El Altar Católico

¡VUELTOS HACIA EL SEÑOR!

"Tenemos un altar, del que no pueden comer los que sirven en el tabernáculo" Heb. 13,10). El altar se refiere siempre a un sacrificio ofrecido por un sacerdote. Altar, sacerdote y sacrificio van al unísono, como lo decía San Juan Crisóstomo: "Nadie puede ser sacerdote sin sacrificio".

por MONSEÑOR KLAUS GAMBER

Fundador del Instituto Litúrgico de Ratisbona

Año 1996

Nota relativa a las llamadas

- Un numero, a la derecha de un vocablo y entre corchetes [ ], indica una referencia bibliográfica, que podrá encontrar al final de la obra.

- Un número a manera de exponente a la derecha de un vo cablo, corresponde a notas a pie de página de la edición original.

- Uno o mas asteriscos, corresponden a notas del traductor.

A la edición francesa

Después de habernos entregado una edición francesa de “Die Reform der Rómischen Liturgie”, los monjes de Barroux publican ahora en francés una segunda obra del gran liturgista alemán Maus Gamber, “Zum Herrn hin”, sobre la orientación de la Iglesia y del Altar. Los argumentos históricos aportados por el autor, se fundamentan en un profundo estudio de las fuentes, que él mismo efectuó; concuerdan con los resultados de grandes sabios, como F. J. Dólger, J. Braun, J. A. Jungmann, Erik Peterson, Cyrille Vogel, el Rev. Padre Bouyer, por citar tan sólo algunos nombres eminentes.

Pero lo que da importancia a este libro es sobre todo el substrato teológico, puesto al día por estos sabios investigadores. La orientación de la oración común a sacerdotes y fieles (cuya forma simbólica era generalmente en dirección al este, es decir, al sol que se eleva), era concebida como una mirada hacia el Señor, hacia el verdadero sol. Hay en la liturgia una anticipación de su regreso; sacerdotes y fieles van a su encuentro. Esta orientación de la oración expresa el carácter teocéntrico de la liturgia; obedece a la monición: “Volvámonos hacia el Señor”.

Esta llamada se dirige a todos nosotros, y muestra, por encima de su aspecto litúrgico, cómo hace falta que toda la Iglesia viva y actúe para corresponder al mensaje del Señor.

Roma 18 de noviembre de 1992

Joseph Cardenal Ratzinger

PROLOGO

La edificación de las iglesias y la oración hacia el Oriente

“Tenemos un altar, del que no pueden comer los que sirven en el tabernáculo” (Heb. 13,10).

El altar se refiere siempre a un sacrificio ofrecido por un sacerdote. Altar, sacerdote y sacrificio van al unísono, como lo decía San Juan Crisóstomo: “Nadie puede ser sacerdote sin sacrificio” [1]. Como los protestantes rechazan expresamente el sacrificio de la misa y el sacerdocio del preste, no tienen tampoco necesidad propiamente hablando de altar.

En todas las religiones antiguas, el sacerdote, como sacrificador, escogido entre los hombres (Cf. Hebr. 5,1), se sitúa delante del altar y delante del santuario (que es la representación de Dios). De igual forma, los que asisten a la celebración del sacrificio, se acercan al altar, a fin de estar en comunión con éste, por mano del sacerdote sacrificador, como escribió San Pablo: “¿Los que comen de las víctimas no están en comunión con el altar?” (1 Cor. 10,8).

En el transcurso de estos últimos veinte años, se ha operado un cambio en nuestra concepción del sacrificio. Personalmente, creo que la introducción de altares cara al pueblo y la celebración orientada hacia éste, es mucho más grave y engendradora de problemas para la evolución futura, que el nuevo misal. Porque en la base de esta nueva colocación del sacerdote con respecto al altar ‑(y sin duda alguna, se trata aquí de una innovación, no de un retorno a una costumbre de la Iglesia primitiva)‑ hay una nueva concepción de la misa, que hace de ella una “comunidad del banquete eucarístico”.

Todo lo que primaba hasta ahora, la veneración cultual y la adoración a Dios, así como el carácter sacrificial de la celebración, considerada como representación mística y actualización de la muerte y resurrección del Señor, pasa a segundo plano. Lo mismo la relación entre el sacrificio de Cristo y nuestro sacrificio de pan y vino apenas aparece. En nuestro opúsculo “Das opfer der Kirche ” (El sacrificio de la Iglesia) trató en detalle esta cuestión.

No soy de los que piensan que las formas del altar, tal como se habían constituido en el curso de los últimos siglos, y se habían conservado hasta el Concilio Vaticano II, no se puedan modificar. Al contrario, me gustaría que se volviese a formas simples, tal como las que habitualmente estaban en uso en el primer milenio, tanto en la Iglesia de Oriente, como en la de Occidente (y aún hoy día en Oriente), formas que ponían muy en relieve el carácter del altar cristiano, lugar del sacrificio del Nuevo Testamento.

La necesidad de exponer en detalle, pero de forma comprensible para todos, el problema que plantean los modernos altares cara al pueblo, así como el celebrante vuelto a la asamblea, me surgió leyendo las numerosas cartas de los lectores publicadas el pasado año, durante muchos meses, en el Deutsche Tagespost. Estas cartas prueban que en lo que concierne a la evolución histórica del altar, muchas cosas quedan confusas; y que muchos errores, sobre todo referentes a los primeros tiempos de la Iglesia, parecen que se han anclado en el espíritu de las gentes. Por todo esto he decidido con toda intención tener en cuenta las preguntas propuestas por los lectores en sus cartas.

Klaus Gamber – Pentecostés 1987

EL ALTAR Y EL SANTUARIO AYER Y HOY

“¡Cómo te contemplaba en tu santuario viendo tu fuerza y tu gloria!” (Ps. 62,3).

“Desde que me despierto, sólo tu mirada me llena de alegría” (Ps. 16,15).

Estas palabras del salmista dicen bien lo que era la participación interior de los fieles del Antiguo Testamento entrando en el Templo de Jerusalem; en definitiva no son otra cosa que la oración de Moisés pidiendo a Dios poder contemplar su faz (cf. Ex. 33,11‑23). Pero, así como Moisés sólo vio a Yahweh por detrás; igualmente el israelita creyente no veía más que el santuario de Dios; y si no pertenecía a la casta sacerdotal, sólo su exterior.

El visitante de la casa de Dios (Domus Dei) cristiana, debía expresar el mismo deseo que el salmista, el de ver “la gloria” de Dios y sentir su “poder”, tal como aparece en el curso de la misa, a través de los ritos y las representaciones. Contemplamos al Señor oculto bajo las especies eucarísticas, pues en esta tierra no nos está permitido admirar la faz de Dios sin morir (cf. Ex. 33,20).

Orígenes nos recuerda que: “Es seguro que los poderes angélicos toman parte en la asamblea de los fieles, y que la virtud de nuestro Señor y Salvador está allí presente, así como los espíritus de los santos” [2]. Y el poeta sirio BalaY declara: “A fin de que sobre la tierra se pueda encontrar (al Señor), Él se ha construido una casa entre los mortales y ha edificado altares… para que la Iglesia obtenga la vida. Que nadie se equivoque: ¡es el Rey quien habita aquí!, acerquémonos al Templo a contemplarlo! [3].

A fin de ver un poco el “poder y la gloria” de Dios y para vivirla en la liturgia, los hombres en el transcurso de los pasados siglos, han edificado iglesias y catedrales y las han dotado lo mejor que podían. Han aceptado que sus templos, en cuanto morada de Dios, sean suntuosos, aunque ellos mismos viviesen a menudo en la mayor miseria. ¿Acaso no era su santuario? Por ello era su bien común.

Jamás se habían construido tantas iglesias nuevas como los años que siguieron a la segunda guerra mundial. La mayoría de ellas son construcciones puramente utilitarias, en las que se ha renunciado voluntariamente a hacer obra de arte; aunque frecuentemente hayan costado millones. Desde el punto de vista técnico, no les falta de nada: se benefician de una excelente acústica y de perfecta ventilación; bien iluminadas y fácilmente calentables. Se puede ver el altar desde todos los lados.

Sin embargo, esas Iglesias no son casas de Dios en sentido propio, no son un espacio sagrado, un templo del Señor donde se guste ir para adorar a Dios y expresarle nuestras necesidades. Son salas de reunión a donde no se va fuera de los momentos dedicados a los oficios. Como hacen juego con los “silos de habitaciones” o los “almacenes para humanos”, cuales son los edificios de los barrios periféricos; a estas iglesias, en el lenguaje popular, a veces, se les llama “silos de almas” o “almacenes del pater noster”.

