Muchos jóvenes son tragados por el ambiente que nos rodea

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3 noviembre, 2015

El año pasado comencé la catequesis de confirmación en una de mis parroquias con un grupo muy majo de jóvenes entre los doce y los quince años. Unos años antes los había tenido a todos en la catequesis de la primera comunión, por lo que yo les conocía y ellos me conocían a mí. A pesar de haberse alejado la gran mayoría de ellos de la práctica religiosa y no haber aparecido por la iglesia desde que hicieron la primera comunión, no fue muy difícil hacerles arrancar de nuevo. Ese mismo día les propuse confesar para que así pudieran acercarse a la comunión y de ese modo aprovechar mejor la catequesis. La respuesta fue unánime. Cuarenta minutos antes de la misa me senté en el confesonario y de uno en uno fueron desfilando todos pidiendo a Dios perdón por sus pecados; algunos con ciertas reticencias, pues por la edad comenzaban a tener ya algunos problemas propios; pero todos, unos y otros recibieron con alegría la absolución y después, en la misa se acercaron a comulgar. Yo me sentía feliz.

Pasó una tarde y pasó una mañana, como nos dice el Génesis, y vino el segundo año de catequesis de confirmación. El primer día les repetí la misma historia, pues durante el verano prácticamente ninguno había perseverado asistiendo dominicalmente a misa, pero cuál fue mi sorpresa cuando después de hacer el mismo llamado a la confesión que el año anterior y sentarme en el confesonario, ninguno se acercó a ponerse en paz con Dios. Yo me armé de paciencia y pensé, a lo mejor había algún partido de futbol…, intentando buscar alguna excusa ante Dios que los justificara de su desgana. Es por ello que la siguiente semana hice un nuevo llamado y así sucesivamente las semanas siguientes, pero cuál ha sido mi sorpresa que ninguno se ha acercado a la confesión. Están ya totalmente cerrados a la gracia de Dios, cumplen con la catequesis y la asistencia a misa pero no quieren saber nada más. Para ellos es un puro trámite. Dios ya se marchó del horizonte de su mente y de su corazón.

Yo me preocupé bastante pues intenté mil modos y maneras diferentes para abrirles el corazón: les hable de la necesidad de alimentar el alma, de ponerse en paz con Dios, de la felicidad de ser amigos de Cristo, incluso les hablé del peligro del infierno… De mil modos y maneras intenté conmover su corazón ya duro y protegido por una dura capa llamada “indiferencia”, pero la respuesta fue el “no” más absoluto.

Sin desanimarme, pero afectado por tanta apatía, este último fin de semana me dispuse a darles de nuevo la catequesis. Como era el famoso “Halloween” me temía que hubiera desbandada general, pero afortunadamente no faltó nadie a la catequesis; aunque a decir verdad, para la misa se habían escapado más del cincuenta por ciento. El tema era “Las perfecciones en Dios”. Les hablé que sólo puede haber un Dios, el cual es omnipotente, omnisciente, eterno, bueno… Luego les puse una pregunta trampa para hacerlos pensar: Si Dios es bueno, ¿por qué permite que nos pasen cosas malas? En ese instante un asomo de luz e interés comenzó a dibujarse en los ojos de algunos de ellos. Unos y otros empezaron a darme sus respuestas que yo corregía, matizaba y ampliaba.

Seguimos hablando de varios temas diversos, más o menos relacionados con el tema principal,  hasta que les dije ¿alguna otra pregunta? Y en ese momento una chica de unos 13 años, movida por la confianza y la distensión que había en el ambiente se atrevió a preguntar: ¿qué hay de malo en que un joven que se siente mujer se cambie de sexo si con eso es feliz? ¿Es que Dios no quiere que seamos felices? Si Dios es bueno, ¿por qué no nos deja hacer las cosas que a nosotros nos pueden hacer felices?

En ese momento fui yo quien abrió los ojos de par en par, con una mezcla entre asombro y susto y pensé: “He estado haciendo el canelo. Creí que estaba hablando con jóvenes inocentes y veo que ya saben más que yo”.

Comencé a darles todas las razones morales, teológicas, escriturísticas que explican por qué eso es un pecado grave. Les expliqué que la mutilación voluntaria es pecado mortal. Les dije también que si Dios te ha hecho hombre eso es lo que hay que ser y si alguna persona tiene una inclinación contraria tiene que corregirla pues en el fondo es una degeneración fruto del pecado…

Ya les podía dar mil razones, pero ninguna era suficiente. Se armó revuelo y tuve que poner orden, pues cada uno quería dar sus propias justificaciones de por qué eso no tenía nada de malo.

La catequesis estaba llegando a su fin por lo que no tuve tiempo de aclarar más las cosas, pero de una cosa sí me di cuenta: No convencí a ninguno.

Y mi pregunta es ésta ¿cómo jóvenes que el año pasado se acercaban a la confesión sin ningún temor ahora ya es puro recelo y rechazo? ¿Cómo jóvenes que eran limpios de corazón, sólo un año después vienen ahora con esas ideas? ¿Dónde las han aprendido? Me temo que la respuesta todos la sabemos: con los amigos, en el colegio, en la televisión, en internet, incluso en la propia casa… Toda esta degradación se respira en el ambiente. Es un lavado de cerebro continuo que se dedica a cambiar nuestro modo de pensar para que así aceptemos una nueva forma de ser, vivir y pensar que está totalmente alejada de los principios cristianos.

Y digo yo, en medio de este ambiente corrupto, donde los padres se sienten totalmente incapaces de educar cristianamente a sus hijos ¿qué se puede hacer? Son muchos los miembros de la jerarquía de la Iglesia que están abiertamente a favor de toda esa mentalidad nueva, corrupta y anticristiana; son los políticos los que a través de sus leyes favorecen que se instaure era nueva forma de vivir; es la educación en los colegios la que les dice a los niños desde la más tierna infancia “¿qué tiene de malos que dos hombres o dos mujeres vivan juntos si de verdad se quieren?”

Hace unos tres mil quinientos años algo parecido ocurrió en dos ciudades, Sodoma y Gomorra (Gen 19). Ya sabemos cuál fue la respuesta de Dios. ¿Se estará preparando una nueva quema para acabar con esta civilización que se ha puesto de espaldas a Dios y ha abrazado lo más perverso y diabólico? Nuestro mundo parece que se ha vuelto del revés. ¿Ya no hay jóvenes que se sientan orgullosos de llegar vírgenes al matrimonio? ¿Ya no hay sacerdotes que hablen claramente de lo que está bien y de lo que está mal? ¿Ya no hay padres que se preocupen de cuidar y educar lo más precioso de sus hijos: su alma?

Dios tuvo paciencia con Sodoma y Gomorra, pero llegó un momento en el que Abraham no encontró ni a diez justos, fue entonces cuando Dios mandó el fuego del cielo para que arrasara esas ciudades. ¿Tendrá que hacer Dios lo mismo con esta sociedad ahora? Me temo que si el hombre no cambia, Dios actuará, y además muy pronto.

Sólo queda un resto fiel, resto que se siente atacado hasta por las instancias más “sagradas”, pero como nos dice el Señor en el evangelio, ese tiempo será acortado en favor de los elegidos (Mt 24:22). Cuando Dios llegue, y será pronto, que nos coja confesados.

Padre Lucas Prados

Tomado de:

http://www.adelantelafe.com

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