Carta del obispo Misericordio al apóstol San Pablo

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10 noviembre, 2015

Del obispo Misericordio de Laodicea, al apóstol Pablo. Que la gracia y la paz estén contigo.

Recientemente me hicieron llegar una copia de tu primera carta a los corintios, y hay unos pocos asuntos que me gustaría abordar contigo.

Me maravillo de tu concepción de Dios cuando dices:

«¿No sabéis acaso que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno destruyere el templo de Dios, lo destruirá Dios a él; porque santo es el templo de Dios, que sois vosotros.» (1 Cor. 3, 16­17)

Amado apóstol de Dios, ¿no sabes que Dios es un Dios de amor, y no de cólera? Es tan misericordioso que no puede «destruir» a una persona. Harías bien en aprender que Dios ama tanto a sus hijos que no los condena.

Incluso me preocupan más las amenazas que lanzaste a los corintios, diciendo:

«Algunos se han engreído, como si yo no hubiese ya de volver a vosotros. Mas he de ir, y pronto si el Señor quiere; y conoceré, no las palabras de esos hinchados, sino su fuerza. Pues no en palabras consiste el reino de Dios sino en fuerza. ¿Qué queréis? ¿Que vaya a vosotros con la vara, o con amor y con espíritu de mansedumbre?» (1 Cor. 4,18-­21)

¡Oh, querido apóstol, ¿no sabes que no debemos emplear un lenguaje duro, sino que debemos acompañar a esa personas en su peregrinaje de fe?

Mucho más inquietante fue tu nada caritativa sugerencia de que un corintio culpable de lo que consideras inmoralidad sexual debe ser excomulgado. Dices:

«Es ya del dominio público que entre vosotros hay fornicación, y fornicación tal, cual ni siquiera entre los gentiles, a saber: que uno tenga la mujer de su padre. Y vosotros estáis engreídos, en vez de andar de luto, para que sea quitado de en medio de vosotros el que tal hizo. Pero yo, aunque ausente en cuerpo, mas presente en espíritu, he juzgado, como si estuviese presente, al que tal hizo. Congregados en el nombre de nuestro Señor Jesús vosotros y mi espíritu, con el poder de nuestro Señor Jesús, sea entregado ese tal a Satanás, para destrucción de su carne, a fin de que el espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús.» (1 Cor. 5:1­-5)

¿Cómo te atreves a tener una actitud tan crítica con ese hombre? Ni siquiera lo conoces y ya lo juzgas. No deberíamos excomulgar a gente así, y lo mejor para ti sería no sentarte en la cátedra de Moisés y juzgar, a veces con superioridad y superficialidad, los casos difíciles y las familias heridas. En vez de lanzar piedras muertas a esas personas, «tenemos que conocer cómo es su vida, a fin de acompañarlas».

Más adelante exhibes una actitud detestable con los cristianos que no alcanzan tu nivel de perfección:

«Os escribí en la carta que no tuvieseis trato con los fornicarios. No digo con los fornicarios de este mundo en general, o con los avaros, ladrones o idólatras, pues entonces tendríais que salir del mundo. Mas lo que ahora os escribo es que no tengáis trato con ninguno que, llamándose hermano, sea fornicario, o avaro, o idólatra, o malediciente, o borracho, o ladrón; con ese tal ni siquiera toméis bocado.» (1 Cor. 5,9-­11)

En vez de demonizarlos con arrogancia, deberías «acompañar a los que han tenido ese fracaso en su amor. No condenar. Caminar junto a ellos ­y no emplear sofismas en su situación». Tu actitud es demasiado excluyente, y creo que debemos evitar a toda costa encasillar a nadie como si no formara parte de la familia humana, al contrario de lo que claramente haces tú.

No solo dar por sentado que debes juzgar a los demás, sino que has llegado a sugerir que otros cristianos pueden juzgar al «sexualmente inmoral» (tal y como demonizas a esas personas), diciendo:

«Pues ¿qué tengo yo que juzgar a los de afuera? ¿No es a los de adentro a quienes habéis de juzgar? A los que son de afuera los juzgará Dios. Quitad al malvado de en medio de vosotros». (1Cor. 5,12-13)

¿No sabes que el Señor dijo «no juzgues si no quieres ser juzgado»? No debemos «distribuir condenas ni anatemas, sino proclamar la misericordia de Dios».

Me desagradó aún más, y hasta me ofendió personalmente, tu odiosa declaración de que los homosexuales activos no van al cielo, cuando dijiste:

«¿No sabéis que los inicuos no heredarán el reino de Dios? No os hagáis ilusiones. Ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los que viven de rapiña, heredarán el reino de Dios.» (1 Cor. 6,9­-10)

En Laodicea «visito con frecuencia a personas que se siente marginada, como ancianos, divorciados que se han vuelto a casar, gays y lesbianas solteros o en pareja… Para acompañarlos, tenemos que averiguar cómo es su vida.» Sabemos que «la ética cristiana se basa en relaciones estables en las que la exclusividad, la lealtad y la atención de los unos para con los otros son fundamentales», así que siempre y cuando la relación homosexual sea estable, deberíamos «reconocer la naturaleza real de las parejas de homosexuales y lesbianas; y tal forma de vida en común se debe tratar con los mismos criterios que un matrimonio celebrado por la Iglesia».

Me cuesta mucho creer que afirmes que un divorciado cuyo cónyuge anterior todavía vive no debe casarse:

«A los casados ordeno, no yo, sino el Señor, que la mujer no se separe de su marido; y que aun cuando se separare,   permanezca sin casarse, o se reconcilie con su marido; y que el marido no despida a su mujer.» (1 Cor. 7,10­-11)

Aquí demuestras que eres de esos «corazones cerrados, que a menudo se esconden incluso detrás de las enseñanzas de la Iglesia o detrás de las buenas intenciones para sentarse en la cátedra de Moisés y juzgar, a veces con superioridad y superficialidad, los casos difíciles y las familias heridas.»

También me molestó tu rigidez al hablar de la Eucaristía, cuando para ser exactos sugeriste que algunos serían castigados por Dios por comulgar indignamente:

«De modo que quien comiere el pan o bebiere el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Pero pruébese cada uno a sí mismo, y así coma del pan y beba del cáliz; porque el que come y bebe, no haciendo distinción del Cuerpo (del Señor), come y bebe su propia condenación.» (1 Cor. 11,27­-29)

Como dije, «Dios ama tanto a sus hijos que no los condena».  Asimismo, nunca sería tan despiadado como para decir que alguien beberá “su propia condenación”. Tu rigidez en lo que se refiere a quién puede o no recibir la Eucaristía es farisaico, porque te preocupa más lo relativo a observar las reglas o las costumbres que el amor al prójimo.

Tenemos más cuentas que ajustar, pero las dejo para otra ocasión. Por ahora, deseo que medites en lo crítico, arrogante, farisaico y odioso que has sido en tus escritos.

Michael Lofton

[Traducción por José Antonio Gutiérrez. Artículo original]

Tomado de:

http://www.adelantelafe.com

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