FIESTA DE TODOS LOS SANTOS

1 de noviembre

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En las iglesias en las que se canta en público el oficio divino, el martirologio se lee todos los días después del rezo de prima. La lectura termina siempre con las siguientes palabras: “Y en otras partes, otros muchos mártires, confesores y santas vírgenes.” En la fecha de hoy, la Iglesia celebra a todos aquellos que han sido beatificados o canonizados oficialmente y a aquellos cuyos nombres figuran en los diversos martirologios y listas de santos locales.  Así pues, las palabras “otros muchos” no se refieren exclusivamente a los mártires, confesores y vírgenes en el sentido estricto, sino también a todos aquellos conocidos por los hombres o sólo por Dios que, en sus circunstancias y estados de vida propios, lucharon por conquistar la perfección y gozan actualmente en el cielo de la vista de Dios. Así pues, la Iglesia venera en este día a todos los santos que reinan juntos en la gloria.

El objeto de esta fiesta es agradecer a Dios por la gracia y la gloria que ha concedido a sus elegidos; movernos a imitar las virtudes de los santos y a seguir su ejemplo; implorar la divina misericordia por la intercesión de tan poderosos abogados; reparar las deficiencias en que se pueda haber incurrido al no celebrar dignamente a cada uno de los siervos de Dios en su fiesta propia, y glorificar a Dios en aquellos santos que sólo El conoce y a los que no se puede celebrar en particular. Por consiguiente, el fervor con que celebramos esta fiesta debería ser un acto de reparación por la tibieza con que dejamos pasar tantas otras fiestas durante el año, ya que en la conmemoración de hoy, imagen del banquete celestial que Dios celebra eternamente con todos los santos, a cuyos actos de alabanza y agradecimiento nos unimos, están comprendidas todas las otras fiestas del año.

En ésta, como en las demás conmemoraciones de los santos, Dios constituye el objeto supremo de adoración y a El va dirigida finalmente la veneración que tributamos a siervos, pues El es el dador de todas las gracias. Nuestras oraciones a los santos no tienen otro objeto que el de alcanzar que intercedan por nosotros ante Dios. Por tanto, cuando honramos a los santos, en ellos y por ellos honramos Dios y a Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, redentor y salvador de la humanidad, rey de todos los santos y fuente de su santidad y de su gloria.

Estos gloriosos ciudadanos de la celestial Jerusalén han sido elegidos por Dios entre los miembros de todos los pueblos y naciones, sin distinción alguna. Hay santos de todas las edades, de todas las razas, y condiciones sociales para mostrarnos que todos los hombres son capaces de ir al cielo. Unos santos nacieron en el lujo de los palacios y otros en humildes cabañas; unos fueron militares, otros comerciantes, otros magistrados; hay clérigos, monjes, religiosas, personas casadas, viudas, esclavos y hombres libres.

No existe estado alguno de vida en el que nadie se haya santificado. Y todos los santos se santificaron, precisamente, en las ocupaciones de su estado y en las circunstancias ordinarias de su vida: lo mismo en la prosperidad que en la adversidad, en la salud que en la enfermedad, en los honores que en los vilipendios, en la riqueza que en la pobreza. De cada una de las circunstancias de su vida supieron hacer un medio de santificación. Así pues, Dios no exige que el hombre abandone necesariamente el mundo, sino que santifique su estado propio por el despego del corazón y la rectitud de la intención. Como se ve, todos los estados de vida han sido engrandecidos por algún santo.

Con frecuencia se arguye que el ideal de santidad que la Iglesia presenta es incompatible con la existencia en el mundo, precisamente aquélla en la que hallan la mayoría de los hombres. Para reforzar esta objeción, se suele repetir que el número de clérigos y religiosos que han alcanzado la santidad es mayor, no sólo relativamente, sino aun absolutamente, que el de los laicos. Pero tal afirmación no está probada ni se puede probar. Si se habla únicamente de aquellos que han sido beatificados o canonizados, es cierto que hay entre ellos muchos más religiosos que laicos, más obispos que sacerdotes y más hombres que mujeres. Pero la canonización y la beatificación no constituyen más que una “ratificación”, por decirlo así, con que la Iglesia honra a ciertos individuos, al escogerlos entre los muchos que contribuyen a su santidad total. Y en tal elección intervienen, necesariamente, muchos factores puramente humanos.

