La tolerancia mundana es la virtud de los que no tienen ninguna convicción

siega

12 noviembre, 2015

Había dos jóvenes, Jorge y Cristóbal, que de niños eran los mejores amigos. Siempre jugaban juntos, y eran como hermanos. Sin embargo, cuando empezaron el bachillerato, los dos empezaron a conocer a diferentes amigos. Cristóbal empezó andar con un grupo de muchachos traviesos, y dejó de pasar mucho tiempo con Jorge. Un día Jorge vio a Cristóbal fumando marihuana, y empezó a preocuparse por él. Pensó en decirle algo, e incluso informar a sus padres, pero nunca lo hizo por no querer perder su amistad. También recordó las lecciones que habían tenido cada año en la escuela sobre la importancia de ser tolerante y de no juzgar ni ofender. Al terminar el bachillerato, Jorge se cambió de ciudad para entrar en la universidad. Unos años después, recibió malas noticias de Cristóbal: se había metido en otras drogas peores y había sido arrestado por venderlas; y luego murió por una sobredosis.

El novelista francés Victor Hugo, dijo: “La tolerancia es la mejor religión,” y en nuestros tiempos es verdad que muchos piensan así. La tolerancia definitivamente es el mantra del mundo moderno, aunque sea muy poco entendida. En la parábola del evangelio de hoy vemos cómo Dios tolera la cizaña hasta la siega. ¿Qué aplicación podemos sacar para nosotros?

Es importante que primero entendamos bien qué es la tolerancia. Es cuando algo es reconocido o percibido como malo, y a pesar de esto, lo soportamos o lo aguantamos, por lograr otro fin más importante. Entonces, es verdad que hay un papel importante para la tolerancia. Tenemos que tolerar muchas cosas que otras personas hacen, que nos molestan, si vamos a convivir y no queremos volvernos locos. Si no, cada persona tendría que vivir aislada.

Por ejemplo, si a mí me gusta más la pizza hawaiana, pero el P. Romo la prefiere con salchicha y anchoa -aunque esto no lo entiendo bien-, obviamente debo tolerarlo y no iniciar una pelea sobre algo de poca importancia.

Aún debemos una cierta tolerancia a la flaqueza humana: por ejemplo, cuando vemos a alguien que todavía está en la lucha contra un vicio o pecado; porque nosotros recordamos que muchas veces Dios ha sido paciente con nosotros y ha esperado e incitado nuestra conversión con gran delicadeza.

“Aprovechémonos, nosotros” dijo un famoso predicador, “de los malos en su trato útil. Por mucho que lo fuere, siempre nos servirá para ejercitar la paciencia, la caridad, la mortificación, y la humildad, y para sujetar la ira”.

Pero la tolerancia no es absoluta como los mundanos quieren decir. En verdad, no es virtud tal cual. En realidad, lo que la gran mayoría llama la tolerancia es un vicio que se disfraza como una cualidad agradable. Actualmente, es una carencia de convicción, es una ambivalencia a la verdad, es una cobardía asquerosa; más bien, es la manifestación de flojera mas repugnante y fea. Lo que el mundo llama la tolerancia en verdad es síntoma de una enfermedad vil y peligrosa que se llama el respeto humano, por el cual dice San Alfonso que muchas almas se pierden. Esta enfermedad nos hace preocuparnos más por lo que los demás pensarán de nosotros, en lugar de lo que agrada a Dios.

“Sea una cuestión de la ciencia, la metafísica, o de la religión,” dice el filósofo Jacques Maritain, “el que dice ¿Qué es la verdad? Como Pilato, no es hombre tolerante, sino traidor a la humanidad.”

La tolerancia requiere que primero se reconozca la maldad de la cosa que queremos tolerar, como dice Maritain: “Sólo existe la real y auténtica tolerancia cuando uno está firme y absolutamente convencido de una verdad”.

