SAN MARCELO,* Papa y Mártir

16 de enero

Todo lo que hay en el mundo es concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y soberbia de la vida. (1 San Juan, 2, 16).

San Marcelo ejerció el sacerdocio bajo el Papa Marcelino, a quien sucedió en el año 308. Su epitafio, compuesto por el Papa San Dámaso, nos hace saber que por mantener la disciplina de los santos cánones se atrajo la hostilidad de los cristianos tibios, y que fue desterrado por el tirano Majencio en castigo de su severidad contra un apóstata. Murió en el año 309, después de haber gobernado a la Iglesia un poco más de siete meses solamente.

MEDITACIÓN
SOBRE LA CORRUPCIÓN
DEL MUNDO

I. La vanidad reina en el mundo; se quiere figurar o elevarse por sobre los demás. Esta vanidad se manifiesta en las palabras, en los actos, en las casas, en el vestir, y muy a menudo se la encuentra aun en las prácticas más santas de la religión. ¡Oh mundo, cuán henchido estás de orgullo! Se ve claramente que Satanás es tu señor, y que Jesucristo está ausente de tus máximas y de tus acciones. ¿Se pueden amar los vanos honores considerando a Dios que nace desconocido y que muere oprobiosamente en una cruz?

II. La voluptuosidad es un vicio tan común en el mundo, que parece que la mayoría de las profesiones que se ejercen en él, no tienen otro objeto que el de satisfacerla. Inficiona todas las edades, todos los sexos, todas las condiciones. ¿Cómo resistir a esta corrupción universal? ¡Ah! más bien huye lo antes posible; retírate de Sodoma, no suceda que te veas envuelto en su ruina. Si no puedes abandonar el mundo, declara sin embargo que eres enemigo del mundo y de sus placeres.

III. La sed de riquezas es el tirano del mundo; por él trabájase noche y día, sacrificase la tranquilidad, el honor, la salud, la vida, la salvación. En una palabra, el oro es el dios del mundo; empero, para entrar al cielo es menester ser pobre, si no de hecho por lo menos por el desasimiento de las riquezas. ¿Qué amor tienes por la pobreza, que Jesucristo amó tanto? Considera como cruz lo que el mundo ama, y adhiérete con toda la fuerza de tu amor a lo que el mundo considera como cruz. (San Bernardo).

La huida de las tentaciones 
Orad por vuestros
superiores eclesiásticos.

ORACIÓN

Os suplicamos, Señor, que escuchéis las oraciones de vuestro pueblo, y que el bienaventurado Mar celo, vuestro pontífice mártir, cuyos padecimientos honramos, nos preste el socorro de sus méritos.  Por N. S. J. C. Amén.

*Santoral de Juan Esteban Grosez, S.J. Tomo I, (Ed. ICTION, BuenosAires, 1982)

Tomado de: http://misa_tridentina.t35.com/

Los santos que reinan con Cristo

16 de Enero

SAN PABLO,* Primer Ermitaño

15 de enero

Cualquiera de vosotros que no renuncia todo lo que posee, no puede ser mi discípulo. (San Lucas, 14, 33).

Ilustre fundador de los eremitas, ¡cuán hermoso resultaba veros en vuestra gruta, vestido con un manto de hojas de palma, alimentado con un medio pan que un cuervo os traía cada día! Una fuente os daba de beber, la roca os servía de lecho, y estabais más contento en esa gruta que los reyes en sus palacios. ¡Gran Santo, haced que meditando vuestra vida aprendamos a despreciar el mundo y sus falsas máximas!

MEDITACIÓN
SOBRE LA VIDA DE SAN PABLO

I. San Pablo, al ver a los perseguidores atacar la fe y la virtud de los cristianos mediante el cebo de los placeres, buscó en la soledad un abrigo contra la tentación. ¿Amas la pureza? ¿Quieres, a imitación de San Pablo, conservar esta bella virtud? Huye de las ocasiones. En esta clase de combates la huida asegura la victoria.

II. Aunque no fuese designio de Pablo el permanecer en la soledad, fue el de Dios el mantenerlo en ella. Tantas dulzuras hízole gustar en ese desierto,que desde entonces despreció el mundo y sus placeres. Alma tímida, ¿qué temes tú? Dios te llama, quiere desasirte del mundo; prueba, ensaya cuán suave es pertenecerle totalmente. Las dificultades se desvanecerán desde que pongas manos a la obra. No perderás tus placeres, sino que los trocarás en una alegría más sólida y más santa.

III. San Pablo permaneció en esta terrible soledad durante ochenta años, sin ver a nadie, excepto a San Antonio, que, inspirado de lo alto, lo fue a visitar. Tú comienzas con fervor, pero este fervor es sola mente fuego de paja que se extingue en un instante. Ánimo, continúa; la eternidad bienaventurada que esperas, el Dios a quien sirves, valen la pena de que perseveres en la virtud durante los pocos años que te quedan de vida.

La huída de las tentaciones
Orad por vuestros superiores eclesiásticos

ORACIÓN

Oh Dios, que cada año nos proporcionáis un nuevo motivo de alegría con la solemnidad del bien aventurado Pablo, vuestro confesor, haced, por vuestra bondad, que honrando la nueva vida que recibió en el cielo, imitemos la que vivió en la tierra.  Por N. S. J. C. Amén.

*Santoral de Juan Esteban Grosez, S.J. Tomo I, (Ed. ICTION, BuenosAires, 1982)

Tomado de: http://misa_tridentina.t35.com/

SAN HILARIO,* Obispo, Confesor

14 de enero

¿Qué cosa es vuestra vida? Un vapor que por un poco de tiempo aparece, y luego desaparece. (Santiago, 4, 15).

San Hilario se convirtió a la fe cristiana leyendo la Sagrada Escritura. Tuvo la gloria de que fuera su discípulo el gran santo Martín, a quien comunicó su extraordinaria doctrina y su ardiente celo. Defendió la fe contra los herejes y fue desterrado por causa de la ortodoxia. Murió en el año 368.

MEDITACIÓN
SOBRE LA VIDA HUMANA

I. ¿Qué cosa es la vida humana? Es, dice el apóstol Santiago, un vapor que, casi al mismo tiem po, aparece y desaparece. ¡Qué corta es esta vida! Apenas comenzamos a vivir es menester, ya, pensar en morir. ¡Qué insegura es! No sabemos cuándo concluirá. Mas, ¡cuán llena está de miserias! ¿Puedes decir con verdad que has vivido un día siquiera sin disgusto? Sin embargo, amamos esta vida tan miserable, y tememos la muerte que debe abrirnos el paraíso: es que nuestra fe no es lo bastante viva.

II. Nuestra vida no debe ser considerada en sí misma solamente; debe, además, considerarse como un tránsito a la eternidad. No vivimos para siempre, sino para morir un día, y para merecer el cielo. En lo único en que debemos emplear el tiempo de nuestra vida es, pues, en trabajar para merecer, después de ella, una eternidad feliz. Examinemos en particular todas nuestras acciones. ¡Ay! ¡Trabajamos en hacer fortuna, en consolidar nuestra reputación en esta tierra, como si debiéramos vivir en ella eterna mente!

III. Pronto terminará esta vida, y comenzará la eternidad, para ser recompensados o castigados, según el buen o mal uso que hayamos hecho de ella. ¡Tan poco tiempo tenemos para merecer una eternidad de dicha, y lo empleamos en otras cosas! No sabemos cuánto durará este tiempo; trabajemos, pues, seriamente. ¿Qué no se sufre para prolongar algunos instantes una vida miserable? ¡Y nada se quiere soportar para merecer una vida eterna y bienaventurada!

La lectura espiritual
Orad por los sacerdotes.

ORACIÓN

Oh Dios, que habéis instruido a vuestro pueblo con las verdades de la salvación por ministerio del bienaventurado Hilario, haced, benignamente, que después de tenerlo en la tierra como doctor y guía, lo tengamos como intercesor en el cielo.  Por N. S. J. C. Amén.

*Santoral de Juan Esteban Grosez, S.J. Tomo I, (Ed. ICTION, BuenosAires, 1982)

Tomado de:http://misa_tridentina.t35.com/

SAN GODOFREDO,* Abad

13 de enero

Conforme a la santidad del que os llamó, sed también vosotros santos en todo vuestro proceder. (1 San Pedro, 1, 15).

San Godofredo conde de Kappenberg, asqueado de la gloria de las armas y de las vanidades del mundo, persuadió a su esposa a que se hiciese monja, consagró todos sus bienes al Señor, y convirtió su castillo en convento donde tomó el hábito de la Orden Premonstratense. En el seno de esta ciudadela fue donde comenzó a guerrear contra su cuerpo con sus ayunos y austeridades, contra el mundo con su po breza y contra el demonio con su obediencia. Murió en 1136, a la edad de treinta años.

MEDITACIÓN
SOBRE LA SANTIDAD
QUE DIOS NOS PIDE

I. Dios quiere que todos los hombres sean san tos. Para eso los ha creado; para eso Jesucristo se encarnó. Todos poseen los medios y las gracias ne cesarias para alcanzar este fin, y, cuando somos fieles a las gracias que recibimos, Dios nos prepara otras más grandes. Pero, ¡ay! en vano será que Dios pro digue todas sus gracias para que seamos santos, si nosotros, por nuestra parte, no trabajamos para con quistar la santidad. ¿Quieres en verdad ser santo? Si lo quieres, lo serás. Nada gana Dios con tu san tificación, ello no lo hace más feliz; es asunto nuestro: de él depende nuestra eternidad feliz. ¿Qué has hecho hasta aquí, y qué has resuelto hacer en lo porvenir, para llegar a ser santo?

II. Dios no pide que todos los hombres traba jen en su santificación de la misma manera: Él tiene mil caminos diferentes para conducir a sus elegidos a la gloria. Hay santos de todas las condiciones; consiaera el estado de vida en el que estás colocado, cumple dignamente todos sus deberes: es la santidad a la que Dios te llama. El anacoreta no debe, para santificarse, vivir como el hombre de mundo, ni éste como el anacoreta. Mira si imitas a los santos que han vivido en un estado de vida semejante al tuyo.

III. El que busca y aprovecha todas las ocasio nes para santificarse en el género de vida que ha elegido, ése ha dado con el camino más corto que lleva a la perfección. ¿Aprovechas esas ocasiones? ¿Cuántas vehementes inspiraciones no deja Dios de enviarte para atraerte? ¿Qué no hace para desapegar tu corazón del amor a las creaturas? ¿Qué te impide elevarte a Él? ¡Ah! ¡Los primeros cristianos han vencido a los tiranos, y, a pesar de los suplicios, han obtenido la corona de la santidad; y a nosotros el apego que tenemos a los placeres de esta vida nos impide llegar a ser santos! Ellos han luchado contra la atrocidad de los tormentos: luchemos, nosotros, contra las dulzuras de los placeres. (San Eusebio de Émeso).

El menosprecio de las riquezas
Orad por los pobres.

ORACIÓN

Haced, os rogamos, Señor, que la intercesión de San Godofredo, abad, nos haga gratos a Vuestra Majestad, a fin de que obtengamos por su asistencia lo que no podemos esperar de nuestros méritos.  Por N. S. J. C. Amén.

*Santoral de Juan Esteban Grosez, S.J. Tomo I, (Ed. ICTION, BuenosAires, 1982)

Tomado de: http://misa_tridentina.t35.com/

SAN ARCADIO,* Mártir

12 de enero

Si con Él padecemos y reinaremos también con Él; si lo negáremos, Él nos negará igualmente. (2 Timoteo, 2, 12).

San Arcadio se retiró a la soledad durante la persecución, mas no lo hizo sino para adquirir en ella fuerzas a fin de combatir con mayor coraje. Presentóse al tirano. Fue cortado en pedazos, pero los suplicios le resultaron dulces, porque lo hacían semejante a Jesucristo en la tierra, y le aseguraban su dicha en el cielo.

MEDITACIÓN
SOBRE LOS SUFRIMIENTOS

I. Pecador, es preciso sufrir en esta vida para no sufrir en la otra; es menester que borres tus delitos con tus trabajos, tus lágrimas y tu sangre: no hay otro medio para que vuelvas a gozar del favor de Dios. Él te envía sufrimientos: recíbelos como remedios para las enfermedades de tu alma. Siempre quieres pecar, y no quieres hacer penitencia: ten cuidado, te encuentras en un estado peligroso. Es necesario satisfacer a Dios en este mundo o en el otro. Elige.

II. Pecadores convertidos, que habéis tenido la felicidad de reconciliaros con Dios, no os creáis que ya podéis dejar de llorar vuestros pecados y cesar de sufrir para borrarlos. Aun cuando se os hubiera re velado, como a Magdalena, que vuestros pecados han sido perdonados, menester sería, sin embargo, hacer como ella penitencia, todo el resto de vuestros días. Temblad, llorad siempre, pues no sabéis si sois dig nos de odio o de amor de Dios. Aunque no hubierais cometido sino un solo pecado, sería suficiente como para obligaros a llorar eternamente.

III. Almas santas que aspiráis a la perfección, aun cuando fueseis arrebatadas todos los días hasta el tercer cielo, como San Pablo, no os creáis por eso dispensadas de hacer penitencia. Vuestras contemplaciones haríanse sospechosas, si no van acompaña das del amor a los sufrimientos. Si amáis sólida mente a Jesús, querréis asemejaras a Él sufriendo con Él. Tendréis motivo para esperar la gloria de Jesucristo, si participáis en los dolores de su pasión.

La paciencia
Orad por vuestros enemigos.

ORACIÓN

Os suplicamos, oh Dios omnipotente, que hagáis que por la intercesión del bienaventurado Arcadio, vuestro mártir, cuyo nacimiento al cielo celebramos, seamos fortificados en el amor de vuestro Nombre.  Por N. S. J. C. Amén.

*Santoral de Juan Esteban Grosez, S.J. Tomo I, (Ed. ICTION, BuenosAires, 1982)

Tomado de: http://misa_tridentina.t35.com/

SAN HIGINIO,* Papa y Mártir

11 de enero

Crucifican de nuevo en sí mismos al Hijo de Dios, y lo exponen al escarnio. (San Pablo a los Hebreos, 6, 6).

San Higinio, sucesor del mártir San Telésforo en la cátedra de San Pedro, desplegó gran celo en la defensa de la ortodoxia contra los heresiarcas Cerdón y Valentino. Tuvo que sufrir mucho durante los cuatro años que ocupó el trono pontificio. Por eso fue puesto entre los mártires. Murió en el año 142.

MEDITACIÓN
LOS PECADORES CRUCIFICAN
DE NUEVO A JESUCRISTO

I. Jesús ha sufrido una vez en el Calvario por nuestros pecados. No acusemos ni a Judas ni a Caifás ni al pueblo judío ni a Pilatos de haberlo hecho morir, sin pensar que también nosotros somos los autores de su muerte; nuestros crímenes son los que lo clavaron en la cruz. ¡Ah, Jesús!, ¿cómo podré verte morir en un cadalso para expiar mis pecados, sin amarre y sin llorar mis prolongados extravíos?

II. No sólo una vez he sido la causa de tu muerte en el Calvario, sino que renuevo esta causa cada vez que cometo pecado mortal. Alma mía, ¿no son ya bastantes los dolores que Jesús ha soportado? ¿debo renovar su causa para quedar bien con un amigo, para satisfacer una pasión, para gozar de un placer transitorio?

III. Jesús fue crucificado en el Calvario una vez y por los judíos que no lo conocían; todos los días, en todo el mundo, hay cristianos, a quienes ha rescatado al precio de su sangre, que renuevan la causa de su suplicio. Nada escatima Jesús para apartarnos del pecado; ¡y nosotros continuamos ofendiéndolo! Escucha, pecador, los reproches que te dirige el divino Salvador: ¿Por qué, con tus pecados, me clavas a una cruz más cruel que aquélla a la que se me clavó hace tiempo? (San Agustín).

La huída del pecado
Orad por los pecadores

ORACIÓN

Pastor eterno, mirad con benevolencia a vuestro rebaño y conservadlo con protección constante, por vuestro bienaventurado Mártir y Soberano Pontífice Higinio a quien constituiste pastor de la Iglesia universal.  Por N. S. J. C. Amén.

*Santoral de Juan Esteban Grosez, S.J. Tomo I, (Ed. ICTION, BuenosAires, 1982)

Tomado de: http://misa_tridentina.t35.com/


SAN GUILLERMO,* Obispo y Confesor

10 de enero

Si confesamos nuestros pecados, fiel y justo es Dios, para perdonárnoslos y purificarnos de toda iniquidad. (1 San Juan, 1, 9).

San Guillermo fue notable en la orden del Cister por su humildad y su mortificación. Designado, a pesar suyo, arzobispo de Bourges, redobló las austeridades porque tenía que expiar, según decía, sus propios pecados y los de su pueblo. Tal horror tenía por el pecado, que no podía ver que se ofendiese a Dios sin derramar un torrente de lágrimas. Murió en 1209. Si no tenemos bastantes lágrimas como para llorar los pecados de los demás, por 10 menos lloremos los nuestros.

MEDITACIÓN SOBRE
EL PECADO

I. El pecado es el mayor mal del hombre, por que lo priva de la posesión de Dios, que es su soberano Bien; le arrebata la gracia que lo hacía hijo de Dios y lo hace objeto de su venganza por toda la eternidad. ¿Pensamos en estas verdades cuando tenemos tentación de cometer un pecado mortal, que ha causado todos esos males a los demonios y a los condenados? ¿Dónde estaría yo. oh Dios mío, si me hubieseis sacado de este mundo después de pecar? ¡Cuántas veces me habríais justamente condenado, si lo hubieseis querido! No lo habéis querido, porque amáis a las almas y olvidáis los pecados cuando se hace penitencia por ellos.

II. El único pecado de Adán ha causado todos los males que padecemos en esta vida. Las enfermedades, el trastorno de las estaciones, la ignorancia, el dolor y la muerte son los tristes efectos del pecado. ¡Ah! si Dios ha castigado, si castiga todavía hoy tan severamente un pecado tan leve en apariencia, ¿qué suplicios no reservará a mis faltas, en el otro mundo? Si en el tiempo de su misericordia es tan riguroso, ¿qué no hará cuando llegue el tiempo de su cólera y de su justicia?

III. ¿Qué pecados has cometido durante tu vida? Repásalos en la memoria, pide perdón a Dios por ellos y haz rigurosa penitencia. Estás seguro de que tus pe cados te han merecido el infierno, pero no sabes si tu penitencia los ha borrado. Este pensamiento es capaz de hacerte temblar, seas quien seas. Toma la resolución de morir antes que pecar.

La huida del pecado
Orad por los que están
en pecado mortal.

ORACIÓN

Os rogamos, Dios todopoderoso, que hagáis que esta venerable solemnidad de San Guillermo, confesor y pontífice, aumente en nosotros el espíritu de piedad y el deseo de la salvación.  Por N. S. J. C. Amén.

*Santoral de Juan Esteban Grosez, S.J. Tomo I, (Ed. ICTION, BuenosAires, 1982)

Tomado de: http://misa_tridentina.t35.com/

SAN ADRIANO,* Abad

9 de enero

Gozaos por cuanto vuestros nombres están escritos en el cielo. (San Lucas, 10, 20).

San Adriano, nacido en África, era abad de Niridano, cerca de Nápoles, cuando el Papa Vitaliano lo señaló como candidato a arzobispo de Cantórbery. El humilde siervo de Dios declinó esta dignidad recomendando en su lugar a San Teodoro, pero aceptó partir con él para la lejana Inglaterra. Constituyólo el Papa asistente y consejero del arzobispo. Éste le confió el gobierno del monasterio de los Santos Pedro y Pablo de Cantórbery, llamado más tarde de San Agustín. San Adriano enseñó en él las letras divinas y humanas y, sobre todo, dio allí ejemplo vivo de virtudes. Murió en el año 710.

MEDITACIÓN SOBRE LA NECESIDAD
DE TRABAJAR PARA SALVARSE

I. Dios quiere que seas un predestinado. Es tan grande su amor por los hombres, que quiere salvar a todos. Para esto les ha dado a su Hijo, para enseñarles el camino del cielo; para esto les ha dado sus mandamientos, ha establecido los sacramentos y les acuerda tantas gracias. ¡Cuán obligados estamos para con Vos, oh Bondad infinita, por tantos me dios de salvación como habéis puesto a nuestro alcance! ¿Has agradecido a Dios estos favores, los has aprovechado? ¿Cómo has trabajado hasta el presente en el negocio de tu salvación?

II. Te puedes salvar, tienes entre manos la vida y la muerte, el paraíso y el infierno; tienes libertad; la gracia nunca te falta. ¡No depende sino de mí el ser eternamente feliz; mi salvación depende de mis esfuerzos durante esta vida, y dejo yo correr inútil mente el tiempo que Dios me ha dado para que trabaje por ella! Puesto que mi salvación está en mi poder, y puesto que puedo, si quiero, ser amigo de Dios, ¿por qué no lo seré desde ahora?

III. No quieres conseguir tu salvación, ahora que lo puedes; tal vez llegue el dia en que querrás hacerlo, pero, ¡ay!, ya no será tiempo. No, no quieres salvarte, pues desprecias los medios que se te dan para salvarte, y rehúsas renunciar a tus placeres. Servir al mismo tiempo a Dios y al mundo es algo imposible. Trabaja pues en tu salvación, mientras tienes tiempo todavía; camina mientras tienes luz, no sea que te sorprendan las tinieblas (Jesucristo).

El cuidado de la salvación
Orad por los enfermos.

ORACIÓN

Haced, os lo rogamos, Señor, que la intercesión. de San Adriano, abad, nos haga agradables ante vuestra Majestad, a fin de que obtengamos por su asistencia lo que no podemos esperar de nuestros méritos.  Por N. S. J. C. Amén.

*Santoral de Juan Esteban Grosez, S.J. Tomo I, (Ed. ICTION, BuenosAires, 1982)

Tomado de: http://misa_tridentina.t35.com/

SAN APOLlNARIO DE HIERÁPOLlS,* Obispo y Confesor

8 de enero

No son justos delante de Dios los que oyen la ley, sino los que la practican. (San Pablo a los Romanos, 2, 13).

San Apolinario fue una de las mayores lumbreras de la Iglesia en el siglo segundo. Los herejes encontraron en él un temible adversario, y los fieles un ardiente defensor contra las acusaciones falsas de que se servían los idólatras para hacerlos odiosos ante los emperadores. En su Apología, recuerda a Marco Aurelio que a las oraciones de los cristianos de la duodécima legión debe su victoria sobre los cuados.

MEDITACIÓN SOBRE
LOS DEBERES DEL CRISTIANO

I. Para ser cristiano, es preciso creer todo lo que la fe nos enseña. ¡Cuán pocos cristianos hay en el mundo! Nunca se cometería pecado mortal si firmemente se creyese que hay un Dios, un infierno y un paraíso. Ejercita, a menudo, tu fe acerca de estas grandes verdades. Acuérdate de ellas sobre todo cuan do el mundo te ofrezca sus placeres seductores, y nunca sucumbirás a sus tentaciones.

II. Tus palabras deben ser fieles intérpretes de tu corazón, y nada debe salir de tu boca que no sea digno de un cristiano. ¿Sostienes la causa de Jesucristo contra los ataques de los impíos y de los libertinos? ¿Al oírte hablar, no se te tomaría más bien por un discípulo de Epicuro, por un orgulloso, por un avaro, que por un discípulo de Jesucristo? Pesa todas tus palabras antes de pronunciarlas. Rendirás cuenta a Dios aun de la menor palabra inútil. Ninguna digas que sea indigna de un cristiano, imitador de Jesucristo.

III. ¿Tus acciones están de acuerdo con la santidad de tu fe? Ser cristiano es vivir como Jesucristo, obrar como Él, sufrir como Él. Vana es tu fe si las buenas obras no la acompañan. Sin embargo, vives como un pagano y un infiel. ¿Se diría que Crees en el infierno, que esperas el paraíso, viendo la facilidad con que ofendes a Dios, y el amor que tienes a la tierra? Recuerda el hermoso pensamiento de San Malaquías: En vano soy cristiano si no imito a Jesucristo.

La guarda de los Mandamientos 
Orad por los cismáticos.

ORACIÓN

Dios todopoderoso, haced, os suplicamos, que la augusta solemnidad del bienaventurado Apolinario, vuestro confesor pontífice, aumente en nosotros el espíritu de piedad y el deseo de la salvación.  Por N. S. J. C. Amén

* Santoral de Juan Esteban Grosez, S.J. Tomo I, (Ed. ICTION, BuenosAires, 1982)

Tomado de: http://misa_tridentina.t35.com/

SAN LUCIANO,* Presbítero y Mártir

7 de enero

Apartaos de mí, malditos: id al fuego eterno, que ha sido preparado para el diablo y sus ángeles. (San Mateo, 25, 41).

