¿EXISTE TODAVÍA LA IGLESIA CATÓLICA? Parte II de IV

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II

Decía Epicteto que el comienzo de toda doctrina debe ser la consideración de su nombre. Si hemos establecido que en la Iglesia postconciliar se ha producido un cambio o transformación, bien sea en su esencia, bien sea simplemente en su modo de aparecer, conviene que estudiemos atentamente los posibles significados del verbo cambiar, a fin de llegar a una conclusión acerca de si tal transformación ha afectado a la esencia de la cosa o simplemente a su modo de ser. O si acaso ha influido de modo diferente en las dos clases de fieles: los que hemos llamado sencillamente católicos (prescindiendo aquí de los adjetivos peyorativos con que ordinariamente son designados), o los que plenamente se han incorporado a la Nueva Iglesia postconciliar.

Canonización en San Pedro -Octubre de 2012

Parece que el Diccionario se resiste a considerar el cambio de una cosa en otra distinta en términos como cambiar, variar o transformar (ver Diccionario de María Moliner), prefiriendo más bien mantener aquí intacta la identidad o esencia de la cosa y atribuir el cambio solamente a su aspecto o modo de aparecer.

Por lo que respecta al grupo de los que hemos llamado católicos, no hay problema alguno. Ya hemos dicho que este grupo, aunque muy escaso, diseminado y carente de vínculos externos entre quienes lo componen, no son cismáticos, lefebvrianos ni cosa por el estilo.  Acatan la actual Jerarquía de la Iglesia (por muy corruptos que puedan parecer quienes la componen) y obedecen todas las leyes que no contradicen claramente las leyes divinas.[1] Puede decirse claramente que en él existe y sigue existiendo la Iglesia.

 Con respecto al segundo grupo, el más amplio y complejo, el problema es mucho más complicado. Son muchos y diversos los factores a tener en cuenta.

Existen países, como Alemania, Suiza y Austria, que viven de hecho en una clara situación de cisma. Conocida, consentida y prácticamente aprobada por el Vaticano y las más altas Jerarquías de la Iglesia, las cuales no han dicho ni una palabra acerca de un asunto transcendental que ya se está prolongando demasiado. Han promulgado su propia moral en cuestiones que afectan de lleno y sobre todo a la vida familiar, comprendiendo además todos los aspectos de la ética sexual; todo ello en clara contradicción con las enseñanzas de la Sagrada Escritura, de la Tradición, del Magisterio de la Iglesia y hasta de la misma Ley Natural.

Podemos imaginar aquí lo que le sucedería al ciudadano de una gran Ciudad, tranquila y perfectamente ordenada, regida por leyes sabias y justas, donde todo el mundo sabría cuál era su puesto y cómo lo había de desempeñar. Todo transcurriría en ella en medio de una gran paz y seguridad, suficientes para que los habitantes de tal Ciudad se sintieran verdaderamente felices. Cualquier día, sin embargo, nuestro hombre hubo de emprender un largo viaje del cual regresó al cabo de mucho tiempo…, para comprobar con sorpresa que todo había cambiado radicalmente:

Los Cardenales de la Iglesia, antes hombres graves y de gran personalidad como correspondía a su categoría de Príncipes de la Iglesia, intelectuales y competentes en las doctrinas más complicadas de la Teología, devotos y circunspectos, admirados por el Pueblo y rodeados de un aura de prestigio reconocida en todos los sentidos…, eran ahora hombres vulgares, incompetentes, sin sentido alguno de la dignidad, ignorantes, asociados siempre al mundillo de los personajes famosos, frecuentadores de fiestas y lugares mundanos, adictos a los media y a los políticos, voceadores de doctrinas extrañas y hasta contrarias a las enseñanzas de la Iglesia, por lo demás causantes del escándalo y de la confusión de muchos.

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Los Obispos parecían haber renunciado a la dignidad y autoridad propias de su cargo y a su papel de Pastores de sus Diócesis respectivas; claro está que en favor de las Conferencias Episcopales, verdaderos y únicos órganos de Gobierno eclesiástico aunque absolutamente controladas por los Nuncios, el Vaticano, Poderes políticos y, sobre todo, por los Grupos de Presión, auténticos regidores cuya autoridad (que nadie sabía de dónde procedía) no admitía réplica.Canonizations

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El Culto Divino se había convertido en un verdadero Carnaval y una fuente de blasfemas irreverencias, con prevalencia de la anarquía más total. La Santa Misa había dado paso, en multitud de lugares, a farsas teatrales cuyas únicas notas dominantes eran el ridículo y horribles profanaciones. La Predicación había quedado reducida a una serie de peroratas de contenido puramente humano, capaces de provocar el aburrimiento, cuando no la indignación, de los escasos y confundidos fieles que aún frecuentaban los Cultos.