Otras iglesias han sido expresamente concebidas como obras de arte; su modelo es la capilla de peregrinos de Ronchamp. El célebre arquitecto Le Corbusier, que era agnóstico, consiguió una obra maestra de la arquitectura. Pero no una Iglesia. Puede que sea un lugar de oración que predisponga a la meditación, pero no más.

Desde entonces, el modelo de la capilla de Ronchamp fue imitado y la construcción de Iglesias se convirtió en un terreno de experimentación, donde se desfogaba el subjetivismo de los arquitectos. Esto se volvió cada vez más fácil cuando se impuso el principio según el cual ya no existiría un “espacio sagrado” en oposición al “mundo profano”.

Los nuevos edificios se convirtieron así en símbolos de nuestros tiempos, e igualmente en el signo de la descomposición de las normas existentes y en la imagen de todo lo que es caótico en el universo contemporáneo. Ahora bien, un lugar dedicado al culto tiene sus propias leyes, que no se someten ni a la moda ni a los cambios de los tiempos. Como en el Templo de Jerusalem, Dios habita en él de forma particular. Y aquí es donde se rinde culto a Dios.

A esto hay que añadir igualmente lo siguiente: hoy, las bases espirituales y teológicas fallan. La vida pública, en su mayor parte, se ha secularizado. Las Iglesias cristianas no constituyen ya, desgraciadamente, la fuerza principal de la sociedad occidental. Sin embargo, los arquitectos construyen hoy como si nada hubiese cambiado, mientras no falte el dinero. Los gigantescos centros parroquiales que se edifican en los barrios periféricos darán la impresión que la iglesia continua siendo el gran imán que atrae a los hombres.

En el futuro esto llevará a la construcción de edificios simples, relativamente limitados, que si no se distinguen en nada por su aspecto exterior, presentarán en su interior un acondicionamiento de buena calidad, enteramente orientados hacia su fin cultural. De manera análoga, la basílica de la Iglesia primitiva apenas se distinguía, en cuanto a construcción, del resto de los edificios de la calle; sin embargo, por la suntuosidad de sus cortinas y lámparas, y sobre todo por la rica ornamentación del altar y del santuario, el interior constituía un marco digno del misterio que en ella tenía lugar.

En las nuevas iglesias, la disposición del santuario ha sido objeto de diferentes soluciones. Mientras que en las Iglesias construidas entre las dos guerras, existían varios escalones para subir al altar, que aparecía en una plataforma más elevada; hoy se le coloca sobre un podium aislado (en alemán, “Altarinsel” o islote del altar) dispuesto lo más cercano posible a los fieles.

El centro de este podium está constituido por una mesa de altar (mensa), generalmente de grandes dimensiones y desprovista de toda ornamentación. Al lado se encuentra un ambón, de piedra como el altar, y detrás tres sillas o más (acolchadas) para el celebrante y sus asistentes. Por último, solo, en alguna parte del muro desnudo del ábside, el sagrario. El crucifijo, hacia el cual se dirigían hasta ahora las miradas de los que rezaban, falta casi siempre, o bien se encuentra de tamaño pequeño, encima del altar. Este último lleva, al lado del inevitable ramo de flores, algunos candeleros reunidos en manojo, o bien si se trata de los de gran tamaño, se les coloca directamente en el suelo alrededor del altar.

Por el contrario las iglesias ortodoxas de Oriente se construyen hoy de la misma manera que se hacía hace más de mil años, y se las adorna con pinturas e iconos. Se trata aquí de un arte típico, al que tanto el arquitecto, como el artista están ligados al “typos ” o modelo tradicional, sin que esto sea siempre uniforme.

En Occidente también, según la tradición en común con Oriente, era esencial que el santuario estuviera separado del espacio reservado a los fieles, como antaño en Jerusalem el santuario del resto de los edificios del Templo. El tan traído principio de nuestros días, según el cual “el altar debe ser el centro “, es falso en lo referente a su localización.

El altar es el centro de la acción sagrada: sobre él, en el curso de la celebración de la misa, reposa “el cordero sacrificado ” del Apocalpsis (5,6). Por eso Santa Hildebranda de Bingen llama al altar “la mesa dispensadora de vida” y añade: “Cuando el sacerdote … se acerca al altar para celebrar los santos misterios, un destello de luz aparece de pronto en el cielo. Los ángeles descienden, la luz rodea el altar … y los espíritus celestes se inclinan a la vista del servicio divino ” [4].

La separación estricta entre el santuario y la nave apareció en la época en la que las muchedumbres empezaron a adherirse en masa a la Iglesia; por consiguiente lo más tarde alrededor del año 300. Entonces se edificaron barreras alrededor del coro y se colocaron cortinas, una rodeando el baldaquino del altar, otra en la pérgola de las barandillas del coro, pérgola que en las iglesias pequeñas, se reducía a un simple travesaño de madera (cf. fig. 1). Todo esto porque se pensaba que el misterio celebrado en el altar, debía ser preservado, no exponiéndolo directamente a las miradas de los hombres.

El iconostasio bizantino no es otra cosa que una extensión de esta barreras del coro (cancelli) de la Iglesia primitiva. El iconostasio tiene habitualmente tres puertas, como las cancelas construidas en tiempos del emperador Justiniano (]’565) en la iglesia de Santa Sofía de Constantinopla, dotada ya, como en general en los siglos siguientes, de representaciones de Cristo o de María, ángeles, profetas y apóstoles. El célebre icono de Cristo, en el monasterio del monte Sinaí, data de la misma época; debe provenir, teniendo en cuenta sus dimensiones ‑84 centímetros de alto‑, de uno de estos antiguos iconostasios. Los iconos se colocaban, y se colocan todavía, parte entre las columnas de la pérgola y parte encima de éstas como en el caso de la “deisis” (Cristo entre María y Juan Bautista).

En la iglesia de Occidente, las cortinas (vela), que se utilizaban desde los orígenes en la ornamentación del altar y las barreras del coro, no han cesado de ser utilizadas en las iglesias hasta la época barroca, donde todo estaba organizado para la vista y la claridad. Así encontramos en el sacramentario de Angulema (hacia el 800), al final de las fórmulas de consagración para una iglesia, la siguiente rúbrica: “Después se recubren los altares (con los manteles) y se cuelgan las cortinas del templo (vela templi)” [5]. Lo mismo, en el rito de consagración de las iglesias del sacramentario de Drogón (siglo IX) se habla de un “velum “suspendido entre la nave y el altar (ínter aedem et apare) [5]. Pero lo que importa, es que volvamos a tener respeto por el altar.

Tanto en la Iglesia de Oriente como en la de Occidente, existe la costumbre de que el sacerdote que se acerca al altar se incline profundamente ante él; y en el libro del Exodo (29,37) se lee a propósito del altar del tabernáculo: “todo lo que le toque será santificado “. El mismo Jesús declara “¡Ciegos!, ¿que es más, la ofrenda o el altar, que santifica la ofrenda?” (cf. Mt. 23,18), y que no se debe depositar en el altar ninguna ofrenda sino después de haberse reconciliado con el hermano (cf. Mt. 5,23).

La ofrenda del sacrificio del Nuevo Testamento ha hecho que el altar se convierta en el Trono de Dios. Por lo que San Juan Crisóstomo advierte a sus lectores: “Piensa en el que va hacer su entrada aquí. Tiembla de antemano. Porque aquel que sólo apercibe el trono (¡vacío!) del Rey, se estremece en su corazón cuando espera la llegada del Rey” [6].

En la Iglesia primitiva, y más tarde también, pendía del baldaquino del altar, además de la lámpara circular, un recipiente de oro y plata, generalmente en forma de paloma, donde se guardaba la eucaristía (para la comunión de los enfermos). Para este fin, a menudo se empleaba también un cofre que, como el Arca de la Alianza del Antiguo Testamento (arca),estaba hecho de madera de acacia recubierta de pan de oro o plata (cf. Ex. 37,1‑9). Se conserva en Coire un bello ejemplar del siglo VIII. El copón dorado del emperador Arnoul, antiguamente en San Emmeran de Ratisbona y actualmente en Munich, data del siglo IX. Con sus cuatro columnitas se asemeja mucho al “artophorión ” (tabernáculo) que hoy se encuentra sobre el altar de las iglesias bizantinas.

