Cristianos con el espíritu de Nicea

En el mes de este año se han cumplido 1700 años del Concilio de Nicea, el primero ecuménico de la Iglesia, y el papa León XIV ha anunciado que quiere viajar a Turquía, donde se encuentra Nicea, para conmemorar tan gran acontecimiento.

Nicea nos puede parecer un lugar y un momento lejanos, muy apartado de las preocupaciones que hoy nos asaltan. Sin embargo, todo lo que tenga que ver con la historia de la Iglesia debería ser siempre de actualidad para nosotros, por estar cargado de enseñanzas que no se pierden con el tiempo. Posiblemente internet nos absorba, leamos de todo, queramos saber de todo, pero tenemos que preocuparnos del lugar que damos entre nuestras ocupaciones al estudio de la historia de la Iglesia, la teología y la filosofía cristiana. Sin cultivar ese estudio, la vida espiritual del cristiano no podrá desarrollarse jamás; será meramente superficial y sentimental, estando destinada a marchitarse.

Cristiano significa discípulo de Jesucristo, ¿y cómo se puede ser discípulo de Jesucristo sin profundizar en su conocimiento? En su primer discurso en la Capilla Sixtina el pasado 9 de marzo, el Papa dijo que hay que anunciar a Cristo a todo el mundo; no como una especie de superhombre, como a veces se lo considera, sino como el Cristo, el Hijo de Dios vivo.

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Tradición y equilibrio

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«Es cuestión de una pulgada; pero una pulgada es todo cuando se está conservando un equilibrio.” K. Chesterton 

Conservar el equilibrio en cuerpos estáticos y simétricos, es cálculo; conservarlo en el pensar y obrar de los hombres es un osado desafío espiritual y artístico.

Entre los argumentos intuitivos de Chesterton a favor del Cristianismo, se destaca éste, el equilibrio. Manera singular de aunar dos fuerzas o ideas en apariencia contrapuestas, exaltando todas sin opacar ninguna. Por ejemplo, propugnaba una valentía desgarradora hasta dar la vida pero sin desdeñarla, deseaba la paz mientras armaba caballeros para la guerra, con idéntico ímpetu predicaba sobre la virginidad y la familia. Supo mantener lado a lado, dice Chesterton, “dos insistencias, como si mantuviera dos colores, rojo y blanco; como el blanco y el rojo del escudo de San Jorge. Siempre mantuvo un saludable odio por el rosado”. Así, todo el cuerpo de la Cristiandad –esa “roca inmensa, irregular y romántica”– logró unidad  armónica, se hizo de una sola pieza como la divina túnica de nuestro Salvador (símbolo de la Iglesia, según enseña San Cipriano).

Esta sorprendente cualidad que no puede conquistarse a fuerza de recetas, métodos ni gestiones humanas, pareciera escasear en muchos de los grupos o movimientos que integran nuestra Iglesia. Un sinnúmero de discordias y desacuerdos de católicos suceden a menudo por no saber conjugar verdades, por desconocer aquel arte de unir al dinamismo de la vida dos principios de aparente contradicción. Pienso que esta carencia puede manifestarse de dos modos: mezclando verdades o acentuando una verdad por sobre otra (descontemos de raíz quienes no tienen siquiera una verdad que mezclar o acentuar). El equilibrio, fruto de la sensatez, es punto medio de estos dos descarríos: de un lado, un amasijo oscuro y desabrido; del otro, un paquetón de buenas verdades sin ligazón.

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