El Yelmo de Mabrino (4)

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Durante los muchos años que duró el reinado del Papa Juan Pablo II, tanto el Culto como la Liturgia y la Pastoral adquirieron un tono de espectáculo que los aproximaron en gran medida al mundo del teatro.

El Concilio Vaticano II había expresado sus deseos de la mayor participación del Pueblo cristiano en la Liturgia. Pero la liberalización de las normas litúrgicas, sobre todo en las referentes a la Misa, produjo una alocada carrera de inventivas, de improvisaciones y de arbitrarias interpretaciones en todas las cuales se buscaba, ante todo, llamar la atención de los fieles. Todo el mundo buscaba asombrar con algo nuevo.

Así es como se fue dando paulatinamente entrada al teatro en la Liturgia.

Fueron apareciendo vistosos desfiles procesionales de ofrendas en el ofertorio de la Misa, acompañados frecuentemente de las danzas y ritos típicos de cada lugar; y sin que faltaran agradables muchachas jóvenes ejecutando danzas litúrgicas delante de la procesión de ofrendas. También se pusieron de moda las aparatosas y pomposas paradas, en las que se llevaba el Evangeliario con los brazos en alto ante los fieles para la lectura del texto evangélico del día. Sin olvidar las ostentosas lecturas de los textos litúrgicos por parte de seglares que ejercían su función con voz engolada y convencidos de que su momento era la parte esencial de la Misa.

En diversos lugares se escenificaron las lecturas litúrgicas de la Misa en forma de auténtico espectáculo. Como el de que, llegado el momento de la lectura de la Epístola, se hacía un silencio al tiempo que entraba un mensajero por la puerta del templo con un papel en las manos y gritando: ¡Carta de Pablo, Carta de Pablo…! Se sabe de un celebrante, feroz adicto del pacifismo, que hacía el gesto espectacular de romper un rifle de madera durante la homilía. Hubo lugares en los que se sustituyeron los textos litúrgicos bíblicos por lecturas de artículos de prensa o de escritores del momento (generalmente de ideología de izquierdas), considerados seguramente más aptos como alimento espiritual de los fieles. Por su parte, los Movimientos Carismáticos y Neocatecumenales pusieron de moda gestos y expresiones muy peculiares en diversas partes de la Misa (brazos en alto, asimiento de manos, voces y gritos espontáneos…, impulsados todos ellos por el soplo del Espíritu). Se generalizó la celebración del Santo Sacrificio en lugares extraños fuera de los templos, utilizando panes fermentados de alimentación de tamaño grande y vasos sagrados de materiales baratos y de baja calidad. En la Víspera de Navidad, acabada la llamada Misa del Gallo, se daba a besar a los fieles al Niño Jesús según la costumbre inmemorial; sólo que esta vez no besaban los fieles imagen del Niño, sino un infante recién nacido y casi desnudo: ¡Basta ya de símbolos sin vida!, decía el cura enardeciendo a sus fieles. Ni corresponde hablar aquí acerca de los comentarios sarcásticos y hasta escabrosos que muchos fieles hicieron al respecto.

Sería imposible, además de inútil, enumerar las innumerables veleidades, ligerezas y abusos llevadas a cabo en tantos lugares después del Concilio Vaticano II, las cuales, por lo demás, son conocidas por casi todo el mundo. Alguien podría objetar, no obstante, acerca del carácter majestuoso y complicado de algunas antiguas funciones litúrgicas. Lo cual supondría sacar las cosas de quicio, puesto que las antiguas funciones litúrgicas, de carácter tan serio como fervoroso, apuntaban como a su principal objetivo a honrar a Dios mediante un culto que se consideraba sagrado. Mientras que las ceremonias modernas, por el contrario, pretenden avivar, animar y suscitar en los fieles sentimientos de índole psicológica más bien que religiosa. Por otra parte, la música secularmente considerada sagrada del Canto Gregoriano, por ejemplo, se encuentra en los antípodas del estruendo sin sentido de las guitarras electrónicas y de los gritos y contorsiones que acompañan a la música pop.