Estos receptáculos estaban siempre colocados sobre el altar o en un nicho colocado en su parte posterior. El tabernáculo metálico de la época moderna salió de aquí. En el siglo XIII, Guillaume Durand en su “Rational ” o “Manual para los divinos oficios”, habla de la instalación de un arca (tabernáculo) encima del altar, dentro del cual “se depositan conjuntamente el cuerpo del Señor y las reliquias de los santos” [7]. Por el contrario la conservación del pan eucarístico en un tabernáculo, situado en la pared izquierda del coro, es más reciente y era habitual sobre todo en la época gótica. La conservación sobre el altar es en todo caso muy atinada. Nada se puede objetar a la conservación de la santa eucaristía en otro lugar de la iglesia, con tal de que sea digno.

En el ábside, donde se encontraba el trono del obispo y las sedes de los sacerdotes, en su parte superior no se representó hasta el siglo V ‑como atestigua Nil d’Ancyre (t430) [8]‑ nada más que la cruz o bien ‑como todavía se puede ver en algún mosaico romano además de la cruz, Cristo enseñante rodeado de los Apóstoles; después, más tarde, hasta la época gótica, en casi todo el Occidente, Cristo, sentado en su trono, dentro de una mandona, sobre el arco iris, rodeado de los cuatro animales del Apocalipsis (4,8) y de ángeles; en la parte inferior, la Madre de Dios, los Apóstoles y otros santos, representando la asamblea celestial.

Durante la celebración de la Eucaristía, los fieles al contemplar la imagen de Cristo sobre su trono del cielo, lo sentían así igualmente entre ellos. No basta con recordar las palabras del Señor: “Donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos ” (Mt. 18,20); es necesario expresarlo de manera sensible, precisamente por la imagen.

Un muro de ábside totalmente desnudo, como se encuentra en muchas iglesias modernas, era en otro tiempo algo inconcebible. Cuando se terminaba una nueva construcción, precisamente este muro era lo primero que se decoraba con mosaicos o pinturas, y sólo después se hacía con los otros muros. Recuérdense aquí los magníficos mosaicos de la basílica de Ravena y los de las catedrales de Venecia, Torcello y Parenzo. Mientras que las pinturas del ábside tenían ante todo un carácter cultual, pues evocaban la presencia del Señor, sentado en su trono, dominando la asamblea; las pinturas de la nave, con sus escenas extraídas del Antiguo y Nuevo Testamento tenían como primer efecto según el pensamiento occidental, un fin didáctico. Estaban destinadas a enseñar a los fieles las realidades divinas.

Por el contrario el Oriente bizantino ve ante todo en estas representaciones una actualización de los misterios de la salvación; lo mismo que los numerosos retratos de Santos, a lo largo de los pilares y de los muros laterales, simbolizan la presencia de la asamblea celeste o el hecho de unirse a ellos (cf. Heb. 12,22).

Por esto el interior de la iglesia ortodoxa se convierte en el lugar, donde se juntan el pasado, el presente y el futuro; donde la eternidad ‑(el “hodie”, el “hoy”, palabra por la que comienzan numerosos cantos solemnes)‑ aparece; donde el cielo y la tierra se unen.

En las iglesias de Occidente, ya lo hemos visto, la mirada de los participantes se dirigía hacia la representación del Hijo de Dios transfigurado, así como hacia la cruz, signo de nuestra salvación. La cruz se consideraba sobre todo signo de victoria, el signo del Hijo del Hombre, regresando al fin de los tiempo (Mt. 24,30) y, por esto se la adornaba con oro y piedras preciosas. Se colocaba tras el altar; y, hasta la época romana, no llevaba el cuerpo de Cristo.

Sólo más tarde se impuso la costumbre de pintar en la Cruz la imagen del Crucificado o de fijarla en forma de representación sobre esmalte; pero aún entonces no como un Cristo de dolor o muriendo entre atroces sufrimientos, sino como el que ha vencido a la muerte o como sumo sacerdote. La representación plástica de un cuerpo martirizado, tal como ha llegado a ser habitual en Occidente, por principio se rechaza en Oriente, porque se piensa que resalta demasiado el aspecto físico o humano.

Como, según la concepción tradicional, la representación en el ábside del Hijo de Dios en gloria y la cruz sobre o encima del altar son elementos esenciales de la decoración del santuario, jamás se puso en duda que la mirada del sacerdote celebrante debía dirigirse, durante la ofrenda del sacrificio, hacia el Oriente, hacia la cruz y la representación de Cristo transfigurado, y no hacia los fieles que asistían a la celebración, como actualmente es el caso en la celebración versus populum (cara al pueblo).

Sin embargo, pocas iglesias modernas tienen tal punto de referencia; parece que en general los artistas modernos temen introducir obras plásticas en las iglesias. Esto se debe a los conflictos interiores que desgarran al hombre moderno y que le impiden crear un arte sacro. En definitiva lo que falta es la tradición que, en las iglesias de Oriente, no ha cesado de impregnar hasta nuestros días el desarrollo del culto, la arquitectura de las iglesias y el arte litúrgico.

En la ortodoxia, el artista tiene por misión principal, representar el misterio de la salvación, tal como se describe en las Sagradas Escrituras y ha sido trasmitido por la Tradición, delimitación que le preserva de las arbitrariedades, con frecuencia tremendas, que podemos encontrar en el arte sacro contemporáneo, sin que por ello le limiten demasiado en su realización artística.

Mientras que en Occidente (al contrario de lo que ha ocurrido en Oriente), la disposición del santuario y de los altares ha sufrido en diversas ocasiones cambios a lo largo de los siglos, (al fin de la época románica, y sobre todo en la época gótica, se dotó a los altares de retablos, lo que finalmente trajo la aparición de los altares barrocos, tan típicos por su altura), no se puede negar que en nuestros días se ha producido en este aspecto un nuevo cambio, de orden fundamental, después del concilio Vaticano II.

Así, después del concilio, en muchos lugares, se ha suprimido el reclinatorio de la comunión, que quedaba de la antigua clausura del coro; y se ha colocado, delante del altar mayor, otro altar destinado a la celebración, cara al pueblo. ¡Y por todas partes micrófonos!, micrófonos en el altar, micrófonos en los sitiales, micrófonos en el ambón. En cuanto al antiguo púlpito, ya no se utiliza más.

Se ha procedido a esta nueva disposición del santuario con una unanimidad extraordinaria en casi todo el mundo. Mientras que en las antiguas iglesias el (nuevo) altar cara al pueblo, los sitiales y el ambón se han concebido como objetos movibles, pudiendo en todo momento ser trasladados; en los edificios renovados o de nueva construcción esta disposición es definitiva en función de esta nueva organización que se cree “moderna”.

Se conserva la eucaristía en un tabernáculo mural (en medio de la pared del fondo o en la pared lateral izquierda). El nuevo altar cara al pueblo suele ser de piedra, su disposición muchas veces sólo permite la celebración versus populum, los sitiales son también de piedra así como el ambón; todo con una apariencia de mole y de un estilo con frecuencia dudoso y, en todo caso, sin ninguna relación con la tradición.

Ahora bien, indagando en los siglos pasados tendríamos verdaderamente bastantes modelos capaces de aportarnos ideas para esta organización, en particular del altar.

E. A. Lengeling ha expuesto las “Tendencias de la construcción de iglesias católicas en Alemania según las decisiones del concilio Vaticano II” (Tendenzen des deutschen Katholischen kirchenbaus aufgrund der Beschlüsse des II. hatikanischen Konzils) en un artículo aparecido bajo este título en el Litusgisches Jahrbuch de 1967. Las tendencias que allí se exponían han sido entre tanto impuestas de forma casi unánime. Pero no se ha tratado seriamente de fundamentar históricamente esta nueva disposición, salvo el estudio de Otto Nussbaum, del cual hablaremos más adelante.

Para terminar, una palabra más sobre las celebraciones eucarísticas de masas al aire libre. En estas manifestaciones muchos sienten una verdadera pesadilla, sobre todo en lo relativo a la forma en que se distribuye la comunión a la gente.

No lo olvidemos; es verdad que Jesucristo predica a grandes multitudes, que a menudo alcanzaban miles de personas (cf. Mt. 14,21); sin embargo no instituyó la Santa Eucaristía en presencia de masas humanas sino en el círculo restringido de sus apóstoles.

