La Penitencia II

Después del pecado debemos arrepentirnos.

Por el pecado nuestra voluntad se aparta de Dios voluntariamente, para poner su amor en alguna criatura, y esto es una gravísima ofensa a Dios.

Por los siguientes textos claros y explícitos de la Sagrada Escritura y principalmente en el dolor y arrepentimiento de los pecados, no en el simple cambio de vida o mutación del consejo anterior.

— El sacrificio grato a Dios es un corazón contrito.

Tu, ¡oh Dios!, no desdeñas un corazón contrito y humillado (Sal. 5, 19).

— Dice el Señor:

Convertíos a Mi en todo corazón, en ayuno, en llanto y en gemido.   Rasgad vuestros corazones, no vuestras vestiduras, y convertíos al Señor, vuestro Dios, que es clemente y misericordioso, tardo a la ira y rico en misericordia y se arrepiente en castigar (Joel. 2, 12-13).

Arrepentíos y bautizaos en el nombre de Jesucristo para remisión de vuestros pecados y recibiréis el don del Espíritu Santo (Hech. 2, 38).

Dios siempre quiere que nos arrepintamos y volvamos a Él:

«iQuiero Yo acaso la muerte del impío, dice el Señor, y no más bien que se convierta y viva? (Ez. 18, 23),

y por el profeta Zacarías nos dice:

«Volveos a Mi… y Yo me volveré a vosotros» (1, 3).

El concilio de Trento «declara que esta contncion’ no solo contiene en si el cese del pecado y el propo-sito e iniciaci6n de una nueva vida, sino tambien elaborrecimiento de la vieja, conforme a aquello de Ezequiel (18,31):

«Arrojad de vosotros todas vuestras iniquidades en que habéis prevaricado y haceos un corazón nuevo y un espíritu nuevo» (D. 897).

Para obtener el perdón es preciso que el pecador vuelva voluntariamente a Dios, reconozca su maldad y sienta verdadero dolor por haberle ofendido, le pida perdón con humildad y proponga firmemente no volver a ofenderle.

La virtud de la penitencia es la que nos inclina a aborrecer el pecado y a volver a Dios con corazón contrito.   La misericordia de Dios nuestro Padre nos abre también sus brazos y nos admite de nuevo entre sus hijos.

«Si el malvado se retrae de su maldad y guarda todos mis mandamientos y hace lo que es recto y justo, vivirá y no morirá.   Todos los pecados que cometió no le serán recordados; en la justicia que obró vivirá» (Ez. 18, 21-22).

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