Lo más significativo en este aspecto de los tiempos del reinado del Papa Juan Pablo II fueron quizá los gestos grandiosos y espectaculares que tanto se prodigaron en multitud de ocasiones. Llevados a cabo, con toda seguridad, con la intención ecuménica de atraer a la Iglesia a los alejados de ella, pero a los que resultaba imposible despojar de un tono de ambigüedad capaz de alarmar a muchos dentro de la grey católica. Los gestos llamativos y aparatosos del Papa al llegar a determinado país, o realizados sobre determinados objetos considerados sagrados y pertenecientes a otras religiones; las visitas de acercamiento a líderes políticos considerados en el mundo entero como dictadores y aun criminales, o bien a jefes de religiones francamente ateas como el budismo, el hinduismo o los cultos vudús, por citar solamente algunos casos, llegaron a intranquilizar a muchos que no vacilaron en considerarlos como de carácter demagógico y puramente escénico.

Con todo, lo más llamativo de toda esta época fueron los grandes Encuentros de Juventud que inauguraron una Nueva Pastoral de la Juventud, la cual luego continuaría en años posteriores y que alcanzaría su punto culminante en las instrucciones para la educación sexual para la Juventud emanadas del mismo Vaticano. De todo lo cual es seguro que, llegado que sea algún momento de la Historia, alguien habrá de responder ante la Divina Justicia del desastre espiritual acarreado a la Juventud de todo el mundo.

Y todavía produjeron peores consecuencias, si cabe, los famosos Encuentros de Asís llevados a cabo en los años 1986 y 2002, en los que se reunieron para orar por la paz líderes de todas las religiones del mundo. Tales Encuentros fueron —y siguen siendo hasta hoy— la piedra de toque que ha puesto a prueba la Fe de la Iglesia y de sus líderes. Si acaso no es más admirable aún la credulidad de quienes todavía siguen creyendo en la bondad de los personajes que los organizaron, y que tomaron parte en ellos.

Una de las serias consecuencias que se pueden derivar de todo esto, en perjuicio de los fieles, ha sido la confusión y la consiguiente sustitución de lo significado por el significante. No hace falta conocer demasiado la naturaleza humana para darse cuenta de que el aparato escénico, del que no se ha hecho aquí mas que un somero resumen, pronto hace olvidar a los fieles el contenido y hasta la existencia de la realidad significada. Se produce aquí una profunda acentuación de sentimientos de índole psicológica carentes de alcance sobrenatural. A lo que contribuye también en gran medida la ambigüedad, utilizada tanto en los gestos como en las palabras.

La utilización de la ambigüedad es un recurso peligroso en la medida en que da entrada a interpretaciones subjetivas del misterio, las cuales difuminan la realidad sobrenatural. La adición, por ejemplo, de la expresión para nosotros en las fórmulas consecratorias pan de vida y cáliz de salvación, es capaz de inducir a confusión. En este caso concreto —podría preguntarse—, el pan de vida y el cáliz de salvación, ¿son tal cosa en sí mismos, o son ahora solamente un símbolo para nosotros?

Se produce así una verdadera desnaturalización o inversión de la naturaleza del hecho teatral. Pues el significante cumple tanto mejor su misión en la escena (cumple con su papel) cuanto con más fidelidad refleja lo significado. El buen actor se identifica con el personaje representado; pero con la particularidad de que, a medida que proporciona más realidad a su personaje, más se desvanece como actor que representa. O dicho de otra manera: la mayor realidad del personaje significado pasa por el olvido o abstracción (por parte del espectador) del personaje significante; el cual va desapareciendo a medida que acentúa la realidad del personaje al que trata de encarnar. Lo que equivale a decir que el significante se disipa a medida que adquiere contornos de realidad lo significado. El actor más notable es aquél que mejor pone de relieve, en su función de mero significante, la realidad de su personaje ante el público. Exactamente lo contrario de lo que sucede en la moderna Liturgia, en la que se disipa la entidad significada a medida que se insiste en un significante cuya sola realidad es justamente la de ser mero significante. Que es lo único que queda ante los fieles.