Fue parecer de toda la cristiandad, que la misa, ese sacrificio que une el cielo y la tierra, no podía celebrarse sino en locales sagrados preparados al efecto. Se recordará que el cordero pascual judío también sólo podía ser consumido bajo techo y no al aire libre (cf. Ex. 12,46).

Es necesario pensar además en el hecho de que la preparación y la consagración de las hostias necesarias para la comunión de varios miles y a menudo hasta un millón de personas, ocasiona enormes dificultades.

Parece que, por razones de principio, no se quiera renunciar a una participación de los fieles en la comunión ‑aunque esto hubiera sido la solución más simple‑ porque, partiendo del carácter de cena propio de la misa, se piensa, sin razón, que la recepción de la Comunión es necesaria para poder participar en cualquier misa.

Pero lo que es del todo incomprensible que se celebren misas al aire libre, cuando se dispone de iglesias amplias. Va en contra de una tradición de la iglesia de casi 2.000 años y además en contra de la misma naturaleza de la santa misa, que ha sido siempre considerada como un sacrificio y la realización de un misterio. Para celebrar el “misterio de la Fe”, deberíamos resguardarnos en los muros de nuestras iglesias, protectores del misterio. La santidad del lugar incitará a tomar la buena actitud, cara a lo sagrado, que sólo se desvela a aquél que se acerca con respeto.

EL ALTAR CARA AL PUEBLO

Preguntas y respuestas

“Llegó otro ángel y púsose en pie junto al altar con un incensario de oro, y fuéronle dados muchos perfumes para unirlos a las oraciones de todos los santos sobre el altar de oro que está delante del trono”. (Ap. 8,3)

Según la concepción de la epístola a los Hebreos, el templo terrestre de Jerusalem y su altar son la imagen del santuario que está en los cielos y en el que Cristo, eterno y sumo sacerdote ha entrado (ef. Heb. 9,24).

La liturgia celeste y la terrestre no son más que una. Según el pasaje del Apocalipsis citado en el encabezamiento, un ángel se encuentra delante del altar de oro del cielo, con un incensario de oro en las manos, para ofrecer las oraciones de los fieles ante la faz de Dios. Nuestra ofrenda terrenal no es tampoco totalmente aceptable delante de Dios, sino “llevada de la mano del ángel hasta el altar del cielo”, como se dice en el canon de la misa romana.

La idea según la cual el altar terrenal era una imagen del arquetipo celestial ante el trono de Dios, ha determinado su disposición y la posición del sacerdote ante él: el ángel con el incensario de oro está situado, como hemos leído, ante el altar. Además las prescripciones que Dios dio a Moisés (cf. Ex. 30,1‑8) han jugado también un importante papel.

Eran necesarias estas observaciones preliminares para hacer comprender cuánto han cambiado las actuales concepciones relativas al altar. Estos cambios no se han efectuado bruscamente sino poco a poco; todo empezó muchos años antes que el Concilio Vaticano II.

En los Richtlinien für die Gestaltung des Gotteshauses aus dem Geist der rómischen Liturgie (Instrucciones para la disposición de las Iglesias en el espíritu de la liturgia romana) de 1949, Theodor Klauser adelanta que: “Ciertas señales hacen entrever que, en las Iglesias del futuro, el sacerdote se colocará como antaño tras el altar y celebrará cara al pueblo, como aún se hace hoy en ciertas basílicas romanas; el deseo, que se percibe por doquier, de ver más claramente expresada la comunidad de la mesa eucarística, parece exigir esta solución” (n° 8).

Lo que Klauser presentaba entonces como deseable, ha llegado a ser, como sabemos, la norma en casi todas partes. Se piensa que se ha recuperado una costumbre de la primitiva cristiandad; pero como demostrarán claramente las explicaciones siguientes, se puede probar con certeza que jamás ha habido ni en la Iglesia de Oriente ni en la de Occidente celebraciones versus populum (cara al pueblo) sino que siempre todos se volvían hacia el oriente para rezar, ad dominum (hacia el Señor).

La idea de un cara a cara entre el sacerdote y la asamblea en la misa se remonta a Martin Lutero que hacia notar en su opúsculo Deutsche Messe und Ordnung des Gottesdienstes (La misa alemana y el orden del culto divino) de 1526, al comienzo del capítulo de “El Domingo para los laicos “: “Conservaremos los ornamentos sacerdotales, el altar y los velas hasta el agotamiento, o hasta que nos convenga cambiarlos. Sin embargo dejaremos hacer a los que quieran hacer otras cosas. Pero en la verdadera misa, entre verdaderos cristianos, será necesario que el altar no quede como está y que el sacerdote se vuelva siempre hacia el pueblo, como sin duda lo hizo Cristo durante la cena. Pero esto puede esperar”.

Y he aquí que el momento esperado ha llegado ……

Para justificar el cambio de posición del celebrante en relación con el altar, el Reformador se refería a la situación de Cristo durante la última Cena. En efecto, tenía ante sus ojoslas habituales representaciones de la época: Jesús está de pie o sentado en medio de una gran mesa y los Apóstoles lo rodean, a su derecha y a su izquierda.

¿Pero, efectivamente, ocupaba Jesús esta posición?

Ciertamente no, pues hubiera contravenido las costumbres domésticas de la época. En tiempo de Jesús, y aún siglos más tarde, se empleaba o una mesa redonda o una mesa en forma de sigma (en semicírculo). La parte delantera quedaba libre para permitir servir los distintos platos. Los convidados estaban sentados o acostados detrás de la mes semicircular. A este efecto utilizaban divanes o un banco, en forma de sigma. El sitio de honor no estaba, como pudiera pensarse, en el centro, sino a la derecha (in cornu dextro).El segundo sitio de honor estaba enfrente.

Esta disposición de los asientos se encuentra constantemente en las más antiguas representaciones de la Cena de Jesús y permanece hasta el corazón de la edad media. El señor está siempre, sentado o recostado, en el lado derecho de la mesa (cf. fig. 4). Hacia el siglo XIII comenzó a imponerse otro tipo de representación: colocan a Jesús detrás de la mesa y en medio de los Apóstoles, que le rodean. Esta es la imagen que tenía Lutero ante sus ojos.

Esta representación tiene en efecto toda la apariencia de una celebración versus populum. Pero en realidad no tiene nada de parecido, puesto que el “pueblo”, hacia el que el Señor hubiera debido volverse estaba ausente, como se sabe, de la sala de la cena. Lo que quita todo valor a la argumentación de Lutero. Por otra parte, en cuanto sabemos, éste jamás exigió que se celebrase vueltos hacia la asamblea; entre las comunidades protestantes, solamente los Reformados adoptaron la costumbre de hacerlo.

PRIMERA PREGUNTA

¿Cuál era la situación en la primitiva Iglesia? ¿No estaban los fieles con el presidente sentados a la “mesa del Señor”?

Aquí es conveniente distinguir bien entre la celebración del AGAPE (comida fraternal) y la de la EUCARISTÍA, que primitivamente se hacia a continuación del ágape, y más tarde la precedió. Esta cuestión la he tratado en detalle en mi libro “Beracha”.

En los primeros siglos, cuando el número de miembros de la comunidad era aún restringido, se conservó la misma disposición de los asientos de la última Cena, tanto más cuanto que ella correspondía a las costumbre de la época. Muchas iglesias domésticas de la Iglesia primitiva, cuyos restos se han encontrado en las regiones alpinas, lo prueban claramente. En el centro de una habitación relativamente pequeña (poco más de 5 x 12,5 m) se encuentra un banco de piedra semicircular capaz para quince o veinte personas [9].

En los pueblos, en que el número de fieles era más elevado, había que añadir mesas suplementarias. El obispo y los presbíteros se sentaban en una de ellas, los fieles en otras, separados hombres y mujeres. En la epístola a los Gálatas (2,11‑12), el apóstol Pablo reprocha al apóstol Pedro el sentarse con los judíos convertidos, separado de los paganos convertidos.

Mientras que para la cena común, el ágape, estaban sentados en las mesas, para la celebración eucarística se levantaban y se colocaban detrás del celebrante que permanecía ante el altar, como lo prescribe expresamente la Didascalia de los Apóstoles, una instrucción de los siglos II‑III, que exige que se vuelvan estrictamente hacia el Oriente [10].

En el estadio siguiente, una vez suprimida la comida fraternal (hacia el siglo IV) desaparecen las mesas. En lo sucesivo los fieles se sentaran en bancos dispuestos a lo largo de los muros de la Iglesia. La mesa del altar, que antes era de madera, se convierte en un altar de piedra.