San Luciano puede ser llamado el cristiano por antonomasia, pues, a la edad de doce años, distribuyó todos sus bienes a los pobres.

Fue sacerdote en Antioquía, profesor de exégesis bíblica y fundador de la Escuela de Antioquía, traduce el Antiguo Testamento, su campo propio; y destaca por su virtud, sabiduría y oratoria.

Durante la persecución de Valerio Maximiano, es martirizado en Nicodemia, el 7 de enero del año 212, y sepultado en Helenópolis de Bitinia.

Como no tuviera altar en la prisión, el amor ingenioso que profesaba a Dios le inspiró la idea de hacerse sostener por sus discípulos y de consagrar a Jesucristo sobre su pecho. Fue así, el sacerdote, el altar y la víctima de Dios, por quien derramó su sangre en el año 312.


MEDITACIÓN SOBRE
EL INFIERNO

I. El infierno es el lugar destinado para el castigo de los réprobos. Su mayor suplicio será no ver a Dios, lo que constituye la felicidad de los elegidos. Conocerán las perfecciones de Dios, desearán gozar de ellas, pero no podrán; y como Dios es la fuente de todo bien, ellos también serán privados de toda clase de bienes. No habrá ya para ellos ni alegría ni contento. Infeliz estado, ¿quién podría concebirte? La pérdida de un amigo, de un pariente, de un bien que amas, te hace gemir: ¿qué no producirá conocer el valor de Dios, y ser separado de Él para siempre?

II. Padecerán todos los tormentos, imaginables e inimaginables: el hambre, la sed, las tinieblas, los espectros pavorosos, el fuego… El condenado será atormentado en todas las partes de su cuerpo, en todas las potencias de su alma. Cristiano afeminado, un dolor de muelas te hace gritar, no podrías mantener un dedo ni siquiera un momento en el fuego, ¿cómo soportarás esos suplicios que han merecido tus crímenes?

III. Esos tormentos durarán toda la eternidad, sin consuelo, sin interrupción, sin esperanza. ¡Oh Dios! Cuán amargos resultarían los placeres de esta vida, y cuán agradables sus sufrimientos para quien comprendiese estas palabras: ¡sufrir eternamente! Eternidad, ¿se puede pensar en ti sin temblar, sin temer a Dios, sin despreciar al mundo ni desapegar se de él? ¡Eternidad! ¡Por un placer de un momento, una eternidad de suplicios! Somos insensatos o paganos, si el pensamiento de la eternidad no nos con mueve y nos convierte. ¿Quién de vosotros podrá habitar en las llamas eternas? (Isaías).

El infierno existe, Nuestro Señor Jesucristo nos habló de el.

El pensamiento del infierno
Orad porla conversión de los malos cristianos

ORACIÓN

Haced, os lo rogamos, Dios omnipotente, por la intercesión del bienaventurado Luciano, vuestro mártir, cuyo natalicio al cielo celebramos, que seamos fortificados en el amor de vuestro santo Nombre.  Por N. S. J. C. Amén.

*Santoral de Juan Esteban Grosez, S.J. Tomo I, (Ed. ICTION, BuenosAires, 1982)

Tomado de: http://misa_tridentina.t35.com/

Los 3 reyes sabios

“Bithisarea, Melchior y Gathaspa.”

Reyes sabios

Baltasar, Melchor y Gaspar

(Siglo I)

En el Evangelio no se dice que los magos o sabios de oriente hayan sido tres; pero la tradición que lo afirma es muy antigua y se funda sin duda en las tres clases de dones que el Evangelio menciona. Algunos de los frescos más antiguos de las catacumbas, representan a tres reyes, pero otros representan a dos, cuatro y aun seis magos, probablemente por motivos artísticos. Algunos de los Padres, como Orígenes (Hom. in Genesim 16:3), San Máximo de Turín y San León consideran como cosa probada que los magos eran tres. Tal vez en la determinación de este número influyó también el hecho de que frecuentemente se compara o se contrapone a los magos con los tres jóvenes que cantaron las alabanzas de Dios en el horno en llamas, a que se refiere el Antiguo Testamento.

En los frescos de las catacumbas, así como en los más antiguos grabados de los sarcófagos, se representa siempre a los magos con gorros frigios. La idea de que eran reyes se divulgó posteriormente y es posible que se originase en el salmo 71:10: Los reyes de Tarsis y de las islas ofrecerán presentes; los reyes de Arabia y de Saba llevarán regalos.” Según parece, San Cesario de Arles, que murió en el año 543, fue el primero en citar dicho salmo a este propósito (Migne, PL., vol. XXXIX, c. 2018) y, a partir del siglo VIII, los magos aparecen en todas las representaciones con la corona real.

Más tarde, el pueblo cristiano dio nombres propios a cada uno de los tres. Un manuscrito de París, que data del siglo VIII, les llama “Bithisarea, Melchior y Gathaspa.” En una miniatura del Codex Egberti (c. 990) aparecen dos nombres: “Pudizar” y “Melchias.” A pesar de estas ligeras divergencias, no cabe duda de que de ahí se derivaron los nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar. En las pinturas posteriores de la Edad Media, uno de los magos es casi siempre un joven, otro de edad madura y el tercero muy anciano. La costumbre de representar a uno de los magos como hombre de la raza negra, data del siglo XV.

Los tres reyes sabios

Según la leyenda, los restos de los magos reposan en la catedral de Colonia, en una capilla que constituye uno de los más bellos ejemplos del primor con que se trabajaba el metal en la Edad Media. No hay razón para dudar de que dichas reliquias sean las que fueron trasladadas en 1164, de 1a basílica de San Eustorgio, en Milán, después de que Federico Barbarroja las regaló al arzobispo de Colonia. Pero la historia anterior de las reliquias es menos clara, por más que ya en el siglo IX, se las consideraba en Milán como las de los Reyes Magos. Se cuenta que habían sido transportadas de Constantinopla a Milán, probablemente en la época del emperador Zenón (474-491); pero ignoramos cómo se identificó a dichas reliquias con las de los magos y cómo fueron a dar a Constantinopla. Es indiscutible que en la Edad Media el culto de los magos era muy popular, sobre todo en Alemania. A su desarrollo contribuyeron las peregrinaciones a la catedral de Colonia y los “misterios” medievales, en donde los magos ocupaban un papel muy importante. Con frecuencia se les veneraba como los patronos de los viajeros.

Relicario que contiene a los 3 Reyes Magos

Véase Hugo Kehrer, Die heiligen Drei Könige, en Literatur und Kunst (2 vols., 1909); Kraus, Geschichte der christl. Kunst, vol. I, p. 151, y otros muchos pasajes; H. Detzel, Christliche Ikonographie (1896), vol. II, pp. 473-475; y G. Messina, I Magi a Betlemme (1933).

Vidas de los Santos, de Butler, Vol. III.

Tomado de: http://misa_tridentina.t35.com/

EPIFANÍA DE NUESTRO SEÑOR*

6 de enero

Hallaron al Niño con María, su Madre, y prosternándose lo adoraron; y abiertos sus cofres le ofrecieron presentes de oro, incienso y mirra. (San Mateo, 2, 11).

Unos magos de Oriente reciben aviso del nacimiento del Hijo de Dios por medio de la aparición de una estrella milagrosa. Dejan su reino y van a Jerusalén a buscar a ese Dios. Túrbase Herodes ante la noticia; disimula sin embargo su pavor, y ruega a los magos que regresen a Jerusalén después que hayan adorado al recién nacido, en Belén. Pero éstos, advertidos en sueños de que no vuelvan a Herodes, retornan a su país por otro camino.

MEDITACIÓN SOBRE
LOS PRESENTES
DE LOS MAGOS

I. Los Magos ofrendaron mirra a Nuestro Señor, para honrar su humanidad. Jesús es Hombre, y lo es por amor nuestro, porque por amor nuestro tomó un cuerpo semejante al nuestro. Amémoslo, pues, y ofrendémosle nuestro cuerpo. Este cuerpo es vuestro, ¡oh Jesús mío!, disponed de él como os plazca, sano o enfermo, vivo o muerto. ¡Qué feliz sería si pudiese sufrir con Vos, para reinar un día también con Vos! Me habéis rescatado todo entero, a fin de poseerme todo entero. (San Agustín).

II. Jesús es hombre, mas también es Rey. Por eso se le ofrenda oro. Es el dueño de nuestros bie nes, Él nos los dio; debemos servirnos de ellos para honrarlo, para engalanar sus altares, para socorrer a los pobres. Ve a Jesús en sus pobres, con la fe de los Magos que, contemplando en el pesebre a un niño pobre y abandonado, lo reconocieron como a su Rey y a su Dios. Si eres pobre, ofrece a Jesús tu pobreza; esta ofrenda le será más agradable que todos los tesoros de la tierra.

III. Los Magos ofrecieron incienso a Jesús, y reconocieron así su Divinidad. El incienso que tú le debes presentar, es la oración que eleva a tu alma hasta Dios. Humíllate ante este Soberano, ofrécele todas las potencias de tu alma, adóralo, témelo. Acuérdate sobre todo que los Magos volvieron por otro camino; cambia de vida a ejemplo suyo, y después de haberte dado a Jesucristo, no te des más al mundo. Por el cambio de ruta, entendemos el cambio de vida. (Eusebio).

La devoción
Orad por los que os gobiernan.

ORACIÓN

Oh Dios que en este día hicisteis que los gentiles conocieran a vuestro Unigénito, dándoles una estrella por guía, haced que, conociéndoos ya por la fe, nos elevemos a la contemplación de vuestra gloria. Por J. C. N. S. Amén.

* Santoral de Juan Esteban Grosez, S.J. Tomo I, (Ed. ICTION, BuenosAires, 1982)

Tomado de: http://misa_tridentina.t35.com/

SAN TELÉSFORO,* Papa y Mártir

5 de enero

Venid, benditos de mi Padre, a tomar posesión del reino que os está preparado desde el principio del mundo. (San Mateo, 25, 34).

San Te1ésforo, griego de nacimiento, sucedió al Papa Sixto I, y fue el octavo obispo de Roma. Tuvo el dolor de ver los estragos causados en la Iglesia por la persecución del emperador Adriano. Sabemos, por San Ireneo, que terminó gloriosamente su vida con el martirio, cerca del año 136; por espacio de diez años había ocupado la cátedra de San Pedro.

MEDITACIÓN SOBRE
LA GLORIA DEL PARAÍSO

I. En el cielo se posee a Dios, y, poseyéndolo, gózase de todos los bienes. Jamás estamos contentos en este valle de lágrimas; lo estaremos en la mansión de los Bienaventurados. Privémonos, pues, de estos placeres tan fugaces, tan poco capaces de satisfacernos, a fin de que gocemos de las delicias del cielo. Placeres, honores, riquezas, ¡cuán despreciables aparecéis para quien considera el cielo! ¡Ah, Señor, yo puedo conseguir esta dicha, pero no puedo concebir su inmensidad!

II. En el cielo, encontrarás todo lo que deseas, y ya no volverás a hallar nada de lo que te disgusta. No más lágrimas, ni suspiros, ni dolores, ni tristezas. En esta vida no hay placer que no esté mezclado con amargura; allí habrá toda clase de bienes sin mezcla de mal alguno. ¡Es, pues, muy razonable que sufra algo para gozar de tantas delicias!

III. ¿Cuánto durará ese estado de gloria? Toda una eternidad; y los santos tendrán la seguridad de que su felicidad es eterna. ¡Oh eternidad bienaventurada! ¡Qué no harían los cristianos para poseerte si te comprendiesen! Todo lo que es eterno es gran de, lo demás pequeño. Trabajemos para la eternidad y despreciaremos todos los bienes de esta vida. ¿Quién no sentirá que se desvanece su tristeza al pensar que, por un momento de prueba...,tendremos una eternidad de dicha? (San Gregario).

El pensamiento del Paraíso 
Orad por los pecadores.

ORACIÓN

Pastor eterno, mirad con benevolencia a vuestro rebaño, y cuidadlo con protección constante por me dio de vuestro bienaventurado Mártir y Soberano Pontífice Telésforo, a quien constituiste pastor de toda  la Iglesia.  Por N. S. J. C. Amén

*Santoral de Juan Esteban Grosez, S.J. Tomo I, (Ed. ICTION, BuenosAires, 1982)

Tomado de: http://misa_tridentina.t35.com/

SAN GREGORIO* Obispo y Confesor

4 de enero

Yo os digo que de cualquier palabra ociosa que hablaren los hombres han de dar cuenta en el día del juicio. (San Mateo, 12, 36).

San Gregorio, obispo de Langres, no se contentó a con librar posesos y curar enfermos mientras vivió; en el momento en que llevaban a enterrar sus despojas mortales, hizo que se rompiesen las cadenas, de los prisioneros que se encontraban a su paso. Fue su vida una oración continua. En medio de la noche iba a la iglesia a orar a Dios, y, en llegando, abrían se las puertas por sí solas. Constituía su alimento un poco de pan de cebada y su bebida un poco de agua. ¡Qué fácil es dar cuenta a Dios de nuestros actos cuando hemos conformado nuestra vida con la que Él mismo vivió sobre la tierra! San Gregorio murió en el año 539.

MEDITACIÓN SOBRE
EL JUICIO PARTICULAR

I. Después de tu muerte darás cuenta de toda tu vida. Es lo que enseña el Evangelio. No lo dudas, puesto que eres cristiano. Pero, ¿comprendes bien que entraña esta verdad? Dios sabe todo lo que has hecho, lo que has dicho y lo que has pensado, aun lo más secreto: te pedirá cuenta sobre ello. ¡Ay! el momento de mi muerte, conoceré el estado en que ya debo permanecer eternamente. ¡Oh momento terrible! Pensemos en él, preparémonos para ese juicio.

II. Es Dios quien nos juzga; es tan clarividente que nada escapa a su conocimiento; tan justo, que castigará severamente todas nuestras faltas; tan poderoso, que nadie puede sustraerse del rigor de su justicia. Toma medidas. ¿Qué le responderás? ¿Cómo excusarás tus pecados? ¡Ah, Señor, olvidaos de los desórdenes de mi vida pasada, para no acordaros ya sino de vuestra infinita misericordia!

III. La sentencia que pronunciará este juez es inapelable; será ejecutada de inmediato. Ni las lágrimas, ni las dádivas, ni la privanza tienen poder ante Dios, para hacerlo revocar este funesto decreto, o para impedir su ejecución. Depende de mi única mente el prepararme la sentencia tal como la deseo; es preciso que sea mi acusador y mi juez, y que me castigue a mi mismo. Debo mantenerme preparado a dar cuenta de mi vida en cualquier momento. ¿Qué haré yo cuando Dios me juzgue? ¿Qué responderé cuando me interrogue? (Job).

El pensamiento del juicio
Orad por los presos.

ORACIÓN

Os suplicamos, Dios todopoderoso, que esta solemnidad de San Gregorio, vuestro confesor y pontífice, aumente en nosotros el espíritu de piedad y el deseo de la salvación. Amén

*Santoral de Juan Esteban Grosez, S.J. Tomo I, (Ed. ICTION, BuenosAires, 1982)

Tomado de: http://misa_tridentina.t35.com/

SANTA GENOVEVA,* Virgen

3 de enero

Estad apercibidos, porque a la hora que menos penséis ha de venir el Hijo del hombre. (San Mateo, 24, 44).

Santa Genoveva comenzó a servir al Señor a la edad de 7 años; consagróse por entero a Jesucristo haciendo voto de castidad, próxima a cumplir los 15. Cuando Atila estaba cerca de París con su ejército, esta santa aseguró que no entraría en la ciudad, e impidió que los habitantes la dejasen. Se cumplió su profecía. Obraba milagros; a menudo, no comía sino dos veces a la semana. Murió llena de méritos, hacia el año 500.

MEDITACIÓN SOBRE
LA MUERTE

I. Morirás; nada es más cierto, es el orden dispuesto por Dios: hasta ahora todos los hombres han obedecido a su decreto. ¿Lo crees? ¿Piensas en ello? ¿Comprendes el significado de estas palabras: yo moriré? Significan que dejarás a tus parientes, a tus amigos, a tus bienes; tu cuerpo será enterrado, tus ojos no verán más, tu lengua no hablará más. ¿Por qué, pues, apegarme tan fuertemente a estos bienes que debo abandonar? ¿Por qué mimar tanto a este cuerpo destinado a convertirse en pasto de gusanos? Yo moriré…: medita estas palabras.

II. Ignoro el tiempo y el lugar de mi muerte. No puedo prometerme ni siquiera un momento de vida. ¿Cuántos que ni siquiera piensan en la muerte morirán hoy? Si Dios me arrebatase en el estado en que estoy, ¿a qué sería reducido? ¿A dónde iría? ¿Quién me asegura que tendré, en lo porvenir, tiempo para hacer penitencia? ¡Ah! Puesto que no sé ni en qué tiempo ni en qué lugar la muerte me habrá de sorprender, es preciso que la espere en todo tiempo y en todo lugar.

III. ¿En qué estado moriré; en gracia de Dios o en pecado? No lo puedo saber. Ignoro si la muerte será para mi un tránsito de la tierra a la gloria del cielo o, en cambio, a los suplicios del infierno. ¿Podemos pensar en serio en esta verdad y no sobrecogemos de terror? Es menester que, en adelante, asegure mi salvación y que viva, este año y todos los días de mi vida, como si debiese morir cada día. Haz ahora lo que, en la hora de la muerte, quisieras haber hecho.

El pensamiento de la muerte
Orad por los agonizantes..

ORACIÓN

Escuchadnos, oh Dios que sois nuestra salvación, a fin de que la fiesta de vuestra santa virgen Genoveva alegre nuestra alma y la enriquezca con los sentimientos de una tierna devoción. Por J. C. N. S. Amén

*Santoral de Juan Esteban Grosez, S.J. Tomo I, (Ed. ICTION, BuenosAires, 1982)

Tomado de: http://misa_tridentina.t35.com/

SAN ADELARDO,* Abad

2 de enero

Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todas las demás cosas se os darán por añadidura. (San Mateo, 6, 33)

San Adelardo, nieto de Carlos Martel, abandonó la corte a la edad de veinte años para retirarse al monasterio de Corbie (Francia). Luis el Bonac sospechó que el santo había favorecido las pretensiones de su pupilo Bernardo, hijo de Pepino, a la sucesión de Carlomagno, y lo confinó a la isla de Noirmoutiers. Mas, reconociendo su error, lo llamó a la corte. A fuerza de insistentes súplicas obtuvo el santo que se le dejase volver a Corbie, para reasumir el gobierno de su monasterio. Mucho contribuyó, con el célebre Alcuino, a hacer que volviese a florecer en los monasterios el amor a la ciencia. Murió el 2 enero del año 827.

MEDITACIÓN SOBRE
EL FIN DEL HOMBRE

I. No estamos en este mundo sino para amar a Dios, para honrarlo, y para alcanzar nuestra salvación. Examina con atención esta verdad; he ahí en lo que debes trabajar durante este año y durante toda tu vida; todos tus otros proyectos son inútiles, peligrosos o criminales. ¿Hasta ahora has empleado tu vida en buscar, honrar y amar a Dios? Examínate, humíllate, corrígete. Busquemos a Dios sincera y únicamente. El alma racional está creada a imagen de Dios: todas las creaturas pueden ocupar nuestra al ma, pero sólo Dios es capaz de llenarla. (San Ber nardo).

II. Todas las creaturas son medios que Dios te ha dado para alcanzar tu fin. Las ha creado para que te sirvan, como te ha creado para que Le ames; sin embargo, consideras esas creaturas como tu último fin. ¿Acaso no parece que piensas que el oro y la plata, los placeres y los honores son los que deben darte la felicidad? Dejas a Dios por la creatura; te sirves de sus dones para ofenderlo; los medios que te había proporcionado para ir a Él, de Él te alejan.

III. Debo, pues, en adelante, amar lo que me puede conducir a mi último fin. La observancia de los mandamientos de Dios y la práctica de las virtudes son los medios por los cuales lo alcanzaré. El pecado y el mal uso de las creaturas me alejarán de él. No es necesario que sea rico o dichoso en este mundo, siempre que gane el cielo. Preguntémonos, a menudo, a ejemplo de San Bernardo: ¿Para qué he venido a este mundo?

La pureza de intención
Orad por los herejes.

ORACIÓN

Haced, os suplicamos, Señor, que la intercesión del bienaventurado Adelardo nos haga agradables a vuestra Majestad, a fin de que obtengamos, por su asistencia, lo que no podemos esperar de nuestros méritos. Por J. C. N. S. Amén

* Santoral de Juan Esteban Grosez, S.J. Tomo I, (Ed. ICTION, BuenosAires, 1982)

Tomado de: http://misa_tridentina.t35.com/


CIRCUNCISIÓN DE NUESTRO SEÑOR(*)

1 de enero

CIRCUNCISIÓN DE NUESTRO SEÑOR

Todo cuanto hacéis, de palabra o de obra, hacedlo todo en el Nombre de Nuestro Señor Jesucristo. ((San Pablo a los Colosenses, III, 17)).

Se manifestó a todos los hombres la gracia de Dios,

Salvador nuestro, enseñándonos que, renunciando

a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos

en este siglo sobria, justa y piadosamente.

(2º Vísperas del día)

¡Cuán glorioso es el Nombre de Jesús; mas, cuán caro costó al Hijo de Dios! ¡Le fue menester derramar sangre para merecer este nombre de Salvador; y tú no quieres derramar, para salvarte, ni una lágrima! Es preciso imitar a Jesús en sus sufrimientos o perder la esperanza de acompañarlo en su gloria. Jesús, sed mi Salvador, y pues tanto amor habéis tenido por mí desde el comienzo de vuestra vida, inspiradme vuestro santo amor, a fin de que os ame, si no tanto cuanto merecéis, por lo menos tanto cuanto pueda.

MEDITACIÓN
SOBRE LA CIRCUNCISIÓN

I. Jesús comienza hoy lo que continuará hasta la muerte. Obedece a su Padre celestial, a María y a José.¡Dios obedece a los hombres! Después de esto, ¿tendremos vanidad bastante como para no querer sometemos a los superiores que Dios nos ha dado? Es preciso obedecer a los que ocupan el lugar de Dios, o bien a nuestras pasiones y al demonio. Un Dios obedece a la ley, y nosotros, que no somos sino ceniza y polvo, ¿rehusaremos obedecer a Dios?

II. En ninguna parte se manifiesta más la humildad del Salvador, que en esta obediencia. En el pesebre, se tomaría a Jesús por un hombre común; aquí, pasa. por pecador. Jesús, que es la santidad misma, quiere abatirse hasta parecer pecador, para honrar a su Padre. Después de esto, ¿tengo derecho a quejarme de las humillaciones que recibo? He nacido en el pecado, he crecido en el pecado; sin embargo, no quiero ser llamado pecador y me irrito si se me desprecia.

III. La caridad de Jesús brilla en este misterio, toda vez que quiere, desde los primeros instantes de su vida, adoptar el nombre de Salvador y darnos su sangre y sus lágrimas como prenda de su amor. Esa sangre y esas lágrimas que derrama, son el len guaje de su corazón: nos dice con ellas que quiere vivir, sufrir y morir por nosotros. Comencemos pues, este año, imitando su obediencia y su humildad. Amémoslo durante todo este año, hagamos todo en Nombre de Jesús. Dios mío, soy todo vuestro, du rante este año, y para el resto de mi vida.

Humildad
Orad por la Iglesia.

ORACIÓN

Oh Dios, que habéis constituido a vuestro Unigénito Salvador del género humano, y habéis ordenado que se le llamase Jesús, haced, por vuestra misericordia, que después de haber honrado su Santo Nombre en la tierra, tengamos la dicha de contemplarlo a Él mismo en el cielo. Por J. CN. S. Amén.

  • *Santoral de Juan Esteban Grosez, S.J. Tomo I, (Ed. ICTION, BuenosAires, 1982)
  • La palabra Jesús quiere decir Salvador (Catena Aurea – Sto. Tomás). (N. del T.) (Volver)
  • Al final de cada meditación se indica una virtud para practicar especialmente durante el día y, además, para la oración, una intención particular.  (Volver)

Tomado de: http://misa_tridentina.t35.com/

SAN SILVESTRE,(*) Papa

31 de diciembre

He combatido con valor, he concluido la carrera, he guardado la fe. Nada me resta sino aguardar la corona de justicia que me está reservada. (2 Timoteo, 4, 7-8).

