Negación de Pedro

San Lucas 22,54-62.

72. Y Pedro le seguía a lo lejos. Con razón dice que le seguía de lejos, ya que estaba próximo a negarle; pues no podría ha­berle negado si se hubiese mantenido cercano a Cristo. Con todo, quizás debamos tener para con él una gran reverencia y admiración, puesto que, aun con mucho miedo, no abandonó al Señor. El miedo es propio de la naturaleza, pero la solicitud es hija de la piedad. Lo que uno teme es algo extraño; sin embargo, aquello de lo que no se puede huir es algo propio. Si él sigue, lo hace por una devota entrega, pero la negación es algo propio de la sorpresa. Su caída es algo común, su arrepentimiento está provocado por la fe. Ya había comenzado a arder el fuego en la casa del príncipe de los sacerdotes; y Pedro se acercó para calentarse, puesto que, una vez preso el Señor, se había enfriado también el calor de su alma.

73. Y por el hecho de que quien primero lo denuncia sea una esclava, cuando los que mejor le podían conocer eran los hombres, ¿qué nos quiso dar a entender, sino que también el sexo femenino había tomado parte pecaminosamente en la muerte del Señor y que sería, por lo mismo, también redimido por la pa­sión del Señor? Y por eso es una mujer quien recibe primero el misterio de la resurrección y guarda lo que se le había mandado (Io 20,14ss), con objeto de poder deshacer el antiguo error de la prevaricación.

74. Y al ser denunciado, Pedro reniega —admitamos, pues, que Pedro renegó, ya que el Señor le dijo: Tú me negarás tres veces (Mt 26,34), y, en verdad, prefiero creer que Pedro renegó antes que pensar que el Señor se equivoca—; y ¿qué es lo que él negó? Exactamente lo que había imprudentemente prometido. El había valorado su entrega, pero no había reflexionado sobre su condición humana y fue castigado por haber presumido de que moriría por El, cosa que es un regalo del poder divino y no un fruto de la debilidad del hombre (1). Si él pagó tan caro una palabra imprudente, ¿qué pena no tendrá reservada la falsa fe?

75. Y ¿dónde tiene lugar la negación de Pedro? No en la montaña, ni en el templo, ni en su casa, sino en el pretorio de los judíos, en la casa del príncipe de los sacerdotes. Le niega allí donde no está la verdad, allí donde fue apresado Cristo, donde fue atado Jesús. ¿Cómo no iba a caer aquel a quien había intro­ducido dentro una portera de los judíos, que fue la que le inte­rrogó? Desgraciadamente Eva sedujo a Adán, y también desgraciadamente una mujer fue quien introdujo a Pedro; pero el primero cayó en el paraíso, donde la caída era irreparable; éste, en cambio, en el pretorio de los judíos donde es difícil que se dé la inocencia. Al primero se le prohibió el pecar, al segundo se le había pre­dicho su error. La caída del primero fue causa del engaño del segundo, pero éste reparó la de aquél.

76. Hemos de considerar también en qué estado de ánimo renegó. El tenía frío. Si atendemos a la estación, debemos recono­cer que no podía hacer mucho frío, pero lo cierto es que allí donde no se reconoce a Jesús, hace frío, como lo hace también allí donde no había nadie que viera la luz y donde se negaba el fuego que consume. Se trataba, pues, de un frío del alma, no del cuerpo. Y así Pedro se había arrimado a los carbones, porque tenía el corazón frío. Pero la lumbre de los judíos no es buena; abrasa, pero no calienta. Malo, en verdad, es ese fuego que esparce una especie de cenizas de error aun sobre las almas de los santos, por causa de la cual se cegaron también los ojos interiores de Pedro, es decir, no sus ojos corporales, sino los de su alma, que era con la que había visto a Cristo.

77. Tal vez alguien me diga: ¿Pero tú condenas hasta esos elementos que usaban los judíos? No, no condeno los elementos, puesto que no son algo propio de los judíos, sino que lo que con­deno es esa otra llama que es la falsa fe. Y esta llama de los judíos es la que condeno, siguiendo la divina sentencia del Señor cuando dice: Vuestra plata ha sido reprobada (Ier 6,30). Si la plata de los judíos ha sido rechazada, también su fuego (2) ha sido reprobado. En realidad, en el fuego y en el oro de los judíos estaba figurada la cabeza del becerro (Ex 32), que no era otra cosa que los principios del sacrilegio.