Pero hoy en día, esto no es lo que quieren decir los que promueven su supuesta tolerancia como la virtud más importante para la humanidad. Cuando aquellos dicen tolerancia, lo que quiere decir es pereza y languidez moral e intelectual – uno de los prerrequisitos del imperio de relativismo que sueñan crear-. Los promovedores de la tolerancia hoy no quieren solamente que toleremos sus ideas y sus maneras de vivir reprehensibles; quieren que las aceptemos y que conformemos las nuestras a las suyas. ¿No es evidente cuando promueven leyes que roban a los padres su derecho de educar sus hijos según la tradición y las enseñanzas de la verdadera fe? ¿Cuando demandan que aceptemos y aprobemos su moralidad hedonista e irracional? ¿Cuando etiquetan como fanáticos a los que disienten de ellos?

Como dijo Chesterton: “La tolerancia es la virtud de los que no tienen ninguna convicción”.

Sí, toleramos la debilidad humana, los yerros que todos cometimos, y la lentitud y flojera de muchos para reconocer la verdad y convertirse. ¡Pero nunca toleramos ni el pecado ni el error en sí! Ya saben que hoy en día, oímos mucho de una falsa tolerancia y compasión, aun dentro de la iglesia, que no hace nada más que entumecer y confundir consciencias. Hay que recordar que al final de la parábola, la cizaña es echada en el fuego. El tolerar el pecado finalmente es una gran falla del amor, porque deja al prójimo en su inmundicia y depravación.

El arzobispo Fulton Sheen dijo: “El Señor no nos dijo por mandamiento, tolérense uno al otro como yo los he tolerado, sino ámense uno al otro como yo los he amado.”

Lamentablemente, la tolerancia mundana causada por el respeto humano termina en la muerte de la consciencia y la disolución de la sociedad, como dice el predicador Bourdaloue, y esto en el siglo XVII.

“Al principio os repugnará algo la conducta de vuestros enemigos, pero poco a poco la costumbre os hará juzgar normal lo que antes os parecía perverso. Un paso más y seréis iguales. Si me preguntáis cuál es la causa de tanta disolución en la juventud, tanto desorden en los matrimonios, tanta impiedad en la corte e incluso tanto pecado entre los ministros del altar, os diré, sin dudar, que no es otra sino el influjo del mal ejemplo tolerado y hasta sonreído.”

Entonces, surge la pregunta: Si nosotros no debemos tolerar el pecado, ¿porqué Dios lo tolera? ¿Porqué permite que exista?

Fíjense: Dios sabe utilizar el mal para conseguir un bien. Si tolera pecadores, es porque de alguna manera redunda a su mayor gloria. Dios tolera a los pecadores, aunque odia sus pecados, porque espera nuestra conversión.

“Los malos existen en este mundo sólo para dos cosas, para convertirse en trigo o para perfeccionar a los buenos”, dice San Agustín.

Es preciso que seamos capaces de tolerar los defectos de debilidad. Pero al mismo tiempo hay que poder valientemente, es decir, no tolerando el pecado ni cualquier mancha que nos hacer quedar lejos de Dios.

“He aquí un milagro de la gracia”, dice Bossuet. “Abandonar a los justos en medio de los malos y fortificar su virtud por medio de esa misma compañía; obligarles a que respiren el mismo aire y preservarlos del contagio; hacerles vivir en medio de la iniquidad y que se conserven justos: he aquí una obra del poder de Dios, de ese Dios que se complace en hacer brillar la luz radiante y limpia en medio de nubes grises. Y ciertamente que, de no haber existido los malos, ¡cuántas virtudes hubieran dejado de florecer! ¿Dónde estaría el celo para convertirlos? ¿Dónde la paciencia de los que sufren? ¿Dónde el triunfo de los mártires?

Dios odia el mal que cometemos, pero nos tolera para que pueda lograr una obra maestra de santidad en nosotros. En este sentido de tolerancia, el sentido verdadero, tenemos que ser tolerantes, tanto con nosotros mismos como con el prójimo, y toda nuestra debilidad y flaqueza, entregándonos a las hábiles y amorosas manos de Dios. Como dice el P. Mateo: “Es precisamente porque reconocen su debilidad e impotencia que deben tener la confianza de un niño en el Corazón de Jesús. La eternidad será demasiado corta para alabar y agradecer su sabiduría infinita, que, sin consultarnos, con tanta frecuencia oponía nuestras ideas y proyectos, causándonos el sufrimiento y la tristeza, solo para que podamos ser felices en el cielo para siempre.”

Padre Daniel Heenan

Tomado de:

http://www.adelantelafe.com

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