San Silvestre I se había distinguido por su celo y su caridad durante la primera persecución. Subió a la cátedra de San Pedro en el año 314, menos de un año después del edicto de Milán, que concedía la paz a la Iglesia. Recibió de Constantino el palacio de Letrán y en él estableció su morada, así como la basílica principal de Roma. El mismo año envió delegados al Concilio de Arlés, donde fueron condenados los donatistas, y después, en el año 325, al Concilio general de Nicea, que anatematizó a Arrio. Murió San Silvestre en el año 335.

MEDITACIÓN
TRES REFLEXIONES
SOBRE EL AÑO TRANSCURRIDO

I. ¿Podría decir con verdad como San Pablo: He combatido con valor, he concluido la carrera, he guardado la fe? Hete aquí al término del año; repasa en tu espíritu todo el bien y todo el mal que has hecho durante este año, y mira si tus buenas acciones son más numerosas que las malas. ¿Cuántos días transcurrieron sin que hicieras nada para Dios? Sin  embargo, este año te fue dado únicamente para servirlo, para hacer penitencia de tus pecados y merecer el cielo mediante la práctica de las buenas obras.

II. ¿Dónde están ahora los placeres y los honores de que gozaste durante este año? ¡Todo ha pasado, y no te queda sino el triste recuerdo de haber ofendido a Dios por bienes pasajeros y falaces! ¿No es verdad que, al contrario, experimentas una gran alegría por el bien que hiciste tratando de agradar a Dios? Ya no experimentas el esfuerzo que tus buenas obras te costaron, y tienes la esperanza de ser recompensado por ellas. Tu vida pasará como este año, tus placeres pasarán tanto como tus trabajos, y el único consuelo que te quedará será haber servido al Señor. ¿Quién me devolverá este día, este año que perdí en la vanidad? (San Euquerio).

III. Acaso pasaste parte de este año en pecado mortal. Si durante esa época hubieras muerto, ¿dónde estarías ahora? Dios te ha dado tiempo para hacer penitencia; aprovéchalo mejor en lo porvenir ¡acaso no tengas más que este año de vida! Prepárate, pues, a morir, haz una buena confesión, y si quieres pasar santamente todos los días del año que va a comenzar piensa todos los días en la muerte y en la eternidad. Dios te ha ocultado tu último día, para que te prepares a él todos los días de tu vida. (San Agustín).

El pensamiento de la muerte Orad
por vuestros bienhechores.

ORACIÓN

Pastor eterno, considerad con benevolencia a vuestro rebaño, y guardadlo con protección constante por vuestro bienaventurado Sumo Pontífice Silvestre, a quien constituisteis pastor de toda la Iglesia. Por J. CN. S. Amén.

*Santoral de Juan Esteban Grosez, S.J. Tomo IV, (Ed. ICTION, BuenosAires, 1982)

Tomado de: http://misa_tridentina.t35.com/


SAN SABINO,(*) Obispo y Confesor

30 de diciembre

En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os amáis unos a otros. (San Juan, 13, 35).

San Sabino, obispo de Asís, invitado a adorar una estatua de Júpiter, la tomó en sus manos y la arrojó al suelo, donde se hizo pedazos. el gobernador le hizo cortar las manos y lo condenó a morir en prisión perpetua. El juez a cuya guarda fuera confiado se convirtió al ver sus milagros y, a su vez, padeció el martirio poco después de la muerte de San Sabino.

MEDITACIÓN
SOBRE EL AMOR AL PRÓJIMO

I. Se debe hacer al prójimo todo el bien que se pueda, asistirlo en sus necesidades materiales y espirituales. ¿Has cumplido durante este año este primer deber de la caridad cristiana? ¿Cómo has trabajado en la conversión de las almas, en la práctica de las obras de misericordia corporales y espirituales? ¿Cuántas ocasiones has perdido de acudir en ayuda de Jesucristo en la persona de tu prójimo? No te gloríes de amar a Dios si no amas a tu prójimo. Si alguien dice que ama a Dios y, al mismo tiempo, aborrece a su hermano, es un mentiroso. (San Juan).

II. Ten cuidado de no herir a tu prójimo con tus palabras o tus actos; el que ofende a su prójimo ofende a Jesucristo, porque lo que hicieres al menor de los hombres a Jesucristo mismo se lo haces. Ten buena opinión de los demás y juzga favorablemente sus acciones. ¿Has observado estos preceptos en el curso de este año? ¿Cuántas veces has desobedecido a tus superiores y dado motivo de descontento a tus iguales y a tus inferiores? ¿No tienes enemigos? Si los tienes, reconcíliate con ellos lo antes posible.

III. En una palabra, ¿has tratado a los otros como quisieras ser tratado tú mismo? Quieres ser estimado, alabado, honrado, quieres que se te perdonen tus faltas y que se hable bien de ti: ¿tienes para con los demás la caridad que exiges de ellos? Sé familiar con tus amigos, afable y equitativo para con todos. Dios permitirá que se te trate como tú hayas tratado a los demás, y Él mismo usará contigo la medida que tú hayas usado con tu prójimo. No hagas a otro la que no quisieras que se te haga a ti.

El amor al prójimo 
Orad por vuestros enemigos.

ORACIÓN

Dios omnipotente, mirad nuestra flaqueza, ved cómo el peso de nuestras obras nos abruma, y fortificadnos por la gloriosa intercesión de San Sabino, vuestro mártir y pontífice. Por J. C. N. S. Amén.

*Santoral de Juan Esteban Grosez, S.J. Tomo IV, (Ed. ICTION, BuenosAires, 1982)

Tomado de:http://misa_tridentina.t35.com/

SANTO TOMÁS BECKET,(*) Obispo y Mártir

29 de diciembre

El que guarda los mandamientos mora en Dios, y Dios en él. (1 Juan, 3, 24).

Nacido en Londres en 1118, Santo Tomás Becket estudió en Oxford y en París. Llegó a ser canciller de Inglaterra bajo el reinado de Enrique II y después arzobispo de Cantorbery en 1162. Fue perseguido por el rey por haber defendido las inmunidades de la Iglesia y se retiró a Francia por espacio de siete años, alimentándose de legumbres, acostándose en el duro suelo y llevando siempre un cilicio. Intervino una reconciliación y Santo Tomás fue finalmente restablecido en su cargo; pero, cuatro semanas después de su vuelta a Inglaterra, fue asesinado al pie del altar, en 1170. Enrique II protestó no haber ordenado este crimen y fue descalzo a su tumba al año siguiente.

MEDITACIÓN
SOBRE EL AMOR DE DIOS

I. Meditemos en estos tres últimos días del año, acerca de nuestros deberes para con Dios, para con el prójimo y para con nosotros mismos. Has sido creado para amar a Dios sobre todas las cosas; éste es tu único quehacer, todo lo demás nada es. Dime, por favor, ¿qué has hecho durante este año? Examina tus acciones, tus pensamientos y tus palabras. De días pasados, de tantas horas transcurridas, s has consagrado al servicio de Dios? ¡Oh gran Dios! ¡Vos queréis hacerme dichoso eternamente, y yo rehúso serviros durante los pocos momentos que me quedan de vida!

II. ¿Qué has hecho contra Dios? ¿Cuántas veces has desobedecido a sus mandamientos y rechazado sus inspiraciones? ¿Cuántas veces has abusado gracias y profanado sus sacramentos? Interroga a tu conciencia, y di con David: “Contra Vos solo, Dios mío, he pecado”. He guardado las apariencias, he querido contentar a los hombres con una devoción de puro alarde, pero no he podido con ello contentar a Dios que ve hasta el fondo de mi alma. He pecado contra Vos solo y he hecho el mal en vuestra presencia. (El Salmista).

¡Cuántas cosas pudiste hacer por Dios y no hiciste! Y sin embargo ¿Pudo acaso Dios hacer por ti más de lo que hizo? Pongamos, pues, manos a la obra, demos al Señor el resto de nuestra vida. Bastante hemos trabajado para nuestro cuerpo y para la tierra, hagamos algo para nuestra alma y para el cielo. Hemos dado un año a nuestro cuerpo, demos algunos días a nuestra alma; vivamos un poco para Dios, después haber vivido tanto para el siglo. (San Pedro Crisólogo).

El amor de Dios
Orad por el Papa.

ORACIÓN

Dios, que habéis visto caer al glorioso pontífice Tomás bajo la espada de los impíos por la causa de vuestra Iglesia, haced, os lo conjuramos, que todos imploran su auxilio obtengan el efecto saludable de sus ruegos. Por J. C. N. S. Amén.

*Santoral de Juan Esteban Grosez, S.J. Tomo IV, (Ed. ICTION, BuenosAires, 1982)

Tomado de: http://misa_tridentina.t35.com/

BIOGRAFÍA DE LA BEATA ANNE CATHERINA EMMERICH

ANNA KATHARINA EMMERICK (1774-1824)

Beata Anne Catherina Emmerich (1774-1824)


Mística, Estigmatizada, Visionaria, y Profeta.

Religiosa de la Orden de San Agustín, en el  Convento de Agnetenberg, Dulmen, Westphalia.

Beatificada el  3 de Octubre de 2004, por el Papa Juan Pablo II.

Biografía tomada del libro:

LA DOLOROSA PASION DE CRISTO
DE LAS MEDITACIONES DE ANNE CATHERINA EMMERICH

Traducción de la Publicación en Inglés de 1928, con Revisión de la versión en Francés de 1854

(Longitud: Páginas 15 a 59)

15

ANNE CATHERINA EMMERICH nació en Flamske, un pueblo situado a milla y media de Coesfeld, en el episcopado de Munster, el 8 de Septiembre de 1774, y fue bautizada en la iglesia de San Santiago en Coesfeld. Sus padres, Bernard Emmerich y Anne Hiller, eran pobres campesinos, pero reconocidos por su piedad y virtud.

La niñez de Anne Catherine tuvo una sorprendente semejanza a aquella de la Venerable Anne Garzias de San Bartolomé, a la de Dominica del Paradiso, y a la de varias otras santas personas nacidas en la misma calidad de vida de ella. Su ángel guardián solía aparecérsele desde niña; y cuando ella estaba cuidando de las ovejas en los campos, el Buen Pastor mismo, bajo la forma de un joven pastor, frecuentemente vendría en su ayuda. Desde la infancia, ella estaba acostumbrada a tener divinos conocimientos impartidos en visiones de todo tipo, era incluso favorecida por las visitas de la Madre de Dios y Reina del Cielo, quien, bajo la forma de una dulce, afectuosa, y majestuosa dama, le traería a su Divino Niño para que fuera, por así decirlo, su acompañante, y le aseguraría que la amaría y siempre la protegería. Muchos de los santos se le aparecerían, y recibirían de manos de ella guirnaldas de flores las que había preparado en honor de sus festividades. Todos estos favores y visiones sorprendían a la niña menos que si una princesa terrenal y los señores y damas de su corte la hubiesen visitado. Tampoco estuvo ella, luego durante su vida, más sorprendida ante estas visitas celestiales, ya que su inocencia la hacían sentirse mucho más a gusto con su Divino Señor, su Bendita Madre y los Santos, a como jamás podría sentirse aún con los más bondadosos y amables de sus compañeros terrenales.  Los nombres de Padre, Madre, Hermano, y Esposo, le parecían a ella elocuentes de las reales conexiones subsistentes entre Dios y el hombre, desde que la Palabra Eterna se había complacido en nacer de una mujer, y así convertirse en nuestro Hermano, y estos sagrados títulos no eran meran palabras en su boca.

16

Mientras aún era una niña, solía hablar con inocente candor y simplicidad de lo que había visto, y sus oyentes se llenarían de admiración ante las historias que relatara de las Sagradas Escrituras; pero como sus preguntas y observaciones hubieran perturbado a veces la tranquilidad de su conciencia, se determinó a mantener silencio sobre tales asuntos en el futuro. En su inocencia de corazón, creyó que no era correcto el hablar de cosas de este tipo, que otras personas nunca lo hicieron, y que su discurso debería consistir sólo en “Sí, sí” y “No, no” o “Alabado sea Jesucristo”. Las visiones con las que fue favorecida eran semejantes a realidades, y le parecían tan dulces y encantadoras, que suponía que todos los niños Cristianos estaban favorecidos con las mismas; y concluyó que aquellos que nunca hablaron de tales temas eran solamente más discretos y modestos que ella, por lo que resolvió mantener silencio también, para ser como ellos.

Casi desde la cuna poseyó el don de discernir entre lo que era bueno o malo, santo o profano, bendito o maldito, en las cosas materiales o espirituales, asemejándose así a Santa Sibilina de Pavia, Ida de Louvain, Úrsula Benincasa, y a algunas otras santas almas. En su más temprana infancia solía extraer de los campos útiles hierbas, que nadie había descubierto antes que fueran buenas para algo, y las plantaba cerca de la cabaña de su padre, o en algunos sitios en donde acostumbraba trabajar y jugar; mientras que por otro lado desarraigaba todas las plantas ponzoñosas, y particularmente aquellas usadas alguna vez para prácticas supersticiosas o en tratos con el diablo. Si por casualidad se encontraba en un lugar donde algún gran crimen hubiera sido cometido, saldría corriendo apresuradamente, o empezaría a rezar y a hacer penitencia.  Solía también percibir por intuición cuando estaba en un lugar consagrado, daba gracias a Dios, y se llenaba de una dulce sensación de paz. Cuando un sacerdote pasaba con el Sagrado Sacramento, inclusive a gran distancia de su hogar o del lugar donde estaba cuidando del rebaño, sentiría una fuerte atracción en dirección hacia donde aquel venía, corría para encontrarlo, y se arrodillaba en el camino, adorando el Sagrado Sacramento, mucho antes de que el sacerdote llegara al lugar.

17

Sabía cuando un objeto estaba consagrado, y experimentaba un sentimiento de aversión y repulsión cuando estaba en las cercanías de antiguos cementerios paganos, mientras que se sentía atraída a los sagrados restos de los santos como el acero al imán. Cuando se le mostraban reliquias, sabía a qué santos habían pertenecido, y podía dar no sólo relatos de los más mínimos, y por ende, desconocidos, pormenores de sus vidas, sino también historias de las reliquias mismas, y de los lugares en las que habían sido preservadas. Durante toda su vida tuvo permanente trato con las almas en el Purgatorio; y todas sus acciones y oraciones eran ofrecidas para el alivio de sus sufrimientos. Frecuentemente era llamada para asistirlas, e incluso le hacían recordar si por casualidad se olvidaba. Muchas veces, mientras todavía muy joven, solía ser despertada de su sueño por grupos de almas sufrientes, y las seguía en las frías noches de invierno con los pies descalzos, por todo el Camino de la Cruz a Coesfeld, a pesar de que el suelo estaba cubierto de nieve.

Desde su infancia hasta el día de su muerte fue infatigable en aliviar al enfermo, y en cubrir y curar heridas y llagas, y acostumbraba a dar a los pobres cada centavo que tenía. Tan tierna era su conciencia, que ante el más leve pecado en que caía le causaba tal dolor que se enfermaba, y la absolución entonces restauraba inmediatamente su salud.

18

La extraordinaria naturaleza de los favores conferidos por Dios a ella, no fue obstáculo en la forma en la que se dedicaba al arduo trabajo, como cualquier otra campesina; y también podemos permitirnos observar que cierto grado del espíritu de profecía no se encuentra usualmente  entre sus compatriotas. Se le enseñó en la escuela acerca del sufrimiento y la mortificación, y allí aprendió lecciones de perfección. No se permitía a sí misma más sueño o comida de lo que era absolutamente necesario; pasaba horas enteras orando cada noche; y en invierno a menudo se arrodillaba por fuera de las puertas, en la nieve. Dormía en el suelo sobre planchas dispuestas en forma de cruz. Su comida y bebida consistían en lo que otros rechazaban; ella conservaba siempre las mejores partes para los pobres y enfermos, y cuando no sabía de nadie a quien dárselos, los ofrecía a Dios con espíritu de fe como el de un niño, rogándole que se los dé a alguna persona que estuviera más en necesidad que ella. Cuando había algo para ver u oír que no tuviera referencia a Dios o a la religión, encontraba una excusa para evitar el lugar hacia el cual otros se amontonaban, o, si estaba allí, cerraba sus ojos y oídos. Acostumbraba decir que las acciones inútiles eran pecaminosas, y que cuando negamos cualquier gratificación de este tipo a nuestros sentidos corporales, somos ampliamente recompensados por el progreso que logramos en la vida interior, de la misma manera que la poda vuelve más productivas a las vides y a otros árboles frutales. Desde su temprana juventud, y donde sea que ella fuere, tenía frecuentes visiones simbólicas, que le mostraban en parábolas, por así decirlo, el objeto de la existencia de ella, los medios para obtenerlo, y sus futuros sufrimientos, junto con los peligros y conflictos por los que habría de atravesar.

19

Estaba en sus dieciséis años, cuando un día, mientras estaba trabajando en los campos con sus padres y hermanas, escuchó la campana sonar en el Convento de las Hermanas de la Anunciación, en Coesfeld. Este sonido encendió tanto su secreto deseo de convertirse en monja, y tuvo un efecto tan grande sobre ella, que se desmayó, y permaneció enferma y débil por un largo tiempo. Cuando estuvo en sus dieciocho años fue aprendiz de modista en Coesfeld, con la que pasó dos años, y luego regresó con sus padres. Solicitó ser recibida en el Convento de los Agustinianos en Borken, en el de los Cistercienses en Darfeld, y en el de las Pobres Claretianas en Munster; pero su pobreza, y aquella de estos conventos, siempre presentaba un obstáculo insuperable para que la recibieran. A la edad de veinte, habiendo ahorrado veinte “thalers” (unas tres libras en Inglaterra), que había ganado con su labor de costurera, fue con esta pequeña suma – una completa fortuna para una pobre campesina – hasta una piadosa organista de Coesfeld, cuya hija ella conoció cuando vivió al comienzo en la ciudad. Su esperanza consistía en que, al aprender a tocar el órgano, podría tener éxito en obtener su admisión al convento. Pero su irresistible deseo de servir a los pobres y darles todo lo que ella poseía no le dejó tiempo de aprender música, y poco después se había tan despojado tan absolutamente de todo, que su buena madre estuvo obligada a darle pan, leche y huevos, para sus propias necesidades y para aquellas de los pobres, con quienes compartía todo. Entonces su madre dijo: “Tu deseo de dejarme a mí y a tu padre, y de entrar en un convento, nos causa mucho dolor; pero aún eres mi adorada niña, y cuando miro tu silla vacía en casa, y reflexiono acerca de que has donado todos tus ahorros, como para estar pasando ahora necesidad, mi corazón se llena de aflicción, y te he traído suficiente ahora para que te mantengas por algún tiempo”. Anne Catherina replicó: “Sí, querida madre, es cierto que no me queda más nada, ya que fue la santa voluntad de Dios el que otros tuvieran que ser asistidos por mí; y como le ha dado todo, cuidará ahora de mí, y nos otorgará asistencia a todos nosotros”. Ella permaneció algunos años en Coesfeld, empleada en labores, buenas obras, y oración, siendo siempre guiada por las mismas inspiraciones internas. Era dócil y sumisa como un niño en manos de su ángel de la guarda.

20

Aunque en este pequeño bosquejo de su vida estamos obligados a omitir muchas e interesentes circunstancias, hay una que no debemos pasar por alto en silencio. Cuando tenía cerca de veinticuatro años, recibió una gracia de nuestro Señor, la que ha sido otorgada a muchas personas devotas como una manera especial de meditación en su dolorosa Pasión; más exactamente, el de experimentar los reales y visibles sufrimientos de su sagrada Cabeza, cuando fuera coronada por espinas. El siguiente es un relato que ella misma ha dado de las circunstancias en las cuales tan misteriosa gracia le fuera conferida: “Cerca de cuatro años antes de mi admisión al convento, consecuentemente en 1798, sucedió que estaba en la Iglesia de los Jesuitas en Coesfeld, cerca de las doce en punto del mediodía, arrodillada ante un crucifijo y absorta en la meditación, cuando de repente sentí un fuerte pero placentero calor en mi cabeza, y vi a mi Divino Esposo, bajo la forma de un hombre joven vestido de luz, acercándoseme desde el altar, donde el Bendito Sacramento estaba preservado en el tabernáculo. En su mano izquierda sostenía una corona de flores, en su mano derecha una corona de espinas, y me instó a elegir cuál tendría. Elegí la corona de espinas; la colocó en mi cabeza, y la presionó hacia abajo con ambas manos. Entonces desapareció, y regresé en mí, sintiendo, sin embargo, un violento dolor alrededor de mi cabeza. Estuve obligada a dejar la iglesia, la cual estaba por cerrar. Una de mis compañeras estaba arrodillada a mi lado, y como creí que podría haber visto lo que me sucedió, le pregunté cuando llegamos a casa si no había una herida en mi frente, y le hablé en términos generales de mi visión, y del violento dolor que le había seguido. Ella no pudo ver nada exteriormente, pero no estaba asombrada por lo que le dije, ya que sabía que yo en ocasiones estaba en un estado extraordinario, sin que ella fuera capaz de comprender la causa. Al día siguiente mi frente y mis sienes estaban muy inflamadas, y sufría terriblemente. Este dolor y esta inflamación frecuentemente regresaban, y a veces duraban día y noches enteras. No me percaté de que había sangre en mi cabeza hasta que mis compañeras me dijeron que sería mejor que me pusiera una gorra limpia, ya que la mía estaba cubierta de manchas rojas. Les dejé pensar cualquier cosa que quisieran acerca de ello, teniendo cuidado solamente en arreglar mi tocado como para esconder la sangre que fluía desde mi cabeza, y continué observando la misma precaución incluso después de que entré en el convento, donde sólo una persona percibió la sangre, y ella nunca traicionó mi secreto”.

21

Varias otras personas contemplativas, especialmente devotas de la Pasión de nuestro Señor, han sido admitidas al privilegio de sufrir la tortura infligida por la corona de espinas, después de haber observado una visión en la que dos coronas les eran ofrecidas para elegir, por ejemplo, entre otras, Santa Catalina de Siena y Pasithea de Crogis, una Pobre Claretiana de la misma ciudad, que falleció en 1617.

Al escritor de estas páginas puede permitírsele remarcar que él mismo ha visto varias veces, a plena luz del día, la sangre fluir de la frente y el rostro, e incluso más allá del lino envuelto alrededor del cuello de Anne Catherina. Su deseo de abrazar una vida religiosa fue al final concedido. Los padres de una joven persona a quienes las monjas agustinas de Dulmen deseaban recibir en su Orden, declararon que no darían su consentimiento excepto que Anne Catherina fuera llevada al mismo tiempo. Las monjas dieron su asentimiento, aunque algo renuentemente, debido a su extrema pobreza; y el 13 de Noviembre de 1802, una semana antes de la Fiesta de la Presentación de la Virgen Bendita, Anne Catherina entró en su noviciado. Hoy en día las vocaciones no son tan severamente examinadas como antes; pero en su caso, la Providencia impuso pruebas especiales por las que, rigurosas como eran, ella sintiera que nunca podría estar tan agradecida. Sufrimientos o privaciones, las que un alma ya sea sola o en unión con otras, se impone a sí misma, para mayor gloria de Dios, son fáciles de soportar; pero hay una cruz que se asemeja más a la cruz de Cristo que ninguna otra, y aquella es la de, afectuosa y pacientemente, someterse a castigos injustos, desaires o acusaciones. Fue la voluntad de Dios que durante su año de noviciado ella fuera probada, independientemente de la voluntad de cualquier criatura, tan severamente como la más estricta superiora de novicias lo hubiera hecho antes que alguna mitigación hubiera sido permitida en las reglas. Ella aprendió a ver a sus compañeras como instrumentos en las manos de Dios para su santificación; y en un período posterior de su vida muchas otras cosas las consideró bajo la misma luz. Pero como era necesario que su ferviente alma debiera estar constantemente probada en la escuela de la Cruz, Dios se complació de que permaneciera en esa cruz durante toda su vida.

