Los judas (sacrílegos) se suceden

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A mediados del siglo XVIII, una religiosa de la Visitación, de Turín, tuvo una visión tremenda y por demás impresionante. Mientras rezaba devotamente ante Jesús Sacramentado, se le apareció la sagrada Hostia chorreando sangre fresca.

Ni tiempo tuvo para volver en sí, a causa del asombro y del miedo, cuando repentinamente se encontró en el atrio de las dos iglesias situadas al principio de la plaza de San Carlos, y allí oye una algaraza de gente que viene de las calles laterales de la parte que mira a los Alpes. Gritos, voces, aullidos, blasfemias horribles… La chusma, que aumentaba cada vez más, llenaba completamente la plaza.

Empieza una comedia asquerosísima, e inmediatamente después todos se van precipitando por las calles de la derecha hacia el río Po; les sigue una gran oleada de sangre que inunda toda la plaza, y se desliza por las mismas calles hasta perderse en el río, juntamente con toda aquella gentuza, verdaderos demonios.

La monjita, horrorizada, se dirige al Señor, y exclama: ¡“Oh Jesús, sálvanos”! Y Jesús le responde: “Tranquilízate, que la oleada ya pasó. Sábete que todos éstos son los profanadores de mi Sangre Eucarística. Son todos los que, en esta ciudad del Sacramento, pisotean la Sagrada Eucaristía, comulgando sacrílegamente. Son los Judas que se suceden a través de los siglos. Vete, y cuenta a todos lo que acabas de ver”.

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Necesidad de la vestidura nupcial para no cometer sacrilegio en la comunión

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Discípulo. — Haga el favor, Padre, de explicarme la parábola de los invitados a las bodas, y de lo que sucedió con el que no llevaba el vestido nupcial.

Maestro. — Con mucho gusto. Escucha pues, con atención.

Narra el Santo Evangelio que un rey quiso celebrar con la mayor solemnidad la boda de su hijo, y preparó una gran cena, invitando a ella a sus parientes y amigos.

Muchos presentaron sus excusas y evadieron la invitación, en vista de lo cual el rey ordenó a sus criados fueran por las plazas y por las calles de la ciudad e invitaran a cuantos encontrasen.

Llena ya la sala y ocupados todos los puestos, revistó a todos los convidados, y, al ver a uno que no llevaba el vestido de boda, le dijo:“Amigo, ¿cómo has venido sin el vestido o traje de boda?” Y acto seguido, dirigiéndose a los criados, les dijo: “Llevadlo, atadlo y metedle en el calabozo”.

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Causa principal de la condenación de las almas

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5 noviembre, 2015

Discípulo. — Padre, ha dicho usted que la deshonestidad es el pecado de más terribles consecuencias.

Maestro. — Exacto. La deshonestidad roba las fuerzas para toda obra generosa… Sansón, el más fuerte de los hombres, por haberle dotado Dios de una fuerza extraordinaria, se entrega a un amor impuro, queda reducido a juguete de Dalila, cómplice de sus pecados, la cual por tres veces lo entrega y vende a sus enemigos.
La deshonestidad entorpece el juicio. Salomón, el más sabio de los hombres, se deja dominar de las mujeres amalecitas, y abandonando al Dios verdadero, se da a la idolatría.

La deshonestidad corrompe al corazón. Enrique VIII, el más cristiano de los emperadores, enamorado de Ana Bolena, repudia a la reina su consorte, abandona la Iglesia Católica, convierte a Inglaterra en una nación protestante, y muere excomulgado por el Papa.

La deshonestidad acarrea la pérdida de la fe. Si un gran núcleo de cristianos no creen, han perdido la fe, ha sido a causa de la deshonestidad.

De hecho, ¿cuándo empieza la juventud a abandonar los rezos, a desertar de la Iglesia a no frecuentar a los Sacramentos? Desde el momento en que se da a conversaciones obscenas, a malas compañías, a la impureza. No hace mucho, me encontré con un médico conocido mío; habiéndole reprendido dulcemente por qué no practicaba ya la religión, me contestó: Mientras no me case, no seré creyente ni practicaré la religión. Con ello confesaba, y era la pura verdad, que si había perdido la fe era por la deshonestidad.

La deshonestidad ocasiona los más negros delitos. Sigue leyendo