.

133. En este pasaje se nos presenta un testimonio sobreabundante de la virginidad de María. Pero no se trata aquí de que la esposa rechace a su marido, ya que está escrito : Lo que Dios unió, no lo separe el hombre (Mt 19,6), sino que aquel que tuvo durante todo su matrimonio el velo del misterio, no tenía ya necesidad de esa unión, una vez que esos misterios se cumplieron (12). Tal vez pudiéramos ver en esto, siguiendo un sentido moral, que la castidad sólo se guarda con el sacrificio.

134. En verdad, a Juan, el más joven de todos, le ha encomendado un misterio que no nos es lícito escuchar con oídos indiferentes. No hay duda de que el trato frecuente con un joven, así como la belleza de su juventud, son peligrosos para las mu­jeres, porque, tal vez, alguna, mirando la cosa externa, sin preo­cuparse del misterio, queriendo gozar de Cristo, pretenda imitar las apariencias de María, sin imitar su voluntad; así lo entien­den, por desgracia, esas mujeres del montón que, abandonando a su marido ya viejo, se unen a otro más joven. Que esa tal se dé cuenta de que aquí se trata del misterio de la Iglesia, la cual antes estaba unida al pueblo antiguo, aunque en apariencia, no en realidad, después dio a luz al Verbo y lo sembró en los cuerpos y en las almas de los hombres por medio de la fe en la cruz y en la sepultura del cuerpo del Señor, eligiendo, por precepto divino, la unión con otro pueblo más joven.

135. Yo me pregunto por qué no leemos que fuera traspasado antes de su muerte y sí después de ella, y no veo otra razón que la de que, tal vez, nos quiera enseñar que su muerte ha sido voluntaria y no obligada, y también que conociéramos el orden de los misterios, puesto que los sacramentos del altar no preceden al bautismo, sino que éste está antes, al que sigue la bebida. Con ello también se nos avisa que nos demos cuenta que, aunque la naturaleza de su cuerpo era mortal y su condición semejante a la nuestra, con todo, era, por gracia, del todo diferente. Pues no cabe duda que, después de la muerte, la sangre se solidifica en nuestro cuerpo; y, no obstante, de ese cuerpo incorrupto, aunque muerto, manaba la vida para todos; en efec­to, salió agua y sangre, la primera para lavar, y para redimir la segunda. Bebamos, pues, este nuestro remedio, para que, bebién­dolo, nos veamos libres.

Notas:

(1) Recuérdese el n.108, con el que se une esta exposición, después del paréntesis del n.109.

(2) San Ambrosio ha seguido en el texto de Habacuc o la versión de los LXX u otra semejante, que traen la palabra «escarabajo». El texto hebreo y la Vulgata no traen esa palabra. San Jerónimo reprueba a los que comparan al Señor a un escarabajo (In Habacuc: PL 25,1296-1298).

(3) Alusión a la vida de los escarabajos y al lugar donde se suelen encontrar, al menos una especie de ellos.

(4) Cf. ORÍGENES, ln Mt. 126 (PG 13,1777), donde menciona esta opinión sin indicar el origen. En otros lugares se habla de su fuente judía. Esto ha tenido mucha reper­cusión casi hasta nuestros días; pero carece de fundamento y de toda verosimilitud. Es de suponer que los judíos no hubieran escogido tal lugar para la ejecución de los condenados a muerte.

(5) Cf. 1.9.° n.25 y la nota

(6) El vinagre fue presentado al Crucificado en una esponja colocada en el extremo de una caña: ya conocemos que para Ambrosio la caña es figura de la debilidad humana,

(7) A primera vista, este texto sería violento en la doctrina de San Ambrosio, pa­reciendo que la muerte de Cristo se debe a que la divinidad se retira de El. No es imposible dar una interpretación ortodoxa: la divinidad retira la acción preservativa que mantenía la vida humana de Cristo y permite a la muerte hacer su obra, San Am­brosio se inspira en San Hilario, cf, PL 9,79-80.

(8) El calificativo sacerdotal se debe, tal vez, al carácter general del evangelio de San Lucas, como se dijo al principio del mismo.

(9) Cf. más abajo el n.133 y más aún el De institutione virginis, c.7, que ofrece un gran parecido con este pasaje. La constancia de la Virgen al pie de la cruz, un argumento para la virginidad de la Madre de Dios.

(10) Sería muy conveniente que se tuviera presente este pensamiento de San Ambrosio en la pastoral y en los escritos sobre la Virgen, algunos de los cuales, ciertamente, no están en la línea tradicional del pensamiento cristiano. Más todo hay que examinarlo dentro del plan general del pensamiento teológico de San Ambrosio. No hay oposición ninguna en la entrega del reino ni en la veneración a su Madre benditísima, que tam­bién entraba en su obra redentora como Socia suya.

(11) Expresión delicada en San Ambrosio, al que la mariología tanto debe. Tal vez sorprenda a algunos esta expresión aplicada a la Virgen. Sin embargo, la tradición patrística y litúrgica es constante en afirmarla. Ella es la corte, el palacio, la morada por excelencia del gran Rey. En la cruz, cuando es de todos abandonado, Ella sigue siendo su corte, su morada, como en la encarnación. El misterio de Cristo es muy profundo, y no podemos contentarnos con una somera y superficial exposición, como hoy tantas veces sucede. Por eso se han dejado oír unas voces extrañas en lo tocante a la doctrina mariológica de la Iglesia.

(12) San Ambrosio sigue fiel a su pensamiento expresado en el libro 2 ° n.4, y supone que San José vivía en el momento de la pasión del Señor. No es ésta la opinión común.

Tomado de:

http://www.statveritas.com.ar

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