El problema se comprende con mayor claridad cuando se considera la cuestión de los sacramentos. Los cuales efectivamente, siendo signos, sin embargo contienen y hacen la realidad significada. Su condición de signo posee meramente, por así decirlo, una intención pedagógica, cual es la de que se comprenda mejor el misterio de su contenido. De insistir demasiado en su carácter de signo, haciendo más o menos abstracción de su contenido y carácter sobrenatural, se desvanece su eficacia. Nadie queda limpio de sus manchas con meros signos ni se limita a alimentarse con puros símbolos. De esa forma ninguno de los sacramentos serviría para nada. El Pueblo cristiano lo entendió así durante siglos, por lo que siempre fue necesario explicarle en Catequesis que los sacramentos son también signos; lo cual demuestra que en todo momento consideró menos en ellos el significante que la realidad significada.

Alguien podría argüir diciendo que el boato y la fastuosidad de la antigua y tradicional Liturgia, bien que serios por más que solemnes, también habrían podido contribuir a acentuar el significante en perjuicio del significado. Afirmación cuya falsedad queda patente cuando se consideran dos razones:

En primer lugar, porque el aparato que acompañaba a la pompa de la antigua Liturgia era de índole muy diversa al montaje escénico utilizado en el mundo profano. ¿Qué tienen de común, por ejemplo, la música y el Canto Gregoriano con la música profana medieval o renacentista…? Una prueba clara de la verdad de lo que decimos es el hecho, de todos conocido, de los fracasados intentos de introducir la música y el canto profanos en las funciones religiosas. La música sacra de Mozart, por ejemplo (sea un Requiem o una Misa), como todo el mundo sabe, jamás ha logrado ser considerada como sagrada. Sin duda alguna que se trata de música de singular belleza…, si bien sólo apta para conciertos.

En segundo lugar, porque el fasto de la vieja Liturgia no apuntaba a otros propósitos que a los meramente religiosos y sobrenaturales. Un hecho histórico palmario que no necesita demostración alguna. Mientras que, por el contrario, el estruendoso y espectacular aparato escénico de las modernas funciones litúrgicas, muy a menudo no tiene otro cometido que el de asombrar y entretener a los fieles, casi considerados como espectadores y hasta en muchos casos incluso como interactivos. En cuanto a pruebas para verificar la veracidad de esta afirmación, en el caso de que pueda suscitar en alguien alguna duda, quizá ninguna mejor que la de remitir a las intenciones y convicciones de los organizadores de las modernas Liturgias.

Con respecto a la Misa, el peligro que supone este montaje escénico es más grave todavía. Cosa que puede ser considerada bajo dos aspectos.

En primer lugar debe tenerse en cuenta que puede originar en los fieles el olvido, e incluso el desconocimiento total, de que la Misa es el Santo Sacrificio de Cristo en la Cruz. Realizado una sola vez en el Monte Calvario, y hecho presente sin embargo aquí y ahora, en gracia al Misterio Eucarístico, de forma real y no meramente conmemorativa o rememorativa. El Concilio Vaticano II insistió en que las dos partes de la Misa —la Liturgia de la Palabra y la Liturgia Eucarística— forman un todo único (Sacrosanctum Concilium, II, 56). Pero el paso del tiempo y los abusos fueron dando preponderancia a la primera hasta el olvido casi total de la segunda, cosa a la que contribuyó la profusión de los montajes escénicos de todo tipo en la celebración del Santo Sacrificio.

De ser todo esto cierto, los males que se habrían podido derivar para la Iglesia sólo de Dios serían conocidos. El oscurecimiento o el olvido del Misterio de la Cruz supone la desaparición de lo más esencial del Mensaje Cristiano, y en realidad del Cristianismo entero. Un peligro que ya asustaba a San Pablo y contra el que trataba de prevenir cuando decía que él, por su parte, procuraba no predicar con elocuencia de palabras, a fin de no desvirtuar la Cruz de Cristo.[1]

El segundo aspecto está relacionado con el primero y se deriva de él. Se refiere al hecho de que el Pueblo cristiano puede adquirir una idea equivocada con respecto a su necesaria participación en el Sacrificio y la Muerte del Señor.