22

En muchas manera su posición en el convento era excesivamente dolorosa. Ninguna de sus compañeras, ni siquiera un sacerdote o doctor, podía entender su caso. Ella había aprendido, cuando vivía entre pobres campesinos, a esconder los maravillosos dones que Dios le había conferido; pero el caso estaba modificado ahora ya que estaba en trato familiar con un gran número de monjas, quienes, aunque ciertamente buenas y piadosas, estaban llenas  de crecientes sentimientos de curiosidad, e incluso de celos espirituales. Entonces, las contraídas ideas de la comunidad y la completa ignorancia de las monjas en lo concerniente a todos los fenómenos exteriores por los que su vida interior se manifestaba, le daba mucho para soportar, más aún, cuando éstos fenómenos se desplegaban de la manera más inusual y sorprendente. Ella oía todo lo que se hablaba en contra de ella, incluso cuando los interlocutores estuvieran en un extremo del convento y ella en el otro, y su corazón estaba profundamente herido como por flechas venenosas. Aún así soportaba todo paciente y afectuosamente, sin demostrar que sabía lo que se decía de ella. Más de una vez la caridad la movió a tirarse a los pies de alguna monja que estaba particularmente prejuzgándola, y a pedirle perdón con lágrimas. Entonces, fue sospechada de oír en las puertas, ya que los sentimientos reservados de antipatía que se dispersaban contra ella se hacían conocidos, nadie sabía cómo, y las monjas se sentían incómodas e intranquilas, a pesar de ellas mismas, cuando estaban en compañía de ella.

Siempre que la regla (cuyos más ínfimos detalles eran sagrados a sus ojos) era descuidada en lo más mínimo, ella contemplaba en espíritu cada infracción, y a veces era animada a volar hacia el lugar en donde la regla estaba siendo quebrada por alguna infracción al voto de pobreza, o por desatender las horas de silencio, y entonces repetía los pasajes apropiados de la regla sin haberlos nunca aprendido. Se convirtió así en un objeto de aversión para todas aquellas religiosas que quebraran las reglas; y sus repentinos actos de presencia entre ellas tenían siempre el efecto de apariciones. Dios le había otorgado el don de las lágrimas hasta tal punto, que solía pasar horas enteras en la iglesia llorando por los pecados y la ingratitud de los hombres, los sufrimientos de la Iglesia, las imperfecciones de la comunidad, y sus propias faltas. Pero estas lágrimas de sublime pesar no podían ser entendidas por nadie más que Dios, ante quien ella las derramaba, y los hombres las atribuyeron al mero capricho, al espíritu de descontento, o a alguna causa similar. Su confesor había prescripto que ella debería recibir la santa comunión más frecuentemente que las otras monjas, porque, tan ardientemente tenía necesidad del pan de los ángeles, que había estado más de una vez cerca de morir. Estos celestiales sentimientos despertaron sensaciones de celosía en sus hermanas, quienes a veces incluso la acusaron de hipocresía.

23

La gracia que se le había mostrado en su admisión al convento, a pesar de su pobreza, fue hecha también un objeto de reproche. La creencia de ser así una ocasión de pecado para otros era de lo más doloroso para ella, y continuamente suplicaba a Dios que le permitiera cargar sobre sí el castigo por esta falta de caridad para con ella. Para la Navidad del año 1802, tuvo una enfermedad muy severa, que comenzó con un violento dolor sobre su corazón.

Este dolor no la abandonó aún cuando estuvo curada, y lo llevó en silencio hasta el año 1812; cuando la marca de una cruz se imprimió exteriormente en el mismo lugar, como referiremos más adelante. Su debilidad y delicada salud hicieron que fuera considerada más como una carga que como de utilidad para la comunidad; y esto, por supuesto, estaba contra ella en muchas maneras, empero nunca se cansó de trabajar y servir para los otros, ni estuvo nunca tan feliz como en este período de su vida – consumida en privaciones y sufrimientos de todo tipo.

El 13 de Noviembre de 1803, a la edad de veintinueve, pronunció sus solemnes votos, y pasó a ser esposa de Jesucristo, en el Convento de Agnetenberg, en Dulmen. “Cuando pronuncié mis votos”, decía ella, “mis parientes fueron de nuevo en extremo amables conmigo. Mi padre y mi hermano mayor me trajeron dos piezas de tela. Mi padre, un buen pero austero hombre, y que se había opuesto mucho a mi entrada al convento, me había dicho, cuando partimos, que de buen grado pagaría mi funeral, pero que no daría nada al convento; y mantuvo su palabra, ya que esta pieza de tela fue la sábana enrollante usada para mi sepultura espiritual en el convento”.

24

“No estaba pensando en mí misma”, dice ella de nuevo, “no pensaba en nada más que en nuestro Señor y en mis santos votos. Mis compañeras no podían comprenderme; ni tampoco podía explicarles mi estado. Dios ocultó de ellas muchas de las gracias que me confirió, de otro modo hubieran tenido ideas muy falsas respecto a mí.  A pesar de todas mis pruebas y sufrimientos, nunca fui más rica interiormente, y mi alma estaba completamente inundada de felicidad. Mi celda sólo contenía una silla sin asiento, y otra sin respaldo; aún así para mis ojos, estaba magníficamente amoblada, y cuando estaba allí solía creer que estaba en el Cielo. Frecuentemente durante la noche, impulsada por el amor y por la misericordia de Dios, vertía los sentimientos de mi alma al conversar con él en un lenguaje cariñoso y familiar; como siempre había hecho desde mi infancia, y entonces aquellos que estaban viéndome me acusarían de irreverencia y de falta de respeto hacia Dios. Una vez, pasó que dije que me parecía que debería ser más culpable de falta de respeto si recibiera el Cuerpo de nuestro Señor sin haber conversado familiarmente con él, y fui severamente reprendida. En medio de todas estas pruebas, aún vivo en paz con Dios y con todas sus criaturas. Cuando estaba trabajando en el jardín, las aves vendrían y se posarían sobre mi cabeza y hombros, y juntos cantaríamos las alabanzas a Dios. Siempre contemplé a mi ángel de la guarda a mi lado, y aunque el demonio frecuentemente me asaltaba y me amedrentaba en varias maneras, nunca le fue permitido hacerme demasiado daño. Mi deseo por el Bendito Sacramento era tan irresistible, que usualmente de noche dejaba mi celda e iba a la iglesia si estaba abierta; pero si no, permanecía en la puerta o al lado de los muros, incluso en invierno, de rodillas o prosternada, con mis brazos extendidos en éxtasis. El capellán del convento, que eran tan caritativo como para venir temprano para darme la Santa Comunión, solía encontrarme en este estado, pero tan pronto llegaba y abría la iglesia, siempre me recuperaba, y me apresuraba hacia la santa mesa, para recibir allí a mi Señor y mi Dios. Cuando fui sacristán, solía sentirme de pronto arrebatada en espíritu, y ascender hasta las partes más altas de la iglesia, en las cornisas, las partes sobresalientes del edificio, y las molduras, donde parecía imposible para cualquier ser llegar por medios humanos. Entonces limpiaba y arreglaba todo, y me parecía que estaba rodeada de espíritus sagrados, que me transportaban y me sostenían con sus manos. Su presencia no me causaba la menor intranquilidad, ya que me había acostumbrado a ello desde mi infancia, y solía tener el más dulce y familiar trato con ellos. Era sólo cuando estaba en compañía de ciertos hombres que estaba realmente sola; y tan grande era entonces mi sensación de soledad que no podía evitar llorar como una niña que se extravió del hogar”.

25

Procedemos ahora a sus enfermedades, omitiendo cualquier descripción de algún otro fenómeno destacable de su vida extática, recomendando solamente al lector que compare los relatos que ya hemos dado con los relativos a Santa María Magdalena de Pazzi.

Anne Catherina siempre había estado débil y delicada, y aún así ha estado, desde su más temprana infancia, en el hábito de practicar muchas mortificaciones, de ayunar y de pasar la noche en vigilia y oración a la intemperie. Se había acostumbrado a las arduas tareas de los campos, en todas las estaciones del año, y su fortaleza fue también necesariamente muy puesta a prueba por los agotadores y sobrenaturales estados por los que frecuentemente pasaba. En el convento continuaba trabajando en el jardín y en la casa, mientras que sus trabajos y sufrimientos espirituales estaban siempre incrementándose, por lo que no es para nada sorprendente que estuviera usualmente enferma; pero sus enfermedades surgían empero por otra causa. Hemos aprendido, de las cuidadosas observaciones hechas cada día por espacio de cuatro años, y también por lo que ella misma fue forzada involuntariamente a admitir, que cuando disfrutaba de las gracias espirituales más altas, una gran porción de sus enfermedades y sufrimientos provenían de cargar sobre sí los sufrimientos de otros. Algunas veces, pedía por la enfermedad de una persona que no la soportaba pacientemente, y la aliviaba de todos o de una parte de sus sufrimientos, cargándolos sobre sí; a veces, deseando expiar un pecado o poner fin a algún sufrimiento, ella se entregaba a manos de Dios, y Él, aceptando su sacrificio, permitía así que ella, en unión con los méritos de Su pasión, expiara el pecado sufriendo alguna enfermedad correspondiente a aquél. Ella hubo de soportar consecuentemente, no sólo sus propias dolencias, sino también aquellas de otros – para sufrir en expiación de los pecados de sus hermanos, y de las faltas y negligencias de ciertas partes de la comunidad Cristiana – y, finalmente, para sobrellevar muchos y variados sufrimientos en satisfacción por las almas del purgatorio. Todos estos sufrimientos aparecían como verdaderas enfermedades, las cuales tomaban las más contrastantes y variables formas, y ella estaba completamente bajo el cuidado de un médico, quien se esforzó mediante remedios terrenales en curar enfermedades que en realidad eran las mismas fuentes de su vida. Ella dijo al respecto: “Reposar en el sufrimiento siempre me ha parecido la condición más deseable posible. Los mismos ángeles nos envidiarían, si la envidia no fuera una imperfección. Pero para que los sufrimientos sean realmente meritorios debemos paciente y agradecidamente aceptar inadecuados remedios y comodidades, y todas las otras pruebas adicionales. No comprendo totalmente mi condición, ni conozco a dónde conducirá. En mi alma acepté mis diferentes sufrimientos, pero en mi cuerpo era mi deber pugnar contra ellos. Me había entregado total y absolutamente a mi Celestial Esposo, y su santa voluntad estaba siendo realizada en mí; pero yo estaba viviendo en la tierra, donde no debía rebelarme en contra de la sabiduría y las prescripciones terrenales. Aún si hubiera comprendido completamente mi estado, y tuviera tiempo y capacidad de explicarlo, no había nadie cerca que hubiera sido capaz de entenderme. Un doctor hubiera simplemente concluido que estaba completamente demente, y habría incrementado sus costosos y dolorosos remedios diez veces más. He sufrido mucho de esta manera durante toda mi vida, y particularmente cuando estuve en el convento, por haberme administrado remedios inadecuados. Usualmente, cuando mis doctores y enfermeras me había reducido a la última agonía, y que estaba cerca de la muerte, Dios se compadecía de mí y me enviaba alguna asistencia sobrenatural, que causaba una completa curación”.

26

Cuatro años antes de la supresión de su convento ella fue a Flamske por dos días para visitar a sus padres. Mientras estuvo allí, fue de nuevo a arrodillarse y a rezar por algunas horas ante la milagrosa Cruz de la Iglesia de San Lamberto, en Coesfeld. Suplicó al Todopoderoso que otorgara los dones de la paz y la unidad a su convento, le ofreció la Pasión de Jesús por aquella intención y le imploró que le permitiera sentir una porción de los sufrimientos que fueron sobrellevados por su Divino Esposo en la Cruz. Desde el momento en que hizo esta oración sus manos y pies se pusieron ardientes y dolorosos, y sufría constantemente de fiebre, a la cual creía como la causa del dolor en sus manos y pies, ya que no se atrevía a pensar que su plegaria había sido concedida. Frecuentemente era incapaz de caminar, y el dolor en sus manos le impedían trabajar como era usual en el jardín. El 3 de Diciembre de 1811, el convento fue suprimido[1], y la iglesia cerrada. Las monjas se dispersaron en todas direcciones, pero Anne Catherina permaneció, pobre y enferma. Un compasivo sirviente perteneciente al monasterio la asistía por caridad, y un anciano sacerdote emigrante, que decía la Misa en el convento, también permaneció con ella. Estos tres individuos, siendo los más pobres de la Comunidad, no dejaron el convento hasta la primavera de 1812. Ella todavía estaba muy enferma, y no podía ser trasladada sin gran dificultad. El sacerdote se alojó con una pobre viuda que vivía en el barrio, y Anne Catherina tenía en la misma casa una pequeña habitación miserable en la planta baja, que miraba a la calle. Allí vivió ella, en pobreza y enfermedad, hasta el otoño de 1813. Sus éxtasis en oración, y su trato espiritual con el mundo invisible, se hicieron más y más frecuentes. Ella estaba por ser llamada a un estado con el que estaba familiarizada imperfectamente, y para ingresar en él, no hizo nada más que abandonarse sumisamente a la voluntad de Dios. Nuestro Señor se complació en estos momentos en imprimir sobre su cuerpo virginal los estigmas de su cruz y su crucifixión, que eran para los Judíos piedra de tropiezo, y locura para los Gentiles, y para muchas personas que se autoproclaman Cristianos, tanto una cosa como la otra. Desde su más temprana infancia ella había suplicado a nuestro Señor que imprimiera las marcas de su cruz profundamente en su corazón, para que así ella no pudiera olvidar jamás su infinito amor por los hombres; pero nunca había pensado en recibir ninguna marca exterior. Rechazada por el mundo, oró más fervientemente que nunca con este fin. El 28 de Agosto, fiesta de San Agustín, patrono de su orden, mientras estaba haciendo esta oración en su cama, arrebatada en éxtasis y con sus brazos estirados hacia delante, contempló un joven hombre que se le acercaba rodeado de luz. Fue bajo esta forma que su Divino Esposo usualmente se le aparecía, e hizo ahora sobre el cuerpo de ella, con su mano derecha, la marca de una cruz común.  Desde este momento había una marca como una cruz sobre su seno, consistente en dos franjas cruzadas, de unas tres pulgadas de largo y una de ancho. Posteriormente la piel se alzaba en ampollas en este lugar, como si fuera una quemadura, y cuando estas ampollas se rompían, un ardiente líquido incoloro emanaba de ellas, a veces en tal cantidad como para empapar varias sábanas. Ella estuvo mucho tiempo sin percibir cuál era realmente el caso, y sólo pensaba que tenía una gran transpiración. El significado particular de esta marca nunca ha sido conocido.

Ana Catalina Emmerich

27

Algunas semanas más tarde, cuando hacía alguna oración, cayó en éxtasis, y contempló la misma aparición, que se le presentó con una pequeña cruz de la forma descripta en sus relatos de la Pasión. Ansiosa y fervientemente ella la recibió y la presionó sobre su seno, y luego la regresó. Ella dijo que esta cruz era tan suave y blanca como la cera, pero que al principio no se dio cuenta que había creado una marca externa sobre su seno. Poco tiempo después, habiendo ido con la pequeña hija de la casera a visitar una vieja ermita cerca de Dulmen, de improviso cayó en éxtasis, se desmayó, y en su recuperación fue llevada a casa por una pobre campesina. El agudo dolor que sintió en su pecho continuó incrementándose, y vio lo que parecía una cruz, de unas tres pulgadas de largo, presionada estrechamente contra su esternón, y pareciendo roja a través de la piel. Como había contado acerca de su visión a una monja con la que era íntima, su extraordinario estado comenzó a ser comentado en buena medida. El Día de Todos los Muertos de 1812, ella salió por última vez, y con mucha dificultad logró alcanzar la iglesia. Desde ese momento hasta fin de año parecía estar muriendo, y recibió los últimos Sacramentos. En Navidad una cruz más pequeña apareció encima de aquella sobre su pecho. Tenía la misma forma que la más grande, de manera que las dos juntas formaban una doble cruz[2]. Sangre brotaba de esta cruz todos los Miércoles, como si dejara la impresión de su forma sobre un papel colocado sobre ella. Después de un tiempo, esto sucedía en cambio los Viernes. En 1814 este flujo de sangre tenía lugar menos frecuentemente, pero la cruz se ponía tan roja como el fuego cada Viernes. En un período posterior de su vida más sangre fluyó desde esta cruz, especialmente cada Viernes Santo; pero no se le prestó ninguna atención. El 30 de Marzo de 1821, el escritor de estas páginas vio esta cruz de un profundo color rojo, y sangrando por doquier. En su estado usual era incolora, y su posición sólo estaba marcada por leves hendiduras en la piel. Otras Extáticas han recibido similares marcas de la Cruz; entre otras, Catherina de Raconis, Marina de l’Escobar, Emilia Bichieri, S. Juliani Falconieri, etc.

28

Ella recibió los estigmas en los últimos días del año 1812. El 29 de Diciembre, sobre las tres en punto de la tarde, estaba ella acostada en su cama en la pequeña habitación, extremadamente enferma, pero en estado de éxtasis y con sus brazos extendidos, meditando en los sufrimientos de su Señor, y suplicándole que le permitiera sufrir con él. Dijo cinco Padrenuestros en honor de las Cinco Heridas, y sintió todo su corazón encendido de amor. Vio entonces una luz descendiendo hacia ella, y distinguió en medio de esta la resplandeciente forma de su Salvador crucificado, cuyas heridas brillaban como muchas hogueras de luz. El corazón de ella esta desbordante de alegría y pesar, y ante la vista de las sagradas heridas, su deseo de sufrir con su Señor se volvió intensamente violento. Entonces rayos triples, con punta como de flechas, del color de la sangre, se precipitaron desde las manos, pies, y el costado de la sagrada aparición, y dieron en sus manos, pies, y costado derecho. Los rayos triples del costado formaban una punta como la cabeza de una lanza. En el momento en que estos rayos la tocaron, gotas de sangre fluyeron desde las heridas que habían creado. Largo rato permaneció ella en un estado de insensibilidad, y cuando recuperó sus sentidos no supo quién había bajado sus brazos extendidos. Fue con asombro que contempló la sangre fluyendo desde las palmas de sus manos, y sintió un violento dolor en sus pies y su costado. Sucedió que la pequeña hija de la casera entró a su habitación, vio sus manos sangrando, y corrió a contarle a su madre, quien con gran ansiedad le preguntó a Anne Catherina que había pasado, pero le rogó que no hablara de ello. Ella sintió, después de haber recibido los estigmas, que un cambio completo había tenido lugar en su cuerpo; ya que el curso de su sangre parecía haber cambiado, y fluir rápidamente hacia los estigmas. Ella misma solía decir: “No hay palabras para describir en qué manera fluye”.

Estamos en deuda con un curioso incidente de nuestro conocimiento acerca de las circunstancias que hemos aquí relatado. El 15 de Diciembre de 1819, ella tuvo una detallada visión de todo lo que le había pasado, pero de una manera que pensó que se refería a alguna otra monja a quien imaginó que debía vivir no muy lejos, y a quien suponía había experimentado las mismas cosas que ella. Relataba todos estos detalles con un fuerte sentimiento de compasión, humillándose, sin saberlo, ante su propia paciencia y sufrimientos. Era de lo más conmovedor escucharla decir: “No debería nunca más quejarme, ahora que he visto los sufrimientos de aquella pobre monja; su corazón está rodeado con una corona de espinas, pero la lleva plácidamente y con un semblante sonriente. Es vergonzoso en verdad para mí el quejarme, ya que ella tiene una carga que soportar más pesada que la que yo tengo”.

29

Estas visiones, las que ella reconoció después como su propia historia, se repitieron varias veces, y es a través de ellas que las circunstancias bajo las cuales recibió los estigmas son conocidas. De otro modo no habría relatado tantos pormenores acerca de los cuales su humildad nunca le hubiese permitido hablar, y respecto de los cuales, cuando sus superiores espirituales le preguntaban de dónde procedían sus heridas, lo más que decía era: “Espero que provengan de la mano de Dios”.

Los límites de esta obra nos impiden entrar sobre la materia de los estigmas en general, pero podemos observar que la Iglesia Católica ha producido un cierto número de personas, San Francisco de Asís siendo el primero, que han alcanzado tal grado de amor contemplativo hacia Jesús, el cual es el más sublime efecto de unión con sus sufrimientos, y es designado por los teólogos “Vulnus Divinum, Plago amoris viva”. Es sabido que han sido al menos cincuenta. Verónica Guiliani, una Capuchina, que falleció en Cittá di Castello en 1727, es la última persona de la clase que ha sido canonizada el 26 de Mayo de 1831. Su biografía, publicada en Colonia en 1810, da una descripción del estado de las personas con estigmas, que en muchas maneras es aplicable a Anne Catherina. Colomba Schanolt, que falleció en Bamberg en 1787, Magdalen Lorger, que falleció en Hadamar en 1806, ambas Dominicas, y Rose Serra, una Capuchina en Ozieri en Sardinia, quien recibió los estigmas en 1801, son aquellas de nuestro tiempo de las que sabemos más. Josephine Kumi, del Convento de Wesen, cerca del Lago Wallenstadt en Suiza, que aún vivía en 1815, también pertenecía a esta clase de personas, pero no estamos completamente seguros acerca de si tenía estigmas.

Anne Catherina, como dijimos antes, no siendo más capaz de caminar o de levantarse de su cama, pronto fue incapaz también de comer. No pasó mucho para que no pudiera tomar más nada que un poco de vino y agua, y finalmente sólo agua pura; a veces, pero muy raramente, conseguía ingerir el jugo de una cereza o de una ciruela, pero inmediatamente devolvía cualquier alimento sólido tomado aún en pequeña cantidad. Esta incapacidad de tomar alimento, o más bien, esta facultad de vivir un buen tiempo sin más nada que agua, nos aseguran doctores eruditos, no carece en absoluto de ejemplos en la historia de los dolientes.

30

Los teólogos estarán perfectamente conscientes de que hay muchas instancias de ascéticos contemplativos, y particularmente de personas frecuentemente en un estado de éxtasis y que han recibido los estigmas, permaneciendo largo tiempo sin tomar ningún alimento más que el Sagrado Sacramento; por ejemplo, B. Nicholas de Flue, Santa Liduvma de Schiedam, Santa Catalina de Siena, Santa Ángela de Foligno, y San Luis de l’Ascension. Todos los fenómenos exhibidos en la persona de Anne Catherina permanecieron ocultos incluso para quienes tuvieron un mayor trato con ella, hasta el 25 de Febrero de 1813, cuando fueron descubiertos accidentalmente por una de sus antiguas compañeras de convento. Hacia fin de Marzo, toda la ciudad hablaba de ellos. El 23 de Marzo, el médico del barrio la obligó a un examen. Contrariamente a sus expectativas, se convenció de la verdad, elevó un informe oficial de lo que había visto, se hizo su doctor y amigo, y permaneció hasta su muerte. El 28 de Marzo, las autoridades espirituales de Munster designaron comisionados para que examinaran su caso. La consecuencia de esto fue que Anne Catherina fue de ahí en más benignamente considerada por sus superiores, y adquirió la amistad del ex Deán Overberg, quien desde aquel momento venía cada año para visitarla durante varios días, y fue su confortador y director espiritual. El consejero médico de Druffel, quien estaba presente en este examen en calidad de doctor, nunca dejó de venerarla. En 1814, publicó en el Diario Médico de Salzburgo un detallado relato de los fenómenos que él había advertido en la persona de Anne Catherina, y a este remitimos a aquellos de nuestros lectores que desean más pormenores sobre el tema. El 4 de Abril, M. Gamier, el Comisionado General de la Policía Francesa, vino desde Munster para verla; indagó minuciosamente sobre su caso, y habiéndose cerciorado de que ella no profetizaba ni hablaba de política, declaró que no era injerencia de la policía el ocuparse de ella. En 1826 aún hablaba de ella en París con respeto y emoción.