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Etc., por no hablar de la desbandada general con respecto a la asistencia a los cultos, de la universal apostasía de religiosos y religiosas y otros muchos temas.

Sin embargo esto no era, ni con mucho, lo peor. Lo más grave de todo, y lo que dejó perplejo a nuestro viajero, es que los dogmas de la Iglesia habían sido cambiados de sentido, cuando no eliminados y olvidados como obsoletos. El Magisterio multisecular había sido sustituido por doctrinas tan contrarias como extrañas. Una cierta hermenéutica de la continuidad de la cual se había hablado, yacía ahora en el rincón de las cosas inservibles y olvidadas, una vez demostrada su ineficacia y su falta de fundamento.

Uno de los problemas en los que, de manera más manifiesta, se ha mostrado el caos existente en la Nueva Iglesia postconciliar, es el de la desobediencia a la Jerarquía y Leyes de la Iglesia por parte de la misma Jerarquía. Como ejemplo más manifiesto, podemos citar lo sucedido con el Motu Propio Summorum Pontificum, publicado y promulgado por el Papa Benedicto XVI el día 7 de Julio del 2007, en el que se establecía la total libertad de todos los sacerdotes (sin necesidad de pedir permiso a los respectivos Obispos) para celebrar la Misa Tradicional. Y sin embargo, ha sido unánime y universal la actitud prohibitiva de casi todos los Obispos con respecto a esa celebración. Hasta el punto de que casi siempre ha sido necesario llevarla a cabo, en los pocos casos en los que ha sido posible, como en oculto y per modum delicti, habiendo sido seriamente castigados los transgresores. El permiso para celebrarla ha sido otorgado siempre (cuando ha sido otorgado) exigiendo condiciones verdaderamente draconianas (limitación del número de Misas, exigencia de lugares apartados y a horas intempestivas, etc.)

¿Qué decir cuando es la misma Jerarquía quien desobedece a la Jerarquía…? El hecho pone en carne viva la cuestión de la obediencia en la Iglesia. ¿Cómo obedecer a una Jerarquía que a su vez tampoco obedece? ¿Y hasta qué punto dicha Jerarquía mantiene el derecho a exigir obediencia a sus subordinados? El problema habremos de analizarlo después con más detalle, a propósito de la obediencia a la Iglesia que los verdaderos fieles deben y siguen queriendo mantener.

En definitiva, y para abreviar, la Iglesia Católica, hasta ahora única vía de salvación, parece haberse convertido en una más entre la multitud de sectas protestantes, de religiones asiáticas y ateas y hasta las de cultos a los muertos. La Iglesia de Dios, para bien de los hombres, sería ahora la Iglesia del hombre, cuyo manejo exclusivo queda también en manos de los hombres.

Y así es como llegamos a la pregunta más importante y delicada de todas: ¿Se puede seguir considerando a esta Iglesia como la Católica?

Y la respuesta, después de bien ponderado el asunto, no puede ser sino afirmativa. Quedan en pie las estructuras, los restos de las Instituciones, el culto (aunque tantas veces profanado) del Nuevo Ordo de la Misa, la figura del Papa…, restos de algo que fue pero que se mantienen en pie, y que aún conservan su validez. Por lo que hemos de afirmar con seguridad que la Nueva Iglesia sigue siendo la verdadera Iglesia, al menos, como decía San Pedrohasta que alboree el día y el lucero de la mañana amanezca en vuestros corazones.[2] Ha de mantenerse en pie, siquiera hasta el momento en que se manifieste el hombre de iniquidad,el hijo de la perdición.[3] La Providencia de Dios, que todo lo tiene previsto, ha considerado poderosas razones que justifican que se mantenga esta situación; acerca de las cuales vamos a intentar indagar (en la medida de nuestro entendimiento) en el capítulo siguiente. Dios no abandona nunca a los suyos.

Por el reverendo Padre Alfonso Gálvez Morillas


[1] Acerca del importante problema de la obediencia a la Iglesia en estos cristianos hablaremos más ampliamente más adelante.
[2] 2 Pe 1:19.
[3] 2 Te 2:3.

Tomado de:

http://www.alfonsogalvez.com/es/

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