La idea de la participación de los fieles en el Sacrificio Eucarístico ha sido paulatinamente desvirtuada. Aunque parezca difícil de creer, dicha participación quedó convertida en una mera intervención activa en las ceremonias o actos del culto. Actividades como distribuir la Eucaristía, recitar las lecturas litúrgicas, predicación de los seglares, etc., etc., han sido durante años todo lo que los laicos han entendido por participar en la Misa. A lo que hay que añadir el fenómeno de la aparición de multitud de menesteres, bastante novedosos y peculiares algunos de ellos realizados por los llamados ministros, cuyo número y diversidad quedan reservados a los arcanos del conocimiento divino. La idea de la participación íntima en los sufrimientos y muerte del Señor —Misterio cuya única fuente vital y originaria se deriva de la Misa—, con todas las consecuencias prácticas que de ahí se deducen para la vida del cristiano, fue sustituida por la de intervenciones externas coram populo cuyo contenido, caso de que se le atribuyera alguno, no preocupaba ya a nadie. Con lo que se había llegado ya a solo un paso de la actuación teatral. Si acudimos de nuevo al recurso del conocimiento que aporta la naturaleza humana, comprenderemos enseguida la rapidez con la que se va poniendo el acento en la forma al mismo tiempo que se va difuminando el fondo. La preocupación por la ceremonia, y la actuación ante los demás, es lo que en realidad va quedando como lo único importante. ¿Quién es capaz de recordar ya, en estas circunstancias, la muerte del Señor y la urgente necesidad de compartirla con Él…? Y sin embargo, participar en los sufrimientos y en la muerte de Cristo no supone un hecho aislado en la Historia de la Salvación, pensado con vistas al beneficio de cada individuo que desee obtener su correspondiente provecho. Desde el momento en que el conjunto de los cristianos forma un Todo, o un solo Cuerpo con Cristo Cabeza,[2] tal participación es necesaria para la plena efectividad del plan de la Redención tal como Dios lo había trazado (Col 1:24). La objeción de que se trataría en este caso de una muerte mística, equivalente al contenido de un puro simbolismo, podría ser respondida con textos como el de Mt 16:25, Mc 8:35, Lc 9:24 y Jn 12:25, a los que habría que atribuir también en ese caso un significado poco menos que poético.

En este juego en el que el ser es sustituido por el parecer y lo real por lo imaginado (tan del gusto del idealismo), o en el que los sentimientos y la subjetividad desplazan a lo hasta ahora tenido por objetividad (tan del gusto todo ello del Modernismo), halla buena acogida la posibilidad de que el simbolismo alcance la categoría de objetividad. De ser así, habría llegado también el momento en el que el teatro se presentara con alardes e ínfulas de desplazar a la vida real, y en el que el simbolismo (por otra parte tan útil y necesario para la existencia humana), pretendiera ser utilizado más allá de su contexto propio. Todo ello habría podido ocasionar consecuencias funestas para la comprensión y la vivencia, por parte de los fieles, de los Misterios fundamentales de la Fe Cristiana. Y en particular, por citar uno de los más importantes, para el Misterio Eucarístico; y más concretamente en relación con él con respecto al de la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía. Como suele suceder siempre, los acontecimientos también aquí se han precipitado según una norma lógica de pensamiento que ha afectado, como no podía ser de otra manera, a los modos de comportamiento de la naturaleza humana.

El Concilio Vaticano II, en la Constitución Sacrosanctum Concilium (I,7), habló de los diferentes modos de presencia de Cristo en su Iglesia. El texto es de gran importancia.

Cristo está siempre presente a su Iglesia sobre todo en la acción litúrgica. Está presente en el sacrificio de la Misa, sea en la persona del ministro, “ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz”,[3] sea sobre todo bajo las especies eucarísticas. Está presente con su virtud en los sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza.[4] Está presente en su palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es Él quien habla. Está presente, por último, cuando la Iglesia suplica y canta salmos, el mismo que prometió: “Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18:20).