31

El 22 de Julio de 1813, Overberg vino a verla con el Conde de Stolberg y su familia. Permanecieron dos días con ella, y Stolberg, en una carta que ha sido varias veces impresa, da testimonio de la realidad de los fenómenos observados en Anne Catherina, y expresó su intensa veneración por ella. Permaneció como amigo de ella tanto como vivió, y los miembros de su familia nunca dejaron de encomendarse a sus plegarias. El 29 de Septiembre de 1813, Overberg llevó a la hija de la Princesa Galitzin (que falleció en 1806) para visitarla, y vieron con sus propios ojos a la sangre fluir copiosamente de sus estigmas. Esta distinguida dama repitió su visita y, después de convertirse en Princesa de Salm, nunca cambió en sus sentimientos, sino que, junto con su familia, permanecieron en constante comunión de oración con Anne Catherina. Muchas otras personas en todos los órdenes de la vida fueron, de la misma manera, consolados y edificados al visitar su cama de sufrimiento. El 23 de Octubre de 1813, fue llevada a otro alojamiento, cuya ventana miraba a un jardín. La condición de la bendita monja se hacía día a día más dolorosa. Sus estigmas eran una fuente de indescriptible dolor para ella, hasta el momento de su muerte. En vez de permitir a sus pensamientos descansar sobre aquellas gracias cuya presencia interior daban tales milagrosos testimonios externos, ella aprendió de ellas lecciones de humildad, al considerarlas una pesada cruz puesta sobre ella por sus pecados. Su mismo cuerpo doliente era para predicar a Jesús crucificado. Era difícil en efecto ser un enigma para todas las personas, un objeto de sospecha para la gran mayoría, y de respeto mezclado con temor para algunos pocos, sin producir sentimientos de impaciencia, irritabilidad u orgullo. Voluntariamente ella habría vivido en completa reclusión del mundo, pero la obediencia pronto la compelía a permitir ser examinada y a que fuera juzgada por una vasta cantidad de personas curiosas. Sufriendo, como ella estaba, los dolores más tormentosos, no se le permitió siquiera ser su propia dueña, sino que fue considerada como algo que cualquiera se creía con el derecho de observarla y juzgarla – usualmente sin buenos resultados para nadie, pero en gran medida para la predisposición del alma y cuerpo de ella, ya que así era privada de tanto descanso y recogimiento de espíritu. Parecía no haber límites a lo que se esperaba de ella, y a un hombre obeso, que tuvo cierta dificultad en ascender por la angosta escalera en caracol, se le oyó quejarse de que una persona como Anne Catherina, que debería ser expuesta en un camino público donde todos pudieran verla, tuviera que permanecer en un alojamiento tan difícil de alcanzar. En épocas anteriores, las personas en su estado sobrellevaban en privado los exámenes de las autoridades espirituales, y efectuaban sus dolorosas vocaciones bajo la sombra protectora de santos muros; pero nuestra sufriente heroína había sido lanzada desde el claustro al mundo en un tiempo en que el orgullo, la frialdad de corazón, y la incredulidad estaban todas de moda; marcada con los estigmas de la Pasión de Cristo, fue forzada a llevar su ensangrentado ropaje en público, bajo la mirada de hombres que apenas creían en las Heridas de Cristo, mucho menos en las heridas que sólo eran imágenes de Aquellas.

32

Así esta santa mujer, que en su juventud había tenido la costumbre de orar durante muchas horas ante imágenes de todas las estaciones de la dolorosa Pasión de Cristo, o ante cruces en los costados de los caminos, se hizo a sí misma como una cruz en la vía pública, insultada por un transeúnte, bañada en lágrimas de arrepentimiento por un segundo, tomada como una mera curiosidad física por un tercero, y venerada por un cuarto cuyas inocentes manos traerían flores para colocarlas a sus pies.

En 1817 su anciana madre vino desde el campo para morir a su lado. Anne Catherina le mostró todo el amor que pudo confortándola y orando por ella, y cerrando sus ojos con sus propias manos – aquellas manos marcadas con los estigmas el 13 de Marzo del mismo año. La herencia dejada a Anne Catherina por su madre fue más que suficiente para alguien tan imbuida del espíritu de mortificación y sufrimiento; y por su parte, ella la dejó intacta para sus amigos. Consistía en estos tres dichos: “Señor, vuestra voluntad, no la mía, sea hecha”; “Señor, dame paciencia, y entonces golpea duro”; “Aquellas cosas que no son buenas para ponerlas en la olla, al menos son buenas para ponerlas debajo”. El significado de este último proverbio era: si las cosas no eran sanas como para comerlas, al menos podían ser quemadas, para que la comida pueda ser cocinada; este sufrimiento no alimenta mi corazón, pero al soportarlo pacientemente, puede al menos incrementar el fuego del amor divino, único por el cual la vida puede proveernos todo. Frecuentemente repetía estos proverbios, y entonces pensaba en su madre con gratitud. Su padre había fallecido algún tiempo antes.

33

El escritor de estas páginas tomó conocimiento de su estado primero a través de leer una copia de aquella carta de Stolberg, a la que ya hemos aludido, y después a través de una conversación con un amigo quien había pasado varias semanas con ella. En Septiembre de 1818 fue invitado por el Obispo Sailer para encontrarse con él en lo del Conde de Stolberg, en Westphalia; y él fue en primer lugar a Sondermuhlen para ver al conde, quien lo presentó a Overberg, de quien recibió una carta dirigida al doctor de Anne Catherina. Hizo su primer visita a ella el 17 de Septiembre de 1818; y le permitió quedarse varias horas con ella a su lado cada día, hasta la llegada de Sailer. Desde el mismo principio, le dio su confianza hasta una admirable magnitud, y de la manera más conmovedora e ingenua. Sin duda ella era consciente que al relatar sin reservas la historia de todas sus pruebas, alegrías, y tristezas de su vida entera, estaba confiriendo las dádivas espirituales más preciosas sobre él. Ella lo trató con la más generosa hospitalidad, y no tuvo ninguna duda en hacerlo, debido a que él no la oprimía ni alarmaba su humildad por excesiva admiración. Ella le descubrió su interior con el mismo espíritu caritativo a como un devoto solitario ofrecería en la mañana las flores y frutos que hubieran crecido en su jardín durante la noche a algún viajante cansado de caminar, quien, habiendo perdido su camino en el desierto del mundo, lo encuentra sentado cerca de su ermita. Completamente consagrada a Dios, hablaba de esta manera abierta como un niño lo hubiera hecho, confiadamente, sin sentimientos de dudas, y sin un fin egoísta en vista. ¡Que Dios la recompense!

Su amigo diariamente ponía por escrito todas las observaciones que él hacía respecto a ella, y todo lo que ella le contaba acerca de su vida, ya sea interior o exterior. Las palabras de ella estaban caracterizadas alternativamente por la simplicidad más infantil y la más asombrosa profundidad de pensamiento, y presagiaban, de alguna forma, el vasto y sublime espectáculo que posteriormente se desarrollaría, cuando se hizo evidente que el pasado, el presente y el futuro, junto con todo lo que concernía a la santificación, profanación y juzgamiento de las almas, formaban ante y dentro de ella un drama alegórico e histórico, por el cual los diferentes eventos del año eclesiástico proveían temas, y lo dividían en escenas, tan estrechamente relacionadas entre sí eran todas sus oraciones y sufrimientos los cuales ella ofrecía en sacrificio por la Iglesia militante.

34

El 22 de Octubre de 1818 Sailer vino a verla, y habiendo advertido que ella se alojaba en la parte trasera de un pub, y que los hombres estaban jugando a los bolos bajo su ventana, dijo de manera jocosa y pensativa como era peculiar en él: “Ves, ves; todas las cosas son como debieran ser – la monja enferma, la esposa de nuestro Señor, se aloja en un pub sobre el piso donde los hombres están jugando a los bolos, como el alma del hombre en su propio cuerpo”. Su entrevista con Anne Catherina fue de lo más afectuosa; era en efecto hermoso el contemplar a estas dos almas, que estaban ambas encendidas por el amor a Jesús, y conducidas por la gracia a través de caminos tan diferentes, encontrándose así a los pies de la Cruz, la estampa visible de la cual era llevada por una de ellas. El Viernes, 23 de Octubre, Sailer permaneció a solas con ella durante casi todo el día; vio sangre fluir de su cabeza, de sus manos y de sus pies, y fue capaz de conferirle gran consuelo a sus pruebas interiores. Él le recomendó encarecidamente que contara todo sin reservas al escritor de estas páginas, y llegó a un entendimiento sobre la materia con su usual director. Él escuchó su confesión, le dio la Sagrada Comunión el Sábado 24, y luego continuó su viaje hasta lo del Conde de Stolberg. A su regreso, a principios de Noviembre, pasó de nuevo un día con ella. Continuó siendo su amigo hasta su muerte, oró constantemente por ella, y le pedía a ella sus oraciones cuando se encontraba en situaciones de prueba o dificultad. El escritor de estas páginas permaneció hasta Enero. Él regresó de nuevo en Mayo de 1819, y continuó velando por Anne Catherina casi ininterrumpidamente hasta la muerte de ella.

35

La santa doncella continuamente suplicaba al Todopoderoso que removiera los estigmas exteriores, con relación a los problemas y fatigas que ocasionaban, y su oración fue concedida al final de siete años. Hacia el final del año 1819, la sangre primero fluía menos frecuentemente de sus heridas, y luego cesó por completo. El 25 de Diciembre, cayeron costras de sus pies y manos, y quedaron allí solamente cicatrices blancas, que se ponían rojas en ciertos días, pero el dolor que ella sufría no mermó en lo más mínimo. La marca de la cruz y la herida en su costado derecho solían verse como antes, pero no a determinadas épocas. En ciertos días tenía siempre sensaciones de lo más dolorosas alrededor de su cabeza, como si una corona de espinas fuera presionada sobre ella. En estas ocasiones ella no podía reclinar su cabeza contra nada, ni siquiera hacerla descansar en su mano, sino que tenía que permanecer por largas horas, a veces incluso durante noches enteras, sentada en su cama, sostenida por almohadones, mientras su pálido rostro, y los irreprimibles quejidos de dolor que escapaban de ella, hacían de ella como una enorme y viva representación del sufrimiento. Después de haber estado en esta condición, la sangre invariablemente fluía más o menos copiosamente alrededor de su cabeza. El Viernes Santo, Abril 19 de 1819, todas sus heridas se reabrieron y sangraron, y se cerraron de nuevo en los días siguientes. Una indagación de lo más rigurosa de su estado fue hecha por algunos doctores y naturalistas. Con ese fin fue ubicada sola en una casa ajena, donde permaneció desde el 7 al 29 de Agosto; pero este examen parecía no haber producido ningún efecto particular en modo alguno. Fue llevada de regreso a su propia vivienda el 29 de Agosto, y desde ese momento hasta que falleció fue dejada en paz, salvo que fuera ocasionalmente molestada por disputas privadas e insultos públicos. En esta materia Overberg le escribió las siguientes palabras: “¿Qué es lo que has tenido que sufrir personalmente de lo que puedas quejarte? Me estoy dirigiendo a un alma deseosa de nada más que de parecerse más y más a su divino Esposo. ¿No has sido tratada mucho más amablemente de como lo fue tu adorable Esposo?¿No debería ser un motivo de regocijo para ti, de acuerdo al espíritu, haber sido asistida para asemejarte a él más estrechamente, y así ser más agradable a sus ojos? Has sufrido mucho con Jesús, pero hasta aquí los insultos te habían sido evitados en su mayor parte. Con la corona de espinas no habías llevado el manto púrpura y la túnica de desprecio, mucho menos habías escuchado aún el grito, “¡Fuera con él!¡Crucifíquenlo!”  No puedo dudar empero que estos sentimientos son tuyos. Alabado sea Jesucristo.”

36

El Viernes Santo, 30 de Marzo de 1820, sangre fluyó de su cabeza, pies, manos, pecho y costado. Sucedió que cuando se desmayó, una de las personas que estaban con ella, sabiendo que la aplicación de reliquias la aliviaban, colocaron cerca de sus pies una pieza de lino en las que algunas fueron envueltas, y la sangre que provenía de sus heridas alcanzaron esta pieza de lino después de un tiempo. Por la tarde, cuando esta misma pieza de lino con las reliquias fue ubicada sobre su pecho y hombros, en los que ella estaba sufriendo mucho, de repente exclamó, mientras estaba en estado de éxtasis: “Es de lo más hermoso, pero veo a mi Celestial Esposo yaciendo en la tumba en la Jerusalén terrenal; y también lo veo viviendo en la Jerusalén celestial rodeado de santos adoradores, y en medio de estos santos veo una persona que no es un santo – es una monja. Sangre fluye de su cabeza, su costado, sus manos y sus pies, y los santos están sobre las partes sangrantes.”

El 9 de Febrero de 1821 cayó en éxtasis en el momento del funeral de una sacerdote muy santo. Sangre fluyó de su frente, y la cruz sobre su seno sangró también. Alguien le preguntó, “¿Qué es lo que te pasa?”. Ella sonrió, y habló como alguien que se despierta de un sueño: “Estábamos al lado del cuerpo. Me he acostumbrado últimamente a escuchar música sacra, y el De Profundis me causó una gran impresión”. Ella falleció el mismo día tres años después. En 1821, unas pocas semanas antes de la Pascua, ella nos contó que se le había dicho durante su oración: “Entérate, sufrirás en el verdadero aniversario de la Pasión, y no en el día marcado este año en el Calendario Eclesiástico”. El Viernes 30 de Marzo, a las diez en punto de la mañana, se desplomó inconsciente. Su rostro y su seno estaban bañados en sangre, y su cuerpo aparecía cubierto de contusiones como los que hubieran infligido los golpes de látigo. A las doce en punto del día, se tendió en forma de cruz, y sus brazos estaban tan extendidos como para estar perfectamente dislocados. Unos pocos minutos antes de las dos en punto, gotas de sangre fluyeron de sus pies y manos. El Viernes Santo, 20 de abril, ella estaba simplemente en estado de calma contemplación. Esta notable excepción a la regla general parecía ser un efecto de la providencia de Dios, ya que, a la hora en que sus heridas usualmente sangran, un número de individuos curiosos y desalmados vino a verla con la intención de causarle nuevos sinsabores, para publicar lo que verían; pero se les hizo contribuir así a su paz, al decir que sus heridas habían dejado de sangrar.

37

El 19 de Febrero de 1822 fue avisada de nuevo que sufriría el último Viernes de Marzo, y no en Viernes Santo.

El Viernes 15, y de nuevo el Viernes 29, la cruz en su seno y la herida de su costado sangraron. Antes del 29, sintió más de una vez como si una corriente de fuego fluyera rápidamente desde su corazón hacia su costado, y bajando hacia sus brazos y piernas hasta los estigmas, los cuales parecían rojos e inflamados. En la tarde del Martes 28, cayó en un estado de contemplación sobre la Pasión, y permaneció en él hasta el Viernes a la tarde. Su pecho, cabeza y costado sangraron; todas las venas de sus manos estaban hinchadas, y había una zona dolorosa en el centro de ellas, la cual se sentía húmeda, aunque no fluía sangre de ella. Nada de sangre fluyó de los estigmas excepto el 3 de Marzo, el día del hallazgo de la Santa Cruz. Tuvo también una visión del descubrimiento de la verdadera cruz por parte de Santa Elena, y se imaginó a sí misma tendida en la excavación cerca de la cruz.  Mucha sangre salió en la mañana de su cabeza y costado, y por la tarde desde sus manos y pies, y le pareció a ella como si fuera usada como prueba de si la cruz era verdaderamente la Cruz de Jesucristo, y que su sangre estaba testificando su identidad.

En el año 1823, el Jueves y Viernes Santo, que cayeron el 27 y 28 de Marzo, tuvo visiones de la Pasión, durante la cual sangre fluyó desde todas sus heridas, causándole intenso dolor. Entre estos inmensos dolores, aunque arrebatada en espíritu, fue obligada a hablar y dar respuestas concernientes a todos sus pequeños asuntos caseros, como si hubiera estado perfectamente fuerte y bien, y ella nunca dejó caer una queja, aunque estuviera cerca de morir. Esta fue la última vez que su sangre dio testimonio de la realidad de su unión con los sufrimientos de Aquel que se había entregado total y absolutamente por nuestra salvación. La mayoría de los fenómenos de la vida extática que se nos muestran en las vidas y escritos de Santa Brígida, Gertrudis, Matilde, Hildegarda, Catalina de Siena, Catalina de Genoa, Catalina de Bologna, Colomba da Rieti, Lidwina de Schiedam, Catalina Vanini, Teresa de Jesús, Anna de San Bartolomé, Magdalena de Pazzi, María Villana, María Buonomi, Marina d’Escobar, Crescentia de Kaufbeuern, y muchas otras monjas de órdenes contemplativas, son encontrados también en la historia de la vida interior de Anne Catherina Emmerich. El mismo camino fue trazado para ella por Dios. ¿Logrará ella, como estas santas mujeres, la consumación? Sólo Dios sabe. Nuestra parte consiste solamente en orar que tal haya sido el caso, y nos es permitido esperar tal cosa. Aquellos entre nuestros lectores que no están al tanto de la vida extática de los escritos de aquellos que la han vivido, encontrarán información sobre esta materia en la Introducción de Goërres a los escritos de Henry Suso, publicado en Ratisbone en 1829.

38

Desde que muchos devotos Cristianos, para convertir su vida en un acto perpetuo de adoración, se esfuerzan para ver en sus ocupaciones diarias una representación simbólica de cierta manera de honrar a Dios, y ofrecerla a Él en unión con los méritos de Cristo, no puede parecer extraordinario que aquellas santas almas que pasan de una vida activa a una de sufrimiento y contemplación, vieran a veces sus labores espirituales bajo la forma de aquellas ocupaciones terrenales que anteriormente llenaban sus días. Entonces sus actos eran oraciones; ahora sus oraciones son actos; pero la forma permanece igual. Así fue que Anne Catherina, en su vida extática, contempló la serie de sus oraciones por la Iglesia bajo las formas de parábolas portando referencia a la agricultura, la jardinería, la tejeduría, la siembra, o el cuidado de ovejas. Todas estas diferentes ocupaciones estaban distribuidas, de acuerdo a su significado, en los diferentes períodos del año común como del eclesiástico, y eran seguidas bajo el patronato y con la asistencia de los santos de cada día, siendo aplicadas a ellas también las gracias especiales de las correspondientes fiestas de la Iglesia. La significación de este círculo de símbolos tenía referencia con toda la parte activa de la vida interior de Anne. Un ejemplo ayudará a explicar lo que queremos decir. Cuando Anne Catherina, siendo aún una niña, estaba empleada en la escarda, rogaba a Dios que desarraigara la cizaña del campo de la Iglesia. Si sus manos eran pinchadas por las ortigas, o si era obligada a rehacer el trabajo de los haraganes, ella ofrecía a Dios su dolor y su fatiga, y le suplicaba, en el nombre de Jesucristo, que el pastor de las almas no pudiera cansarse, y que ninguno de ellos cesara de trabajar celosa y diligentemente. Así su actividad manual se hizo una oración.

39

Daré ahora un ejemplo correspondiente a su vida de contemplación y éxtasis. Había estado enferma varias veces, y en un estado casi continuo de éxtasis, durante el cual solía dolerse, y movía sus manos como una persona ocupada en escardar. Se quejó una mañana de que sus manos y brazos le picaban y hormigueaban, y al examinarla se encontró que estaban cubiertos de ampollas, como las que hubieran producido por los pinchazos de ortigas. Ella entonces rogó a varias personas de su conocimiento que unieran sus oraciones a las de ella para determinada intención. Al día siguiente sus manos estaban inflamadas y dolorosas, como habrían estado luego de un arduo trabajo; y cuando se le preguntó la causa, ella contestó: “¡Ah! He tenido que desarraigar tantas ortigas del viñedo, ya que quienes tenían ese deber sólo sacaban los tallos, y estaba obligada a extraer las raíces con mucha dificultad del suelo rocoso.” La persona que le había preguntado comenzó a culpar a estos trabajadores negligentes, pero se sintió muy confundido cuando ella replicó: “Usted era uno de ellos – aquellos que sólo sacan los tallos de las ortigas, y dejan las raíces en la tierra, son personas que rezan negligentemente”. Se descubrió después que ella había estado orando por varias diócesis que le fueron mostradas bajo la figura de viñedos despoblados, y en los que se necesitaba labor. La real inflamación de sus manos daba testimonio de este simbólico desarraigo de las ortigas; y tenemos quizás razón de esperar que las iglesias mostradas a ella bajo la apariencia de viñedos experimentaron los buenos efectos de su oración y su trabajo espiritual; ya que si la puerta es abierta para aquellos que golpean, deben ser abiertas por sobre todo a aquellos que golpean con tal energía como para dejar sus dedos heridos.

Reacciones similares del espíritu sobre el cuerpo se suelen encontrar en las vidas de personas sujetas a éxtasis, y no son de ninguna manera contrarias a la fe. Santa Paula, si podemos creer a San Jerónimo, visitó los santos lugares en espíritu tal como si los hubiera visitado corporalmente; y algo parecido sucedió a Santa Colomba de Rieti y a Santa Lidwina de Schiedam. El cuerpo de la última portaba huellas de este viaje espiritual, como si realmente hubiese viajado; experimentó toda la fatiga que un doloroso viaje causaría: sus pies estaban lesionados y cubiertos de marcas que parecían como si hubieran sido hechas por rocas o espinas, y finalmente tenía una torcedura por la cual sufrió largo tiempo.

40

Ella fue conducida en este viaje por su ángel guardián, que le contó que estas heridas corporales significaban que había sido arrebatada en cuerpo y espíritu.

Heridas semejantes eran vistas sobre el cuerpo de Anne Catherina inmediatamente después de algunas de sus visiones. Lidwina comenzó su viaje extático al seguir a su buen ángel hasta la capilla de la Virgen Bendita en Schiedam; Anne Catherina comenzó el suyo siguiendo a su ángel de la guarda ya sea hasta la capilla que estaba cerca de su vivienda, o hasta el Camino de la Cruz de Coesfeld.

Sus viajes a Tierra Santa eran hechos, de acuerdo a los relatos que ella dio, por los caminos más diversos; a veces incluso iba todo alrededor de la Tierra, cuando la tarea espiritual impuesta sobre ella lo requería. En el curso de estos viajes desde su casa hasta los países más distantes, ella llevaba asistencia a muchas personas, ejerciendo a favor de éstas obras de misericordia, tanto corporales como espirituales, y esto era hecho frecuentemente en parábolas. Al cabo de un año, ella iría de nuevo por las mismas tierras, vería las mismas personas, y tomaría cuenta de su progreso espiritual o de su recaída en el pecado. Cada parte de esta labor siempre portaba alguna referencia a la Iglesia, y al reino de Dios sobre la tierra.

41

El final de estos peregrinajes diarios que ella hacía en espíritu era invariablemente la Tierra Prometida, cada parte de la cual ella examinaba en detalle, y a la cual vio a veces en su estado presente, y a veces como era en diferentes períodos de su sagrada historia; ya que su distintiva característica y especial privilegio eran un conocimiento intuitivo de la historia del Viejo y del Nuevo Testamento, y la de los miembros de la Sagrada Familia, y la de todos los santos a quienes ella contemplaba en espíritu. Vio el significado de todos los días festivos del año eclesiástico tanto bajo un punto de vista devocional como histórico. Vio y describió, día por día, con los mínimos detalles y por nombre, lugares, personas, festividades, costumbres y milagros, todo lo que sucedió durante la vida pública de Jesús hasta la Ascensión, y la historia de los Apóstoles por varias semanas después del Descenso del Espíritu Santo. Ella consideraba todas sus visiones no como meros disfrutes espirituales, sino como, por así decirlo, fértiles campos, abundantemente repletos de los méritos de Cristo, y que no habían sido aún cultivados; ella estaba frecuentemente empeñada en espíritu en orar para que el fruto de tales y tales sufrimientos de nuestro Señor pudieran ser dados a la Iglesia, y suplicaría a Dios aplicar a su Iglesia los méritos de nuestro Salvador los cuales eran su herencia, y de los cuales ella, por decirlo así, tomaría posesión, en su nombre, con la más conmovedora simplicidad e ingenuidad.

42

Ella nunca consideró que sus visiones tuvieran alguna relación con su vida Cristiana exterior, ni tampoco las consideró como de algún valor histórico. Exteriormente sabía y creía en nada más que en el catecismo, la común historia de la Biblia, los evangelios para los Domingos y festividades, y el almanaque Cristiano, el cual para su visión previsora era una mina inagotable de ocultas riquezas, desde que le dio en pocas páginas un hilo conductor que la llevaba a través de todo el tiempo, y por medio del cual ella pasaba de misterio en misterio, y solemnizaba cada uno con todos los santos, para cosechar los frutos de la eternidad a tiempo, y para preservar y distribuirlos en su peregrinaje alrededor del año eclesiástico, para que así la voluntad de Dios pudiera ser realizada en la Tierra como en el Cielo. Ella nunca había leído el Viejo o el Nuevo Testamento, y cuando estaba cansada de relatar sus visiones, diría a veces: “Léelo en la Biblia”, y entonces se asombraba al saber que no estaba allí; “ya que la gente”, añadiría, “está constantemente diciendo en estos días que no necesitas leer nada excepto la Biblia, que contiene todo, etc., etc.”.