SEGUNDA PREGUNTA

¿Cómo podemos oponernos a los modernos altares cara al pueblo, cuando han sido prescritos por el Concilio y prácticamente se han introducido en el mundo entero?

En vano se buscará, en la Constitución sobre la liturgia, promulgada por el Concilio Vaticano II, una prescripción que exija celebrar la santa misa de cara al pueblo. Aún en 1947, el Papa Pío XII resaltaba en su encíclica Mediator Dei (n° 49), cuánto se equivocaba aquel que quisiera dar al altar su antigua forma de “mensa” (mesa). Hasta el concilio la celebración cara al pueblo no estaba autorizada (1 Ver más adelante pág. 26 y siguientes, con respecto al caso particular de ciertas basílicas romanas); estaba sin embargo tolerada tácitamente por algunos obispos, sobre todo para misas de jóvenes.

Entre nosotros, en Alemania, la nueva posición del sacerdote hizo su aparición con la Jugendbewegung (Movimiento de la Juventud) en los años veinte, cuando se empezaron las celebraciones eucarísticas en pequeños grupos, jugando un papel de precursor Romano Guardini con sus misas en el Castillo de Rothenfels. El movimiento litúrgico difundió esta costumbre, principalmente Pius Parsch, que acondicionó, en este sentido para su “parroquia litúrgica”, una pequeña iglesia románica (Santa Gertrudis) en Klosterneuburg, cerca de Viena.

Finalmente, estos esfuerzos fueron aprobados por la instrucción de la Congregación de Ritos Inter oecumenici de 1964, que en consecuencia inspiró el nuevo misal. Allí se prescribe (para las nuevas construcciones): “Es aceptable construir el altar mayor separado del muro para que se facilite la vuelta y que se pueda celebrar cara al pueblo; y se colocará en el edificio sagrado de forma que sea verdaderamente el centro hacia el cual se vuelva espontáneamente la atención de la asamblea de fieles” (n° 91).

Desgraciadamente es exacto que los nuevos altares cara al pueblo se han instalado por todo el mundo, al menos esta parece ser la corriente que existe en la Iglesia católica romana. Sin embargo, propiamente hablando no puede decirse que estén prescritos.

En las Iglesias ortodoxas de Oriente, donde hoy existen millones de cristianos, se ha continuado respetando la costumbre de la Iglesia primitiva, según la cual el sacerdote, que celebra el Santo Sacrificio, está vuelto, con los fieles, hacia el ábside. Esta actitud vale tanto para las Iglesias de rito bizantino (griegas, rusas, búlgaras, serbias, etc.) como para las llamadas de rito oriental antiguo (armenia, siriaca, copta).

Que el altar deba estar separado del muro “para que se le pueda dar fácilmente la vuelta” es otra cuestión. Esta exigencia de la Congregación de Ritos está totalmente de acuerdo con la tradición” (El pontifical romano tradicional, en el capítulo “Sobre la dedicación de las iglesias”, exige expresamente que el altar no esté adosado al muro, para que se le pueda dar la vuelta por todos lados a fin de poder cumplir convenientemente los ritos de consagración. El “misal de San Pío V” (edición de 1962), por otro lado indica la manera de proceder a la incensación de este tipo de altares. En contra de lo que a menudo se cree, el altar así dispuesto esta perfectamente de acuerdo con la tradición, aunque a partir de la baja edad media, se prefirió a menudo adosarlo al muro)

Durante más de diez siglos, como hasta en nuestros días en las iglesias ortodoxas de Oriente, el altar ha permanecido desprovisto de superestructuras. Un cambio se produjo en la época gótica con la aparición de los retablos. Estos tenían en parte la misma misión que las pinturas del ábside y los muros de la iglesia, representando las diferentes etapas de la salvación, desde la Anunciación del Ángel hasta la Ascensión del Señor.

Mientras que en las iglesias pequeñas los altares estaban adosados al muro del ábside, en las grandes, como se ha visto, frecuentemente estaban colocados, hasta la época gótica, en medio del santuario. Entonces se podía dar la vuelta alrededor cuando se incensaba, como se dice en el salmo 25: “Yo lavaré mis manos en la inocencia / y andaré en derredor de tu altar, ¡oh Yave! Haciendo resonar cantos de alabanza / ensalzando todos tus prodigios “.

Para resaltar la santidad del altar, por lo menos en las iglesias mayores, éste tenía sobrepuesto un baldaquín precioso sostenido por cuatro columnas. Se fijaban cortinas en los cuatro lados. Indudablemente hacían referencias a las cortinas del Templo de Jerusalem, que separaban el Santo de los Santos (Sancta Santorum) del santuario, tal como Dios se lo había prescrito a Moisés: “Harás un velo de púrpura violeta y escarlata …Lo suspenderás de cuatro columnas de madera de acacia recubiertas de oro …Colgarás el velo en corchetes, y allí, detrás del velo pondrás el arca de la alianza. El velo servirá para separar el santo de los santos del santuario” (Ex. 26,31‑33).

En el rito bizantino, como hemos visto, el Iconostasio sirve para hacer esta separación; pero según la concepción ortodoxa, éste con sus iconos representa también la Ecclesia caelestis (la Iglesia del Cielo), que celebra acorde con los fieles; si bien no debe ser considerado solamente como un objeto de separación sino de contemplación, para aquellos que participen en la celebración.

En otros ritos orientales no bizantinos, el Iconostasio no se emplea. En su lugar, como en el rito Armenio, encontramos dos cortinas: una pequeña ante el altar y una grande escondiendo todo el coro a los ojos de los fieles durante determinados momentos de la liturgia de la misa. Por ello San Juan Crisostomo dice: “Cuando veas correr las cortinas, piensa que entonces el cielo se abre en las alturas y que los ángeles descienden” [ 11].

Según el testimonio de Guillaume Durand, estas cortinas se utilizaron igualmente en occidente hasta la mitad de la edad media. Habla de tres velos: uno recibe las ofrendas del sacrificio, el segundo rodea el altar y el tercer velum está suspendido delante del coro [12].

Mientras que en sus principios la Iglesia, dentro de lo posible, ocultaba el altar, rodeándolo de telas preciosas y de tapices; he aquí que hoy este altar se encuentra, desnudo, en medio de la nave, expuesto a todas las miradas. ¿Acaso su santidad, como lugar donde se ofrece el sacrificio, está más resaltada de esta forma? Seguramente no. A menos que se quiera ‑contra toda tradición‑ considerarlo como una mesa de comedor y ponerlo así de manifiesto.

Entonces, ciertamente, no me queda más que aceptarlo ….

Pero en este caso, no se trataría de hacer presente aquí en la tierra el mundo celestial; se trataría del hombre y de su universo. El universo de Dios, de sus ángeles y santos, se convierte en marginal, pues apenas toca el nuestro. ¡Puede ser que, a pesar de todo, se interesen por un hombre llamado Jesús y de ciertos pasajes cuidadosamente escogidos de su Evangelio!

TERCERA PREGUNTA

¿En la edad media no había un altar destinado al pueblo, además del Altar mayor, como hoy día?

Esto es exacto en la medida en que en las iglesias Catedrales y en los monasterios había, por regla general, desde el fin de la época románica, un altar destinado al pueblo, colocado delante de la verja: era una especie de clausura del coro, pero un poco más alto que el de las iglesias primitivas, con dos entradas, que daban al coro de los canónigos o de los monjes; los cuales se encontraban así separados del resto de la iglesia. A causa de la cruz colocada encima de este altar o más exactamente en la verja, se conocía este altar como “el altar de la cruz”.

Sobre este altar, en estas iglesias, se celebraba la misa para el “pueblo” (Pero “de espaldas al pueblo”); así toda misa destinada a una asistencia numerosa, como las misas solemnes de funerales o, en una iglesia catedral, la misa de coronación de un soberano. La predicación se hacía desde el púlpito. Sólo las misas conventuales (solemnes) se celebraban en el altar mayor, en el coro.

La función de la verja no era, pues, en primer lugar, ser una barrera entre el clero y el pueblo ‑y no se la debe comparar por esto con el iconostasio bizantino‑ sino más bien estaba destinada a crear para los canónigos o los monjes un espacio donde se pudiesen desarrollar, sin ser perturbadas, las funciones litúrgicas del coro (liturgia de las Horas y misa conventual). Por razones, tanto litúrgicas como arquitectónicas, fue totalmente irracional hacer desaparecer la verja y el altar de la cruz. Tal fue el caso de Alemania casi por todas partes, en la época de la Ilustración, siguiendo órdenes de las autoridades seculares [13].