78. Pero examinemos el contenido de la negación, ya que, siguiendo a los evangelistas, se obtiene un contenido más rico. Y así, el que Pedro pudiese pecar, parecería una cosa tan extraña, que su pecado ni siquiera los evangelistas lo pudieron comprender (3). Por eso, cuando la criada denuncia a Pedro el ser de los que estaban con Jesús Nazareno, Mateo escribe que su primera palabra fue responder: No sé lo que dices. Y esto mismo es lo que afirma Marcos, que siguió a Pedro y pudo conocer mejor este detalle de sus mismos labios. Esta es, pues, la primera palabra de la negación de Pedro, con la cual, sin embargo, no parece que quiera negar al Señor, sino sólo alejarse de la denuncia de la mujer.

79. Pero profundiza en qué es lo que él niega. Dice que no era de esos que estaban con Jesús de Galilea, o, como escribió Marcos, con Jesús Nazareno. ¿Negó, acaso, que había estado con el Hijo de Dios? Esto era lo mismo que decir: No reconozco como Galileo o Nazareno al que reconozco como Hijo de Dios. Es propio de los hombres el llevar el nombre de los lugares donde nacieron, pero el Hijo de Dios no puede ser designado con el nombre de su patria, ya que ningún lugar puede limitar su majes­tad. Y para que te des cuenta cómo lo dicho responde a la verdad, también existe un ejemplo que lo prueba; en efecto, cuando, en otro pasaje, preguntó el Señor a los discípulos: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?, y unos respondieron que Elías, otros que Jeremías o alguno de los profetas, Pedro res­pondió: Tú eres Cristo, el Hijo de Dios vivo (Mt 16,16ss). ¿Acaso le negó en esta ocasión porque prefiriera mejor confesarle como Hijo de Dios que como Hijo del hombre? ¿Cómo podremos pen­sar que estuviera equivocado cuando precisamente fue el mismo Cristo quien lo aprobó con toda claridad?

80. Pero todavía tienes más detalles. Cuando Pedro fue preguntado: ¿Y tú eres también de esos que estaban con Jesús de Galilea?, dejó de lado esa expresión de eternidad —ya que los que habían comenzado a ser, no existían por sí mismos—, en otras palabras: sólo se puede decir que existía el que desde el principio existía (Io 1,1).

81. Y añadió: Yo no soy; y es que el “ser” es algo propio del que es siempre. Y por esa razón dijo Moisés: El que es me ha enviado (Ex 3,14). Y como de nuevo se le instase a responder si era de ellos, lo negó, como consta por Marcos, para que comprendas que el evangelista estaba más de la parte de la verdad que de la condescendencia (4) y que, aunque negó que era de ellos, no renegó de Cristo. Había negado el consorcio con los hombres pero no la gracia de Dios. Había negado que era de los que estaban con el Galileo, pero no negó que estaba con el Hijo de Dios.

82. Y al fin, acusado, según Mateo, de que estaba con Jesús de Nazaret, contestó: No conozco a ese hombre. Los dos evangelistas de los que estamos tratando (5) han dejado escrito lo mismo, es decir, que él la tercera vez había respondido con juramento que no conocía a ese hombre. Con toda razón podía negar al hombre aquel que le reconocía como Dios. No hay duda que, cuando hay que hacer un juramento, se prepara con cuidado la respuesta; pues aunque Pedro renegó, no perjuró, y, en efecto, el Señor no le había anunciado que perjuraría. Y si el juramento, aun en el caso de Pedro reviste tales dejos de duda, ¡qué peligro hemos de ver en él!

83. Juan nos refiere que Pedro, cuando fue preguntado por la sirvienta, si era de los discípulos de ese hombre, la primera vez, respondió No soy (18,17), y, en verdad, él no era apóstol de un mero hombre, sino de Cristo. También después Pablo negó que era apóstol de un hombre cuando dijo: Pablo, apóstol no de hombres ni hecho por hombres, sino por Jesucristo y por Dios Padre (Gal 1;1). Y para que no pareciera que en el misterio de la Encar­nación quedaba alguna cosa dudosa, añadió: Que lo resucitó de entre los muertos (ibid.), así puedes creer en su humanidad después de haber creído en su divinidad. Que es lo que expresa en otro lugar, con parecidas palabras, cuando dice: No hay más que un solo Dios y un mediador entre Dios y los hombres, que es Cristo Jesús hombre (1 Tim 2,5). Pero, cier­tamente, se le ha puesto la mediación de Dios antes que los hombres, pues no es suficiente creer ambas verdades, sino tam­bién creerlas con el orden propio de la fe.