La verdadera tarea de su vida era sufrir por la Iglesia y por algunos de sus miembros, cuyo desconsuelo le era mostrado a ella en espíritu, o que pedían sus oraciones sin saber que esta pobre monja enferma tenía algo más que hacer por ellos que decir Pater Noster, sino que todos los sufrimientos espirituales y corporales de ellos pasaban a ser de ella, y que tenía que soportar pacientemente los dolores más terribles, sin ser asistida, como los contemplativos de épocas anteriores, por las oraciones simpatizantes de una comunidad entera. En la era en la que ella vivía, no tenía otra asistencia que aquella de la medicina. Mientras estaba así sobrellevando sufrimientos que ella había tomado sobre sí por otros, frecuentemente volvía sus pensamientos a los respectivos sufrimientos de la Iglesia, y cuando estaba así sufriendo por una sola persona, ofrecería del mismo modo todo lo que soportaba por la Iglesia entera.

43

El siguiente es un notable caso de este tipo: durante varias semanas tuvo todos los síntomas de la tuberculosis; violenta irritación de los pulmones, excesiva transpiración, la cual empapaba toda su cama, una tos pertinaz, expectoración continua, y una fuerte fiebre continua. Tan terribles eran sus sufrimientos que su muerte se esperaba, e incluso se deseaba, a cada hora. Se notó que tenía que luchar extrañamente contra una fuerte tentación a la irritabilidad. Si se rendía por un instante, estallaba en lágrimas, sus sufrimientos se multiplicaban por diez, y ella parecía incapaz de existir a menos que inmediatamente obtuviera el perdón en el sacramento de la penitencia. Tuvo también que combatir un sentimiento de aversión a cierta persona a quien no había visto por años. Ella estaba en desesperación debido a que esta persona, con la cual ella declaró empero que no tenía nada en común, siempre estaba delante de sus ojos con las más malignas predisposiciones, y ella lloraba amargamente, y con mucha ansiedad, diciendo que no cometería pecado, que su pesar debía ser evidente para todos, y otras cosas que eran demasiado ininteligibles para las personas que la escuchaban. Su enfermedad siguió aumentando, y se la creyó a punto de morir. En este momento uno de sus amigos la vio, para su gran sorpresa, levantarse de repente de la cama y decir:

“Repíteme las oraciones para aquellos en su última agonía”. Él hizo lo que le pidió, y ella contestó la Letanía con firme voz. Después de algún tiempo, la campana por los agonizantes se escuchó, y una persona vino para pedir las oraciones de Anne Catherina para su hermana, que ya había fallecido. Anne Catherina preguntó por los detalles concernientes a su enfermedad y muerte, como si estuviera profundamente interesada en la materia, y el amigo antes mencionado escuchó el relato dado por el recién llegado acerca de una tuberculosis semejante hasta en los más mínimos detalles a la enfermedad de la misma Anne Catherina. La mujer fallecida había estado al principio con mucho dolor y tan perturbada en su mente que parecía demasiado incapaz de prepararse para su propia muerte; pero durante los últimos quince días había estado mejor, había hecho las paces con Dios, habiéndose reconciliado en primer lugar con una persona con la que estaba en enemistad, y había fallecido en paz, fortificada por los últimos sacramentos, y atendida por su anterior enemigo. Anne Catherina dio una pequeña suma de dinero para la sepultura y el servicio funerario de esta persona. Sus transpiraciones, tos, y fiebre ahora la dejaron y parecía una persona exhausta por la fatiga, cuya sábana ha sido cambiada y que ha sido ubicada en una cama nueva. Su amigo le dijo, “Cuando te vino esta terrible enfermedad, esta mujer se puso mejor, y su odio por otra era el único obstáculo para que hiciera las paces con Dios. Tomaste sobre ti misma, por un tiempo, sus sentimientos de odio, murió en buena predisposición, y ahora pareces aceptablemente bien de nuevo. ¿Están aún sufriendo por ella?” “¡No, por supuesto!”, ella replicó, “eso sería de lo más irracional, pero, ¿cómo una persona puede evitar sufrir cuando incluso la punta de su dedo meñique está con dolor? Somos todos un cuerpo en Cristo.” “Por la bondad de Dios”, dijo su amigo, “ahora de nuevo estás algo relajada”. “No por mucho tiempo, sin embargo”, replicó ella con una sonrisa,  “hay otras personas que necesitan mi asistencia”. Entonces se volteó sobre su cama y descansó un rato.

44

Unos pocos días después, empezó a sentir un intenso dolor en sus miembros, y se manifestaron síntomas de agua en su pecho. Descubrimos la persona enferma por la cual Anne Catherina estaba sufriendo, y vimos que sus sufrimientos de repente disminuían o se incrementaban enormemente en exacta proporción inversa a aquellos de Anne Catherina.

Así la caridad la compelía a tomar sobre sí las enfermedades e incluso las tentaciones de otros, para que ellos pudieran en paz prepararse para la muerte. Fue compelida a sufrir en silencio, tanto para ocultar las debilidades de su vecino, y para no ser considerada ella misma como demente; fue obligada a recibir toda la ayuda que la medicina le podía procurar por una enfermedad tomada voluntariamente para el alivio de otros, y a ser reprobada por las tentaciones que no eran las suyas propias; finalmente, fue necesario que apareciera pervertida a los ojos de los hombres, para que aquellos por quienes sufría pudieran ser convertidos ante Dios.

Un día un amigo en profunda aflicción estaba sentado al costado de su cama, cuando de repente ella cayó en un estado de éxtasis, y comenzó a orar en voz alta: “¡Oh, mi dulce Jesús, permíteme llevar aquella pesada piedra!” Su amigo le preguntó que sucedía. “Estoy en mi camino a Jerusalén”, replicó ella, “y veo un pobre hombre que va caminando con la mayor dificultad, ya que hay una gran piedra sobre su pecho, el peso del cual casi lo aplasta”. Entonces, de nuevo, después de unos pocos instantes, ella exclamó: “Dame aquella pesada piedra, no puedes llevarla por más tiempo; dámela a mí”. Completamente de improviso se hundió desmayándose, como si fuera aplastada bajo una pesada carga, y en el mismo momento su amigo se sintió aliviado del peso de la aflicción que lo oprimía, y su corazón desbordante de extraordinaria felicidad. Viéndola en tal estado de sufrimiento, le preguntó que pasaba, y ella mirándolo replicó: “No puedo permanecer aquí más tiempo. Pobre hombre, tienes que tomar de vuelta tu carga”. Inmediatamente su amigo sintió todo el peso de su aflicción de regreso, mientras ella, poniéndose bien de nuevo como antes, continuó su viaje en espíritu hacia Jerusalén.

45

Daremos un ejemplo más de sus esfuerzos espirituales. Una mañana le dio a su amigo una pequeña bolsa conteniendo algo de harina de centeno y huevos, y le señaló una pequeña casa en donde una pobre mujer, que tenía tuberculosis, estaba viviendo con su marido y dos pequeños hijos. Él tenía que contarle que los hirviera y los comiera, ya que cuando los hirviera serían buenos para su pecho. El amigo, al entrar en la casita, tomó la bolsa desde debajo de su capa, cuando la pobre madre, quien, enrojecida por la fiebre, estaba tendida sobre un colchón entre sus dos hijos medio desnudos, fijó sus brillantes ojos en él, y extendiendo sus delgadas manos, exclamó: “¡Oh, señor, debe ser Dios o la Hermana Emmerich que me lo envió! Me estás trayendo algo de harina de centeno y huevos”. Aquí la pobre mujer, abrumada por sus sentimientos, rompió en llanto, y entonces comenzó a toser tan violentamente que tuvo que hacer una señal a su esposo para hablar por ella. Él dijo que la noche anterior Gertrude había estado muy perturbada, y había hablado en gran medida durante su sueño, y que al despertar ella le había contado su sueño con estas palabras: “Creí que estaba en la puerta parada contigo, cuando la santa monja salió de la puerta de la casa contigua, y te dije que la veas. Ella se detuvo frente a nosotros, y me dijo, ‘Ah, Gertrude, te ves muy enferma, te enviaré algo de harina de centeno y huevos, que aliviarán tu pecho’. Entonces me desperté”. Tal era el relato simple de un pobre hombre; él y su esposa expresaron ambos encarecidamente su gratitud, y el portador de las limosnas de Anne Catherina dejó la casa muy abrumado. No le contó nada de esto cuando la vio, pero unos pocos días después, lo envió de nuevo al mismo lugar con un presente similar, y entonces él le preguntó cómo era que conocía a esa pobre mujer. “Tu sabes”, replicó, “que oro cada noche por todos aquellos que sufren; gustaría de ir y aliviarlos, y generalmente sueño que voy de un doliente domicilio a otro, y que los asisto hasta el límite de mis fuerzas. De esta manera fui en mi sueño hasta la casa de aquella pobre mujer; estaba parada en la puerta junto a su esposo, y le dije: ‘Ah, Gertrude, te ves muy enferma, te enviaré algo de harina de centeno y huevos, que aliviarán tu pecho’. Y esto hice a través de ti la mañana siguiente.” Ambas personas habían permanecido en sus camas, y soñaron la misma cosa, y el sueño se hizo realidad. San Agustín, en su Ciudad de Dios, libro XVIII, c.18, relata un caso similar de dos filósofos, que se visitaron uno al otro en un sueño, y explicaron algunos pasajes de Platón, permaneciendo ambos dormidos en sus propias casas.

46

Estos sufrimientos, y esta peculiar especie de activa labor, eran como un único rayo de luz que iluminaba su vida entera. Infinito era el número de labores espirituales y compasivos sufrimientos que provenían de todas partes e ingresaban en su corazón – aquel corazón tan encendido de amor a Jesucristo. Como Santa Catalina de Siena y algunas otras extáticas, solía sentir el más profundo sentimiento de convicción de que nuestro Salvador había sacado el corazón de ella de su pecho, y colocado el suyo propio por un tiempo.

El siguiente fragmento dará una idea del misterioso simbolismo por el cual ella era interiormente dirigida. Durante una parte del año 1820, realizó varios trabajos en espíritu, para varias diferentes parroquias; sus oraciones siendo representadas bajo la figura del severo trabajo en una viña. Lo que hemos relatado antes acerca de las ortigas es del mismo carácter.

47

El 6 de Septiembre su guía celestial le dijo: “Has escardado, excavado, atado y podado la vid; has abatido la cizaña como para que nunca más pudiera brotar; y luego te alejaste gozosamente y descansaste de tus oraciones. Prepárate ahora para trabajar duro desde la fiesta de la Natividad de la Virgen Bendita hasta aquella de San Miguel; las uvas están madurando y deben ser bien vigiladas”. “Entonces me condujo”, prosiguió ella, “hasta la viña de St. Liboire, y me mostró las viñas en las que yo había trabajado. Mi labor había sido exitosa, ya que las uvas estaban adquiriendo su color y poniéndose grandes, y en algunas partes el jugo rojo estaba cayendo de ellas al suelo. Mi guía me dijo: “Cuando las virtudes de los buenos comienzan a brillar en público, tienen que combatir con bravura, tienen que ser oprimidos, tentados, y sufrir persecución. Una cerca debe ser plantada alrededor de la viña para que las uvas maduras no puedan ser destruidas por los ladrones y las bestias salvajes, o sea, por la tentación y la persecución”. Entonces él me mostró cómo construir un muro amontonando piedras, y cómo levantar una gruesa cerca de espinas todo alrededor. Como mis manos sangraban con labor tan severa, Dios, para darme fortaleza, me permitió ver el significado misterioso de la vid, y el de varios otros árboles frutales. Jesucristo es la Verdadera Vid, que está para hacer raíces y crecer en nosotros; toda madera ociosa debe ser cortada, para no desperdiciar la savia, la cual está para convertirse en vino, y en el más que Sagrado Sacramento de la Sangre de Cristo. La poda de la vid tiene que ser hecha de acuerdo a ciertas reglas, las cuales se me hicieron conocer. La poda es, en sentido espiritual, el corte de todo aquello que es ocioso, es penitencia y mortificación, para que la verdadera Vid pueda crecer en nosotros, y dar fruto, en lugar de la naturaleza corrupta que sólo rinde madera y follaje. La poda se hace de acuerdo a reglas fijas, ya que sólo se necesita que ciertas raíces ociosas sean cortadas en el hombre, y tronchar más sería mutilar de manera culposa. Ninguna poda deber ser hecha nunca sobre la cepa que ha sido plantada en la humanidad a través de la Virgen Bendita, y está para permanecer en ella por siempre. La verdadera Vid une el Cielo a la Tierra, la Divinidad a la Humanidad; y es la parte humana que está para ser podada, para que así sólo la divina pueda crecer. Vi muchas otras cosas relativas a la vid que un libro tan grande como la Biblia no las podría contener. Un día, cuando estaba sufriendo un agudo dolor en el pecho, supliqué a nuestro Señor con quejidos que no me diera una carga superior a mi fortaleza para soportarla; y entonces mi Celestial Esposo apareció, y me dijo…”Os he puesto en mi diván nupcial, el cual es un diván de sufrimiento; os he dado sufrimiento y expiación como vuestro vestido y joya nupcial. Debéis sufrir, pero no os abandonaré; estáis sujeta a la Vid, y no estaréis perdida.”  Entonces fui consolada de todos mis sufrimientos. Se me explicó del mismo modo por qué en mis visiones relativas a las festividades de la familia de Jesús, como por ejemplo, aquellas de Santa Ana, San Joaquín, San José, etc., siempre veía a la Iglesia de la festividad bajo la figura de un vástago de la vid. Era el mismo caso en las festividades de San Francisco de Asís, Santa Catalina de Siena, y la de todos los santos que habían tenido los estigmas.

48

“El significado de mis sufrimientos en todos mis miembros me fue explicado en la siguiente visión: vi una gigantesca figura humana en un horrible estado de mutilación, y que se erguía hacia el cielo. No había dedos en manos y pies, el cuerpo estaba cubierto de espeluznantes heridas, algunas de las cuales eran recientes y sangraban, otras estaban cubiertas de carne muerta o se volvieron excrecencias. De un lado era todo negro, gangrenado y, por así decirlo, medio carcomido.

Yo sufría como si hubiese sido mi propio cuerpo que estaba en ese estado, y entonces mi guía me dijo, “Este es el cuerpo de la Iglesia, el cuerpo de todos los hombres y el tuyo también        “. Entonces, señalando a cada herida, me mostró al mismo tiempo alguna parte del mundo; vi un número infinito de hombres y naciones separados de la Iglesia, todos en su propia y peculiar manera, y sentí un dolor tan excelso por esta separación como si se hubieran desgarrado de mi cuerpo. Entonces mi guía me dijo: “Deja que vuestros sufrimientos os enseñen una lección, y ofrécelos a Dios en unión con aquellos de Jesús por todos los que están separados. ¿No debería un miembro llamar al otro, y sufrir para curarlo y unirlo una vez más al cuerpo? Cuando aquellas partes que están más estrechamente unidas al cuerpo se desprenden, es como si la carne fuera desgarrada alrededor del corazón”. En mi ignorancia, creí que estaba hablando de aquellos hermanos que no están en comunión con nosotros, pero mi guía añadió: “¿Quiénes son nuestros hermanos? No son nuestros parientes de sangre los que están más cerca de nuestros corazones, sino aquellos que son nuestros hermanos en la sangre de Cristo – los hijos de la Iglesia que se desprenden”. Me mostró que el lado negro y gangrenado del cuerpo sería pronto curado; que la carne putrefacta que se había reunido alrededor de las heridas representaba a los heréticos que se dividen unos de otros en proporción a que crecen en número; que la carne muerta era la figura de todo lo que está espiritualmente muerto, y que está vacío de todo sentimiento; y que las partes osificadas representaban a los heréticos obstinados y empedernidos. Vi y sentí de esta manera cada herida y su significado. El cuerpo se estiraba hacia el cielo. Era el cuerpo de la Novia de Cristo, y que dolorosamente era contemplada. Lloré amargamente, pero sintiéndome enseguida profundamente apesadumbrada y, fortalecida por el pesar y la compasión, comencé de nuevo a trabajar con todas mis fuerzas”.

49

Hundiéndose bajo el peso de la vida y de la tarea impuesta sobre ella, frecuentemente suplicaba a Dios que la liberara, y parecía estar entonces al borde de la tumba. Pero cada vez diría: “¡Señor, no mi voluntad sino la vuestra sea hecha! Si mis oraciones y sufrimientos son útiles déjame vivir mil años, pero concédeme que muera antes que ofenderte alguna vez”. Luego, ella recibiría órdenes para vivir, y surgir, levantando su cruz, una vez más para soportarla con paciencia y sufriendo tras su Señor. De tanto en tanto el camino de la vida que ella estaba siguiendo, solía mostrársele, como llevando hasta la cima de una montaña en la que había una brillante y resplandeciente ciudad – la Jerusalén celestial. Usualmente ella pensaría que había llegado a aquella dichosa morada, que parecía estar bastante cerca de ella, y su alegría sería grande. Pero de repente descubriría que estaba aún separada de ella por un valle, y entonces tendría que descender precipicios, y seguir caminos indirectos, trabajando, sufriendo, y realizando actos de caridad en todos lados. Tenía que dirigir a los descarrilados hacia el camino correcto, levantar a los caídos, llevar a veces incluso a los paralíticos, y arrastrar a los renuentes por la fuerza, y todos estos actos de caridad eran como muchos nuevos pesos sujetados a su cruz. Entonces ella caminaba con mayor dificultad, encorvada bajo el peso de su carga y a veces cayendo incluso al suelo.

En 1823 ella repetía más frecuentemente de lo usual que no podría realizar su tarea en su actual situación, que no tenía la fortaleza para ello, y que era en un pacífico convento donde ella necesitaba haber vivido y fallecido. Añadió que Dios pronto se la llevaría con Él, y que le había rogado que le permitiera obtener por sus oraciones en el mundo venidero lo que su debilidad no le permitiría cumplir en este. Santa Catalina de Siena, poco tiempo antes de su muerte, hizo una oración similar.

50

Anne Catherina había tenido previamente una visión concerniente a lo que sus oraciones obtendrían después de la muerte, respecto a cosas que no estaban en existencia durante su vida. El año 1823, al final del cual ella completó todo el círculo, le trajo inmensos trabajos. Parecía deseosa de cumplir con su tarea completa, y así mantuvo la promesa  que había hecho previamente de relatar la historia de la Pasión entera. Formó el asunto de sus meditaciones cuaresmales durante ese año, y de ellas se compone el presente volumen. Pero respecto a esto ella no tuvo menor parte en el misterio fundamental de su temporada de penitencia, o en los diferentes misterios de cada día festivo de la Iglesia, si en efecto las palabras “tomar parte” fueran suficientes para expresar la maravillosa manera en la que rendía visible testimonio del misterio celebrado en cada festividad mediante un repentino cambio en su vida corporal y espiritual. Vea respecto a este asunto el capítulo titulado “Interrupción de las Imágenes de la Pasión”.

Cada una de las ceremonias y festividades de la Iglesia eran para ella mucho más que la consagración de un recordatorio. Ella veía en la fundación histórica de cada solemnidad un acto del Todopoderoso, hecho a tiempo para la reparación de la humanidad caída. Aunque estos actos divinos se aparecían a ella estampados con el carácter de la eternidad, aun así ella estaba bien al tanto de que para que el hombre sacara provecho de ellos en la limitada y estrecha esfera del tiempo, éste debía, por así decirlo, tomar posesión de ellos en una serie de momentos sucesivos, y que con este propósito debían ser repetidos y renovados en la Iglesia, en el orden establecido por Jesucristo y el Espíritu Santo. Todas las festividades y solemnidades eran a sus ojos gracias eternas que retornaban en épocas fijas en cada año eclesiástico, de la misma manera a como los frutos y cosechas de la tierra vienen en sus estaciones en el año natural.

51

Su celo y gratitud al recibir y atesorar estas gracias eran incansables, y tampoco estaba menos deseosa y entusiasta en ofrecerlas a aquellos que desdeñaban su valor. De la misma manera a como su compasión por su Salvador crucificado había agradado a Dios y obtenido para ella el privilegio de estar marcada por los estigmas de su Pasión y por el celo del más perfecto amor, para que todos los sufrimientos de la Iglesia y los de aquellos que estaban en aflicción fueran repetidos en los diferentes estados de su cuerpo y alma. Todas estas maravillas tuvieron lugar dentro de ella, desconocidas para aquellos que estaban a su alrededor; ni aún ella misma estuvo más consciente de ellas de lo que una abeja lo estaría de los efectos de su trabajo, mientras aún estaba guardando y cultivando, con todo el cuidado de un industrioso y fiel jardinero, el fértil jardín del año eclesiástico. Ella vivía de sus frutos, y los distribuía a otros; se fortalecía a ella misma y a sus amigos con las flores y hierbas que ella cultivaba; o, más bien, ella misma era en este jardín como una planta sensitiva, un girasol, o alguna maravillosa planta en la que, independiente de su propia voluntad, se reproducían todas las estaciones del año, todas las horas del día, y todos los cambios de la atmósfera.

Al término del año eclesiástico de 1823, tuvo por última vez una visión acerca de compensar las deudas de aquel año. Las negligencias de la Iglesia militante y de sus siervos eran mostradas a Anne Catherina bajo varios símbolos; vio cómo muchas gracias no se habían aunado, o habían sido rechazadas en mayor o menor extensión, y cómo muchas habían sido completamente desechadas. Se le hizo saber a ella cómo nuestro Bendito Redentor había depositado para cada año en el jardín de la Iglesia un tesoro completo de sus méritos, suficiente para cada requerimiento, y para la expiación de cada pecado.  La deuda más estricta estaba dada por todas las gracias que habían sido desdeñadas, desperdiciadas, o completamente rechazadas, y la Iglesia militante fue castigada por su negligencia o infidelidad de sus siervos mediante la opresión de sus enemigos o humillaciones temporales. Revelaciones de esta descripción encumbraban sobremanera su amor por la Iglesia, su Madre. Pasó días y noches en oración por ella, al ofrecer a Dios los méritos de Cristo, con continuos quejidos, e implorando misericordia. Finalmente, en estas ocasiones, reunía todo su coraje, y ofrecía recoger sobre sí la falta y el castigo, como un niño presentándose ante el trono del rey, para sufrir el castigo en el que había incurrido. Se le dijo entonces a ella, “Ve cuan desgraciada y miserable sois Vos misma; Vos que estáis deseosa de satisfacer los pecados de otros”. Y para su gran terror se contempló a sí misma como una lastimosa masa de infinita imperfección. Pero todavía su amor permanecía impávido, y prorrumpió con estas palabras, “¡Sí, estoy llena de miseria y pecado; pero soy vuestra esposa, Oh mi Señor, y mi Salvador! Mi fe en Vos y en la redención que nos habéis traído cubre todos mis pecados como con vuestro manto real. No os abandonaré hasta que hayas aceptado mi sacrificio, ya que el superabundante tesoro de vuestros méritos no está cerca de ninguno de vuestros fieles siervos”. A la larga su oración se hizo maravillosamente energética, y para los oídos humanos había como una disputa y un combate con Dios, en el cual ella estaba arrebatada y apremiada por la violencia del amor. Si su sacrificio era aceptado, su energía parecía abandonarla, y era abandonada a la repugnancia a sufrir de la naturaleza humana.  Cuando había pasado por esta prueba, al mantener sus ojos fijos en su Redentor en el Jardín de los Olivos, tuvo luego que sobrellevar indescriptibles sufrimientos de toda clase, soportándolos todos con maravillosa paciencia y dulzura. Solíamos verla permanecer varios días seguidos, inmóvil e insensible, luciendo como un cordero moribundo. Si le preguntábamos cómo estaba, abriría a medias sus ojos, y replicaría con una dulce sonrisa, “Mis sufrimientos son de lo más saludables”.

52

Al comienzo del Adviento, sus sufrimientos fueron un poco aliviados por dulces visiones de los preparativos hechos por la Virgen Bendita para dejar su hogar, y luego de su entero viaje con San José hasta Belén. Ella los acompañaba cada día hasta las humildes posadas en donde descansaban por la noche, o iba antes que ellos para preparar sus alojamientos. Durante este tiempo solía llevar viejas piezas de lino, y por la noche, mientras dormía, las convertía en ropa de bebés y gorras para los niños de mujeres pobres, cuyos tiempos de reclusión estaban por terminar. Al día siguiente se sorprendería de ver todas estas cosas prolijamente arregladas en sus cajones. Esto le sucedió cada año alrededor de la misma época, pero este año tenía una mayor fatiga y menos consolación. Así, en la hora del nacimiento de nuestro Salvador, cuando estaba absolutamente sobrepasada de alegría, podía solamente gatear con la mayor dificultad hasta el pesebre en donde el Niño Jesús estaba tendido, y traerle ningún presente salvo mirra, ninguna ofrenda salvo su cruz, bajo cuyo peso se hundía medio moribunda a los pies de Él. Parecía como si estuviera por última vez compensando sus deudas terrenales con Dios, y también por última vez ofreciéndose en lugar de innumerables hombres que estaban espiritual y corporalmente afligidos. Incluso lo más mínimo que se conoce de la manera en la que tomó sobre ella los sufrimientos de otros es casi incomprensible. Ella dijo muy verdaderamente: “Este año el Niño Jesús me ha traído solamente una cruz e instrumentos de sufrimiento”.

