1 de Mayo
«Tú me sedujiste, ¡oh Yahvé, y yo me dejé seducir. Tú eres el más fuerte, y fui vencido. Ahora soy todo el día la irrisión, la burla de todo el mundo. Siempre que hablo tengo que gritar: «¡Ruina, devastación!». Y aunque me dije: «No volveré a hablar en su nombre», su palabra hierve dentro de mi como fuego abrasador”.
Si la historia de la humanidad es la historia de Dios entre los hombres, el forcejeo del cielo con la tierra, de Yahvé con Jacob, indiscutiblemente, Jeremías dibuja su colosal figura en las cumbres más altas. Los judíos del tiempo de Jesús dirán del Maestro: «Es Jeremías, que ha resucitado».
Hijo de Helcías sacerdote, ya desde niño le sedujo Yahvé. Las auras de Jerusalén conservaban aún su perfume de incienso al llegar a Anatot, la ciudad del profeta, a una hora de Sión, y, mientras él crecía, el Señor iba realizando uno de los significados del nombre Jeremías: «Yahvé eleva», o «elevación de Yahvé». Le seducía entonces por sí mismo: por su infinita majestad, por la belleza de su Ley. «Teth. Bueno es el Señor para los que esperan de Él, para el alma que le busca», recordará en medio del llanto, en una de sus lamentaciones. Pero es que pronto le sedujo también para aceptar sobre sus hombros la misión de profeta. Como hiciera Moisés, él protesta muy bien «que no es experto en el hablar, que es todavía un niño». Pero Yahvé tiene palabras convincentes: «Antes que te formara yo en las entrañas maternas te conocí…, te consagré y te designé para profeta de naciones». Tiende la mano, toca su boca y le da poder de hierro y bronce sobre pueblos y reinos, «para arrancar, arruinar y asolar; para levantar, edificar y plantar».
Más de una vez los labios del profeta apaleado, encepado, medio muerto, recordaron a Dios con angustiosa queja y tremenda fuerza lírica mejor que la de Job, el contraste excesivo entre la dura realidad y tan bellas palabras.: «¡Maldito sea el día en que nací! ¿Por qué no me mató Yahvé en el seno de mi madre y hubiera sido mi madre mi sepulcro, y yo preñez eterna en sus entrañas?»