Lo mismo que entonces se procedió a importantes modificaciones arquitectónicas en el interior de las iglesias ‑era necesario que los fieles tuvieran visión directa sobre el altar mayor‑ de la misma manera hoy, después del concilio, casi todas las antiguas iglesias han sido retocadas por los trabajos de “renovación”.

Quien recorre hoy el mundo y visita las iglesias, descubre las soluciones más singulares en la disposición del santuario. En Italia sobre todo, cuando esto fue posible, los altares barrocos fueron despojados de su mesa, reemplazándola por los sitiales del celebrante y de sus asistentes. Pensamos que es la menos feliz de las soluciones, puesto que el retablo pierde así su antigua referencia al sacrificio eucarístico y se ve “degradado” hasta el punto de servir de respaldo a los asientos de los sacerdotes.

En la mayor parte de los casos, el antiguo altar mayor con su tabernáculo sólo sirve para conservar el Santísimo. Es necesario resignarse a que el sacerdote que se encuentra en el altar, dando cara al pueblo, vuelva constantemente la espalda al tabernáculo, hacia el cual, hasta hace poco, se dirigían los ojos de los fieles, cuando rezaban. En otras ocasiones, el coro parroquial se instala en las gradas del altar mayor, dando los cantores la espalda al tabernáculo y sirviéndose de la mesa de altar para depositar en ella sus diversos accesorios.

Por la misma razón, cuando las consideraciones artísticas lo permitían, se ha suprimido totalmente el altar mayor para conservar el  Santísimo en un tabernáculo lateral, dentro del muro. Inmediatamente se planteó la pregunta, cómo ocupar el espacio del ábside que se había dejado vacío. A esto se han dado diferentes soluciones. Con frecuencia se ha instalado el órgano y su caja decorativa, o bien, la mayor parte de las veces, el coro parroquial, o simplemente se ha suspendido del muro del ábside el antiguo retablo del altar o un tapiz valioso, a manera de ornamento.

En definitiva ninguna de estas soluciones es satisfactoria, pues al instalar un nuevo altar, a este exceso de pura apariencia, se añade el hacer desaparecer el centro de gravedad espacial que constituía el altar mayor a los ojos del arquitecto que concibió la iglesia. Sin duda ninguna, A. Lorenzer, tiene razón cuando escribe: “El significado del altar forma parte integrante de la iglesia, … el desplazamiento de este centro de gravedad espacial obligaría a una distribución totalmente nueva” [14].

Esto se hace de una evidencia impresionante en las grandes iglesias, como por ejemplo en la catedral de Spire, donde las miradas de los que entraban se dirigían inmediatamente al antiguo altar mayor, coronado por su baldaquino. Hoy vaga en el vacío. La nueva mesa de altar, instalada en el coro, no obstante sus dimensiones y estar colocada en alto, apenas se hace visible y el altar cara al pueblo, unos escalones más abajo, no constituye de ninguna manera “centro de gravedad espacial “.

CUARTA PREGUNTA

En el “Manual de liturgia para el púlpito, la escuela y la casa” (Handbuch der Liturgie für Kanzel, Schule und Haus) del P. Alfons Neugart (1926), se lee: “En las basílicas de la primitiva Iglesia, el altar estaba colocado en medio del ábside del coro y el sacerdote celebrante se colocaba detrás de éste, con la cara vuelta hacia el pueblo. No había sobre el altar ni cruz, ni velas. Los sitiales para el obispo y eclesiásticos estaban colocados rodeándolo a lo largo del muro. Posteriormente el altar se adosó al muro, tal y como lo encontramos en nuestros días”. ¿Es esto exacto?

Lo que es exacto es que, durante los primeros siglos, los sitiales del obispo y los sacerdotes se colocaban a lo largo del muro del ábside y no a sus lados. En los territorios griegos, con frecuencia estaban recargados de varias gradas, a fin de que el Obispo, sentado en su trono, pudiese ser visto de todos y ser mejor oído cuando pronunciaba su sermón desde su sede. La sede central se reservaba siempre para el Obispo, como todavía hoy en Oriente.

También es cierto que originariamente no se ponían en el altar ni cruces, ni velas, ni atril para el misal, solamente el cáliz y la patena con las ofrendas. Esto lo podemos comprobar en las pinturas y miniaturas medievales de la misa. Pero sí existía, hasta una época reciente, la costumbre de adornar con flores el suelo de la iglesia; jamás se adornaba con flores el altar.

Por regla general los altares eran pequeños, con una superficie que raramente sobrepasaba el metro cuadrado. En el claustro de la catedral de Ratisbonne existe, por ejemplo, un pequeño altar de piedra maciza, que se remonta a una época muy antigua; pero se encuentra también en “la antigua catedral” un enorme altar (de dos metros diez por un metro cuarenta) que posiblemente data del siglo V, representando una “confesión”, lo que quiere decir que formaba parte del sepulcro de un mártir. De aquí su enorme tamaño. La pequeña superficie, de la mayoría de los altares, sólo dejaba espacio para las ofrendas del pan y del vino; precisamente esta característica servía para resaltar el carácter sacrificial de la misa; lo mismo que en los sacrificios de judíos y de paganos, sólo las ofrendas propiamente dichas tenían sitio sobre el altar.

Los altares en forma de mesas de grandes dimensiones eran raros en la antigüedad. Sin embargo igual que los altares que hemos citado, eran también profusamente adornados con telas preciosas, que colgaban hasta el suelo por los cuatro lados, aunque la mesa que recubrían no aparecía como tal mesa. Más tarde, en muchos lugares, se puso en la cara anterior de los altares, una alfombra de tela, madera o metal, ricamente adornada. Pero no se puede afirmar que el carácter de cena de la misa se pusiese de manifiesto por los altares en forma de mesa.

Más adelante hablaremos con detalle de la posición del sacerdote en el altar en tiempos de la Iglesia primitiva. Solamente citaremos aquí lo que escribió en la revista Der Seelsorger, en 1967, poco después del fin del Concilio Vaticano II, el P. Josef A. Jungmann, autor de la conocida obra Missarum sollemnia: “La afirmación, tan a menudo repetida, de que el altar de la iglesia primitiva suponía siempre que el sacerdote estaba vuelto al pueblo, se comprueba que es una leyenda”.

Jungman además nos advierte contra el peligro, si se preconiza el altar cara al pueblo, de “hacer de esto una exigencia absoluta y, finalmente, una moda a la que nos sometemos sin reflexionar”. Según él, la principal razón de esta recomendación de celebrar cara al pueblo es la siguiente: “Existe en nuestros días la tendencia de cargar el acento exclusivamente en el carácter de cena de la eucaristía”.

Por su parte el propio Cardenal Ratzinger, en estos últimos años, nos llama la atención cada vez con más frecuencia contra el peligro de considerar la liturgia sólo bajo el aspecto de “comida fraternal” [16].

QUINTA PREGUNTA

¿No celebra el Papa desde tiempo inmemorial vuelto hacia al pueblo; y no existe en San Pedro de Roma un altar aislado elevado sobre un podium, como en la mayor parte de las Iglesias modernas?

Parecería exacto que la idea de un altar central, aislado sobre un podium estuviese en cierta forma preconfigurada en la iglesia barroca de San Pedro (pero no en la iglesia constantiniana que le precedió): el altar papal, ligeramente elevado, se encuentra aislado en medio de la iglesia, justo bajo cúpula central, suspendida sobre la “confesión” y la tumba del Príncipe de los Apóstoles; fácilmente visible desde todos los lados, es decir, desde la nave como desde los dos brazos del transepto.

Los que anteriormente hubiesen presenciado una misa papal se habrían dado cuenta que el Papa no se colocaba delante del altar, como en el resto de la cristiandad, sino detrás de éste. Algunos liturgistas sacaron inconsideradamente la conclusión de que aquí se había conservado la posición cara al pueblo, que el celebrante había tenido en la iglesia primitiva.

Pero, como lo vamos a demostrar, se trata de la orientación de la plegaria, pues la iglesia de San Pedro no tiene el ábside orientado al este, sino hacia el oeste, como la mayoría de las antiguas iglesias.