Cada día se volvía más y más absorta en sus sufrimientos, y aunque continuaba viendo a Jesús viajando de ciudad en ciudad durante su vida pública, lo más que ella decía sobre el tema era, en pocas palabras, en qué dirección él estaba yendo. Una vez, preguntó de repente con una voz apenas audible, “¿Qué día es?”. Cuando se le contó que era el 14 de Enero, añadió: “Si hubiera tenido aunque sea unos pocos días más, habría relatado la vida entera de nuestro Salvador, pero ahora ya no es posible para mí hacerlo.” Estas palabras eran de lo más incomprensibles ya que no parecía ni siquiera saber en qué año de la vida pública de Jesús estaba entonces ella contemplando en espíritu. En 1820 había relatado la historia de nuestro Salvador hasta la Ascensión, empezando el 28 de Julio del tercer año de la vida pública de Jesús, después de lo cual regresó al primer año de la vida de Jesús, y había continuado hasta el 10 de Enero del tercer año de su vida pública. El 27 de Abril de 1823, a consecuencia de un viaje hecho por el escritor, una interrupción en su narrativa tuvo lugar, y duró hasta el 21 de Octubre. Ella entonces retomó el hilo de su narración desde donde la había dejado, y la continuó hasta las últimas semanas de su vida. Cuando hablaba de los pocos días que serían necesarios, su amigo mismo no sabía cuan lejos su narración llegaría, no habiendo tenido tiempo libre para ordenar lo que él había escrito. Después de la muerte de ella, él se convenció de que si ella hubiera sido capaz de hablar durante los últimos catorce días de su vida, habría llevado la narración hasta el 28 de Julio del tercer año de la vida pública de nuestro Señor, consecuentemente desde donde la había continuado en 1820.

53

Diariamente su condición se hacía más terrible. Ella, que usualmente sufría en silencio, emitió ahogados quejidos, tan tremenda era la angustia que sobrellevaba. El 15 de Enero dijo: “El Niño Jesús me trajo grandes sufrimientos en Navidad. Estaba una vez más al lado de su pesebre en Belén. Él estaba ardiendo de fiebre, y me mostraba sus sufrimientos y aquellos de su madre. Eran tan pobres que no tenían por comida más que un miserable pedazo de pan. Confirió aún mayores sufrimientos sobre mí, y me dijo: ‘Sois mía, sois mi esposa; sufrid como he sufrido yo, sin preguntar el por qué’. No sé cuáles serán mis sufrimientos, ni cuánto durarán. Me someto ciegamente a mi martirio, ya sea por la vida o por la muerte. Sólo deseo que los ocultos designios de Dios puedan ser cumplidos en mí. Por otro lado, estoy tranquila, y tengo consuelo en mis sufrimientos. Incluso esta mañana estuve muy feliz. ¡Bendito sea el santo Nombre de Dios!”

Sus sufrimientos continuaron, de ser posible, incrementándose. Sentada, y con sus ojos cerrados, se caía de un lado hacia el otro, mientras ahogados quejidos escapaban de sus labios. Si se tendía, estaba en peligro de quedar asfixiada; su respiración era apresurada y oprimida, y todos sus nervios y músculos se sacudían y temblaban de angustia. Después de violentas náuseas, sufrió un terrible dolor en sus intestinos, tan fuerte que se temió que allí se estuviera formando gangrena. Su garganta estaba reseca y ardiente, su boca hinchada, sus mejillas enrojecidas de fiebre, sus manos blancas como el marfil. Las cicatrices de sus estigmas brillaban como la plata debajo de su piel dilatada. Su pulso daba de 160 a 180 pulsaciones por minuto. Aunque incapaz de hablar por su excesivo sufrimiento, mantuvo cada obligación perfectamente en mente. En la noche del 26 ella le dijo a su amigo, “Hoy es el noveno día, debes pagar por el cirio de cera y la novena en la capilla de Santa Ana”. Ella estaba aludiendo a la novena que había pedido que se hiciera por su intención, y tenía temor, no fuera que sus amigos se olvidaran de ello. El 27, a las dos en punto de la tarde, recibió la Extremaunción, en gran medida para el alivio tanto de su alma como de su cuerpo. A la noche su amigo, el excelente párroco de H…..[3], oró al lado de su cama, lo cual fue una inmensa confortación para ella. Ella le dijo: “¡Cuán bueno y hermoso es todo esto!” Y nuevamente: “¡Que Dios sea alabado y que les sean dadas las gracias mil veces!”

54

La cercanía de la muerte no interrumpió enteramente la maravillosa unión de su vida con aquella de la Iglesia. Un amigo habiéndola visitado el 1° de Febrero por la noche, se había colocado detrás de su cama donde ella no podía verlo, y estaba escuchando con extrema compasión sus bajos quejidos y su respiración entrecortada, cuando de repente todo se hizo silencioso, y él pensó que estaba muerta. En este momento, la campana nocturna sonando por las plegarias matinales de la Purificación se escuchó. Era la apertura de la festividad que había causado que su alma se arrebatara en éxtasis. Aún en un estado muy alarmante, dejó escapar de sus labios algunas palabras dulces y afectuosas referentes a la Virgen Bendita, durante la noche y el día de la festividad. Hacia las doce en punto del mediodía, dijo con una voz ya cambiada por la cercanía de la muerte, “Hacía tiempo que no me sentía tan bien. He estado enferma casi una semana, ¿no? ¡Me siento como si no supiera nada acerca de este mundo de oscuridad!¡Oh, qué luz me mostró la Virgen Bendita! Me llevó con ella, y ¡cuán de buen grado hubiera permanecido con ella!” Aquí se ensimismó por un momento, y luego dijo, colocando su dedo sobre su labio: “Pero no debo hablar de estas cosas”. Desde aquel momento dijo que la más mínima palabra en su alabanza le incrementaba grandemente sus sufrimientos.

55

Los siguientes días estuvo peor. El 7, por la noche, estando algo más calmada, dijo: “Ah, mi dulce Señor Jesús, gracias sean dadas a Vos una y otra vez desde cada parte de mi vida. Señor, vuestra voluntad y no la mía, sea hecha”. El 8 de Febrero, por la noche, un sacerdote estaba rezando cerca de su cama, cuando agradecidamente besó la mano de él, rogándole que asistiera a su muerte, y dijo, “Oh Jesús, vivo por Vos, muero por Vos. ¡Oh Señor, alabado sea tu santo nombre, no puedo ver o escuchar más!” Sus amigos deseaban cambiar la posición de ella, y así aliviar su dolor un poco; pero ella dijo, “Estoy en la Cruz, pronto todo se terminará, déjenme en paz”. Había recibido todos los últimos Sacramentos, pero deseaba culparse una vez más en confesión de una ligera falta que ella ya había confesado muchas veces; era probablemente de la misma naturaleza de la que había cometido en su infancia, de la cual ella siempre se culpaba, y que consistía en haber traspasado una cerca para entrar en el jardín del vecino, y codiciado unas manzanas que habían caído al suelo. Ella sólo las había mirado; ya que, gracias a Dios, dijo ella, no las tocó, pero pensó que era un pecado en contra del décimo mandamiento. El sacerdote le dio la absolución general, después de lo cual ella se estiró, y aquellos alrededor pensaron que estaba muriendo. Una persona que frecuentemente le había dado sufrimiento, ahora se acercó y le pidió perdón. Lo miró con sorpresa, y dijo con el más expresivo énfasis de la verdad, “No tengo nada que perdonar a ninguna criatura viviente”.

Durante los últimos días de su vida, cuando su muerte era momentáneamente esperada, varios de sus amigos permanecieron constantemente en la habitación contigua a la de ella. Estaban hablando en voz baja, y como para que ella no los escuchara, acerca de su paciencia, su fe, y otras virtudes, cuando de improviso escucharon su voz moribunda decir: “Ah, por el amor de Dios, no me alaben – eso me mantiene aquí, porque entonces tengo que sufrir el doble. ¡Oh mi Dios! ¡Cuántas flores nuevas están cayendo sobre mí!” Ella siempre veía flores como precursoras y figuras de sufrimientos. Entonces rechazaba todas las alabanzas, con la convicción más profunda de su propia indignidad, diciendo: “Sólo Dios es bueno: todo debe ser pagado hasta el último centavo. Soy pobre y estoy cargada de pecados, y sólo puedo compensar el haber sido alabada mediante sufrimientos, unidos a aquellos de Jesucristo. No me alaben, sino que déjenme morir en la ignominia con Jesús en la cruz”.

56

Boudon, en su vida acerca del Padre Surin, relata un trato similar hacia un hombre moribundo, de quien se había pensado que había perdido el sentido del oído, pero que enérgicamente rechazó una palabra de alabanza pronunciada por aquellos que rodeaban su cama.

Unas pocas horas antes de la muerte, la cual ella anhelaba, al decir, “¡Oh Señor asísteme; ven, oh, Señor Jesús!”, una palabra de alabanza pareció detenerla, y ella la rechazó de lo más enérgicamente haciendo el siguiente acto de humildad: “No puedo morir si tantas buenas personas piensan bien de mí debido a un error; ¡te ruego que les digas a todos que soy una desdichada pecadora! Desearía poder proclamarlo como para ser escuchada por todos los hombres, ¡cuán gran pecadora soy! Estoy muy por debajo del buen ladrón que fue crucificado al lado de Jesús, ya que él y sus contemporáneos no tenían una deuda tan terrible como la que tendremos que rendir de todas las gracias que han sido conferidas a la Iglesia”. Después de esta declaración, pareció tranquilizarse, y le dijo al sacerdote que la estaba confortando: “Me siento tan apacible y tan llena de esperanza y confianza como si nunca hubiese cometido un pecado”. Sus ojos voltearon afectuosamente hacia la cruz que estaba ubicada a los pies de su cama, su respiración se aceleró, con frecuencia bebía algo de líquido; y cuando el pequeño crucifijo le fue acercado, ella por humildad sólo besó los pies. Un amigo que estaba arrodillado a un costado de su cama llorando, tenía el consuelo de frecuentemente alcanzarle el agua con la que humedecer sus labios. Como ella había dejado su mano, en la que la cicatriz blanca de la herida era más claramente visible, sobre el cubrecama, él tomó aquella mano, que ya estaba fría, y mientras interiormente deseaba de ella una señal de despedida, ella por su parte apenas presionó la de él. Su rostro estaba calmo y sereno, portando una expresión de celestial gravedad, la cual sólo puede compararse a aquella de un valiente luchador, quien después de hacer esfuerzos sin precedentes por ganar la victoria,  sucumbe y muere en el mismo momento de aferrarse al galardón. El sacerdote de nuevo leyó las oraciones para las personas en su última agonía, y sintió entonces ella una inspiración interna para rezar por un piadoso amigo joven cuya festividad era ese día.[4] Sonaron las ocho en punto; ella respiró más libremente por espacio de unos pocos minutos, y entonces clamó tres veces con un profundo quejido: “¡Oh Señor, asísteme; Señor, Señor, ven!” El sacerdote hizo sonar su campana y dijo, “Está muriendo”. Varios parientes y amigos que estaban en la habitación contigua entraron y se arrodillaron para rezar. Sostenía entonces ella un cirio encendido en su mano, que el sacerdote estaba sustentando. Exhaló varios pequeños suspiros, y entonces su alma pura escapó de sus labios castos, y se apresuró, vestida con el vestido nupcial, a aparecerse con celestial esperanza ante el Divino Prometido,  y a estar unida por siempre a aquella bendita compañía de vírgenes que siguen al Cordero dondequiera que vaya. Su cuerpo sin vida se hundió delicadamente sobre las almohadas a la ocho y treinta de la tarde, el 9 de Febrero de 1824.

57

Una persona que tenía gran interés en ella durante su vida escribió lo siguiente: “Después de su muerte, me acerqué a su cama. Estaba sostenida por almohadas, y recostada sobre su lado izquierdo. Una muletas, que habían sido preparadas para ella por sus amigos en una ocasión en que había sido capaz de dar unas pocas vueltas a la habitación, estaban colgando sobre su cabeza, cruzadas, en una esquina. Cerca de ellas colgaba una pequeña pintura al óleo representando la muerte de la Virgen Bendita, que le había sido dada por la Princesa de Salm. La expresión de su rostro era completamente sublime, y llevaba las huellas del espíritu de auto-sacrificio, la paciencia y la resignación de su vida entera; lucía como si hubiera muerto por el amor a Jesús, en el mismo momento de realizar alguna obra caritativa para otros. Su mano derecha estaba descansando sobre el cubrecama – aquella mano a la que Dios había conferido el privilegio incomparable de ser capaz de reconocer enseguida mediante el tacto si algo era santo o que había sido consagrado por la Iglesia – un privilegio con el cual quizás nadie contó hasta tal grado – un privilegio por el cual los intereses de la religión podían ser promovidos inconcebiblemente, teniendo en cuenta que fue usado con discreción, y que seguramente no habían sido otorgados a una pobre campesina iletrada meramente para su propia gratificación. Por última vez tomé en la mía la mano marcada con un signo tan digno de nuestra más extrema veneración, la mano que era como un instrumento espiritual en el reconocimiento inmediato de todo lo que era santo, que pudiera ser honrado incluso en un grano de arena, – la caritativa e industriosa mano, que tantas veces alimentó al hambriento, y vistió al desnudo – esta mano estaba ahora fría y sin vida. Un gran privilegio ha sido retirado de la tierra, Dios se ha llevado de nosotros la mano de su esposa, quien ha dado testimonio, orado y sufrido, por la verdad. Pareciera como si no hubiera sido sin intención, que ella hubiera apoyado resignadamente sobre su cama la mano que era la expresión exterior de un privilegio particular concedido por la Divina Gracia. Temeroso de recibir una fuerte impresión al ver su semblante atenuado por las necesarias pero perturbadoras preparaciones que estaban siendo hechas alrededor de su cama, me retiré pensativo de su habitación. Si, me dije a mí mismo –si, como tantos santos solitarios, ella hubiera fallecido en una tumba preparada por sus propias manos, sus amigas, las aves – la habrían cubierto con flores y hojas; si, como en otras religiones, hubiera fallecido entre vírgenes consagradas a Dios, y que su tierno cuidado y respetuosa veneración la hubieran seguido a su tumba, como fue el caso, por ejemplo, de Santa Colomba de Rieti, habría sido edificante y agradable para aquellos que la amaban; pero sin duda aquellos honores rendidos hacia sus restos sin vida, no habrían sido conforme a su amor por Jesús, a quien ella tanto deseaba parecerse tanto en la muerte como en la vida.”

El mismo amigo escribió posteriormente como sigue: “Desgraciadamente no hubo ningún examen post-mortem oficial de su cuerpo, y ninguna de aquellas pesquisas que la habían atormentado tanto durante su vida fueron establecidas después de su muerte. Los amigos que la rodeaban se negaron a que se examinara el cuerpo, probablemente por temor a encontrarse con algún fenómeno impactante, cuyo descubrimiento habría causado mucha contrariedad de varias maneras. El Miércoles 11 de Febrero su cuerpo fue preparado para el sepelio. Una mujer piadosa, quien no delegaría en nadie la labor de prestarle a ella esta última señal de afecto, me describió como sigue la condición en la cual la encontró: ‘Sus pies estaban cruzados como los pies de un crucifijo. Los sitios de los estigmas estaban más rojos de lo usual. Cuando levantamos su cabeza fluyó sangre de su nariz y boca. Todos sus miembros permanecían flexibles sin nada de la rigidez de la muerte, incluso hasta que el ataúd fue cerrado.’ El viernes 13 de Febrero fue llevada a la sepultura, seguida por toda la población del lugar. Ella reposa en el cementerio, hacia la izquierda de la cruz, del lado más próximo a la cerca. En la sepultura frente a la de ella descansan allí los restos de una anciana y buena campesina de Welde, y en la de atrás una pobre pero virtuosa mujer de Dernekamp.”

59

“En la tarde del día en que fue inhumada, un hombre rico fue, no a Pilatos, sino al párroco del lugar. Pidió por el cuerpo de Anne Catherina, no para ubicarlo en un nuevo sepulcro, sino para comprarlo por una alta suma para un doctor holandés. La propuesta fue rechazada como lo merecía, pero parece que el rumor se esparció en el pequeño pueblo de que el cuerpo había sido llevado, y se dice que la gente fue en gran cantidad al cementerio para asegurarse acerca de si la tumba había sido robada.”

Para estos detalles añadiremos el siguiente extracto de un relato impreso en Diciembre de 1824, en el Diario de Literatura Católica de Kerz. Este relato fue escrito por una persona con la cual estamos poco familiarizados, pero que parece haber sido bien informada: “Unas seis o siete semanas  después del deceso de Anne Catherina Emmerich, habiéndose esparcido el rumor de que su cuerpo había sido robado, la tumba y el ataúd fueron abiertos en secreto, por orden de las autoridades, en presencia de siete testigos. Encontraron con sorpresa, no sin mezcla de alegría, que la corrupción no había aún comenzado su trabajo en el cuerpo de la piadosa doncella. Sus facciones y semblante estaban sonriendo como los de aquellos de una persona que está durmiendo dulcemente. Lucía como si hubiera sido recién puesta en el ataúd, y ni siquiera su cuerpo exhalaba ningún aroma de tipo cadavérico. ‘Es bueno mantener el secreto del rey’, decía Jesús el hijo de Sirach; pero también es bueno revelar al mundo la grandeza de la misericordia de Dios.

Se nos ha contado que una piedra ha sido colocada sobre su sepultura. Ponemos sobre aquella estas páginas; ojalá contribuyan a inmortalizar la memoria de una persona que ha aliviado tantos dolores de alma y cuerpo, y la memoria del sitio donde yacen sus restos mortales esperando el Día de la Resurrección.”

Traducido por Marcelo

__________________________________________________________________________________________

[1] Bajo el Gobierno de Jerome Bonaparte, Rey de Westphalia.

[2]Como la Cruz Patriarcal que posee dos franjas horizontales en vez de una como la Cruz Latina. Nota del Traductor.

[3]En el original el nombre de la localidad se encuentra suprimido. N.d. T.

[4]Esta festividad de su amigo debería interpretarse en el sentido de que aquel era el día de su santo. N.d.T.

Tomado de: ar.geocities.com/emmerich_lapasiondecristo/FILES1/Biografia.htm

LA MATANZA DE LOS INOCENTES

Según Ana Catalina Emmerich

    … Cuando Jesús tenía alrededor de un año y medio de edad, se le apareció un ángel a la Santísima Virgen, en Heliópolis y le hizo saber de la matanza de los niños por Herodes. José y Ella se afligieron mucho, y el Niño Jesús lloró durante todo el día. He aquí lo que yo vi en aquella ocasión.

    No habiendo vuelto a Jerusalén los tres Reyes, los temores de Herodes, que en aquel momento estaba resolviendo varios asuntos de familia, se calmaron un poco; pero recrudecieron nuevamente cuando, después del retorno de la Sagrada Familia a Nazaret, llegaron hasta él mil rumores relacionados con las predicciones hechas por Simeón y por Ana durante la presentación de Jesús en el Templo. Con diversos pretextos, mandó soldados a diferentes lugares de los alrededores de Jerusalén, a Gilgal, a Belén, y hasta a Hebrón, e hizo hacer un censo de los niños. Los soldados ocuparon aquellos sitios durante nueve meses. Herodes, mientras tanto, se hallaba en Roma, y sólo después de su vuelta, fueron degollados los niños. Juan tenía en aquella época dos años, y había estado escondido en casa de sus padres desde algún tiempo antes de que Herodes hubiera dado a las madres la orden de presentar ante las autoridades a sus hijos de edad de dos años o menos. Santa Isabel, advertida por un ángel, huyó nuevamente al desierto con el pequeño San Juan. Jesús tenía en aquel momento cerca de un año y medio y ya podía correr.

    Los niños fueron degollados en siete lugares diferentes. Se había prometido a las madres buenas recompensas a su fecundidad, y ellas llevaron sus hijitos a las casas donde estaban las autoridades, vestidos con sus más lindos trajes. Los hombres fueron despedidos, y las madres separadas de los niños, que fueron degollados por los soldados en patios cerrados, amontonados y enterrados en fosos.

    Hoy al mediodía, vi a las madres con sus niños de dos años, y de menos, venir a Jerusalén, de Hebrón, de Belén, y de otro lugar donde Herodes había enviado a sus soldados y dado órdenes a sus funcionarios.

    Se dirigían a la ciudad en diferentes grupos, y varias llevaban a dos niños, e iban montando asnos. Todas fueron conducidas a un gran edificio, y los hombres que las acompañaban fueron despedidos. Ellas entraron alegremente, pues creían que. iban a recibir gratificaciones por su fecundidad.

    El edificio estaba un poco aislado y bastante cerca del que fué más tarde la casa de Pilatos. Se hallaba rodeado de muros, de manera que desde afuera no se podía saber fácilmente lo que sucedía en el interior. Aquello debía de ser como un tribunal, pues en el patio vi unos pilares y unos bloques de piedra con cadenas colgando; había allí también unos árboles, que se encorvaban y ligaban juntos, mientras se ataba en ellos a los hombres. Al soltarlos luego, se enderezaban rápidamente, deshaciendo a aquellos desgraciados. Era un edificio macizo y sombrío. El patio era casi tan grande como el cementerio que hay a un lado de la iglesia principal de Dulmen. Una puerta que se abría entre dos muros, llevaba a ese patio, rodeado de construcciones por tres lados. Los edificios de la derecha y de la izquierda tenían un piso solamente; el del centro parecía una antigua sinagoga abandonada. Esas construcciones tenían puertas que daban sobre el patio.

    Las madres fueron llevadas, a través del patio, a los dos edificios laterales, y allí se las encerró. Me hicieron el efecto de hallarse en una especie de hospital, o de posada. Cuando se vieron privadas de libertad, tuvieron miedo y empezaron a llorar y a lamentarse. Pasaron así toda la noche.

    Hoy después de mediodía vi un cuadro horroroso. En la casa de justicia asistí a la matanza de los inocentes. El gran edificio posterior que cerraba el patio tenía dos pisos. El inferior estaba formado por una sala grande y desnuda, parecida a una prisión o a un gran cuerpo de guardia; encima, había una pieza cuyas ventanas daban sobre el patio. Vi allí a varios personajes reunidos como en un tribunal; delante de ellos tenían unos rollos colocados sobre una mesa. Creo que Herodes estaba presente, pues vi a un hombre con manto rojo, adornado de piel blanca ; esta piel tenía unas pequeñas colas negras. Lo vi, rodeado por los demás, mirando por la ventana de la sala.

    Las madres, con sus niños, eran llamadas una a una, para ser conducidas de los edificios laterales a la sala inferior grande del cuerpo de edificio que estaba detrás. A la entrada, los soldados les quitaban sus niños y los llevaban al patio, donde una veintena de ellos los mataban, atravesándoles la garganta y el corazón con espadas y picas. Había allí niños fajados, a quienes sus madres aun amamantaban, y otros un poco mayores ya con vestiditos. No los desnudaban; los degollaban, y tomándolos de un bracito o por el pie, los arrojaban al montón. Era un espectáculo horrible.

    Las madres fueron amontonadas en la sala grande; y cuando vieron lo que hacían con sus niños, lanzaron gritos desgarradores, arrancándose los cabellos y echándose unas en brazos de otras. Al final estaban tan apretadas, que apenas podían moverse. Creo que la matanza duró hasta la noche.

    Los niños fueron echados más tarde, todos juntos, en una fosa abierta en el patio. Me fué mostrado el número, pero ya no me acuerdo bien. Creo que había setecientos, más una cifra en la que se hallaba un siete o diez y siete.

    Ante esta visión quedé aterrorizada; no sabía donde tenía lugar esto; creía que era aquí. Sólo cuando desperté me repuse poco a poco. A la noche siguiente vi a las madres sujetadas con ligaduras y llevadas a sus casas por los soldados. El lugar de la matanza de los niños en Jerusalén fué en el antiguo patio de las ejecuciones, situado a poca distancia del tribunal de Pilatos ; pero en la época de éste sufrió varios cambios. En momentos de la muerte de Jesús vi abrirse la fosa donde habían sido echados los niños degollados; sus almas aparecieron, y salieron de allí.