84. Por tanto, concuerdan las respuestas de todos, ya que el que dijo: No conozco a tal hombre, expresó lo mismo cuando fue preguntado si era de los discípulos de ese hombre, diciendo: No soy. Y así, no es que negara que era discípulo de Cristo, sino que lo que negó fue que era discípulo de un hombre. De este modo, tanto Pedro como Pablo negaron al hombre, porque con­fesaban que era Hijo de Dios. Y lo mismo que pensó Pedro, lo expresó Pablo, sacando también su provecho. El error de Pedro pasó a constituir una lección para los justos, de igual manera que su debilidad se convirtió en una roca de fortaleza para todos. Tam­bién titubea sobre las aguas, pero tiende su mano a Cristo (Mt 14,30); cae en la montaña, pero es levantado por Cristo (Lc 9,14); como también peligra en el mar, pero anduvo sobre él. En rea­lidad, la debilidad de Pedro es más fuerte que nuestra misma fir­meza. El cae allí donde nadie sube, y duda allí por donde nadie anda. Y, sin embargo, aunque titubeaba al andar sobre las aguas, no cae, camina sin hundirse, vacila sin llegar a la caída. Y, si cae, es sobre el monte donde cae, aunque el caer allí supone para él más felicidad que el estar en pie de otros; esa caída le reporta la dicha de que sea Cristo quien lo levante.

85. Y al ser preguntado otra vez si era de sus discípulos, Juan nos dice que lo negó. Cosa que negó con toda razón, ya que se le preguntaba si era discípulo de aquel de quien, más arri­ba, habían dicho que era hombre. Y que la tercera vez negará que había estado con El, se desprende de lo anterior: con ese a quien vosotros llamáis puro hombre, no he estado, pero del lado del Hijo de Dios no me he separado.

86. También Lucas escribió que, cuando Pedro fue preguntado si era de ellos, respondió la primera vez: Yo no lo he conocido. Y lo dijo con toda justicia, pues no hay duda que habría sido una presunción decir que conocía a Aquel que la mente humana jamás puede abarcar; pues nadie conoce al Hijo sino el Padre (Mt 11,27). La segunda vez, atestigua Lucas, dijo: No soy. Es de­cir, que prefirió negarse a sí mismo antes que negar a Cristo (6) Aunque parecía que él negaba que había estado con Cristo, en realidad se negaba a sí mismo. Con todo, es cierto que por negar su parte humana ya pecó contra el Hijo del hombre, aunque no contra el Espíritu Santo, y por eso fue perdonado (Mt 12,32). Y al ser interrogado por tercera vez, respondió: No sé lo que dices, o lo que es lo mismo, yo no entiendo vuestros sacrilegios.

87. Pero, aunque nosotros le excusemos, él no se excusó, ya que para confesar a Jesús no es suficiente una respuesta ambigua, sino que es necesaria una confesión franca. Porque ¿de qué sirve un rodeo en las palabras, si quieres aparecer como uno que ha renegado? (7). Y por eso se dice que Pedro no respondió así con objeto de dar un rodeo, ya que, cuando después lo recordó, comenzó a llorar. Y así prefirió confesar él mismo su pecado, para que, por la confesión, le fuese perdonado el pecado que había contraído por la negación —pues el justo empieza por acusarse a sí mismo (Prov 18,17)— y después lloró.

88. ¿Por qué lloró? Porque el pecado le cogió de sorpresa. También yo suelo llorar si no peco, es decir, si no me vengo, si no obtengo lo que injustamente deseo; Pedro se arrepintió y lloró porque se había equivocado como hombre. No atiendo tanto a lo que dijo, fijo más mi atención en que lloró. Veo sus lágrimas, no encuentro un afán de excusarse; y aunque no puede defenderse, puede empero lavarse. ¡Que las lágrimas laven ese pecado que no se atreve a confesar de viva voz! Los llantos conducen al perdón y a la honradez. Las lágrimas confiesan la culpa sin temor, las lágrimas reconocen el crimen sin el tormento de la vergüenza, las lágrimas no piden el perdón, pero lo obtienen. Ya he encon­trado el por qué Pedro guardó silencio, era para que una demanda de perdón tan pronta no hiciera más grande su pecado. Es ne­cesario llorar antes, y ya después se puede pedir.