Sin embargo, como lo muestran las fotografías tomadas antes del advenimiento de Pablo VI, que luego emprendió la transformación del altar papal, los fieles presentes apenas podían percibir la figura del papa, debido a las enormes dimensiones de la cruz y de los candelabros del altar. Por ello no puede hablarse de una celebración versus populumpropiamente dicha. No se trata tampoco de un privilegio del Papa, como se ha afirmado. Existen, en efecto, otras iglesias en Roma, en las que el ábside está orientado a occidente y donde el celebrante está igualmente colocado detrás del altar.

En las modernas iglesias, construidas después del Concilio Vaticano II, a menudo se encuentra, como en San Pedro de Roma, un altar aislado sobre un podium, pero en el que falta el baldaquino que lo corona. Como se trata de un podium aislado en medio de la iglesia, desprovisto de cualquier orientación, normalmente rodeado de bancos para los fieles, es difícil encontrar un lugar adecuado para la cruz del altar, de la cual ya hemos expuesto más arriba la función de punto de referencia, cruz que es siempre exigida por las nuevas reglas litúrgicas. En la Institutio generalis del nuevo misal se puede leer: “Por ello, sobre el altar o en su proximidad, se colocará una cruz, bien visible por la asamblea” (n° 270).

Este era el caso del “altar de la cruz” medieval (Colocado delante de la reja, que separaba el coro del antecoro); pero ya no lo es; por lo que para satisfacer de una forma u otra esta prescripción, se cuelga o coloca sobre el altar una crucecita.

SEXTA PREGUNTA

¿Se puede decir que estaba bien que el sacerdote rezara vuelto hacia una pared? ¿no parece mejor que lo haga vuelto hacia la asamblea?

En cuanto se coloca ante el altar, el sacerdote no reza en dirección a una pared, sino que todos los que están allí presentes lo hacen conjuntamente en dirección al Señor, tanto más cuanto que hasta ahora lo que importaba, no era formar una comunidad, sino rendir culto a Dios por intermedio del sacerdote, representante de los participantes y unido a ellos.

Por esto, hablando de la dirección de la oración, San Agustín, obispo de Hipona, escribe: “Cuando nos levantamos para orar, nos volvemos hacia el Oriente (ad orientem convertimur) desde donde el cielo se eleva. No que Dios sólo se encuentre allí, o que haya abandonado las otras regiones de la tierra… sino para exhortar al espíritu a volverse hacia una naturaleza superior, es decir, hacia Dios” [17].

Esto explica porque los fieles, después del sermón, se levantaban de sus asientos para la plegaria, que a continuación se hacía y se volvían hacia el oriente. San Agustín les invitaba a ello frecuentemente al terminar sus sermones, empleando, a manera de frase ya consagrada, las palabras: “Conversi ad Dominum ” (vueltos hacia el señor).

Se puede evocar aquí una palabra de San Pablo. Consciente de que “El tiempo que pasamos en nuestro cuerpo es un exilio lejos del Señor, porque caminamos en la fe, no en la visión “, él desea estar “ausente de su cuerpo y presente cerca del Señor ” (ad Dominum) (2 Cor. 5,6‑8).

Así pues, volverse hacia el Señor y mirar hacia el Oriente, para la Iglesia primitiva era una misma y sola cosa.

En su obra fundamental Sol Salutis (1920), Joseph Dólger dice que está convencido de que la respuesta de la asamblea “Habemus ad Dominum ” (Nos volvemos hacia el Señor) a la apelación del sacerdote “Sursum torda” (¡Elevemos los corazones!), significaba que se volvían hacia el Oriente, hacia el Señor (pág. 256).

A este respecto Dólger observa que ciertas liturgias orientales proceden expresamente a esta invitación por una llamada del diácono antes de la plegaria eucarística (pág. 251). Este es el caso de la anáfora copta de San Basilio que comienza así: “¡Aproximaos, vosotros los hombres, levantaos con respeto y mirad hacia el Oriente”; y de la anáfora de San Marcos, donde una exhortación análoga (“¡Mirad hacia el Oriente!”) se dice en medio de la plegaria eucarística, justo antes de la transición que lleva al Santus.

En la breve descripción litúrgica del segundo libro de las Constituciones apostólicas, que son unas instrucciones del Siglo IV, se menciona igualmente que hay que ponerse de pie para rezar y volverse hacia el Oriente [18]. El libro octavo nos aporta la apelación del diácono: “¡Poneos de pie hacia el Señor!” [19]. Como se ve, aquí también hay un paralelismo entre el hecho de mirar hacia el Oriente y el de volverse hacia el Señor.

La costumbre de rezar en dirección al sol naciente es inmemorial, como igualmente lo ha demostrado Dólger; se la encuentra tanto entre los judíos como entre los romanos. Por ello el romano Vitrubio, en su tratado sobre arquitectura, escribe: “Los templos de los dioses deben estar orientados de tal forma que … la imagen que se encuentre dentro del templo mire hacia el ocaso, para que los que vayan a hacer sacrificios estén vueltos hacia el Oriente y hacia la imagen; y así al hacer sus oraciones vean todo el conjunto, el templo y la parte del cielo que está a levante, y que las estatuas parezcan levantarse con el sol para mirar a los que rezan durante los sacrificios”.

Para Tertuliano (hacia el 200 D.C.) la oración hacia Oriente es cosa evidente. En su librito “Apologética “, menciona que los cristianos “rezan en dirección al sol naciente” (c.16). Esta orientación de la plegaria se señaló muy pronto en las casas por medio de una cruz en el muro. Se ha encontrado una cruz en la parte superior de una casa de Herculanum, sepultada cuando la erupción del Vesuvio, el 79 D.C. [21].

SÉPTIMA PREGUNTA

Hay sin embargo estudios, como el muy conocido del profesor Otto Nussbaum, en los cuales se ha demostrado científicamente, que desde los tiempos más remotos, hubo celebraciones cara al pueblo, y que estas celebraciones eran hasta más antiguas

En su estudio de gran amplitud Der Standort des Liturgen am christlichen Altar (El Lugar del celebrante en el altar cristiano), publicado en 1965, Nussbaum escribe: “Cuando aparecieron los edificios dedicados al culto propiamente dicho, no había ninguna regla estricta que fijara de qué lado del altar debía colocarse el celebrante. Podía situarse bien delante del altar o detrás” (P.408). El piensa que la celebración cara al pueblo fue la preferida hasta el siglo VI.

No obstante Nussbaum no distingue suficientemente entre las iglesias que tienen el ábside al este con las que lo tienen al oeste, y por consiguiente la entrada al este. Son casi exclusivamente las basílicas del siglo IV las que presentan esta última orientación, y especialmente aquellas que fueron construidas por el emperador Constantino y Elena, su madre, como por ejemplo la iglesia de San Pedro de Roma.

Pero desde el comienzo del siglo V, San Paulino de Nola indica que lo habitual (usitatior) es el ábside al este [22]. De hecho, hay basílicas que tienen su entrada al este, sobre todo en Roma y en Africa del Norte, mientras que en Oriente son relativamente raras (en Tiro y en Antioquía).

La entrada hacia el Oriente (basílicas constantinianas) imitaban la disposición del Templo de Jerusalem (Cf. Ez. 8,16) así como algunos templos de la antigüedad, cuyas puertas abiertas dejaban penetrar la luz del sol naciente, que hacía resplandecer en el interior la estatua del dios.

En las basílicas cristianas que tenían su entrada al este, el celebrante estaba obligado, normalmente, a colocarse delante de la cara “posterior” del altar a fin de estar vuelto hacia el Oriente en el momento de la ofrenda del Santo Sacrificio, mientras que, en las iglesias que tenían el ábside al este, se colocaba “delante” del altar (ante apare) dando por consiguiente la espalda a la asamblea.

Del hecho de que en algunas de estas últimas basílicas hubiera sitio detrás del altar para el celebrante, a veces se ha deducido que éste se colocaba en ese lugar y que por consiguiente estaba vuelto hacia el pueblo, sobre todo cuando existía además en el fondo del ábside un banco para los sacerdotes, con un sitial para el obispo.

Ahora bien, esta es una conclusión manifiestamente errónea ‑que Nussbaum, por otra parte, ha adoptado‑, como se puede demostrar de manera irrefutable con la ayuda de los resultados de las excavaciones arqueológicas [23]. ¿Si no por qué se habrían construido estas iglesias exactamente en dirección del Este?