    Tomado de: http://hjg.com.ar/blog/2002_12_22_hjg_archive.html

LOS SANTOS INOCENTES,(*) Mártires

28 de diciembre

Herodes mandó matar a todos los niños que había en Belén y en toda su comarca, de dos años abajo. (San Mateo,2, 16).

Había Jesús nacido en Belén, y los magos vinieron de Oriente a la corte de Herodes para averiguar dónde acababa de nacer “el rey de los judíos”. Turbóse Herodes, y, habiendo convocado a los príncipes de los sacerdotes, les preguntó donde debía nacer el Cristo. Llamó después a los magos en secreto y les dijo: “Id, informaos con cuidado acerca de este niño, y cuando lo hayáis encontrado, hacédmelo saber, para que yo también vaya a adorarlo”. Pero los magos, advertidos por el Cielo, no volvieron. Se enfureció Herodes e hizo degollar a todos los niños de Belén y sus alrededores, hasta la edad de dos años. Este bautismo de sangre envió muchos ángeles al cielo.

MEDITACIÓN
SOBRE LA FIESTA
DE LOS SANTOS INOCENTES

I. Estos niños vertieron su sangre por Jesucristo antes de conocerlo. Hace ya tantos años que tú conoces a Dios y los beneficios con que te ha colmado, y ¿cómo lo has servido? Dale la flor de tu vida, conságrale a su servicio tus mejores años, como los santos inocentes.¡Dichosos niños, no pueden aún pronunciar el nombre de Cristo, y ya merecen morir por Él! (San Eusebio).

II. No es hablando, sino sufriendo y muriendo, como estas primicias de los mártires, estas flores de la naciente Iglesia confesaron la fe de Jesucristo. A menudo Dios pide que tú lo confieses callándote y sufriendo. Te calumnian, te persiguen: sufre, cállate. ¡Ah! ¡cuán elocuente testimonio de tu fidelidad es esta paciencia muda! En vano dices que eres totalmente de Dios: corresponde que lo digan tus acciones; trabaja por Dios, sufre por amor suyo.

III. Debes ser inocente como estos niños si quieres entrar en el cielo: Si perdiste la inocencia bautismal, es preciso que laves tu alma en las amargas aguas de la penitencia. Ojos míos, derramad vuestras lágrimas para extinguir el fuego del infierno y aun del purgatorio, y para lavar mis pecados; porque nada que esté sucio entrará en el reino de los cielos. ¡Dichoso si a semejanza de estas santas almas, podemos obtener la corona del martirio! Esta edad, todavía no apta para la lucha, está ya madura para la victoria.

La pureza
Orad por los niños de China.

ORACIÓN

Oh Dios, cuyos Inocentes mártires publican hoy la gloria no con sus palabras sino con su sangre, haced morir en nosotros los vicios todos, a fin de que la santidad de nuestra vida venidera proclame la fe que confiesan nuestros labios. Por J. C. N. S. Amén.

*Santoral de Juan Esteban Grosez, S.J. Tomo IV, (Ed. ICTION, BuenosAires, 1982)

Tomado de: http://misa_tridentina.t35.com/

SAN JUAN EVANGELISTA DE MANCHA REAL

IGLESIA PARROQUIAL

Parroquia San Juan Evangelista

Párroco: D. José Antonio García Romero

Este bellísimo templo, que se encuadra en la arquitectura del Renacimiento Andaluz, es monumento artístico nacional desde el acuerdo del Consejo de Ministros y el Real Decreto con fecha 4 de mayo de 1983 (B.O.E. 6 de junio de 1983).

En el libro de Acuerdos del Ayuntamiento, se nos dice que se debió a Felipe II su construcción “a su celo de la religión que hizo delinear y sacar cimientos…”, y algunos con la intervención de dicho monarca o por la sobriedad de líneas del templo, típica del estilo herreriano han creido que la traza y el inicio de las obras se debe a Juan Herrera, pero no se conoce que éste hiciera por esta región ningún trabajo y sí se habla de Andrés de Vandelvira o de sus discípulos y colaboradores con más sentido, porque lo más problable es que ellos hiciesen el comienzo de las obras de este templo que en principio tuvo otra torre octogonal originaria pero por su palpable deterioro y el peligro de que ello representaba tal torre fue sustituida en 1969 por la actual.

Mucho se podía escribir sobre la construcción de este templo parroquial y su construcción se puede dividir en cinco etapas. Basándonos en investigadores como Mariano Saez, Chueca Goitia, Ortega Sagrista, Galera Andreu, Martín Jiménez Cobo, Salvador Guerrero, José Luis Quero y otras fuentes consultadas, como diferentes archivos, haremos ese resumen de la construcción comenzando por precisar que la planta de la iglesia es de “salón” con tres naves: la central cubierta con cúpula de media naranja y las dos laterales que se sostienen por bóvedas baídas que a su vez se sostienen por la fortaleza de las columnas de entablamento y pilar exento.

Interior del Templo

PRIMERA ETAPA: Entre 1557 y 1575, de Vandelvira o su escuela. En 1737 se habían venido artífices y también ingenieros para hacer el trazado de las calles de la población y debió quedar señalado el lugar que había de ocupar la iglesia. Se construyeron en esta etapa los cimientos, arranques de columnas y de muros (muro sur hasta la columna exterior con la portada de claro estilo de Andrés de Vandelvira). La portada sur es de orden jónico y en el total del conjunto había una imagen de la Inmaculada mutilada en 1936, un par de jarrones, el escudo del Obispo D. Francisco Delgado, un reloj de sol, el águila –como símbolo de San Juan Evangelista-, y otros detalles. Las obras fueron interrumpidas, terminando así la primera etapa con la muerte de Vandelvira en 1575-76.

SEGUNDA ETAPA: Comenzó en 1614 y concluyó en 1628, según consta en la inscripción de la bóveda principal, a la que ya hemos hecho mención. Aprovechamos también este instante para indicar que, en esta bóveda semiesférica del crucero, están las pinturas de los cuatro evangelistas, alternando con los cuatro doctores de la Iglesia (S. Gregorio Magno, S. Jerónimo, S. Agustín y S. Ambrosio). Las paredes de tierra con las que se cerró el recinto acabado en 1628 se derrumbaron en 1761, haciéndose notar que hay obras que no están hechas de sillería, sino de mampostería, como es el caso, por ejemplo, de algunas columnas. La portada principal se construyó en 1640, el coro en el año 1670, y en 1765, la fachada de la plaza. En esta época, además de cerrarse las bóvedas, ocurrió la construcción de la Capilla y del Altar Mayor a expensas del Obispado, de Jaén, Torres. El Mercadillo, Arroyo Frío y otros lugares cercanos, se trayeron los diferentes materiales para las construcciones aludidas, siendo prior por aquel tiempo (1624) M. Yáñez de Ávila.

Interior del Templo

TERCERA ETAPA: Fue arquitecto Juan de Aranda y duró ese período, entre los años 1639 a 1646. Probablemente, para cerrar la iglesia se construyó un muro de carácter provisional desde el ángulo de la capilla donde está la Virgen de los Dolores hasta el de la torres, usándose solamente la puerta que da a la calle Maestra y hay señales de la evidente existencia de otra puerta que daría a lo que es la capilla de la Virgen del Rosario. Como notas destacadas de este período, señalemos que consta en tiempos del Obispo D. Baltasar Moscoso, la licencia para la obra de la iglesia y las circunstancias de que la parroquia de Cabra de Santo Cristo concedió 300 ducados para proseguir las obras en la portada y testero de la iglesia de Mancha Real. En esta época y con la dirección de Juan de Aranda y Salazar, se hizo la mayor parte de la fachada principal, que da a la calle Maestra y se comenzó la torre. La portada que realizó Juan de Aranda es de orden dórico, con dobles columnas sobre pedestales labrados, enmarcando el arco de entrada con iguales detalles decorativos que la de la catedral de Jaén. Entre otros detalles también están en esta portada, un altorrelieve representando a San Juan Evangelista y el escudo de armas del obispo D. Baltasar Moscoso y fue en este tiempo, maestro de obras, Alonso Galán, cantero de la población.

CUARTA ETAPA: Estuvo a cargo del arquitecto Eufrasio López de Rojas, que por estos años era arquitecto principal de la catedral de Jaén, entre otras obras importantes y que dio autorización para que se hiciera cargo de las obras de la parroquia de Mancha Real a Blas Antonio Delgado. Comprendió esta cuarta etapa de la construcción, entre los años 1670 y 1681. Se llevó a cabo la construcción de los dos primeros cuerpos de la torre y se utilizó, según consta con fecha de 1682, piedra traída de Torremocha. Se procedió también a la construcción del arco del coro entre los muros de la torre y de la capilla de la Virgen de los Dolores. La entrada a la torre y al coro tienen mucho parecido con la subida al Archivo Diocesano de la catedral de Jaén y dan acceso a la torre, desde la misma iglesia, que no es la primera sino otra construida muy posteriormente, en 1969. Hay ahora tres campanas.

Interior del Templo

Y ya aprovechamos al hablar de la torre para indicar que la antigua era de forma octogonal y que aunque su arranque era a base de piedra de sillería, luego se finalizó con ladrillo, construyéndose un tejado muy achatado, que contrastaba con el resto de la edificación. Después, en el año indicado, y en vista, se dice de lo deteriorado que estaba tal campanario, se construyó pero dándole otra fisonomía, que lógicamente incluso, contrasta con el resto de la fachada. La reconstrucción se hizo con piedra de sillería y se colocó por encima un chapitel metálico agudo.

QUITA ETAPA: Correspondía entre los años 1761-1775 con Ventura Rodríguez como arquitecto. El esfuerzo final para la conclusión de las obras debió al entonces párroco D. Esteban Lorenzo Tristán y se hizo frente a esta etapa con diezmos, limosnas y rentas de la iglesia más un préstamo de doce mil ducados, levantándose distintos detalles de la construcción y evitando la posible ruina de la Capilla Mayor. La Junta de Pósitos del Consejo Real concedió 6000 reales para seguir las obras, ofreciendo los agricultores locales 1500 fanegas de trigo, incluso, como también escribe Martín Jiménez Cobo, el párroco pidió autorización para celebrar una novillada y los beneficios que fueran destinados a proseguir las obras. Igualmente, el Pósito concedió 7235 reales con el mismo fin y se hicieron gestiones por las autoridades del municipio para cobrar una importante cantidad prometida por el Obispo, Benito Marín, que había fallecido, cantidad con las que se contribuiría al seguimiento de estas obras. Así se terminó la parte alta de la fachada principal y la torre.

Fachada

Tomado de: http://www.iglesiaenmanchareal.com/

San Juan Evangelista

27 de Diciembre

San Juan Evangelista: consíguenos de Dios la gracia especial de leer con fe y cariño tu santo evangelio, y obtener de su lectura gran provecho para nuestra alma. Amén.

Año 100

Juan significa: “Dios es misericordioso”.

Este apóstol tuvo la inmensa dicha de ser el discípulo más amado por Jesús. Y se ha hecho muy famoso por haber compuesto el cuarto evangelio.

Nació en Galilea. Era hijo de Zebedeo y hermano de Santiago el Mayor. Su oficio era el de pescador. Parece que fue uno de los dos primeros discípulos de Jesús, junto con Andrés. Los dos eran también discípulos de Juan Bautista y un día al escuchar que el Bautista señalaba a Jesús y decía: “Este es el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”, se fueron detrás de Él. Jesús se volvió y les dijo: “¿Qué buscan?”. Ellos le respondieron: “Señor: ¿dónde habitas?”. Y Jesús les dijo: “Vengan y verán”. Y se fueron con él y estuvieron en su compañía toda la tarde recibiendo sus enseñanzas. Durante toda su vida, jamás Juan podrá olvidar el día, la hora y el sitio en que se encontró por primera vez con Jesucristo. Fue el momento más decisivo de su existencia.

Juan estaba después un día con su hermano Santiago, y con sus amigos Simón y Andrés, remendando las redes a la orilla del lago, cuando pasó Jesús y les dijo: “Vengan conmigo y los haré pescadores de almas”. Inmediatamente, dejando a su padre y a su empresa pequeña, se fue con Cristo a dedicarse para siempre y por completo a extender el Reino de Dios.

Juan evangelista hizo parte, junto con Pedro y Santiago, del pequeño grupo de preferidos que Jesús llevaba a todas partes y que presenciaron sus más grandes milagros. Los tres estuvieron presentes en la Transfiguración, y presenciaron la resurrección de la hija de Jairo. Los tres presenciaron la agonía de Cristo en el Huerto de los Olivos. Junto con Pedro, fue este apóstol encargado por Jesús de prepararle la Última Cena.

Al ver la mamá de Santiago y Juan que Jesús los prefería tanto, y aconsejada por ellos dos, que eran bien orgullosos, se atrevió a pedirle al Señor una gracia muy especial: que cuando él empezara a reinar, nombrara a Juan primer ministro y a Santiago ministro también. Jesús le respondió que el señalar los primeros puestos en el Reino de los cielos le correspondía al Padre Celestial, y que estos ya estaban determinados para otros. Los demás apóstoles se indignaron contra estos dos vanidosos, pero Jesús aprovechó aquella ocasión para recordarles que en el Reino de los cielos ocuparán los primeros puestos los que se hayan dedicado a prestar servicios humildes a los demás.

A Juan y su hermano Santiago les puso Jesús un sobrenombre: “Hijos del trueno”. Y esto se debió a que un día fueron los apóstoles a pedir hospedaje en un pueblo de samaritanos (que odiaban a los judíos) y nadie les quiso proporcionar nada. Entonces estos dos hermanos, que eran violentos, le propusieron a Jesús que les mandara a aquellos maleducados samaritanos alguno de los rayos que tenía desocupados por allá en las nubes. Jesús tuvo que regañarlos porque no habían comprendido todavía que Él no había venido a hacer daño a ninguno, sino a tratar de salvar a cuantos más pudiera. Más tarde estos dos hermanos tan vanidosos y malgeniados, cuando reciban el Espíritu Santo, se volverán humildes y sumamente amables y bondadosos.

En la Última Cena tuvo el honor de recostar su cabeza sobre el corazón de Cristo.

Juan Evangelista fue el único de los apóstoles que estuvo presente en el Calvario al morir Jesús. Y recibió de Él en sus últimos momentos el más precioso de los regalos. Cristo le encomendó que se encargara de cuidar a la Madre Santísima María, como si fuera su propia madre, diciéndole: “He ahí a tu madre”. Y diciendo a María: “He ahí a tu hijo”.

El domingo de la resurrección, fue el primero de los apóstoles en llegar al sepulcro vacío de Jesús. Se fue corriendo con Pedro (al oír la noticia de que el sepulcro estaba vacío), pero como era más joven, corrió a mayor velocidad y llegó primero. Sin embargo por respeto a Pedro lo dejó entrar a él primero y luego entró él también y vio y creyó que Jesús había resucitado.

Después de la resurrección de Cristo, cuando la segunda pesca milagrosa, Juan fue el primero en darse cuenta de que el que estaba en la orilla era Jesús. Luego Pedro le preguntó al Señor señalando a Juan: “¿Y éste qué será?”. Jesús le respondió: “Y si yo quiero que se quede hasta que yo venga, a ti qué?”. Con esto algunos creyeron que el Señor había anunciado que Juan no moriría. Pero lo que anunció fue que se quedaría vivo por bastante tiempo, hasta que el reinado de Cristo se hubiera extendido mucho. Y en efecto vivió hasta el año 100, y fue el único apóstol al cual no lograron matar los perseguidores.

Después de recibir el Espíritu Santo en Pentecostés, Juan iba con Pedro un día hacia el templo y un pobre paralítico les pidió limosa. En cambio le dieron la curación instantánea de su enfermedad. Con este milagro se convirtieron cinco mil personas, pero los apóstoles fueron llevados al tribunal supremo de los judíos que les prohibió hablar de Jesucristo. Pedro y Juan les respondieron: “Tenemos que obedecer a Dios, antes que a los hombres”. Los encarcelaron, pero un ángel llegó y los libertó. Otra vez los pusieron presos y les dieron 39 azotes a cada uno. Ellos salieron muy contentos de haber tenido el honor de sufrir esta afrenta por amor al Señor Jesús, y siguieron predicando por todas partes.

Juan, para cumplir el mandato de Jesús en la cruz, se encargó de cuidar a María Santísima como el más cariñoso de los hijos. Con Ella se fue a evangelizar a Éfeso y la acompañó hasta la hora de su gloriosa muerte.

El emperador Dominiciano quiso matar al apóstol San Juan y lo hizo echar en una olla de aceite hirviente, pero él salió de allá más joven y más sano de lo que había entrado, entonces fue desterrado de la isla de Patmos, donde fue escrito el Apocalipsis.

Después volvió otra vez a Éfeso donde escribió el Evangelio según San Juan, que es el libro que lo ha hecho tan famoso. Este libro tiene un estilo elevadísimo e impresionantemente hermoso. Agrada mucho a las almas místicas, y ha convertido a muchísimos con su lectura.

A San Juan Evangelista lo pintan con un águila al lado, porque es el escritor de la Biblia que se ha elevado a más grandes alturas de espiritualidad con sus escritos. Ningún otro libro tiene tan elevados pensamientos como en su evangelio.

Dice San Jerónimo que cuando San Juan era ya muy anciano se hacía llevar a las reuniones de los cristianos y lo único que les decía siempre era esto: “hermanos, ámense los unos a otros”. Una vez le preguntaron por qué repetía siempre lo mismo, y respondió: “es que ese es el mandato de Jesús, y si lo cumplimos, todo lo demás vendrá por añadidura”.

San Epifanio dice que San Juan murió hacia el año cien, a los 94 años de edad. Poco antes había ido a un monte tenebroso a convertir a un discípulo suyo que se había vuelto guerrillero, y lo logró convertir volviéndolo bueno otra vez. Dicen los antiguos escritores que amaba mucho a todos pero que les tenía especial temor a los herejes porque ellos con sus errores pierden muchas almas.

Dios es amor (San Juan).

Tomado de: http://www.ewtn.com

SAN JUAN,(*) Apóstol y Evangelista

27 de diciembre

Pedro vio venir detrás pecho. al discípulo amado de Jesús, aquél que en la Cena se reclinara sobre su pecho. (San Juan, 21, 20).

San Juan era todavía joven cuando siguió a Jesús. Fue su discípulo predilecto a causa de su inocencia, asistió a su transfiguración, se recostó en su pecho en la última Cena, subió con Él al Huerto de los Olivos, y recibió a María como Madre, ayudó a sepultar al Salvador y acudió el primero con Magdalena a su tumba el día de su resurrección. Después de la Ascensión, fue a predicar el Evangelio al Asia Menor y se estableció en Éfeso con la Santísima Virgen. Conducido a Roma en el año 95, bajo Domicia no, y arrojado a una caldera de aceite hirviendo, salió de ella sano y salvo y fue desterrado a la isla de Patmos, donde compuso el Apocalipsis. De vuelta a Éfeso, escribió contra los gnósticos su Evangelio que, con sus tres Epístolas, es el inflamado código de la caridad. Sobrevivió a todos los otros Apóstoles.

MEDITACIÓN
SOBRE LA VIDA DE SAN JUAN

I. He aquí al amigo íntimo de Jesús, aquél que descansó sobre su pecho en la última Cena, ya quien el divino Salvador hizo partícipe de sus más grandes secretos. La primera condición de una verdadera amistad es no tener secretos para el amigo. ¿Está abierto tu corazón para Jesús? ¿No tomas ninguna resolución sin haberlo consultado? En todo tiempo puedes penetrar en su corazón por la adorable llaga de su costado; ¡Y Él no puede hacerlo en el tuyo, lleno como está totalmente de las creaturas! Os amo, oh Dios mío, y deseo amaros siempre más. (San Agustín).

II. La segunda cualidad de la amistad es compartir con el amigo lo que se posee. Ahora bien, Jesús durante su vida dióse todo entero a San Juan y, al morir, le dio a su madre. “Hijo mío, dijo, he aquí a tu Madre”. San Juan se había dado por entero a Jesús, había abandonado todo para seguirlo. Date del mismo modo todo entero a Jesús, si quieres ser su amigo. ¿A quién destinas tu corazón? el mundo es indigno de poseerlo. ¿Qué has dado a Jesús en retribución de su ternura? ¿Le has consagrado tu cuerpo, tu voluntad, tu inteligencia, en una palabra todo lo que eres y todo lo que posees?

III. En fin, la tercera cualidad de la amistad es la semejanza: el amor hace semejantes a los amigos, si ya no lo son. Fue también este amor el que hizo a San Juan semejante a Jesús, lo hizo también hijo espiritual de María. Jesús te amará, si te asemejas a Él. Para lograrlo, es menester, no que te recuestes visiblemente sobre el corazón de Jesús, sino que Jesús venga a tu corazón, y que no tengas tú otra voluntad que la suya. Tener los mismos gustos, y las mismas repugnancias, he ahí la verdadera amistad. (San Jerónimo).

El amor de Dios
Orad por el aumento de la caridad.

ORACIÓN

Dignaos, oh Dios de bondad, derramar sobre vuestra Iglesia los rayos de vuestra luz celestial, a fin de que iluminada con las enseñanzas de San Juan, vuestro Apóstol y Evangelista, alcance las recompensas eternas. Por J. C. N. S. Amén.

*Santoral de Juan Esteban Grosez, S.J. Tomo IV, (Ed. ICTION, BuenosAires, 1982)

Tomado de:http://misa_tridentina.t35.com/

SAN ESTEBAN,(*) Protomártir

26 de diciembre

Esteban, lleno de gracia y de fortaleza, obraba grandes prodigios y milagros entre el pueblo. (Hechos de los Apóstoles, 6, 8).

San Esteban, primer diácono elegido por los Apóstoles para la distribución de las limosnas entre los fieles, fue también el primer mártir de Jesucristo: ¡qué gloria! Reprochó vivamente a los judíos el que hubieran echado mano a traición y dado muerte al Justo, al Mesías prometido, y lo confesó magníficamente ante Caifás y el gran Consejo. Hasta vio que los cielos se abrían y a Jesús a la diestra del Padre. Llenos de furor, los judíos lo arrastraron fuera y lo lapidaron mientras Esteban, de rodillas, pedía a Dios que los perdonase. ¡Saulo, el futuro gran San Pablo, tenía sus vestiduras!

MEDITACIÓN
SOBRE LA MUERTE
DE SAN ESTEBAN

   I. San Esteban se declara abiertamente discípulo de Jesucristo. No teme la muerte porque está lleno de gracia y de fortaleza; y esta gracia y esta fortaleza le vienen de su fe. La vista del cielo, que se abrió ante sus ojos, lo hace insensible a los tormentos. Si tuviese yo un poco de fe, si de tiempo en tiempo  considerase la corona que Dios me prepara en el cielo, ¿qué temería aquí en la tierra? ¿qué amaría fuera de Vos, oh mi dulce Jesús?

   II. Soporta valerosamente la muerte y, al morir, ruega por los que lo apedrean. Sufre tú por Jesús las persecuciones y la muerte, si es necesario. Nada podrías hacer por Él de lo cual no te haya dado ejemplo; pero sufre orando por los que te persiguen. ¿Sabes por qué San Esteban perdona tan fácilmente a sus enemigos? Porque la crueldad de ellos prepara su triunfo. ¿Cómo quieres que se irrite contra aquellos que le abren la puerta del cielo ? (San Eusebio).

   III. Los Hechos de los Apóstoles dicen, al referir la muerte de este santo, que se durmió en el Señor. Su muerte fue, pues, semejante a un dulce sueño: fue, en efecto, el término de todos sus trabajos y el comienzo de su reposo. Señor, concededme la gracia de morir con la muerte de los santos, con esta muerte tan preciosa ante vuestros ojos. Alma mía, vivamos, suframos, trabajemos, como los santos, y moriremos con la muerte de los santos. ¡Que muera yo con la muerte de los justos!

La caridad
Orad por vuestros enemigos.

ORACIÓN

   Señor, concedednos la gracia de imitar a aquellos a quienes honramos, a fin de que aprendamos a amar a nuestros enemigos, pues celebramos el nacimiento al cielo del que oró a Jesucristo Nuestro Señor por sus mismos verdugos. Amén.

*Santoral de Juan Esteban Grosez, S.J. Tomo IV, (Ed. ICTION, BuenosAires, 1982)

Tomado de: http://misa_tridentina.t35.com/