89. ¡Qué buenas lágrimas son las que lavan la culpa! Por eso todos aquellos a los que Jesús mira, lloran. La primera vez, Pedro renegó y no lloró, era porque el Señor no le había mirado. Le negó una segunda vez y tampoco lloró, pues aún no le había mirado el Señor; pero, al negarle por tercera vez, Jesús clavó en él su mirada, y comenzó a llorar con incontenible amargura. Mí­ranos, Señor Jesús (8), para que sepamos llorar nuestro pecado. Con esto se nos enseña que aun la caída de los santos es provecho­sa. Ningún daño me acarreó la negación de Pedro, y, sin embargo, he recibido un gran beneficio de su arrepentimiento. He apren­dido a guardarme de los planes de los hombres de mala fe. Pe­dro, cuando estaba entre los judíos, renegó; Salomón, engañado por sus amigos paganos, cayó en el error.

90. Pedro lloró y con una amargura profunda, lloró con el fin de que sus lágrimas pudieran lavar su pecado. También tú debes llorar tu culpa con lágrimas si quieres conseguir el perdón en el mismo momento e instante en que te mire Cristo. Si te acontece caer en algún pecado, el que está como testigo en lo más íntimo de tu ser, te mira para hacerte recordar y confesar tu error. Imita a Pedro, que, en otro lugar, responde a la tercera pregunta: Señor, Tú sabes que te amo (lo 21,15). Pues como le había negado, serán otras tres las que le confiese, y, habiéndole negado de noche, le confiesa de día.

91. Ahora bien, todo esto está escrito para que comprendamos que nadie se debe vanagloriar; porque si el mismo Pedro cayó porque dijo: Aunque los otros se escandalizaren, yo jamás me es­candalizaré (Mt 24,33), ¿quién podrá presumir, con derecho, de sus propias fuerzas? También David, después de decir: Yo dije en el tiempo de mi bienestar, jamás seré conmovido, confiesa que esa jactancia le hizo engañarse, diciendo: Apartaste tu rostro de mí y fui confundido (Ps 29,7ss).

¿Cómo podrías hacerte presente a mí, Pedro, para que me mostrases en qué pensabas cuando llorabas? ¿De dónde —me pregunto— te podría hacer venir? ¿Acaso del cielo, donde ya tienes un puesto entre los coros de los ángeles, o tal vez de la tumba? En realidad, no creo que pienses que sea una injuria para ti el estar allí mismo de donde resucitó el Señor. Enséñame qué gran utilidad te reportaron las lágrimas. Aunque, en verdad, bien pronto lo has enseñado ; ya que, al llorar después de caer, ese llanto te ha hecho digno de ser elegido para regir a otros, precisa-mente tú que, antes ni a ti mismo eras capaz de gobernarte.

Notas:

(1) Al decir: «animam meam pro te ponam», nota San Ambrosio que San Pedro parecía arrogarse lo que es privilegio del Señor, al que sólo pertenece decir con toda verdad: «potestatem babeo ponendi animam meam».

(2) El fuego es considerado aquí como el crisol donde se purifica la plata de los judíos.

(3) Hay que dejar a San Ambrosio la responsabilidad del desarrollo tan ingenioso, demasiado ingenioso, que hace en este pasaje. Seguramente en todo esto hay que ver una reminiscencia de su vida y profesión anterior y, por otra parte, su inclinación a ver todo bueno en los apóstoles y en las almas santas del Antiguo y Nuevo Testa­mentos.

(4) El evangelio según San Marcos es considerado por la tradición católica como un reflejo de la predicación de San Pedro.

(5) San Mateo y San Marcos.

(6) En latín «non sum» se presta a una doble traducción. A ello alude San Ambrosio.

(7) espués de tanto ingenio manifestado en sus razonamientos leguleyos, San Ambrosio ha terminado por apreciar sanamente, y conforme a la interpretación general, el acto reprensible de San Pedro.

(8) Muchas expresiones de este pasaje se encuentran en el himno de Laudes de los Domingos: «Aeterne rerum Conditor», que se considera como obra de San Ambrosio.

Tomado de:

http://www.statveritas.com.ar

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