Como puede verse, el texto conciliar expone con claridad, conjuntamente y como en paralelo, los diversos modos de presencia de Cristo en su Iglesia. Es comprensible que ponga cuidado en aclarar, por medio de la expresión maxime, el modo de presencia bajo las especies eucarísticas, distinguiéndolo de los otros. Importante precaución esclarecedora que no deja de tener transcendencia.[5]

No obstante lo cual existe la posibilidad de la aparición de problemas debido al hecho de presentar los diversos modos de presencia en paralelo. Puesto que en todos ellos (a excepción de la Presencia Real Eucarística) se habla de presencia mediante su virtud, lo que se puede expresar igualmente por lo que podríamos llamar presencia moral, el peligro de considerar todos los diversos modos de presencia como equivalentes, o en el mismo plano, es más que evidente. Debe tenerse en cuenta que el conjunto del Pueblo Cristiano no es docto en teología ni menos aún experto en sutiles distinciones; por lo que resulta bastante difícil eliminar por completo el riesgo de confusión.

El texto conciliar alude a Mt 18:20 para referirse a la presencia de Cristo cuando la Iglesia suplica o canta salmos: Cuando dos o tres se congreguen en mi nombre, “allí estaré yo en medio de ellos”. Y es regla fundamental de la Exégesis bíblica la de que los textos han de interpretarse según su sentido propio y más obvio, sin olvidar tampoco el contexto en el que se hallan contenidos. Por eso es evidente que el texto de Mt 18:20 no puede interpretarse en el mismo sentido estrictamente literal que los que se refieren a la institución de la Eucaristía en la Última Cena; y dígase lo mismo del fragmento paulino de 1 Cor 11: 23–26. sobre el mismo tema.

Hoc est corpus meum (Mt 26: 26 y ss.; Mc 14: 22 y ss.; Lc 22: 19 y ss.), es una expresión que el Magisterio ha entendido siempre en sentido estrictamente literal. La presencia sacramental de Cristo en la Eucaristía es tan real como que supone la actualización completa (y no simbólica), aquí y ahora, de la Humanidad del Señor (con su cuerpo y su alma, por lo tanto) y su Divinidad, a las que podríamos denominar con toda verdad presencia real si se tiene en cuenta su independencia con respecto a todos los accidentes, y singularmente al de la quantitas. Tal presencia real sacramental, según doctrina inconmovible del Magisterio perenne de la Iglesia, es distinta de la mera presencia moral o virtual, que es la que perdura en el sujeto que recibe el Sacramento después de la desaparición de las especies eucarísticas.

Por lo demás, la misma ciencia exegética ha sostenido siempre que no todos los textos bíblicos pueden interpretarse en el mismo sentido. De donde la necesidad de no abandonar nunca la guía de la buena doctrina y, sobre todo, del Magisterio. Y así como, de una parte, existen textos que no pueden ser entendidos en sentido estrictamente literal (como los que se refieren, por ejemplo, a la conveniencia de extirparse un ojo o una mano para evitar el peligro del escándalo y del pecado), la Escritura contiene sin embargo otros cuyo sentido estrictamente literal, además de ser obvio, es exigido absolutamente por el Magisterio y acerca de los cuales la Tradición no ha vacilado nunca.[6] Como los textos eucarísticos de los que estamos tratando. Pero el riesgo aparece cuando se alinean conjuntamente textos que no pueden ser interpretados en el mismo sentido, puesto que en ese caso se abre la puerta al peligro de la confusión. Y es evidente que la presencia real o física no es idéntica a la presencia moral, si es que hemos de atenernos a lo que se entiende en el lenguaje corriente y a lo que cualquier persona normal puede comprender.