Las órdenes religiosas poseen medios y motivos suficientes para llevar adelante la “causa” de ciertas personas que, en otras circunstancias, sólo habría sido conocida de sus íntimos. La dignidad episcopal trae consigo una notoriedad y una carga particulares y proporciona, al mismo tiempo, los medios y la influencia necesarios para la introducción de la causa. Entre las causas de beatificación o canonización que en los últimos tiempos han despertado más interés en el mundo entero y no sólo en un país, orden o diócesis particular, la gama es mucho más variada que en el pasado: Pío X era Papa, pero el Cura de Ars era simplemente párroco; Teresita del Niño Jesús era una humilde religiosa; Fedederico Ozanam, Contardo Ferrini, Luis Necchi, Matías Talbot, eran laicos; la Beata Ana María Taigi estaba casada con un pobre criado, y su beatificación se debió, después de Dios, al interés que pusieron en ella los trinitarios, de cuya orden fue terciaria. Al leer las biografías completas de muchas de las fundadoras de congregaciones religiosas que han sido beatificadas o canonizadas recietemente, se advierte la importancia que se atribuye en la actualidad a la práctica de las obras de misericordia espirituales y corporales, con frecuencia, se deja casi en la oscuridad o se trata en forma general y superficial, la cuestión de la “vida interior” (en esto, la Beata María Teresa Soubiran constituye una excepción muy notable).

Esos santos y beatos alcanzaron la perfección en medio de una vida muy agitada, consagrada directamente al bien del prójimo, de suerte que puede decirse que vivieron tan “en el mundo” como cualquier laico, esto, que por lo demás no es cosa nueva, puede alentar a quienes se inclinan a creer que, fuera de la vida religiosa, o por lo menos fuera de una vida consagrada especialmente al servicio de Dios, es muy difícil “ser realmente santo”. No hay más que un sólo Evangelio, un sólo Sacrificio, un sólo Redentor, un cielo y un camino para el cielo. Jesucristo vino a mostrárnoslo, sus enseñanzas no cambian y se aplican a todos los hombres. Es absolutamente falso que los cristianos que viven en el mundo no estén obligados a buscar la perfección, o que el camino por el que han de alcanzar la salvación sea distinto del de los santos.

Los santos no sólo tienen importancia desde el punto de vista ético, en cuanto modelos de virtud. Poseen también una significación religiosa muy profunda, no sólo en cuanto miembros vivos y operantes del Cuerpo Místico de Cristo, que a través de El están en contacto vital con la Iglesia militante y purgante, sino también en cuanto frutos de la Redención que han alcanzado el fin de la visión beatífica: “Han atravesado la honda tribulación y han lavado y blanqueado sus túnicas en la sangre del Cordero. Por eso se hallan ante el trono de Dios…” J. J. Olier, fundador de Saint-Sulpice, escribía: “La fiesta de todos los santos, a lo que creo, es más importante, en cierto sentido, que la de la Pascua o la de Ascensión. En este misterio se perfecciona Cristo, ya que, en cuanto Cabeza nuestra, sólo alcanza su plenitud unido a todos sus miembros, que son los santos. Es una fiesta gloriosa, porque pone de manifiesto la vida oculta de Jesucristo. La grandeza y perfección de los santos es enteramente la obra del Espíritu divino que habita en ellos.”

Existen numerosos vestigios indicadores de que, desde tiempo atrás se celebraba una fiesta colectiva de todos los mártires. (“Mártir”, en aquella época era sinónimo de “santo”). Aunque ciertos pasajes de Tertuliano y de San Gregorio de Nissa que suelen citarse a este propósito, son demasiado vagos, en la obra de San Efrén (c. 373), titulada Carmina Nisibena, nos hallamos ya en terreno más firme, puesto que el santo menciona una fiesta que se celebraba en honor de “los mártires de todo el mundo”.

Según parece, la solemnidad tenía lugar el 13 de mayo; esto nos inclina a pensar que en la elección de la fecha de la dedicación del Panteón Romano, que es también el 13 de mayo, según lo explicaremos después, intervino cierta influencia oriental. Por otra parte, sabemos que desde el año 411 y aun antes, se celebraba en toda Siria una fiesta de “todos los mártires”, el viernes de la semana de Pascua, como lo dice expresamente elBreviarium sirio. Los católicos del rito caldeo y los nestorianos celebran dicha fiesta en la misma fecha. Las diócesis bizantinas celebraban y aun celebran la fiesta de todos los santos, el domingo siguiente al de Pentecostés, o sea el día en que nosotros celebramos a la Santísima Trinidad. En un sermón que pronunció en Constantinopla San Juan Crisóstomo, para hacer el “panegírico de todos los mártires que han padecido en el mundo”, indicaba que apenas una semana antes se había celebrado la fiesta de Pentecostés.

