Tocar a Cristo con fe
(Sermón 34)
Todas las lecturas evangélicas nos ofrecen grandes beneficios tanto para la vida presente como para la futura. La lectura de hoy recoge, por un lado, lo que es propio de la esperanza y excluye, por otro, cualquier cosa que se refiera a la desesperación.
Tenemos una condición dura y digna de ser llorada: la innata fragilidad nos incita a pecar y la vergüenza, pariente del pecado, nos prohibe confesarlo. No nos avergüenza obrar lo que es malo, pero sí confesarlo. Tememos decir lo que no tenemos miedo de hacer.
Pero hoy una mujer, al buscar un tácito remedio a un mal vergonzoso, encuentra el silencio, mediante el cual el pecador puede alcanzar el perdón.
La primera felicidad consiste en no avergonzarnos de los pecados; la segunda, en obtener el perdón de los pecados, dejándolos escondidos. Así lo entendió el profeta, cuando dijo: Bienaventurados aquellos cuyos pecados han sido perdonados y cuyas culpas han sido sepultadas (Sal 31, 1 ).
En esto—narra el evangelista—, una mujer, que padecía un flujo de sangre hacía doce años, acercándose por detrás, le tocó el borde de su manto (Mt 9, 20). La mujer recurre instintivamente a la fe, después de una larga e inútil cura. Se avergüenza de pedir una medicina: desea recobrar la salud, pero prefiere permanecer desconocida ante Aquél de quien cree que ha de alcanzar la salvación.
De modo semejante a como el aire es agitado por un torbellino de vientos, esta mujer era turbada por una tempestad de pensamientos. Luchaban fe contra razón, esperanza contra temor, necesidad contra pudor. El hielo del miedo apagaba el ardor de la fe y la constricción del pudor oscurecía su luz; el inevitable recato debilitaba la confianza de la esperanza. De ahí que aquella mujer se encontrase agitada como por las olas tempestuosas de un océano.
Estudiaba la forma de actuar a escondidas de la gente, apartada de la muchedumbre. Se abría paso de manera que le fuera posible recobrar la salud sin forzar, a la vez, el propio pudor. Se preocupaba de que su curación no redundara en ofensa del médico. Se esforzaba porque la salvase, salvando la reverencia debida al Salvador.
Con un estado de ánimo semejante, aquella mujer mereció tocar, desde un extremo de la orla, la plenitud de la divinidad. Se acercó—cuenta— por detrás (Ibid.). Pero ¿detrás de dónde? Y tocó el borde de su manto (Ibid.). Se aproximó por detrás, porque la timidez no le permitía hacerlo por delante, cara a cara. Se acercó por detrás, y, aunque detrás no hubiese nada, encontró allí la presencia que intentaba esquivar. En Cristo había un cuerpo compuesto, pero la divinidad era simple: era todo ojos, cuando veía tras de sí una mujer que suplicaba de este modo.
J/HUMANIDAD-SVRA: Acercándose por detrás, le tocó el borde de su manto (Ibid.). ¡Qué debió de ver escondido en la intimidad de Cristo, la que en el borde de su manto descubrió todo el poder de la divinidad! ¡Cómo enseñó lo que vale el cuerpo de Cristo, la que mostró que en el borde de su manto hay algo de tanta grandeza!
Ponderen los cristianos, que cada día tocan el Cuerpo de Cristo, qué medicina pueden recibir de ese mismo cuerpo, si una mujer recobró completamente la salud con sólo tocar la orla del manto de Cristo. Pero lo que debemos llorar es que, mientras la mujer se curó de esa llaga, para nosotros la misma curación se torna en llaga. Por eso, el Apóstol amonesta y deplora a los que tocan indignamente el cuerpo de Cristo: pues el que toca indignamente el cuerpo de Cristo, recibe su propia condenación (/1Co/11/29) (…).
Pedro y Pablo, Príncipes de la fe cristiana, difundieron por el mundo el conocimiento del nombre de Cristo; pero fue primeramente una mujer la que enseñó el modo de acercarnos a Cristo. Por primera vez una mujer demostró cómo el pecador, con una confesión tácita, borra sin vergüenza el pecado; cómo el culpable, conocido sólo por Dios en relación a su culpa, no está obligado a revelar a los hombres las vergüenzas de la conciencia, y cómo el hombre puede, con el perdón, prevenir el juicio.
Pero Jesús, volviéndose y mirándola, dijo: ten confianza, hija, tu fe te ha salvado (Mt 9, 22). Pero Jesús volviéndose: no con el movimiento del cuerpo, sino con la mirada de la divinidad. Cristo
se dirige a la mujer para que ella se dirija a Cristo, para que reciba la curación del mismo de quien ha recibido la vida y sepa que para ella la causa de la actual enfermedad es ocasión de perpetua salvación.
Volviéndose y mirándola (Ibid.). La ve con ojos divinos, no humanos para devolverle la salud, no para reconocerla, pues ya sabía quien era. La ve: es recompensado con bienes, liberado de males, quien es visto por Dios. Es lo que reconocemos todos habitualmente cuando, refiriéndonos a las personas afortunadas, decimos: la ha visto Dios. A esa mujer también la vio Dios y la hizo feliz curándola.
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