Los hechos de la vida real son bastante elocuentes y enseñan por sí solos. De tal forma, por ejemplo, que cuando se habla de la presencia real o física de una persona, no tiene sentido alguno hablar al mismo tiempo, como en el mismo o semejante plano, de su presencia moral: ¿Qué sentido tendría hablar de la presencia moral o virtual de tal o cual persona, como que permanece ausente, cuando en realidad la tenemos ante nuestros ojos? De ahí que no parezca muy afortunado el hecho de poner en paralelo textos cuyo sentido es diferente o ambivalente, dado el peligro de confusión y, en último término, de equiparación de la realidad de una presencia con la virtualidad de un mero recuerdo. En el lenguaje real de la vida corriente, cuando se dice, por ejemplo, aludiendo a una persona querida y ya desaparecida, que permanece siempre con nosotros, es claro que se está hablando en un sentido simbólico o figurado. La naturaleza humana es tal que no raras veces, y demasiado fácilmente además, acaba confundiendo la Historia con la Leyenda, para terminar después relegándola al olvido. Y el ser humano efectivamente, tal como muestra la experiencia, pasa tan fácilmente de lo uno a lo otro como pasa de lo real a lo simbólico. Como decía enfática y bellamente el novelista americano Robert Jordan: La Rueda del Tiempo gira mientras que las Edades llegan y pasan, dejando tras de sí memorias que luego se convierten en Leyendas. Y las Leyendas a su vez se desvanecen en el mito, hasta que también el mito es olvidado.[7] Por lo cual, y todo tenido en cuenta, quizá sea lo mejor dejar bien sentada la realidad (en este caso referida a la presencia) en su plena integridad; perfectamente diferenciada, con rotunda nitidez, de lo que no es sino una presencia, una fuerza, o una influencia moral o virtual. La claridad meridiana, tanto en los conceptos como en las palabras, es sin duda alguna la mejor salvaguarda de la verdad. Cuando lo real va siendo desplazado por lo simbólico, lo real acaba siendo considerado también como meramente simbólico; hasta que después, por la simple lógica del pensamiento, como pura nada: pues, ¿qué sentido podría pretender poseer un símbolo que no significara absolutamente nada?

El problema es más grave de lo que parece. El lenguaje es una forma noble de comunicación dada por Dios a los hombres a fin de que se transmitan mutuamente sus pensamientos y sentimientos. Manipularlo supone siempre la intención de engañar, y utilizarlo con el fin de hacer creer al prójimo algo distinto de lo que se piensa o se pretende es un verdadero delito de estafa y una injuria al semejante.

Pero ha sido el Modernismo el que ha usado con profusión el lenguaje ambivalente con la intención expresa de engañar, pero presentándolo de tal forma que conserve las apariencias de verdad. Expresiones que siempre se han utilizado en un determinado sentido y que aún ahora se conservan, pero que por su misma naturaleza son capaces de admitir otro, que es el que en realidad se pretende. La forma tradicional sirve de escudo ante la posible acusación de engaño, así como también de pasaporte para que lo que se pretende inculcar pase sin problemas; mientras que la verdaderamente intencional queda de momento disimulada. Los hechos han demostrado que tales formas ocultas acaban por aparecer e imponerse a las aparentes, en una eficiente manera que muchos han denominado bombas de relojería o de retardo.

(Continuará)

Padre Álfonso Galvez

[1] 1 Cor 1:17.

[2] Ro 12:5; 1 Cor 10:17; 12:20; Ef 4:4; 4:12; 4:16; Col 2:19; 3:15.

[3] Cita del Concilio de Trento, ses. 22, decr. De Ss. Misæ Sacrif., can. 2.

[4] Aquí una referencia a San Agustín, en (Io. Evang., tr. 6, c. 1, n. 7.

[5] Cuando habla de la presencia de Cristo en los sacramentos también puntualiza atinadamente, utilizando la expresión virtute sua. No lo hace, sin embargo, cuando se refiere a su presencia mediante la predicación de la Palabra.

[6] La Reforma, como se sabe, es caso aparte. También debemos citar aquí, como rara excepción, a Berengario de Tours (1000–1088), que cometió la herejía de negar la transubstanciación y, según la mayoría siguiendo a Santo Tomás, también la presencia real.

[7] Robert Jordan, de la Saga The Wheel of Time, en The Dragon Reborn, New York, 1992, pag 31.

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