Hasta la fecha, permanece muy oscura la cuestión de los orígenes de la fiesta de Todos los Santos en el occidente. Tanto en el Félire de Oengus como en el Martirologio de Tallaght, se conmemora el 17 de abril a todos los mártires y, el 20 del mismo mes, a “todos los santos de Europa”. Según la frase del Martirologio de Tallaght, se celebra en este día lacommunis sollemnitas omnium sanctorum et virginum Hiberniae et Britanniae et totius Europae. Por lo que toca a Inglaterra, hacemos notar que el texto primitivo del Martirologio de Beda no mencionaba a todos los santos, pero en ciertas copias que datan del fin del siglo VIII o del comienzo del IX, se lee el de noviembre: Natale sancti Caesarii et festivitas omnium sanctorum. Dom Quentin emitió las hipótesis de que, al dedicar el Panteón Romano a la Santísima Virgen y a todos los mártires (13 de mayo, c. 609; el Martirologio Romano lo conmemora todavía), San Bonifacio IV tenía la intención de establecer una especie de fiesta de todos los santos, por lo menos así lo creyeron, tal vez, Ado y algunos otros, según se deduce de una frase de Beda, quien habla de la dedicación del Panteón en su “Historia de la Iglesia” y en el De temporum ratione. Beda dice que el Papa decidió que “convenía que en el futuro se honrase la memoria de todos los santos en el sitio que hasta entonces había estado consagrado a la adoración, no de Dios sino de los demonios”.

Ahora bien, tal afirmación no se encuentra en el Líber Pontificales, que Beda tenía ante los ojos. Como quiera que sea, está fuera de duda que, en el año 800, Alcuino tenía ya la costumbre de celebrar el 1° de noviembre “la solemnidad santísima” de todos los santos, a la que precedía un triduo de ayuno. Alcuino estaba al tanto de que su amigo Arno, obispo de Salzburgo, celebraba también dicha fiesta, puesto que Arno había presidido poco tiempo antes un sínodo en Baviera, donde se había incluido esta fiesta en la lista de las celebraciones. También tenemos noticia de cierto Casiulfo, el cual, alrededor del año 775, pidió a Carlomagno que instituyese una fiesta precedida por un día de vigilia y ayuno, “en honor de la Trinidad, de la Unidad, de los ángeles y de todos los santos.” El calendario de Bodley (MS. Digby 63, siglo IX, Inglaterra del norte) designa como una de las fiestas principales a la de Todos los Santos, fijada para el de noviembre. Según parece, la influencia de las Gallas fue la que movió a Roma a adoptar finalmente esta fecha.

Acerca de los orígenes de la fiesta, véase Tertuliano, De corona, c. 3; Gregorio de ViNsa, en Migne, PG., vol. XLVI, c. 953; Ephrem Syrus, Carmina Nisibena, ed. Bicknell, pp. 23, 84; Crisóstomo, en Migne, PG., vol. I, c. 705, D. Quentin, Martyrologes historiques, pp. 637-641; y Revue Bénédictine, 1910, p. 58, y 1913, p. 44. Acerca del problema general, véase Cabrol, en DAC., vol. V, cc. 1418-1419; y sobre todo Acta Sanctorum, Propyleum decembris, pp. 488-489, donde se demuestra que constituye un error el haber atribuido a Oengus una alusión al 1º de noviembre como fiesta de todos los santos. Cf. También Duchesne Líber pontificalis, vol. I, pp. 417, 422-432; acerca de la tradición oriental, véase Nilles, Calendarium utriusque ecclestae, particularmente vol. I, p. 314, y vol. II, pp. 334 y 424. Báchtold-Staubli, Handworterbuch des deutschen Aberglaubens, vol. I, pp. 263 ss., discute los asepctos folklóricos de la fiesta. Cierto número de órdenes religiosas tienen privilegio para celebrar la fiesta de todos sus santos. Muchas diócesis, sobre todo en Francia, solían celebrar antiguamente la fiesta de todos los santos locales; actualmente, esas celebraciones particulares han desaparecido, aunque en Irlanda la fiesta de todos los santos de la isla se celebra todavía el 6 de noviembre.

Tomado de: http://misa_tridentina.t35.com/

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