OCTAVA PREGUNTA

Cuando el sacerdote se colocaba “detrás” del altar en las iglesias, que tienen su ábside en dirección al occidente, como San Pedro de Roma, ¿no tenía lugar una celebración “cara al pueblo”?

¡No! En efecto, durante la plegaria eucarística (canon misae), no sólo el celebrante sino también los fieles se volvían hacia el Oriente. Como lo hizo observar San Juan Crisostomo [24] en los primeros tiempos los fieles extendían sus manos para rezar a la vez que el sacerdote (Cf. fig. 9).

Todos miraban en dirección a las puertas abiertas de la iglesia, por donde penetraba la luz del sol naciente, símbolo de Cristo resucitado, que vuelve. A parte de la veneración particular que el constructor de estas Basílicas, el emperador Constantino, tenía por el Sol naciente, un pasaje del profeta Ezequiel (43, 1) influyó también de manera especial: “El me ha conducido al pórtico oriental; y he aquí que la gloria del Dios de Israel llega del Oriente”. Así estando abiertas las puertas de la Basílica hacia el oriente, se esperaba que Cristo viniese a participar en la celebración de la Eucaristía, de la misma manera que después de su resurrección él se apareció varias veces a sus discípulos mientras comían (Luc. 24, 36‑49; In. 21; Act. 1,4).

Originariamente los fieles, separadas las mujeres de los hombres, permanecían no en la nave central, sino en las naves laterales (Esta afirmación, que corre el riesgo de sorprender al lector no avisado, sin embargo está totalmente fundada. A título de ejemplo reproducimos un croquis de la iglesia de San Clemente de Roma. El espacio central ante el altar estaba ocupado por la schola cantorum (recinto reservado a los chantres o cantores), los fieles se colocaban en las naves laterales. Esta disposición está atestiguada por numerosos documentos. Notemos sin embargo, una hipótesis diferente debida al profesor Cyrile Vogel, que en el caso de una basílica, en la que los fieles estuvieran de hecho en la nave central, piensa que “en Roma, hacia la mitad del siglo V, la conversio ad orientem (volverse hacia el oriente) implicaba una aversio a mensa (dar la espalda al altar), no era o dejo de ser costumbre entre los fieles”. (“La Orientación hacia el este del celebrante y de los fieles, durante la celebración eucarística” publicado en L’Orient syrien, vol. IX, 1964, pág. 29).; que en las grandes basílicas podían ser hasta seis (las de San Juan de Letrán y San Pedro de Roma sólo tienen cuatro). La colocación en las naves laterales corresponde a la costumbre de sentarse a lo largo de los muros laterales en las iglesias pequeñas de la cristiandad primitiva. Esta costumbre pervive aún en las iglesias de Oriente; la nave o el espacio central bajo la cúpula queda libre para las funciones del culto. Los fieles de más edad se situaban en los asientos (stasidien) a lo largo de los muros de la Iglesia; y en las naves laterales, el resto de los asistentes al oficio, de pie. En Oriente, la posición de pie y no de rodillas, como antes entre nosotros, es la actitud corporal más conveniente a la participación litúrgica, actitud que además exige una gran disciplina física, sobre todo durante los largos oficios religiosos.

Como lo muestran ciertas excavaciones y las representaciones en las basílicas constantinianas y norteafricanas el altar estaba cerca del centro de la nave. Se le rodeaba por los cuatro costados con una verja y, por regla general, se le cubría con un baldaquino que se han encontrado en ellas, (Según el diccionario de arqueología y liturgia cristiana, de Dom Cabrol y Dom Leclercq, IV, 2, p. entre col. 2232-2233, artículo iglesia). El altar está en medio de la nave).

El coro (schola cantorum) se colocaba cara al celebrante. En las iglesias de Rávena, todas ellas orientadas en dirección al este, se conservó durante mucho tiempo esta posición del altar y de la schola en medio de la nave central y de ello existen testimonios hasta el siglo VIII [25]. (Siempre a título de ejemplo, reproducimos el plano de la iglesia de Sabratha, en Libia. El celebrante, vuelto hacia el este, se coloca de espaldas al ábside y de cara a las puertas de la iglesia. Los fieles no están colocados delante del sacerdote (se ve que tampoco tenían sitio), sino más bien en las naves laterales. Ellos, al igual que el celebrante, no tienen dificultad en volverse hacia el este).

En la iglesia constantiniana de San Pedro de Roma el altar no se encontraba encima de la tumba del Apóstol, en contra de lo que se pudiera creer, sino un poco más al centro de la nave. Sobre el lugar en que estaba enterrado el Príncipe de los Apóstoles, había una “memoria” sin altar, un baldaquino sostenido por columnas, como lo muestra la antiquísima representación del cofrecillo de marfil de Pola. La suposición con frecuencia aducida que habría habido en otro tiempo un altar mayor amovible allí por donde entraban y salían los peregrinos que visitaban la tumba del Apóstol no ha podido ser probada.

Puesto que en las basílicas, que tenían su ábside en dirección al Occidente y el altar en medio de la nave, los fieles, como hemos visto, se colocaban en las naves laterales (entre las columnas de las cuales colgaban tapices, que se abrían durante la misa), no volvían la espalda al altar. Cosa en todo caso impensable, por el respeto que se tenía a la santidad del altar. Sin embargo, podían volverse sin dificultad hacia el Oriente (en dirección a la entrada) con una ligera rotación del cuerpo.

Aún en el caso inverosímil de que, durante la plegaria eucarística, los fieles no hubiesen mirando hacia la entrada sino hacia el altar, no hubiese existido sin embargo un cara a cara con el sacerdote, pues el altar, como hemos dicho, estaba en la antigüedad oculto por las cortinas, durante este período de la misma.

A partir de la edad media, el altar de estas basílicas fue desplazado hacia el ábside. En la iglesia de San Pedro esto se hizo, como se sabe hacia el 600, bajo el Papa San Gregorio el Grande, quien al mismo tiempo emprendió importantes modificaciones en el coro e instaló una cripta circular, con objeto de que los peregrinos pudiesen llegar libremente a la tumba del Apóstol, sin tener que penetrar en el presbiterio.

Más adelante, poco a poco, el pueblo se colocó en la nave central. En una época (imposible hoy de determinar) cuando en las basílicas constantinianas, los asistentes dejaron de volverse hacia Oriente, para permanecer vueltos hacia el altar, se llegó a una especie de celebración “cara al pueblo”.

BIBLIOGRAFÍA

[1]  PG (Migne, Patrología Griega) 63, 111.

[21 La plegaria, 31, n° 5; traducción de A. G. HAMMAN (DDB, 1977), pág. 120.

[3] Biblioteca de la Kirchenváter, pág. 64.

[4] “Scivias “,11, visión 6.

[5] Mons. DUCHESNE, “Orígenes del culto cristiano”, 3a edición, págs. 485 y 488.

[61 PG 61, 313.

[7] 1,2 “Del altar”, n° 5.

[81 PG 79. 577‑580.

[9] Cf. K. GAMBER, “Das Patriarchat Aquileja und bairische Kirche” (El pa triarcado de Aquielea y la Iglesia Bávara), págs. 25 a 55.

[10] 11, 57, 2‑58, 6 (Paderborn, 1906) edición de Funk.

[11] PG 62,29.

[12] “Racional”, 1, 3 n° 35.

[13] Cf. sobre este tema el artículo de K. GAMBER en el periódico “Das Müns ter “, 1985.

[14] “Das Konzil der Buchhalter” (El Concilio de los contables), pág. 200.

[15] Cf. K. GAMBER, “Ecclesia Reginensis “, págs. 49 a 66.

[16] CE “Entretiens sur la foi “, Fayard, 1975, pág. 158.

[17] PL (Migne, Patrología Griega) 34, 1277.

[181 Capítulo 57, 14; edición de Funk, pág. 165.

[19] Capítulo 12, 2; edición de Funk, pág. 494.

[20] 1, libro 4, capítulo 5, edición de E. Tardieu & A. Cousin hijos, pág. 173.

[21] Cf. E. C. CONTÉ CORTI “Vida, muerte y resurrección de Herculano y Pom peya “, págs. 16 a 18.

[221 Ep. 32, 13. (PL 61, 337).

[23] Cf. K. GAMBER, “Liturgie und Kirchenbau” (Liturgia y construcción de iglesias) págs. 16 a 18.

Información tomada del excelente sitio web:

http://www.mercaba.org/

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